Hola! Este es un nuevo relato, es la secuencia del segundo. pero va antes que el primero. (Extraño verdad?) Está entendible. Trata sobre el re-encuentro de la Señorita con Zoe, ambas han cambiado su personalidad, He evitado profundizar en escenas, por moderación. Les invito a escuchar esta a la par:
Les recomiendo escuchar la lista de reproducción; Pues bien, les veo al final. Enjoy.
Por la noche habitualmente suelo leer libros de filosofía. La música ochentera me acompaña haciéndome sentir parte de un mundo al cual no he pertenecido, sin embargo, cómplice de aquella generación tarareo al ritmo del teclado. Esa esencia del pop-punk sin uso de bajos, guitarras, temas demasiado adolescentes, ni aceleraciones inútiles como las vemos hoy en día, me lleva a pensar, que tal ves antes disfrutaron de una música de verdad.
Pero a través de ello, medio entre las consecuencias de esos tiempos y resalto que el término común de esas melodías eran los pubs, discotecas, bares de ambiente, bares modernos. Claro, las luces de colores en ese entonces eran la sensación. Pero aún era insoportable pensar que podían convivir con toda la onda de baladas de oro, y romanticismo heterosexual haciendo hincapié del desamor de los aventureros jóvenes, y todo-tipo de experiencias idealistas, que la generación anterior recordará y defenderá hasta su muerte. Pienso que debería ser igual con la música ochentera. Sin embargo, el auge del rock alternativo y las movidas recientes echaron a perder poco a poco a la nueva ola, dejándola sólo en la historia de los salones de baile, o los retos de historia de la danza. Claro está. Un gran espectáculo.
Así comienza este relato. Zoe se hallaba sumida en los libros de ciencia mientras yo me atrevía a la filosofía. Hace mucho que amaba el romanticismo literario de lo imposible mientras la ciencia consumía las noches de Zoe. Por eso los debates y las tertulias nocturnas nos llevan a paraísos de la osadía de lo irreconciliable. El amor en medio de la ciencia ficción más aventajada, más liberal, y aún más excéntrica, y el aspecto social. Hace mucho que habíamos superado a los sociólogos e investigadores del siglo XVIII, nos creíamos invencibles. Pero todo ello acababa en el licor y la yerba de las noches. Un día, cuando desperté y contemplé el estado de cuenta de redes sociales, observé la fotografía de Zoe realizando un tallado en madera, en pro de pronto aprender a tallar en piedras dulces. Por supuesto que sus amigas y su cuerpo fanático popular le llenaron de felicidades y graciosos doble-sentidos. Yo me hallaba consternada. Esa tipa estaba enloqueciendo y eso era peligroso, potencialmente para mí, pues ya era demasiado tiempo junto a ella, como para evitar que me contagie. Buen presagio, pronto también me animó a moldear texturas, ella decía que el arte plástico era la onda, que pasaría buenos momentos. Yo sólo pensaba en las yerbas de la noche y en cómo eso variaría los temas de conversación hacia cosas mucho más reales y por tanto mundanas. Yo no me atrevía a decirle que me gustaba la abstracción a la que llegábamos por las noches, porque pensaría que yo estaba perdiendo la cordura. Pero sentí algo de resistencia a aceptar que ella declarase al mundo lo que le gustaba y yo no. Mis amigas me creían la tipa centrada en las posibilidades reales tangibles, en la filosofía práctica, tal ves crítica y el razonamiento deductivo más feroz que desataba los nudos georgianos más entrelazados.
Ello era causa de admiración, respeto y siempre se preguntaban, como yo casi casi convivía con Zoe que era de lo más optimista e idealista. Y bueno, sentí estúpidamente infantil la idea de reprocharle. Tenía que hallar la manera de recobrar a la antigua Zoe que se apoderaba de mis noches intelectuales. A pesar de ser toda una dama, me negaba a creer en el arte. La medicina me había enseñado valiosas lecciones en mi carrera. Los libros de filosofía, y en especial esa última corriente que leía me hacían odiarla, como manifestación y expresión, y no como medio de comunicación. Se lo decía a Zoe, “El arte es expresión, sólo eso” ella me refutaba “es un símbolo que esconde todo un universo, si guardas un nivel de consciencia elevado” Yo no decía más, creía que era un fanatismo, un ego superado mil veces desafiando al temible Freud. Una alienación según Weber. Un silogismo, según los catedráticos de Leyes. Su interpretación no era clara, era un lenguaje dirigido, era un instrumento de las sociedades de la niebla. Ella rebatía aceleradamente cada una de mis estocadas, según yo, arteras. Invulnerable ante mis razonamientos me conmovía al punto de excitarme y encender esa lujuria que traemos escondida, una lujuria intelectual. Quería conocer cada vez más de ella, y no limitarme a las abstracciones de la filosofía y la dialéctica. Eran esos momentos vacíos en que ella me miraba fijamente y no atisbaba a decirme nada, ese silencio era tan frío que nos aventurábamos a seguir la conversación dentro de la sala del estudio.
Siempre le robaba su habitación. Era yo quien dormía en su habitación, y ella se las arreglaba en el sofá de la terraza, o en la sala de estar; se había hecho costumbre poco después que nos reencontráramos hace unos meses. Volviendo al hilo, habían transcurrido unas semanas desde que ella se inició en ese arte. Y sí, ya no conversábamos mucho y tampoco solía ir a su pieza, de hecho había vuelto a mi hogar. Mi antiguo jardín estaba encantador. La madre de mi madre había hecho proezas. Y me enseñaba cómo hacer los cortes perfectos sin dañarme con las espinas de los rosales, incluso me enseñó cómo usar el compost. Tenía flores muy agradables. Yo feliz, claro, sentía que era mucho mejor que poseer mascotas. Entonces se me iluminó el rostro. Tenía la idea perfecta de cómo alejar a Zoe de la estupidez repentina del arte. Y que volviésemos a tratar esos temas apasionados, aunque sospechaba que eso la alejaría de consumir alcohol, pero me conformaba con la idea de la yerba de las noches, y que ella abandone el fumar cada vez que se lo permitiese. De hecho había estructurado el plan perfecto, pero necesitaba la colaboración de la sabiduría de la madre de mi madre.
Ella encantada. Me enseñó bastante, pronto a mí me comenzó a gustar las labores de horticultura. La extrañaba. Pero poco a poco me estaba acostumbrando a la vida palaciega. Casi la regular sensación de terminar con los estudios de doctorado y regresar a casa en el coche. Mis compañeros eran excepcionales. Muchos eran científicos condecorados, habían presentado artículos en las revistas locales, publicado libros, sustentaban sus ideas con tanta agudeza que me sentía muy motivada a seguir estudiando. Pero necesitaba de Zoe. Necesitaba olvidarme del rigor científico y tener dedicadas esas horas libres a las charlas suaves y diálogos que Zoe jamás me negaba, pero que estas últimas semanas se habían suspendido, por un malentendido, o por la cobardía de no confesarle que me gustaba más debatir con ella que acompañarla en su amor al arte. Sucede que teniendo tiempo libre los fines asistía a sesiones de cine, claro, ¿Qué otra actividad podría hacer?, estaba aislándome cada vez del mundo, no quería regresar a la época en que me quedaba por horas en las Bibliotecas Publicas donde todo me parecía enorme y lejano. Había planeado volver con Zoe y persuadirle para aprender horticultura, pero no me atrevía. La razón por la que odiaba el arte, era simple: Que ella se podía reunir con otros aficionados. Y que pasase mucho tiempo con ellos, que pronto los haría nuevos amigos, que luego tendría invitaciones a eventos, que pronto conocería personas realmente capaces de sostener ideas descabelladas con la libertad absoluta de ir contra el sistema. Y supongo que tal vez eso le desagrade. Y que, si lo toma por bien, luego me venga con esas ideas extrañas de la libertad y el bien común, las ideas del estado de bienestar, privacidad, y lo que yo consideraba decadencia cultural, ella lo manifestase como expresión generacional, reivindicación de una juventud. Y bueno, lo que sigue, hormonas y más hormonas, sexo y feromonas. Pronto abandonaría las hierbas aromáticas e infusiones de la noche por las hierbas que se combustionan y hacen relajar el natural estado de alerta. Éramos adultas. Es decir, se supone que ya lo sabíamos, lo habíamos discutido tantas veces. Tenía que impedir eso, a todo lugar. Viva la Función Preventiva, frente a la coercitiva. Bueno yo y mis apegadas ideas de moral...
era así esa noche de frío descomunal, que conduje hasta el estacionamiento del mall y aventajé mi bolso, recogí el ticket de parqueo, e ingresé a la sala de cine, las entradas las había comprado online y sólo quedaba hacer el checkeo en las máquinas dispensadoras. Esta noche me quedaría dos funciones de largo. Para matar la noche sola. Y claro, Yo feliz, con mi bufanda abrigadora, los toffees camuflados y los boletos en mano. Ya aventajada yo, toda una profesional, me conocía todas las técnicas que había aprendido a lo largo de mi experiencia de cinéfila. Tenía algo de tiempo, entonces me tomé la libertad de ir al tocador. Estaba vacío, solo unas nenas seguro estudiantes conversaban mientras se delineaban. Estando en posición y sin contacto, tenía que inflar la almohadilla portable que siempre usaba de amortiguador de emociones en las funciones. Estaba concentrada en eso, observando la adecuada presión de aire, cuando siento que se nubla mi vista. Alguien tenía sus manos en mis ojos y me susurraba atrevidamente “te encontré, adivina quién soy” Era la estupidez más infantil y absurda que podía esperar. No evité sonreír. Luego vino la lucidez, pensé que era alguna compañera de estudios, lo cual consideraba la más informal ausencia de respeto. Quería reprender a quien rayos se atreviese a hacerme eso. Cuando me encontré con la ahora más liberal Zoe que había visto en años. Me quedé muda. Mis más bajas presunciones se habían cumplido. Era ella, claro, esa sonrisa era de ella, conocía esas facciones. Esos ojos y … aguanta... esos cabellos no encajaban. Se había tintado. Se había cortado, Se había… Hecho cien veces más hermosa. Llevaba las típicas botas timberland oscuras, el dark jean ripeado, la camisa a rayas de leñador, y esos lentes que simbolizaban el lado más hípster de la juventud. Yo era una señora de mierda al lado suyo. Me sentí horriblemente envejecida. Mi lado rebelde, ese escondido por varios años se despertaba, me importaba muy poco el cine, mis teorías raras de convicción y los silogismos y todo, “¿te pasas sola por aquí?” me insistió cuestionándome. Yo no podía responder. Y es que usualmente me había planteado la idea de ser yo quien la abordase, de hecho había preparado unas frases de entrada, y unas respuestas por si la cosa salía de lo previsto. Claro, esto tan sólo lo tenía entre mis temores. “He.. estado con unas amigas... pero ellas se adelantaron con los chicos …claro” respondí rápidamente. Gran error. Ni bien terminé de decirlo, sabía lo que seguía: “¿Entonces no tienes ningún galán o caballero que te esté esperando?” Y lo dijo pausadamente, como disfrutando la obvia respuesta que tendría que dar. “Porqué no mejor me hablas de ti? ¿a cuál sala vas a entrar?” Se lo pregunté como para evadir el tema, ella agilizó las cosas “Mi sala acaba de terminar, de hecho tenía planeado ir por café al bar temático del centro” “¿No deberías apresurarte? La sesión comenzó hace unos minutos” y yo “No… No de hecho, sólo venía a acompañar, cosa que no tiene mucha importancia… ¿te importa si me uno? Para ir juntas, ¡está que llueve a mares!” Debía aceptar, es decir, esta ves sí que fui demasiado directa, cualquiera se huele las intenciones, me tenía en bandeja. “Pues claro, si es lo que quieres” y lo dijo de modo divertido, como alegrándose que yo tome la iniciativa. Yo no podía estar más sonrojada, con las entradas escondidas rápidamente en los bolsillos interiores de mi bolso y la almohadilla impúdica en todo el público.
Caminamos hasta el estacionamiento, encontré mi coche entre las decenas que estaban, arrojé la almohadilla, mis cosas y me sorprendió verla no fumar cuando ingresamos al coche, luego lo encendí y partimos; y no era mentira, en la calle el frío había pasado a mayores, llovía a mares, suerte que llevé el coche. Ya en el camino, me detuve por el tráfico, todo el mundo quería huir a sus habitaciones o centros de reunión. Los parques que solían estar repletos con los eventos o tocadas de bandas locales, esa noche, estaban vacíos. En eso estaba, acomodando el reproductor a una estación de radio local decente, cuando Zoe revisa mis discos, había olvidado que en esas semanas conservaba los discos de la madre de mi madre. Porque solíamos viajar al campo, y ella insistía en llevar sus discos. Entonces ella comenzó a asaltarme con preguntas, de qué sucedió con la antigua Cherry que conocía. Y me lo dijo con total descaro, así, irreverente, fresca, como si le hubiese otorgado el permiso para usar el nombre de pila de la escuela de gastronomía en la que nos conocimos, Haciéndome sentir vieja. Claro que ella notó como mi rostro cambiaba, hacia uno con la seriedad del juez de última estancia de la corte suprema, “Señorita Cherry” me susurró divertida. Yo tenía que explotar. Tomé la almohadilla y se la lancé. Ella reía con ganas. El tráfico estaba despejándose, pronto volteamos un par de esquinas y estábamos en el centro. Hasta ahora había sido demasiado por la noche. El bar estaba repleto, de artistas y un cálido temario de suerte de añejo y luces de sol, había demasiado bullicio, todos conversaban animadamente, en el escenario tocaban un blue psicodélico, parecido al trance, pero más suave de voces. Tocaban bien. Es decir, era asimilable. Nos acercamos a la barra, el encargado estaba haciendo una demostración a los clientes, le hizo señas a una compañera suya y le encargó que nos asista.
Al parecer Zoe la conocía, porque se saludaron animadamente, todo bien, ya me había animado por unas bebidas cuando tuvo que hacerle a Zoe esa pregunta “¿Es tu novia?” Yo observé a ambos lados, como una tonta, pronto capté que se dirigía a mí. Podría haber pasado como una broma y todo, casual, sin apuros, pero Zoe demoró mucho más tiempo de lo normal en responder a una broma. El tiempo se hacía eterno. Entonces yo no lo soporté. Salí del bar. Me sentía muy confundida, frente al coche, buscaba las llaves en mi bolso, apresurada, aún estaba lloviendo, entonces Zoe me alcanzó, yo estaba preparada para mandarla a la mierda, Si se atrevía a mencionar la escena anterior. Pero ella no atinó a decir nada, solo a esperar en la puerta del copiloto. “Porque no mejor vamos a un lugar más tranquilo” me dijo “Lo necesitas” insistió. “Sí… Sí. ¿Por qué no? Le respondí conteniendo el tono de mi voz. Subimos al coche. Estábamos empapadas. Me quité el abrigo de piel, ella intentó hacer lo mismo, desabrochando su camisa, parecía una provocación, Yo lo evité diciéndole que era innecesario, que encendería la calefacción. Así lo hice.
Estuvimos dando vueltas por el centro sin lugar aparente al cual dirigirnos. No quería ir a casa. Quería pasar más tiempo con Zoe. Pero no me agradaba la idea. “No sabía que fuimos a un bar moderno” le dije. Ella me corrigió que no era de ambiente, que era temático, que esa noche discutirían las obras de un escritor reconocido. Yo me sentí avergonzada. No quería pensar el porqué de la pregunta de la escena anterior. No insistí. Hablábamos de cosas livianas. La radio local nos daba temas de los cuales hablar. Había un incendio, de un almacén. Lo reportaban mientras los bomberos se dirigían a la zona. Estábamos cerca. Quería observar un incendio en medio de esta lluvia colosal. Nos dirigimos, y observamos. El sonido de las sirenas, los policías ordenando el tránsito, los bomberos con sus máscaras, Ella temblaba, yo suponía que era el frío. Me pidió que le llevase a su casa, que era un mejor lugar. Yo feliz, pensaba que podíamos hablar de ello, que nos olvidaríamos de la escena del bar, no podía estar más equivocada. Pronto llegamos a su casa, me sorprendió cuánto había cambiado. Me invitó a entrar. La veía apagada, como si el brillo de sus ojos se hubiese consumido con el fuego de ese incendio. Ella preparaba las bebidas.
Pensé en la vieja fórmula del alcohol caliente y la hierba de la noche que servíamos en noches como ésta. Yo quería bombardearla de preguntas, Todo estaba tan diferente desde la última ves que pasamos juntas. Sólo preparó café. Nada de alcohol. “Te necesito consciente” me advirtió. Pronto cogí el hilo. Supongo que ella pensaba que yo pensaba cosas, con respecto a aquella escena. Y que me mantendría alerta. Y que tal vez yo me alejase de nuevo. Le comenté sobre la jardinería de la madre de mi madre, desviando el tema para no tocar temas personales.
Pronto estábamos muy animadas, le reclamé que prepare el alcohol, que no había problemas, que me sentía bien. Que hacía mucho que no bebía. Ella regresó con las sangrías. Bebimos, discutimos. Reímos. Nos abrazamos. La terraza volvía a ser el ambiente de la hierba de las noches y nosotras las dueñas de esas tertulias. Me encantaba volver a ser la misma.
Pronto algo cambió en mí. Comenzaba a notar a Zoe de otra manera, no sé si era el color o el corte de su pelo, sus ojos emocionados, su risa, sus dientes, sus labios. Supongo que era la sangría. Pronto las luces se apagaron, el sistema automático no estaba configurado hasta la hora de la siesta. Nos sorprendimos. Yo bromeé sobre el incendio y la luz que tendríamos, si encendíamos el fuego. Ella enmudeció, se notaba triste, pronto se preparaba para levantarse. Le seguí. Teníamos que pasar por su habitación para llegar al frio-bar Ella me observó. Pero fue diferente. Me sentí extraña. Me observó con deseo. Como ningún hombre me había observado antes. Era un deseo descomunal, grande, es decir. Lo sentí. Una conexión. Era sucio, era agitado, peligroso; eso me puso. No recuerdo cómo sucedió, creo que fui yo quien la abrazó por detrás. No lo sé. Ella se giró, estaba llorando, podía verlo, incluso en la oscuridad, ella tomó mi rostro con ambas manos y me besó. Yo no pude parar, esa noche llegamos un poco lejos. Sería absurdo decir que fue el alcohol, yo sentía lo mismo. Nos desnudamos, nos recostamos, ella había sabía tanto, conocía mis zonas erógenas incluso más que yo misma, habiendo estudiado medicina, y estando preparando el doctorado. La noche se hizo relativamente corta. No recuerdo lo que sucedió después. Al día siguiente me tomé la libertad de dormir más de lo debido. Habíamos pasado la noche juntas. Estaba sola, me levanté, sentía temblores y algún dolor por haber consumido alcohol luego de mucho tiempo. Necesitaba fumar, o algo así. Salí a la terraza, ella estaba ahí. Fumando. Le pedí fuego. No aceptó. Entonces me senté junto a ella, y comenzamos a mirar a la ciudad moverse a su rutina diaria, tomadas de la mano, Sin palabras, y en silencio…