La maldición del último templario.
Jacques Molay (1240-1314) fue el último Gran Maestre de la Orden del Temple.
Borgoñés de nacimiento, se unió en 1265 a la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, llamados más tarde Caballeros del Templo de Salomón, o, como los conocemos vulgarmente, Caballeros Templarios.
Tras la muerte de Thibaud Gaudin en 1292, Jacques de Molay se convirtió en Gran Maestre, el último que tendría aquella orden teñida de misterios y tragedia.
En 1293 organizó una serie de expediciones contra los musulmanes y, eventualmente, entró victorioso en Jerusalén en 1298, derrotando a Malej Nacer, Sultán de Egipto.
En 1307, el Papa Clemente V y Felipe IV, rey de Francia, ordenaron la detención de Jacques de Molay bajo la acusación de sacrilegio como pretexto para apropiarse de los bienes económicos de la Orden además de demoler su credibilidad.
El último Gran Maestre reconoció los cargos sólo bajo interminables torturas, de las que se retractó al recuperarse. A causa de ello fue quemado vivo frente a la Catedral de Nôtre Dame en 1314, tras haberse desdicho de su confesión por segunda vez, en esta ocasión, de forma pública.
Antes de que las llamas lo alcancen en la pira, Jacques de Molay, el último Gran Maestre de los templarios, lanzó al aire su maldición profética:
"Dios sabe quién se equivoca y ha pecado y la desgracia se abatirá pronto sobre aquellos que nos han condenado sin razón. Dios vengará nuestra muerte. Señor, sabed que, en verdad, todos aquellos que nos son contrarios, por nosotros van a sufrir... Clemente, y tú también Felipe, traidores a la palabra dada, ¡os emplazo a los dos ante el Tribunal de Dios!... A ti, Clemente, antes de cuarenta días, y a ti, Felipe, dentro de este año..."
En menos de cuarenta días, cuando las cenizas de Jacques de Molay todavía flotaban sobre París como un presagio, el Papa Clemente V cayó fulminado el 20 de abril de 1314.
El 29 de noviembre de ese año, Felipe IV perdía la vida en medio de convulsiones, vómitos y una parálisis demoledora.
Para algunos historiadores, tanto Felipe como Clemente murieron de un accidente cerebrovascular; para los templarios ocultos en distintos rincones del orbe, ambos regentes murieron porque debían morir, tal era el designio maldito que Jacques de Molay, el último Gran Maestre, había depositado sobre sus almas corruptas.
El arzobispo Ussher y los anales del mundo
James Ussher (1581-1656) -también conocido por su nombre latino: Jacobus Usserius- fue un arzobispo de Armagh, Irlanda, que defendió a capa y espada la literalidad de los textos sagrados.
James Ussher entendió las incómodas divergencias de la Biblia podían soslayarse mediante una interpretación literal. De este modo comenzó a diseñar una cronología titulada: Los anales del Antiguo testamento, que deducen los orígenes primeros del mundo (Annales veteris testamenti, a prima mundi origine deducti), publicada en 1650.
La tarea fue colosal, desmedida, y sujeta a las prohibiciones y dogmas de los textos sagrados. Su ambición original fue calcular la fecha exacta de la creación del universo, y, en tal caso, la de todos los eventos posteriores que conforman el Antiguo Testamento.
Los anales del mundo exigieron de James Ussher un esfuerzo supremo, titánico, que además debió ser alimentado por fuertes dosis de erudición. Si uno parte de la premisa de que todo lo que se dice en la Biblia es verdad, y aún más, que esa verdad es literal, entonces ajustar su fisionomía a la historia del mundo conocido puede ser una labor imposible.
La obra de James Ussher es una evidencia cabal de erudición salpicada por una fe inquebrantable en la veracidad literal de la Biblia. El arzobispo era un hombre educado, culto, que conocía sobre historia y astronomía, sobre la civilización persa, griega, egipcia y romana, pero que también era incapaz de confrontar esos conocimientos con la verdad revelada de la Biblia.
En cierta forma, la erudición del arzobispo Ussher salvó sus Cronologías del desastre, aunque no del oprobio y las burlas del evolucionismo. Pero lo cierto es que su Calendario se basa en hechos históricos y fechas comprobadas, por ejemplo, la muerte de Alejandro Magno en el 323 a.C. y la de Julio César en 44. a.C. No obstante, para calcular la vida de personajes bíblicos como Adán y Eva, sus esfuerzos lo llevaron a elaborar complejos ejercicios matemáticos que le permitieron deducir cifras y fechas asombrosas.
Por ejemplo, el Calendario de Ussher sostiene que la creación de la Tierra se produjo a las 21 hs. del sábado 22 de octubre del año 4004 a.C.
La expulsión de Adán y Eva del Edén a causa de aquella manzana maldita (que nunca existió) ocurrió el lunes 10 de noviembre del 4004 a.C..
Noé atestiguó el final del Diluvio Universal el miércoles 5 de mayo del 2348 a. C.
El templo de Salomón fue inaugurado en el año 1000 a.C.
El efecto de verosimilitud de los cálculos de James Ussher le ganaron el beneplácito de las autoridades de la iglesia, quienes lo instaron a escribir una segunda parte del Calendario, que aparecería cuatro años después: Annalium pars postierior (Parte siguiente de los anales, 1654).
Ahora bien, el arzobispo de Ussher, como ya lo hemos comentado, tomó algunas referencias "extra-bíblicas" para orientarse en el pasado; tal vez creyendo que era lícito dudar acerca de la fecha exacta del desembarco aqueo en las arenas de Troya, pero no de que la muerte de Alejandro Magno.
James Ussher era osado, pero no estaba completamente alejado de la cronología histórica. Dentro de lo posible intentó que sus fechas se ajustaran a los acontecimientos históricos reconocidos, no solo para darle a su obra un aire de verosimilitud, sino de credibilidad.
Pero a medida que los cálculos de Ussher retrocedían en el tiempo, los sucesos y fechas precisas se hacían más y más difusas. La última referencia histórica a la que recurre es la figura del rey babilónico Nabucodonosor. Más allá se extendía una oscuridad que permitía la ejecución de raras ecuaciones y maniobras matemáticas, y lo que es aún más asombroso, la posibilidad de que esos ejercicios fueran tomados realmente en serio.