Mis estimados T! (ringueros)
El 17 de Julio del 2013 cumplí 2 años que hace que estoy en el camino. Fueron probablemente dos de los años más intensos de mi vida, con múltiples experiencias que me cambiaron la perspectiva -o más bien llenaron los espacios vacíos- de este hermoso y milagroso planeta Tierra.
Como escritor, creo fervientemente que el viaje y la escritura en nuestra sociedad son similares, mucha gente tiene el deseo de hacerlo, pero es una minoría la que se lanza a estas aventuras. El viaje, por un miedo a escaparse, dejar todo atrás, y meterse en un mundo desconocido. La escritura, por vergüenza a lo que piensen otros, o simplemente por creer que uno no es lo suficientemente bueno.
Ambas, sin embargo, pueden combinarse -ya sea para un diario autobiográfico o un cuento de ficción- para sacar lo mejor de cada una. En mi caso, durante mi viaje escribí mi primera novela de ficción, y muchas otras cosas, como cuentos cortos, relatos autobiográficos mezclados con ficción, o simplemente un diario. Aquí me gustaría dejarle algunos de estos escritos.
Este post está dividido en tres partes:
-Escritos Cortos
-Cuentos Cortos
-Escritos de viaje
DISFRUTEN:
El 17 de Julio del 2013 cumplí 2 años que hace que estoy en el camino. Fueron probablemente dos de los años más intensos de mi vida, con múltiples experiencias que me cambiaron la perspectiva -o más bien llenaron los espacios vacíos- de este hermoso y milagroso planeta Tierra.
Como escritor, creo fervientemente que el viaje y la escritura en nuestra sociedad son similares, mucha gente tiene el deseo de hacerlo, pero es una minoría la que se lanza a estas aventuras. El viaje, por un miedo a escaparse, dejar todo atrás, y meterse en un mundo desconocido. La escritura, por vergüenza a lo que piensen otros, o simplemente por creer que uno no es lo suficientemente bueno.
Ambas, sin embargo, pueden combinarse -ya sea para un diario autobiográfico o un cuento de ficción- para sacar lo mejor de cada una. En mi caso, durante mi viaje escribí mi primera novela de ficción, y muchas otras cosas, como cuentos cortos, relatos autobiográficos mezclados con ficción, o simplemente un diario. Aquí me gustaría dejarle algunos de estos escritos.
Este post está dividido en tres partes:
-Escritos Cortos
-Cuentos Cortos
-Escritos de viaje
DISFRUTEN:
Me gustaría empezar con algunos escritos cortos y fáciles de leer:
-Escuchame…
-No puedo, soy un escrito.
-Estoy deprimido
-Ay, no exagere
-Acabo de perder mi trabajo, nunca tuve novia, soy impotente, no tengo padres, ni hermanos, ni tíos, ni abuelos, ni primos, ni amigos, me estoy dando cuenta de que odio este lugar, y de que odio el mundo y todo lo que hay en él, y más que nada, me odio a mi mismo y no encuentro ninguna razón para seguir existiendo.
-Ay, no exagere
-Tenemos que hablar
-¿De qué?
-¿Qué te importa?
-¿Algún último deseo?
-Si, pero es un secreto
-¿Me das la mano?
-Si
-¿Me das tu compañía?
-Si
-¿Me das un beso?
-Si
-¿Me das tu cariño?
-Si
-¿Me das tu amor?
-Si
-¿Me das tu corazón?
-Si
-¿Me das tus sueños?
-Si
-¿Me das tu futuro?
-Si
-¿Me das tu vida?
-Si
-¿Me das cincuenta centavos?
-No
Dos hombres caminan por la calle...
-Oh Rogelio, ¿Cúantas veces le ha pasado, Rogelio? De caminar por una vereda que ha caminado cientos de veces, y de golpe verla renovada... ¿No le ocurre todo el tiempo? De oir las hermosas melodías de las aves que añidan en los cables de los teléfonos, que se repiten cada vez que los esplendorosos rayos del sol bañan cada hoja de los arboles con un hermoso color dorado, haciéndolas despedir un aroma tan fresco que le recuerda a uno viejos olores, de otras viejas veredas que recorría tanto tiempo atrás. ¿Acaso nunca le ha pasado, Rogelio? De reconocer cada paso, cada baldosa salida y cada pequeña senda de hormigas llevando miles de hojas a su guarida. ¿Acaso nunca le ha pasado, Rogelio?
-No
-Mamá, mamá, cuéntame una historia con un final feliz.
-¿Qué es eso?
"Tanta gente ha pasado por mi vida, y yo sigo haciendo el mismo camino de siempre," dijo el colectivo
Cayeron tres gotas de amor en la lluvia, una encontró a una chica, y la otra a un chico, y ambos corrieron y se besaron, la tercera cayó sobre mi, pero yo tenía el paraguas abierto.
¡Señora Parca! Ha llegado usted muy pronto ... no me ha dado tiempo de anudarme la corbata.
Un día quise esconderme en una nube, pero la maldita siguió de largo, dijo que solo ocultaba cobardes por la noche.
Yo no soy prejuicioso, sólo le he dicho que con esa cara parece usted un completo imbécil.
-Que linda es la vida... ¿no?
Su rostro emitió señales confusas. Su ojo derecho tembló de manera intermitente, como si su párpado pendiera de un fino hilo, igual que mi afirmación/pregunta. En su expresión había una desolación que no hacía más que delatar la respuesta. ¿Tan obvia era esa respuesta? Parecía como si sus cejas fueran a resbalarse por el costado externo de su rostro, como si de golpe se transformaran en una cascada de cansancio y se deslizasen a través de las líneas que marcaban su temple intolerablemente expresivo. Allí no existían las estaciones, siempre sería invierno; un invierno de nieves eternas cubriendo el bosque, y su boca, una diminuta cueva negra en medio de aquel brillo enceguecedor, parecía ser la entrada a cada una de sus neuronas, a su propia némesis, al manantial cancerígeno que causaba todo aquello. La puerta al infierno. ¿Cómo despegar aquella nieve de su cara?
De su cuerpo maldito no salió ninguna palabra, solamente un silencio; el mismo silencio que dejé entre mi afirmación y mi pregunta pero multiplicado por un millón; el silencio infinito, el silencio de la desesperanza.
-Usted es un cabeza hueca.
-No señor, no soy un cabeza hueca, tengo muchas cosas en mi cabeza, tengo un cofre de tesoros en mi cabeza, tengo un castillo repleto de torres en mi cabeza, tengo mil ejércitos peleando por hacerse escuchar en mi cabeza, el que no tiene nada en su cabeza es usted. Usted está solo con su cabeza.
-Nadie está solo con su cabeza
Los finos dedos se deslizan por los barrotes de la cárcel de plástico, la única cárcel donde el tacto de piel y materia se combinan hacia una libertad absoluta, donde los árboles dejan escapar la brisa entre las ramas y se alinean perpendicularmente a cada una de las líneas que avanzan paso a paso, puerta a puerta –cada vez más pequeñas-, hacia una tonalidad estridente, absorbente, despertadora de sueños, invitadora de mundos perfectos. Distintos, pero perfectos todos ellos. Mundos de sutileza, donde las uñas rasguean como plumas blancas recién caídas. Mundos violentos, donde los golpes desatan una tibia angustia pasmada de belleza. Mundos indiferentes, vestidos de gala, con moños ilusorios y pantalones de azabache. Mundos claros, con transparencias pasajeras y soles encandiladores. Y cada sonido se desprende sobre un campo de pastizales, meciéndose en perfecta armonía con el viento y el tacto, y traspasa las barreras auditivas, acercándose a nuevos límites sensoriales que ya nada tienen que ver con escuchar, ver, hablar o tocar, sino con sentir y vivir, vivir en el más hermoso y continuo presente.
AHORA ALGUNOS CUENTOS CORTOS
San Juan
La noche es un tumulto de luces y ruido. Hay un fuego grande a unos cincuenta metros del Arco del Triunfo. Atrás, el Parque Ciutadella es una sombra pintada con faroles que intentan escapar de las penumbras. En la rambla que corre desde el parque hasta el arco está el fuego, calentando a la gente que se detiene a observarlo, aunque debe hacer no menos de veinticinco grados. Estoy frente al arco, me había dicho Alfonso. Pero en frente del arco no estás, hubiera querido decirle. La gente corretea, algunos sonriendo, otros sin emoción alguna. Una chica pasa caminando con un semblante preocupado y menea la cabeza de lado a lado, buscando a alguien. A lo lejos se escuchan las explosiones de petardos y de vez en cuando alguien decide que un fuego artificial es una buena idea y el cielo se ilumina de verde o rojo o dorado. Alfonso, ¿dónde estás?
En medio de la rambla hay varias mesas juntas. Si alguien viera la imagen desde arriba, podría decir que parece una cerca podrida. A un costado, un stand vende bebidas alcohólicas para que la gente comience a olvidarse de la noche. Por detrás del parque, a la altura del mar, una hoja de maíz de color plateado explota en el cielo, y antes de apagarse decenas de puntos brillan como estrellas y se apagan, como si éstas hubiesen desaparecido en la misma nada que reina a miles de millones de quilómetros de ahí.
La figura de Alfonso aparece por detrás de una pequeña carpa de sonido que enfrenta un escenario con instrumentos. ¿Qué hacés, papá? Me dice en un intento de imitar el acento argentino. Yo le respondo que bien y nos damos un abrazo. Después de algunos minutos de caminar alrededor, decidimos ir a la playa. En el camino nos cruzamos con un padre que tira petardos mientras su hijo corre alrededor suyo. El hombre tiene una sonrisa cómplice en el rostro, como si hubiera encontrado la manera de convencer al niño que ver a su padre tirar los explosivos era más divertido que hacerlo él mismo. ¿Qué hiciste hoy? Le pregunto a Alfonso. Anduve por la playa y el parque, contesta con, a mi parecer, lo justo y necesario. Al costado del parque casi no hay gente, sólo algunos taxis que cargan turistas demasiado borrachos o cómodos para trasladarse a pie o en el metro. A los pocos minutos cruzamos una canchita de fútbol que había visto en otra oportunidad. Mañana jugamos al fútbol, ¿no? Pregunto. ¿Mañana? Me responde Alfonso. Adelante atisbo la silueta de una mujer paseando a su perro. Inmediatamente pienso que debe ser una persona solitaria, aunque el can parece ser una buena compañía. ¿Acaso irá a ver a alguien? ¿O sólo saca al perro a dar una vuelta a las once de la noche en el día de San Juan? Cuando nos cruza la miro. Es bonita, pero su mirada está perdida en el camino que ahora queda a nuestras espaldas, el camino que abandonamos, y que la muchacha acaba de comenzar.
Cuando estamos a pocas cuadras del mar, el movimiento de gente se intensifica. De la parada de subte de Villa Olímpica salen personas como hormigas de una madriguera. Mira esa belleza, me dice Alfonso, remarcando una rubia que se encuentra hablando con sus amigas. Tiene un vestido negro que termina en una minifalda y unas botas marrones que le suben hasta los tobillos. Sus piernas, largas, parecen haber sido esculpidas por una mano artística. Alfonso es media cabeza más bajo que yo, pero le gustan las mujeres altas. Yo prefiero lo contrario. Me limito a asentir y me guardo mi comentario. Alfonso pasa sonriendo al lado de ella y luego nos encontramos caminando detrás de las personas que se dirigen a las playas de Barceloneta, pero nosotros tenemos planeado ir a Mar Bella, a unos quince minutos a pie. Luego de unos minutos, un edificio comienza a ofrecernos una singular balada de sonidos. Ese es el sonido de los fuegos rebotando contra el edificio, le comento a Alfonso sin estar completamente seguro de lo que digo. ¿De qué hablás, boludo? Me responde con un acento que toca la estela de lo argentino pero cuyo cuerpo es alienígeno. Escuchá, le digo. De pronto a lo lejos retumban dos explosiones de morteros y el edificio devuelve un sonido a modo ciencia ficción, como si un gigante arrojase un boomerang hecho de energía y éste pasase silbando cerca de nuestros oídos. Decenas de veces, la estructura emite este sonido, aunque la gente parece no percatarse del fenómeno. Hasta bien pasados los doscientos metros, los tambores electrónicos siguen escuchándose. Mañana estaría bueno jugar al fútbol, le comento a Alfonso. ¿Mañana? Me contesta.
Luego de pasar varias playas colmadas de gente bailando y emborrachándose, llegamos a un lugar donde un parque se alza a nuestra izquierda y un antro se esconde entre una salida rocosa a nuestra derecha. Esta se corta por unos metros y luego comienza nuevamente, dejando una pasarela para pasar a la playa de Mar Bella. Lo primero que noto al llegar fueron los tambores, y luego el círculo de velas. Seis percusionistas se aprietan entre el círculo y la saliente de roca detrás. El mar muestra el reflejo de una luna que se esconde detrás de las nubes. Los djembes suenan a un ritmo disparejo pero constante. Incluso estos sonidos, que son la mezcla de una o dos personas improvisando por encima de la base, parecer encajar de una manera deformada en el ritmo, como un trozo de plastilina incrustado en un hueco. Dentro del círculo no hay personas, todas ellas se encuentran alrededor, como si este sector que se ilumina en medio de la oscuridad fuera intocable, sagrado –o prohibido-. Las personas cercanas a las velas son sombras con rostros iluminados. Lejos de la luz, es difícil distinguir quien es quien. Ni hombres ni mujeres, sólo siluetas. Detrás de ellas, una luz explota en el cielo, y las figuras toman forma contra el fuego.
Con Alfonso nos sentamos en la arena y compramos dos cervezas de un hombre que surca la oscuridad con una voz grave y monótona. Cerveza, beer. Cerveza, beer. Se las compramos por un euro cada una y brindamos antes de tomar el primer sorbo. Por la amistad. La cerveza pasa por mi garganta y deja el sabor amargo que siempre rechacé. Mi rostro se contrae en una mueca de asco. Por suerte la pobre luz de la vela no me delata. Antes de apoyar la cerveza en la arena le doy otro sorbo para sacar el gusto del primero, pero fracaso. Delante de nosotros vemos un muchacho con dos cadenas con fuego en las puntas. Los tambores redoblan el ritmo y comienza la danza. Cuando el muchacho finaliza entre aplausos es remplazado por otro, y luego por otras dos chicas. Hay al menos ocho personas que intercambian y muestran sus habilidades frente a los espectadores reunidos alrededor del círculo. Los únicos espectadores visibles son los que están frente a las velas. Algunos de ellos beben latas de cervezas, otros fuman marihuana, otros simplemente miran.
Hay dos artistas que llaman mi atención. Dos mujeres que hacen malabares con el fuego. Ambas utilizan cadenas, y ambas tienen el pelo anaranjado como las llamas que hacen danzar. Sin embargo, sus formas de interactuar con el elemento son completamente distintas. Una de ellas controla al fuego como si éste fuese un dragón salvaje, mientras que la otra lo seduce. Pero ambas lo adoran. El fuego les da vida y ellas le dan vida al fuego, una con aventura, otra con elegancia. El calor de las llamas ilumina los recortes de sus cuerpos, los expone frente a la oscuridad repleta de ojos. En la arena se baila otro baile, de luz y sombra, de matices, y por un instante parecería que ese círculo es quien mueve al mundo, y no el mundo al círculo. Va y viene, gira, se retuerce, se despliega, pero nunca abandona sus límites ni su forma. Diez tambores aumentan la velocidad de sus rugidos, las llamas comienzan a rasgar el aire a mayor velocidad. La luna se descubre de las nubes y emite una luz mortecina mientras las sombras bailan, y bailan, y parece como si aquellas siluetas fuesen almas, y como si estas almas dependiesen de la música para vivir. ¿Qué pasaría si los tambores dejaran de tocar de golpe? ¿Acaso caerían muertas en la arena y desaparecerían en la oscuridad, como un polvo negro volando junto a la arena? El último fuego se apaga, y los tambores emiten un último lamento antes de callar ante una luna llena que comienza a ocultarse una vez más. La gente tarda en salir del trance. Las sombras comienzan a sentarse, y también comenzamos a hacerlo Alfonso y yo. ¿En que momento nos paramos? Mi cerveza sigue en la arena. La agarro y le doy un sorbo. Está tibia. Mañana va a ser un lindo día para jugar al fútbol, le digo a Alfonso. En la oscuridad no distingo su rostro. Sólo escucho su voz agitada. ¿Mañana?
Los Olvidados
Don Cérulo se encontraba tomando mate en la terraza de su casa de campo. El sabor amargo lo vitalizaba, le daba coraje, lo hacía sentir un hombre temible. Debajo de su cuerpo, la silla se mecía casi por inercia, como si la misma brisa que danzaba sobre los pastizales tuviera efecto sobre los músculos de sus piernas. ¡Si el mero aire pudiese hacer eso, cuanto cansancio se ahorrarían mis pesadas piernas! Pensó Don Cérulo, aunque en ese momento el único cansancio que sentía era en su brazo derecho, el que usaba para cebar el mate. El termo se encontraba casi lleno y pesaba, ¡pero que rico eran los primeros matecitos después de un arduo día de trabajo! Fuertes de sabor, bien calientes a la boca tibia, el agua absorbiendo cada partícula seca y arrastrando el polvo restante hacia el fondo para que suba con el próximo sorbo. ¿Quién habrá sido el primero en tomar un mate? Se preguntó Don Cérulo mientras miraba los pastizales meciéndose hacia un lado y luego al otro. Las nubes gruesas se escalaban una por encima de la otra. Se encontraban cargadas de agua, grisáceas y con ansias de alivianar algo de peso. Por la noche lloverá. Por algunas partes se avistaba un pequeño trozo de cielo azul. El sol todavía se encontraba alto en el cielo. El verano patagónico traía días largos y calurosos y noches cortas y frías. ¿Quién pudo ser el primero? Volvió a preguntarse en silencio. Justo en ese momento salió a la terraza su esposa. Viejito, ¿quiere comer? Preguntó. Cérulo la miró pensativo. El mate le había engañado el estómago pero estaba hambriento. Sí, le dijo, y se propuso a levantarse, pero su mente no estaba concentrada en dicha tarea y se dejó caer nuevamente.
“Oigamé, querida. ¿Quién cree usted que fue la primera persona en tomar mate?”
“¿El mate?” respondió su mujer en un momento de confusión. “Creo que los indígenas. Una vez lo escuché en alguna parte. Apúrese que se enfrían las milanesas,” concluyó, y comenzó a retirarse.
“Viejita,” llamó Cérulo. “Dígame. ¿Quién cree que fue la primera persona?”
La mujer se encogió de hombros.
“¿Y yo qué voy a saber?”
“¿No le da curiosidad, saber quién fue la primera persona en ponerle pan rayado a la carne e inventar las milanesas?”
“Viejito, está usted desvariando otra vez.”
“¿No le da curiosidad?” Preguntó nuevamente Cérulo.
“¿Por qué le daría curiosidad? Alégrese que están y ya.”
“¿Y quién habrá sido la primer persona en usar el aceite para cocinar?”
“Oiga, viejo chocho, si quiere comer, entre, ¿sí?”
La esposa de Cérulo desapareció por la puerta de entrada. Cérulo cebó un mate y recostó su espalda contra la silla. Las nubes empezaban a cobrar un tinte más oscuro. El viento soplaba cada vez con más fuerza. Cérulo había leído en alguna época perdida de su vida sobre inventores del pasado. Hombres que llevaban nombres de calles, museos y demás. ¿Pero alguien sabía quién había inventado el mate? No, señor. Debía haber calles con su nombre. ¿Alguien sabía quien había usado el aceite para cocinar por primera vez? No, señor. ¿Dónde estaban los museos para esa persona? Don Cérulo concentró su mirada en la bombilla. Esta despedía un brillo blanquecino en su cuerpo plateado. Si la observaba desde un costado, podía ver su rostro deformado sobre el tubo. Tan sólo una cara amarronada en el medio y blanca en los costados. Por alguna razón, la imagen le hizo sentir más viejo, como si toda su vida se viera disminuida a ese pequeño trozo de metal, ese despliegue de luz donde nada conservaba su forma y donde todo perdía su peso, su importancia. Un espejo maldito, pensó Don Cérulo, y cebó otro mate.
“Yo podría haber inventado el mate,” dijo en voz alta al campo. “Pero entonces, ¿Quién me recordaría?”
Dentro de la casa escuchó el ruido inconfundible del cuchillo contra el plato. Su esposa había comenzado a comer sin él. ¿Y quién lo recuerda a usted? Le dijo Cérulo, en su mente, al ser que había tomado mate por primera vez. ¿Quién le agradece a usted por este delicioso brebaje, esta hazaña sin precedentes?
“¡Pues yo le agradezco!” Dijo en voz alta, pero no lo suficientemente alta para que su mujer lo escuchase. Suficientes razones tenía la vieja para pensar que se estaba volviendo chocho. Yo me acordaré de usted, sí señor...
El termo cebó una vez más y un río de agua golpeó la bombilla y bajó por túneles oscuros hasta el fondo del mate. Si uno lo veía desde los ojos de Don Cérulo, podía observar el líquido mojar tibiamente la yerba alrededor del tubo metálico, mientras que alrededor de este pequeño charco, una selva de yerba seca esperaba su turno para brindar sus ricos elementos al agua antes de ser desechada.
El agua caliente subió por la bombilla y bajó por su garganta en un flujo que escapaba a la gravedad. Don Cérulo chasqueó la lengua, cerró los ojos y dejando escapar una bocanada de placer, levantó el mate hacia el cielo lo más que su cansado brazo le permitió.
“A usted, señor.”
Barcelona
El camino sigue con su tortuoso esfuerzo de quebrantar mi cabeza en mil pasadizos, abstracta pero fulgurantemente, y justo cuando me encariñé con este lugar que por alguna extraña razón me resulta inherente y hasta casi propio. Aunque propio no es la palabra. No me gusta hablar de propiedad. Más bien diría que en alguna pieza del rompecabezas de miles de millones de piezas que componen las puertas de esta ciudad, en algún espacio diminuto, imperceptible y que ninguna otra persona puede ver con sus simples ojos, hay un lugar guardado para mí. Y no me entiendan mal, no hablo de un lugar físico, hablo de un lugar que sólo se abre dentro de mi cabeza, pero que emite un sentido de pertenencia desterrada, errática, suave y despiadada. Me está diciendo con palabras dulces al oído, palabras que vuelan como cuchillos emplumados por cada curva finamente pincelada en aquel lugar de mi cuerpo, que entre, que soy aceptado pero no sin mi aceptación previa. Me da una pequeña corona hecha de sueños donde cada una de sus puntas –y son miles- me muestran el surgimiento de algo, aunque es imposible saber qué. Sí, hay opciones, pero cuál puedo optar cuando las puntas de la corona se encuentran intocables sobre mi cabeza. Mis manos pueden tocar su cuerpo, pero las puntas todavía se encuentran inmaculadas. Sería igual tenerlas a miles de años luz de distancia. No voy a tocarlas porque están en otra dimensión a la que todavía no pertenezco, pero que algún día ondulará por el aire que respiraré. Y entonces sólo queda el vivir cada momento, en una hermosa y desesperante espera, como una lágrima perfecta que se escapa del ojo pero no termina de caer porque no tiene un destino que la espere, que la haga explotar en cientos de hilos plateados en donde se refleja, en cada uno de ellos, la cabeza que lleva la corona, el ser que vive pero espera, el individuo que espera viviendo, el soñador.
Algunos escritos de viaje:
Viaje y música son vida. De alguna manera, es ir a vuelo de pájaro a nuestras raíces, aquellos hombres nómadas que viajaban antes de que fuera 'popular', y que danzaban como una forma de celebración, y que mediante rústicos elementos crearon los primeros instrumentos musicales. 'Popular', por supuesto, hoy en día se toma directamente como una concepción negativa, aunque en el viajar, yo lo tomo con pinzas. Lamentablemente, la facilidad de viajar trajo inmundas cantidades de turistas que incluso teniendo veinte pares de ojos seguirían ciegos a lo que realmente significa... me temo decir que esto podría llamarse al famoso 'turista'. Por otra parte, hay una pequeña gama de gente que viaja para descubrir valores más profundos, culturas, tradiciones e historia.
La música está en cada una de esas cosas.
Es por eso que el viaje y la música son inseparables. Los pasos nos hacen avanzar, la música nos hace viajar. Siempre habrá personas con el fin de deleitar nuestros oídos y darnos un instante de fantasía, de pintar las paredes de nuestras mentes de un color anaranjado.
Cuando supe que viajaría por mucho tiempo, y habiendo experimentado viajes anteriormente con la imposibilidad de crear yo mismo estas melodías, me propuse aprender a tocar la guitarra -luego de diez años de batería, llegué a la conclusión de que quería crear melodías, cantar mis canciones favoritas-, y este fue definitivamente un enorme viaje dentro de mi viaje. Mi hermano fue mi primer instructor, el tutor de esta nueva fantasía. Mi hermano. Recuerdo escucharlo tocar la guitarra en su cuarto -adjunto al mío-, y sentirme molesto por no poder dormir. El sonido era suave, casi imperceptible. Una guitarra eléctrica no emana poder cuando no se la escucha a través del amplificador. Aquel sonido que puede derretir ventanas y atravesar un colchón de duro metal, no es nada sin su enlace, su conexión al mundo ficticio.
Ahora me doy cuenta de que presencié la magnificencia de mi hermano, su tacto, al principio torpe, que pronto se convirtió en melodías dulces y amargas. Ahora me doy cuenta que aquellas cuerdas que reverberaban en su habitación por la noche eran perlas perdidas en un aire viciado de rutina. Extraño ver esos dedos esquiar las pistas del alegre sol, el oscuro mi, el melancólico la. Sin obstáculos ni montañas.
Cuando salí con mi mochila y mi djembé, tenía dos meses de guitarra sobre mis hombros, y dos días después, una pequeña guitarra que avisté en una tienda en Auckland, Nueva Zelanda, formaría parte de mi vida hasta el día de hoy, y espero que por el resto de mi vida. Mi primera guitarra. Mi aprendizaje se formó -a excepción de mi base- al mismo tiempo que mi camino. Distintas personas llegaron a mi vida para enseñarme el próximo paso. Personas que serían grandes amigos, personas que no vería nunca más, músicos profesionales que vuelan por un mundo de melodías y no de popularidad. Todos ellos aportaron algo, y de ellos algo llevo en mi manera de tocar.
Mi viaje dentro de mi viaje. Mi guitarra, mi novela, mi camino, tan distintos... tan inseparables. Amo a cada uno de ellos y sólo puedo esperar que ellos se sientan amados, que sepan que quiero lo mejor para ellos, y que mediante ese espacio galáctico por el que viaja la inspiración, esa musa invisible que une los hilos de la imaginación, pueda hacerlos viajar hasta el infinito de las mentes.
A que sí
Soy un pésimo poeta, y tengo pruebas para corroborarlo.
Por supuesto, siempre tengo a mano la excusa de que era joven cuando las escribí, que ocho o nueve años atrás era distinto, pero aun así soy yo el que estuvo atrás de aquellas palabras... supongo que mis dedos se deslizaban en un limbo de letras de plástico sin atenerse a las consecuencias.
También puedo alegar que en aquella época todavía no había empezado a viajar realmente. Sí, un viaje por acá, otro por allá, sintiendo el peso de una mochila grande -inmensa- por primera vez. Esa mochila todavía no había salido del país, y ahora ya lleva tres decenas grabados en sus hilos. Supongo que en toda la maraña de tela que forma mi mochila, en alguna parte esos hilos tienen la forma de cada lugar. ¿Y cómo no va a ser así? Si aquel equipaje -por alguna extraña razón siento que la estoy insultando diciéndole así- tiene enmarcadas las trenzas genéticas de mi existencia. La mochila crece conmigo, madura conmigo, envejece conmigo, porque alguien me la colgó a los hombros un día y me dijo: andá, salí. Y yo salí, y ya no volví. Mi vida puede separarse entre una vida con la mochila arqueándome la espada, ese dolor que trae soñar, y otra con la mochila guardada, esperando poder brindármelo. Que lindo sufrimiento.
Mochila sudaca, latinoamericana, mochila sudada. Quise explicarle lo que era una frontera y me dijo que si iba a hablar de mierda que siguiera caminando. Mochila agringada, aduquezada, con un auto siempre viajás cómoda. Mochila casi sudaca, guerrera, achinada, como disfrutás dejarme los hombros marcados. Mochila histórica, tesorera. Amiga de otras épocas donde nunca nací y nunca morí.
Lleva mi historia de mi país, de mi timada América, mi lejana Oceanía, mi eterna Asia, y mi pecadora Europa.
Fucking Pragueando en Kong Lo
Siempre quise escribir algo que empiece con algún juego de números, como si uno más uno son tres, y dos más dos son tres, entonces tres más cuatro son seis... o si uno y uno hacen dos, entonces dos menos dos hacen uno... no... no me sale, no puedo, tal vez algún día pueda hacer una relación imposible que me lleve a crear un buen comienzo para una historia.
Por ahora seguimos pragueando en esta ciudad que no parece encontrarle un límite a la belleza -que meloso que soy-. Pero como le decía a las couchsurfers que me hospedaron: 'Your fucking city is fucking beautiful'. Ojalá pudiera encontrar una traducción, pero siempre me fue difícil traducir la palabra fucking. Es que tiene un no sé qué que qué sé yo. Yo creo que probablemente es la mejor palabra jamás inventada.
Por ejemplo, si me remonto a la cueva de Kong Lo que vi en Laos unos nueve meses atrás, sólo podría decir que es fucking impresionante. Un pueblito diminuto, sin fucking turistas, solamente dos tipos en un bote, uno atrás con el motor, uno adelante con la luz haciendo señas para evitar rocas o goteras, y mi amigo y yo en el medio, rodeados de una oscuridad absoluta en la garganta de un diablo esotérico: un río atravesando una caverna de cien metros de altura y tantos iguales de ancho, aunque esto es un dato de guía, la realidad es que es imposible decirlo al cien por ciento porque es una caverna y cambia todo el tiempo. A veces hay cien, a veces hay diez. Pero esto no es lo que encontré particularmente increíble, ya que en la oscuridad no se ve casi nada.
Lo increíble es cuando te dicen que te bajes y empieces a caminar, y un tipo aprieta un botón y no sabés porque lo aprieta, y diez minutos después te ves rodeado de una iluminación casi surreal que alumbra estalactitas de treinta metros que forman como templos que -como le digo a todos los que le cuento esto- parecen salidos de una puta película de Indiana Jones. Y lo que se siente raro es saber que ese cielo que estás mirando, esa negrura que se disfraza de una noche sin estrellas ni luna ni nada, es un mero techo de roca, y que arriba de eso hay una montaña, y que abajo de ella está este mundo que no existe en la realidad, sólo existe en esta especie de universo paralelo por el que sólo tuve permitido echar un vistazo, pero no pude dejar que forme parte de mi vida, de MI realidad.
Entonces salís de ahí después de cuarenta minutos, agradeciendo que tenés los ojos para ver lo que viste, y en tu mente podés pensar una sola cosa...
...fucking impresionante.
Y por último, les dejo un fragmento de mi novela que la gente me ha dicho que disfrutó mucho. La historia está situada en un mundo luego de una catástrofe natural que lo deja destrozado. Veinticinco años después, se forman nuevas bases de sobrevivientes alrededor del globo, pero aun con un comienzo fresco, todavía existe la corrupción, el engaño y el egoísmo. El título del primer libro es "La Lluvia de las Lágrimas Rojas", y es la primera parte de la saga de "Las Nervaduras del Trébol". Acá va:
Los cajones se encontraban alineados de la misma manera que una bandada de pájaros en pleno vuelo. Había varias antorchas alrededor del patio, aunque la atmósfera en todo el lugar era lúgubre y desasosegada. Cientos de personas habían esperado fuera de la base a que comenzasen las celebraciones funerarias, y muchas de ellas se habían retirado y habían sido remplazadas por otras nuevas. Varios familiares habían estado allí todo el tiempo y probablemente se quedarían allí hasta el entierro cuando el sol despuntara por el horizonte, el sol que anunciaría que vivirían el próximo día de sus vidas sin sus seres queridos.
Paul encontró a Herb caminando entre la gente.
“Herb,” le dijo en voz baja.
“¡Paul!” Exclamó el anciano en un susurro. “¿Cómo andas?”
Paul levantó los hombros.
“Esperando noticias de mi hermano,” dijo. “¿Y tú?”
“Oh, ya sabes. Como siempre. ¿Así que todavía no han llegado noticias?”
“No. Sólo se dice que ha sido liberado, pero eso es todo lo que los operarios dicen, o están autorizados a decir. Arlan comunica lo justo y necesario.”
“Así son los políticos, hijo. Siempre dirán lo que quieres escuchar.”
“¿Pero por qué?” Preguntó Paul angustiado. “¿Por qué la honestidad no es algo cotidiano en nuestras vidas?”
“Porque la verdad muchas veces es una canción fuera de tono y nadie quiere escucharla. La mentira está allí para corregir las notas que están mal, pero no con la nota correcta, sino con una nota similar que suena casi tan bien como la otra. Es por eso que alguien que sabe escuchar puede notar inmediatamente cuando alguien miente.”
Paul se quedó pensando en aquellas palabras.
“Si tú fueras gobernante, ¿también mentirías?”
“Probablemente,” admitió Herb, levantando la mirada hacia el cielo estrellado. “A veces mentir no es tan malo. Sólo a veces, la mentira es mejor que la verdad.”
“¿Pero de qué serviría, si al final la verdad se descubrirá?”
“Digamos que tengo un chocolate en el bolsillo, y yo te digo con seguridad que es el mejor chocolate del mundo, pero yo sé que no lo es. Digamos que por meses, tal vez años, te sigo repitiendo que es el mejor chocolate del mundo, pero no puedes probarlo. Tu mente se adecuará a la idea de que el chocolate que tengo es el mejor que existe, y si yo hago bien mi trabajo, es probable que lo sientas a tal extensión que al momento de probar el chocolate, tu mente va a buscar que sea el mejor chocolate del mundo, y así lo va a creer, aunque sea un chocolate más del montón. Si yo hubiera sido sincero y hubiera dicho por esos mismos años que era un chocolate más del montón, ¿hubiera sido mejor o peor?”
Paul movió los labios hacia un lado, analizando la pregunta.
“Verás,” prosiguió Herb. “La gente que nos gobierna intenta ofrecernos chocolates constantemente. Ellos saben que son chocolates de mala calidad, pero deben ofrecerlos como si fueran únicos en el mundo, aunque nunca nos los den. De esa manera, la gente se mantendrá dócil y obediente, porque creen que al final obtendrán una gran recompensa. Una vez asentada la mentira, la cuestión ya no se trata de chocolates, sino de algo mucho más grande: la credibilidad.”
“¿Y qué pasa cuando la gente se cansa de esperar?”
Herb lo miró y sonrió aunque sus ojos demostraban algo más cercano a la tristeza.
“Ahí es cuando suceden cosas como las de ahora, y lamentablemente el que siempre paga más caro es el pueblo.”
Paul caminaba lentamente, analizando cada palabra. ¿Por qué tenía que ser el pueblo el que pagase por las faltas de los gobernantes? El pueblo debería gobernar, pensó Paul, y eso fue exactamente lo que dijo.
“El pueblo debería gobernar.”
Herb meneó la cabeza.
“Si el pueblo gobernara, ¿quién tomaría las decisiones?”
“Pues, la misma gente.”
“Sí, pero cómo se elegiría la gente para tomar las decisiones.”
“El pueblo la elegiría.”
“¿Y cómo llamarías a estos… representantes?”
Paul colocó una mano sobre el mentón.
“Supongo que gobernantes.”
“¿Y acaso crees que por qué el pueblo los eligió no tomarán decisiones malas y se tornarán en malos gobernantes?”
Cuando Paul no respondió, Herb prosiguió.
“Hay poca gente que nace para gobernar, Paul. La mayoría son personas que creen saberlo, pero la realidad es que son pocos los que pueden lidiar con tanta responsabilidad. Ni siquiera Nycholas era un gran líder. Sin dudas era un genio más allá de la imaginación de cualquiera, pero siempre estuvo bajo el mando del gobierno estadounidense, quien lo controló así como un titiritero controla a una marioneta. El rostro de Nycholas no salió a la luz sino hasta después de que la guerra terminase.
“Por supuesto la prensa sensacionalista lo calificó inmediatamente de líder y salvador de las gentes del mundo, pero la realidad, estoy seguro, habrá sido bastante distinta a lo que todos conocemos. Tan sólo imagínate ser un niño con una cualidad que te separa del resto, pasando tus días en soledad, cuando de golpe algunos hombres en traje vienen a tu hogar diciendo que debes terminar una guerra en la que están involucradas miles de millones de personas.”
Paul pensó en aquello por un momento. Nunca había analizado tal posibilidad, aunque la realidad era que Nycholas no representaba mucho más que una figura histórica en su vida, como aquellas que enseñaban en los viejos libros en las escuelas. Todavía quedaban algunos en la biblioteca de la base. Paul había intentado leer uno pero terminó encontrándolo aburrido y distante, como si su mundo no perteneciera al mismo mundo de aquel ser y por ende nada de lo que aprendiera de él le sería útil.
“¿Hubo algún gran líder en tú época?”
“Claro que sí. Hubo un extraordinario líder: Mio Tung-We.”
Paul se sorprendió.
“¡¿Mio Tung-We?! Pero él fue quien llevó a China contra el mundo en la Guerra Hegemónica.”
Paul levantó la voz más de lo intencionado, y varias cabezas giraron en su dirección. Herb lo observó con una ceja levantada y las comisuras de los labios hacia abajo, como quien mira a alguien con la creencia de que esa persona no tiene idea de lo que está diciendo.
“Acompáñame,” dijo, y lo llevó a un banco que se encontraba a unos quince metros de los funerales. Una vez allí, tomó asiento. Paul hizo lo mismo.
“Paul. ¿Qué sabes de la guerra?”
“Pues lo que todos saben. China, bajo Mio Tung-We, se rehusó a formar parte de la Unión Hegemónica y luego él fue asesinado y luego el presidente francés, y luego se declaró la guerra, China arrojó una bomba nuclear en Roma y luego Polonia se unió a ellos y Nycholas ganó la guerra.”
“¿Y qué sucedería si te dijera que los chinos eran los buenos, y la Unión los malos?”
“Pues tendrías que darme una larga explicación,” contestó Paul intrigado.
“No creo que una larga explicación sea necesaria. Creo que eres lo suficientemente inteligente para entender esto sin muchas palabras.”
Herb levantó su mano y bebió de un vaso que parecía contener vino. Paul lo observó extrañado, no se había percatado de que había traído algo en su mano.
“Dime, Paul. Si tuvieras un país con una libertad económica y autosuficiencia casi completa, ¿querrías formar parte de una ‘Unión’?”
Cuando dijo esta palabra, levantó ambas manos y movió dos de sus dedos, en señal de comillas.
“Verás, está llamada ‘Unión’, era tan sólo una pantalla que no dejaba ver lo que realmente ocurría detrás. Ciertamente, la calidad de vida había mejorado en todo el mundo, pero la corrupción fue más grande que nunca. Ahora que todos tenían dinero para gastar, las empresas se hicieron tan gigantes que prácticamente controlaban el mundo. Estados Unidos y la Unión Europea se hicieron de todos los bancos del globo, por lo que absolutamente todo el dinero que circulaba en los países de la Unión era controlado por un pequeñísimo puñado de gente. El dólar hegemónico –aunque en realidad se trataba del viejo dólar americano, sólo que se empezó a usar en todos los países de la Unión- era fuerte y estable en comparación al Yen chino, pero esto cambió radicalmente a los pocos años, y la razón fue Mio Tung-We.”
“En los años anteriores a la formación de la Unión, China ya se había hecho de gran parte del mercado tecnológico, farmacéutico y bélico. Tenía el ejército más grande del mundo por una enorme diferencia –India había perdido gran parte de su ejército en la Tercera Guerra Mundial, llamada la Guerra de la Resistencia-. El comercio de armas se había transformado prácticamente en un monopolio chino, por lo que disponía de las más altas tecnologías bélicas.
“China, bajo el mando de Mio Tung-We, hizo lo correcto cuando la Unión se formó. Se mantuvo alejada, conservó su moneda y no dependió de ningún otro gobierno. Sus propios bancos estatales fabricaban el papel moneda, y su producción satisfacía el cien por ciento de las necesidades internas del país. Sólo exportaban lo que su gente no utilizaba, y aun así, esto abastecía a gran parte del mundo.
“Mio Tung-We fue el mayor líder de este gran país. Él fue quien le dio ‘No’ a los corruptos magnates del poder, y llevó a su país a un total autoabastecimiento donde la calidad de vida era mejor que la de los países más desarrollados de la Unión. En un sentido, aquel hombre fue un liberador, aunque no liberó a su país de algo ya establecido, sino que se negó a entrar allí en el primer lugar.”
“¿Y es por eso que lo mataron?” Preguntó Paul, compenetrado en aquella nueva versión de los hechos.
“Sí. Al menos aquel fue el mayor motivo. China iba en contra de los sistemas establecidos por la Unión. Las Universidades de la Hegemonía, aunque las de mayor nivel en el mundo, también eran las más costosas. China gozaba de una educación libre y gratuita para todos sus habitantes, así como un plan de salud sin costo alguno, en contraste con los planes de salud de Estados Unidos o varios países europeos, donde muchas personas pagaban miles de dólares al mes por un plan individual. “Fueron esos principios, principios que iban en contra de los ojos fijos en el símbolo del dólar, los que llevaron a Mio Tung-We a su asesinato.”
“¿Y por qué la gente de la Unión no veía esto? ¿Por qué lo veían como un dictador?”
“Porque la Unión no quería que la gente tuviese el mejor chocolate, sino uno más del montón que ellos fabricaban. Los medios de comunicación se encargaban de hacer aquel trabajo.”
Paul sintió un sabor amargo en la garganta. Su padre no le había contado estas cosas, siempre le había pintado el mundo como algo maravilloso. Ahora que Paul lo pensaba, Richard casi nunca les había hablado de las guerras y la corrupción. ¿Acaso sería uno de los millones que habían sido dejados de lado de la verdad?
“¿Por qué sabes sobre todas estas cosas?” Preguntó Paul.
Nunca le había preguntado a Herb como es que sabía tanto sobre todo. Tal vez fuese la edad, o tal vez había leído incontables libros en su vida, o tal vez era la persona más informada del mundo.
“Yo era parte de la Resistencia,” respondió con calma.
Paul lo miró, incrédulo.
“¡¿Qué?!” Fue lo único que salió de su boca.
“Bueno, no directamente,” dijo Herb rascándose la cabeza. “Yo estaba más bien en contra de la Unión, aunque nunca peleé la Guerra a favor de uno ni del otro. En mis días hicimos muchas marchas en todo el mundo. Nuestro grupo se llamaba ‘Movimiento de la desUnión’. Luchábamos contra las cosas que te mencioné anteriormente, y no éramos los únicos. Con la formación de la Unión hubo enormes protestas a nivel masivo. Por supuesto, los medios intentaron cubrir esto, pero la red se encargó de que se viera el día a día.”
“¿Pero la Unión no estaba intencionada a hacer algo bueno?”
“Los creadores de la Unión encontraron la manera de llevar el poder un escalón más arriba satisfaciendo las necesidades básicas de la gente, que es lo que siempre tendrían que haber hecho. La mayoría de los países no tuvieron otra opción que unírseles. Las naciones africanas fueron las primeras en caer, al fin y al cabo, era una completa sustentación, teniendo sus países una enorme proporción de gente muriendo de hambruna y aguas contaminadas.”
“Pero entonces sí lograron cosas buenas.”
“Ciertamente lo hicieron,” respondió Herb asintiendo. “Pero eso no quita que lo hicieron a últimas instancias y meramente con un fin económico. Ellos podrían haber impedido que millones de personas murieran no décadas, sino siglos atrás. ¿Entiendes Pavel? Ellos utilizaron las vidas de cientos, tal vez miles de millones de personas, para lograr su cometido. Pero su táctica fue perfecta, ya que al final sí hicieron algo bueno.”
“¿Pero entonces por qué impedir eso? ¿Acaso no es mejor hacer ese algo bueno tarde que nunca?”
“Sí, pero entonces surge aquella pregunta que no te deja dormir por las noches. ¿Por qué no lo hicieron antes?”
Paul entendía los sentimientos de Herb y a la vez no los entendía. Entendía a lo que se refería y lo apoyaba, pero por otro lado no entendía por qué lo hacía.
“No entiendo,” confesó. “¿Qué perdías tú si lo hacían?”
Herb acercó el rostro al suyo.
“Mi libertad,” dijo, y sus ojos parecieron brillar más que de costumbre, como si la misma libertad se estuviera manifestando a través de ellos.
Aquello era lo que Paul no había logrado meter en la ecuación. De a poco sus sentimientos fueron enjaulando el mensaje de Herb hasta que de pronto lo entendió completamente. Pero no sentía que la respuesta se encontraba en su mente, sino en su cuerpo. Una sensación lo invadió por completo, como si un enorme escalofrío tibio lo recorriese en la forma de un pañuelo de seda. Sintió como la piel se le erizaba sin barreras a través de los brazos, las piernas, la espalda, y cuando llegó a su cabeza su cuerpo tembló sin control, y de pronto, la sensación se había ido, dejando una abrumadora vibración de paz y serenidad.
Sentí la libertad.
Paul miró a Herb, y éste le sonrió.
“Cuando eres libre, Paul,” dijo, y miró hacia arriba, estirando los brazos. “La vida te sonríe, y tú no quieres hacer más que sonreírle.”
Ahora que Paul lo pensaba, no recordaba haber visto a Herb de mal humor alguna vez en su vida. Era una persona alegre y llena de vida a pesar de su edad. La mayoría de los ancianos que habían sobrevivido la Gran Catástrofe eran personas malhumoradas, mezquinas y deprimidas por la vida que habían perdido treinta y ocho años atrás.
“Gracias, Herb.”
“No sé porque me agradeces, pero de nada.”
Paul miró en dirección a los funerales. Luego observó el cielo. Un velo de nubes rosadas lo tapaba en toda su extensión.
“Parece que será una oscura mañana,” dijo Herb.
“Así es,” respondió Paul, y cerró los ojos.
Yo con mi novela terminada, en Francia.
Bueno, espero que les haya gustado algo de todo esto. Si quieren estar al día de las cosas que escribo, muchas de estas cosas están en mi blogspot, también de nombre macondito.
Como siempre, aliento a toda la gente a que intente sacarse los miedos y a hacer las cosas que disfrutan de verdad. Cuelguensé las mochilas, agarren una servilleta y dibujen algo, o una guitarra y aprendansé dos acordes, o lo que sea que quieran hacer y no se animan.
También, como siempre, estoy abierto a recibir mensajes sobre cualquier duda sobre viajes o lo que sea. Si alguien desea leer mi novela, pueden pedírmela por mensaje dejándome un correo electrónico.
SALUDOS
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