"Un recorrido bizarro y sombrio al redescubrimiento del amor y la dignidad humana."
La segunda obra de David Lynch nos lleva a la Inglaterra victoriana, por el siglo 19, en pleno auge de la revolución industrial. Frederick Treves (Anthony Hopkins en otro de los papeles que le otorgan el respeto que tiene como actor) es un cirujano que descubre a un hombre terriblemente deformado a causa de una enfermedad. Luego de rescatarlo y mostrarle una nueva forma de vida, descubre que detrás de esa imagen existe un hombre bondadoso, amable y muy inteligente.
Recreando una muy tenebrosa y decadente sociedad inglesa, David Lynch nos lleva de viaje. Con el blanco y negro atenuado a un sepia antiguo, Lynch nos transporta por una historia lúgubre. Pantallazos de John Merrick (John Hurt en un rol verdaderamente artístico) seguidos de la música estrepitosa de André Previn provocan una sensación insoportable. Esa sensación de ansiedad y desesperación. De miedo a lo oculto.
Sin duda que ésta película es una obra de arte. Pone en juego el valor de la vida humana, la carencia de humanidad, el amor por sobre todas las cosas y la compasión y aceptación de lo desconocido.
Giros de violencia, tildes de terror, pantallazos de lo que es una sociedad odiosa (inhumana y bárbara, pero disfrazada por su exagerada formalidad), búsquedas que entran en lo mas oculto y negro del ser humano, gritos, llantos y la terrible sensación de estar parado al borde del abismo. En cada escena, en cada imagen, la simple y mortal impresión del temor genuino, del horror y del cariño. Una película completa.
Plagada de actuaciones exquisitas y guiada por el personaje más robacámara que se podría haber hecho, Lynch lleva a cabo con perfecta delicadeza una de sus obras más mórbidas, y recrea una de las historias más maravillosas que se podrían haber dado.
Para no cortar una costumbre, cierro con una frase extraída del filme: "La gente teme aquello que no puede entender. Y esto es difícil de entender, aun para mi ya que mi madre ¡era tan hermosa!"