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El espía que encontró a Bin Laden

Info5/15/2011




El jefe de la CIA, Leon Panetta.




Desde el búnker anexo a su despacho, en la séptima planta del edificio de la CIA, Leon Panetta lideró la operación más difícil de su carrera: localizar a Bin Laden. Y lo consiguió. Católico, campechano y jovial, el director de la agencia de inteligencia ha devuelto el brillo a su organización..., aunque pocos daban un duro por ello.


“¿Qué diablos significa eso?” Leon Panetta no estaba para que se anduviesen con tecnicismos. La atmósfera en el despacho sin ventanas de la séptima planta del cuartel general de la CIA en Langley (Virginia), donde se había ‘atrincherado’ con sus hombres de confianza, era de una tensión insoportable, y cuando el vicealmirante William McRaven, comandante supremo de las fuerzas especiales, se demoraba en responder a una pregunta muy concreta ‘«¿pero está o no está?»‘, el director de la CIA sacaba su temperamento italiano y soltaba un exabrupto. Por fin, McRaven le confirmó que sus muchachos, el operativo especial del cuerpo de élite de la Marina, los SEAL, destacados en Pakistán, habían identificado a Gerónimo, nombre en clave de Bin Laden. «Todos soltamos el aire que teníamos retenido en los pulmones», cuenta Panetta, el suficiente para poder a su vez comunicar al Gabinete de crisis encerrado en la Casa Blanca, con el presidente Obama al frente: «Contacto visual con Gerónimo. Enemigo muerto en acción». Un cuarto de hora más tarde arreciaron los aplausos. El terrorista más buscado del planeta había sido liquidado.

Panetta tiene motivos de sobra para sentirse eufórico. Obama le encomendó una misión -«tráeme a Bin Laden, vivo o muerto»- y la ha cumplido. En tiempos bíblicos hubiera exhibido su cabeza, como hizo Judith con Holofernes. Hoy basta una prueba de ADN o una foto atroz. Pero no solo eso. Ha devuelto el prestigio a la agencia una década después del fiasco de los atentados del 11-S, que el espionaje estadounidense no fue capaz de evitar. Precisamente él, al que sus subalternos miraban por encima del hombro y a quien los republicanos ridiculizaban por considerarlo un novato en asuntos de inteligencia. Y lo ha hecho desmarcándose de prácticas habituales en anteriores mandatos, como le exigió Obama.


»El presidente Obama,el vicepresidente Biden,la secreteria de Estado Hillary Clinton y el resto del Gabinete de Crisis escuchan a traves de teleconferencia con Leon Panetta encargado de contarles al segundo la operacion contra Bin laden«


Desde 2007, cuando se identificó a un sospechoso de ser el mensajero de Bin Laden, la CIA fue tirando del hilo. Durante largos meses se dibujaron mapas de los lugares donde operaba este correo y el verano pasado fue localizada la mansión de Abbottabad. ¡Bingo! Entonces comenzó la vigilancia de la residencia, habitada por varias familias, con un total de 9 mujeres y 23 niños. «Pero nunca tuvimos una evidencia indiscutible de que fuera su escondite», afirmó.





El talante conciliador de Panetta fue esencial para coordinar las escuchas entre las agencias implicadas -las de inteligencia geoespacial y de seguridad nacional-, algo que no es fácil en Estados Unidos, donde cada institución es muy celosa de sus competencias. El 2 de mayo, tras presentar a Obama el último briefing de inteligencia, recibió la orden de ataque. Panetta siguió la operación en directo y vía satélite desde Langley mientras Obama, el vicepresidente -Joe Biden- y la secretaria de Estado -Hillary Clinton- lo hacían desde la Casa Blanca. «Solo había entre un 60 y un 80 por ciento de posibilidades de que Bin Laden estuviese allí. La verdad es que pudimos entrar y no encontrarlo», reconoce Panetta. Rezó.


Es un hombre recto. Cuando en julio abandone la CIA para convertirse en jefe del Pentágono, lo hará con la cabeza bien alta. Lo sustituye otro hombre de palabra, el general David Petraeus, actual comandante de las fuerzas en Afganistán, al que muchos ven como candidato republicano a la Presidencia en 2016. «Panetta tiene principios, es decente, honorable... ¿Podrá cabalgar al tigre sin que se lo coman?», se preguntó un analista cuando asumió la jefatura de los servicios secretos. Lo hizo de manera sorprendente y después de fustigar por escrito las ilegalidades y vejaciones en la lucha antiterrorista durante la presidencia de George W. Bush. «Aquellos que apoyan la tortura quizá crean que podemos abusar de los prisioneros en determinadas circunstancias y, aun así, ser fieles a nuestros valores. Pero eso es una falsa componenda. O creemos en la dignidad de los individuos y en el imperio de la ley, y en consecuencia prohibimos el castigo cruel e inusitado, o no creemos. No hay término medio.» Aquel artículo, publicado en 2008, levantó ampollas en Langley. Panetta siempre se ha distinguido por no callarse una. Pero Obama llegó a la Casa Blanca y prometió depurar la agencia. Una limpieza a fondo que incluía a todos aquellos que se hubiesen manchado en la guerra contra Al Qaeda. Era el Obama recién llegado, idealista. Y ese artículo, y su amistad con el flamante jefe de Gabinete, Rahm Emanuel, le valieron a Panetta su designación como patrón de los espías. Toda una declaración de intenciones por parte del nuevo presidente. Y también una provocación.

«¡Están poniendo en peligro la seguridad nacional. Son unos temerarios disfrazados de virtuosos!», bramó el ex vicepresidente Dick Cheney. La réplica de Panetta fue mordaz: «Es un tiburón que huele sangre, pero este asunto es muy delicado como para hacer política. Parece que está deseando que el país sea atacado de nuevo». La Administración ya había prohibido los excesos más brutales, como los ahogamientos fingidos durante los interrogatorios o impedir a los presos dormir durante periodos de hasta 11 días para doblegar su voluntad. Sin embargo, conforme el entusiasmo primerizo de Obama fue apagándose y sus decisiones se volvieron cada vez más tibias, también Panetta recurrió al pragmatismo. Los funcionarios que estaban en la picota pudieron alegar que cumplían órdenes para conseguir la inmunidad. «Les voy a conceder el beneficio de la duda. Si hacen el trabajo por el que se les paga, no les puedo pedir mucho más», reconoció. Le llovieron entonces las críticas del sector más liberal del Partido Demócrata. Y el veterano político se vio en un fuego cruzado.

»A Cheney,Panetta le parecia un Blando.cuando lo pusieron al frente de la CIA,bramó:"Ponen en peligro la seguridad nacional".





Encajó los reproches con humildad. Es un tipo campechano. Los 20.000 empleados de la CIA tienen bula para ahorrarse formalidades y llamarlo Leon. Nacido el 28 de junio de 1938 en Monterrey (California), se crio en un hogar de inmigrantes italianos. Creció fregando platos en el restaurante de sus padres y sabe lo que es limpiar estiércol en una granja. Es católico practicante. «Muchas de las decisiones que tomo cada día conciernen a asuntos de vida o muerte. Algunas veces lo único que puedo hacer es rezar un montón de avemarías», se sinceró a The New Yorker. Está casado desde hace 50 años con Silvia, que trabajó para él durante su etapa como congresista. Panetta heredó un rancho de nogales de 49.000 metros cuadrados en Carmel Valley, cerca de San Diego, donde tiene su residencia. Con su mujer mantiene una organización sin ánimo de lucro enfocada al servicio público y la participación ciudadana.


Estudió Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad de Santa Clara, graduándose magna cum laude en 1960. Ejerció como abogado hasta que se incorporó a filas en 1964. Sirvió tres años en el Ejército como oficial de inteligencia, lo que invalida en parte las acusaciones de bisoñez en materia de operaciones encubiertas que recibió al llegar a la CIA. Alcanzó el grado de teniente y fue condecorado. Comenzó su carrera política en el Partido Republicano. Era el encargado de garantizar el cumplimiento de las leyes de igualdad educativa entre blancos y negros bajo la Administración de Richard Nixon. Fueron cinco años que lo dejaron frustrado. En su opinión, los republicanos estaban abandonando el centrismo. Cambió de chaqueta y durante 16 años sirvió como representante demócrata. En los 80 alzó la voz en el Congreso contra la política de Ronald Reagan en Latinoamérica y las operaciones diseñadas por la CIA en Nicaragua y El Salvador.


Bill Clinton se fijó en él, en 1993 lo nombró director presupuestario de la Casa Blanca y un año más tarde, jefe de Gabinete. Clinton estaba contento con él, pero la satisfacción no fue mutua. A Panetta le disgustó mucho el sonado adulterio con Monica Lewinsky, que había sido becaria suya y a la que apreciaba. «Este hombre no tiene disciplina personal», dijo del ex presidente. Obama premió su experiencia presupuestaria -una cualidad nada baladí cuando se manejan unas cuentas de diez mil millones de dólares- y su elocuencia a la hora de expresar sus convicciones. También su mano izquierda. Y, en última instancia, su sentido práctico cuando en la balanza se miden legalidad y patriotismo. «Es el perfecto servidor público», lo ensalzó un senador republicano. Canceló el plan secreto impulsado por Cheney para capturar terroristas en otros países y ejecutarlos sobre el terreno y sin miramientos legales. Sin embargo, con la autorización de Obama, continuó las operaciones paramilitares contra los talibanes en la frontera de Afganistán y apoyó el uso de aviones no tripulados para atacar objetivos de Al Qaeda. Y, al fin y al cabo, cuando Bin Laden fue abatido en Pakistán, iba desarmado, es decir, se prefirió ajusticiarlo antes que llevarlo ante la justicia. No en vano Cheney fue uno de los primeros en felicitar a Panetta. Se sentía reivindicado. Desde entonces, los norteamericanos, tanto demócratas como republicanos, han cantado las alabanzas de la CIA, algo inusual. A Panetta le quedan solo semanas como director. Obama ya había anunciado su paso al Pentágono como nuevo secretario de Defensa. Un ascenso decidido cuando el presidente ya conocía el seguimiento de Bin Laden, pero antes de culminar la operación. Sin duda, una arriesgada apuesta para quien contaba tan solo con un 60 por ciento de probabilidades de dar con el enemigo...








Panetta con silvia,su mujer desde hace 50 años.Tiene tres Hijos y cinco nietos.








Panetta,que se caracteriza con su amplia y facil sonrisa,con el Lider de Hizbulá,Husham Al-Husainy,en un encuentro reciente.





Con Bill Clinton,su gran descubridor para la Politica (aunque ya habia trabajado en su Administracion)











«Ahora está en tus manos, amigo mío», le dijo por teléfono Leon Panetta al vicealmirante William McRaven horas antes del ataque al escondite de Bin Laden. Obama y Panetta confiaban ciegamente en McRaven, jefe de operaciones especiales del Pentágono. Es el nuevo héroe americano.

#McRaven, de 55 años, nació en Texas. Licenciado en Periodismo, ingresó en la Marina en 1976. Fue un joven teniente de los Navy SEAL, el cuerpo que ahora ha liderado la operación contra Bin Laden. Llevaba desde 2004 persiguiéndolo. Antes comandó la Task Force 121, fuerza secreta que participó en la captura de Sadam Husein.

#McRaven ha escrito varios manuales sobre operaciones relámpago y es experto en guerrilla psicológica. «Es el comando más inteligente de la historia. Duro y compasivo. Puede clavarte un cuchillo en los riñones en una fracción de segundo», dice de él un superior.

#El año pasado, cuando uno de sus comandos bombardeó por error a la familia de un líder tribal en Afganistán,se presentó ante ellos personalmente para pedir perdón. Al afgano se le compensó con 30.000 dólares.

#Luce 23 condecoraciones y tres estrellas.Acaba de ganarse la cuarta. Ahí donde lo ven, ya hay apuestas sobre quién lo interpretará en el cine.



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