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La “imposible” carrera de Pekín a París - 1907

Autos Motos9/25/2012
La “imposible” carrera de Pekín a París 1907


(Artículo publicado en la revista Selecciones del
Reader's Digest en Abril de 1958. Por J. D. Ratcliff)


-Transcripción literal con las referencias temporales y estilo narrativo propios de la época- Se incluyen notas explicativas-


Hace algunos meses, el periodista italiano Luigi Barzini hijo, pidió permiso para cruzar en automóvil territorios de la Rusia Soviética en arriesgada tentativa de efectuar un recorrido desde Pekín, la capital de la China Roja, hasta París… sobre las montañas sin caminos del norte de la China, por los 1100 kilómetros del Desierto de Gobi, a través de las selváticas estepas siberianas, sobre los Montes Urales y, desde allí, por Moscú y Berlín a París. Los rusos denegaron irritados el permiso y calificaron de “imposible” el viaje propuesto. Estaban, sin embargo, equivocados. Hace medio siglo el padre de Barzini había hecho esa misma carrera “imposible” en un coche modelo 1907. Fue la hazaña turística más fenomenal de la historia.



Aun joven el siglo, la mayoría de las gentes creían que los ruidosos poco seguros y débiles autos de aquellos tiempos nunca podrían competir seriamente con el confiable caballo. Unos cuantos automovilistas opinaban lo contrario. Para resolver la cuestión, el diario francés Le Matin propuso una prueba suprema de resistencia automovilística consistente en una carrera de Pekín a París.
Más de tres cuartas partes de la distancia (Que se calculaba según diversos criterios, entre 13.000 y 16.000 kilómetros) carecía de carreteras y apenas tenía otra cosa que pasos de montaña, senderos de caravanas y trochas de bosques. Si existía un automóvil capaz de recorrer con éxito aquel camino mata –chasis, el nuevo vehículo tenía asegurado el porvenir.



Aceptó el reto un grotesco grupito de autos: dos De Dion Boutons franceses (con la misma fuerza del motor de fuera de borda más modesto de hoy) – (10 HP) conducidos por mecánicos de la fábrica – (Nota: pilotados por el periodista Georges Cormier y por Victor Collignon); un Spyker holandés, una pizca más potente -(15 HP) tripulado por Jean Goddard -(Nota: Según otras fuentes los tripulantes eran Charles Goddard y Jean du Taillis); un Itala de monstruosa potencia en aquel entonces (40 caballos) que llevaba al príncipe Scipione Borghese con su chofer Ettore Guizzardi, y al periodista italiano Luigi Barzini; y un Contal de 6 caballos, diminuto, saltarín y de tres ruedas a cuyo volante iba Augusto Pons, padre de la cantante Lily Pons.



El príncipe Borghese conocido explorador y deportista, gastó 80.000 liras en preparativos para aquella carrera sin premios. Antes de iniciarla, hizo a caballo un reconocimiento de unos 500 kilómetros por las montañas del norte de Pekín, haciendo medir con una caña de bambú la anchura de los estrechos pasos roqueros para ver si cabía el coche. Dispuso repuestos de gasolina, neumáticos y piezas de repuesto a intervalos regulares en el camino. Estos repuestos fueron llevados a lomo de camello por caravanas que iban desde Pekín hasta la frontera siberiana; de allí en adelante el abastecimiento se hizo desde Moscú por el Ferrocarril Trans-Siberiano.
El auto de Borghese estaba provisto de depósitos suplementarios para combustible y llantas de gran resistencia; también se habían reforzado los puntos vulnerables del chasis. Los guardabarros de acero especial podían quitarse para utilizarlos como puentes sobre los pozos de barro. Llevaba gran acopio de herramientas, entre ellas palancas de hierro, palas y hachas. Mucho de este herramental, así como equipaje y utensilios de acampar de los otros automóviles, había de quedar más adelante desparramado a lo largo del camino, abandonado para aligerar el peso.



La reducida y esperanzada caravana de automóviles salió del patio de la guarnición francesa de Pekín el 10 de junio de 1907 por la mañana. La precedía una banda militar francesa. Las damas agitaban sus pañuelos en señal de despedida y muchos chinos simpatizantes disparaban triquitraques. Fue el último instante de triunfo que los carreristas iban a gozar durante varias semanas.



El Spyker


Casi inmediatamente hicieron su aparición las tribulaciones. En los mismos suburbios de Pekín una lluvia persistente caló a los carreristas en sus descubiertos automóviles. Se aflojaron las cuerdas y empezaron a rodar por tierra piezas de equipaje. El minúsculo coche de Pons brincaba como un conejo asustado; sus ruedas no se ajustaban a los surcos del camino. Cuando ya amenazaba desintegrarse, Pons decidió regresar a Pekín y facturar su coche por ferrocarril para el primer trecho del recorrido, desde Pekín hasta Nankow.



El triciclo Contal de Pons


Los problemas fueron de pesadilla en las montañas que separaban el norte de la China de las llanuras mongólicas. Estrechos senderos tallados en la roca se asomaban a abismos que parecían insondables. La ruta estaba regada de cantos rodados.
Solo había una manera de avanzar… que era desembarazar el camino y tirar de los coches. Les amarraron gruesos calabrotes; y culíes, caballos y mulas empezaron a trabajar. También empezó a surgir la duda en el ánimo de los expedicionarios. ¿Tenía el automóvil algo que ofrecer al progreso de los medios de transporte después de todo? Las caravanas de camellos se adelantaban desdeñosamente a los autos en lucha. Comerciantes chinos transportados en sillas de mano sonreían compasivos al pasar.



Uno de los DeDion es probado por el cónsul de Francia en Pekin


Si marchar cuesta arriba era difícil, echar cuesta abajo era con frecuencia peor. Trataban los culíes de contener los coches con desesperados tirones de los calabrotes atados a las traseras. Una vez el auto de Borghese se soltó. Con Guizzardi al volante se lanzó cuesta abajo por el pedregoso camino como encabritado potro salvaje…. Dando saltos, guiñadas y coces. Milagrosamente llegó al final de la cuesta sin caer en el precipicio inmediato.
En cinco días Borghese, que encabezaba la marcha, había recorrido solamente 250 kilómetros; a esa velocidad tardarían casi un año en llegar a París. Y todavía tenían delante el tremebundo Desierto de Gobi. Pons le echó una ojeada y comprendió que su pequeño triciclo perlático no podría cruzarlo nunca. Se volvió atrás. Los otros cuatro coches decidieron probar suerte.
Borghese fue el primero en lanzarse a aquella inmensidad de arena, siguiendo la línea del telégrafo. A una temperatura constante de más de 40 grados el motor del coche hacia hervir el agua, desperdiciándose así el precioso líquido. Aun cuando los blanqueados huesos que se veían a lo largo del camino advertían del peligro, hasta los últimos litros de agua potable que quedaban en la reserva se utilizaron al fin para enfriar el motor.



La gasolina que habían llevado unas caravanas esperaba en el diminuto poblado de Pong-Hong, apiñado en torno a un pozo en medio del Gobi. Desde allí envió Barzini sendos telegramas a los diarios que representaba: el Daily Telegraph de Londres y el Corriere della Sera de Milán. Cuando vio que ponían a su telegrama el número 1, Barzini preguntó si era el primer despacho cursado aquel día. Le contestaron que era el primer telegrama cursado por la estación en sus seis años de existencia.
El cruce del Gobi demostró que, después de todo, el automóvil podía tener ciertos puntos de superioridad sobre la silla de mano y la caravana. El coche de Borghese hizo la travesía en cuatro jornadas, lo cual suponía considerable ventaja sobre las 17 que empleaban las caravanas más rápidas. Cuando el príncipe dejó la ciudad de Urga en el confín más lejano del desierto, estaban llegando los De Dion Boutons. El Spyker holandés se encontraba todavía en medio del desierto.
Tras dos días de penosa marcha por veredas montañosas llegó Borghese a la fronteriza villa siberiana de Kiakhta. Ya todo parecía indicar que se habían acabado las dificultades, puesto que los mapas rusos mostraban carreteras que atravesaban la Siberia. La realidad no tardó en probar que los tales caminos solo existían en la imaginación del cartógrafo. Hubo un camino militar pero se abandonó al construirse el Ferrocarril Trans-Siberiano, y los terrenos de su trazado volvieron a ser bosques y herbazales. Lluvias torrenciales, que iban a continuar durante 5000 kilómetros, hacían de las tierras siberianas un mar de barro sin fin. El barro formó tal costra en el radiador del auto de Borghese que el motor humeaba constantemente; salpicaba, además los abrigos de pieles de los expedicionarios y les ensuciaba la cara.



El DeDion de Collignon ha embarrancado en la ruta de Nankow


Siberia está cruzada por multitud de ríos y los contados puentes de madera que aun quedaban del antiguo camino estaban a punto de desplomarse. Para hacer frente al problema Borghese decidió sencillamente pasarlos a todo correr, para estar al otro lado antes que se hundiera el puente. Donde no había ni siquiera esta clase de puente, vadeaban los ríos. Quitaban los magnetos y otros delicados instrumentos eléctricos, embadurnaban con grasa el motor y se iban a buscar caballos o bueyes para que tirasen del auto de una a otra orilla.
A veces utilizaban los puentes del Ferrocarril Trans-Siberiano… aventura harto peliaguda. Las ruedas de un lado del coche quedaban dentro de un raíl; las del otro lado rodaban a pocos centímetros del borde sin baranda del puente. Con el silbido de los trenes que se acercaban zumbándoles en las orejas corrían con infinitas precauciones sobre el abismo. Una vez, cuando casi habían llegado al final, se le empotraron las ruedas en la vía, con el tren ya a la vista. Desatrancaron el auto con palancas, segundos antes de cruzar el tren.



No siempre les resultó el truco para cruzar puentes. Aquí el Itala tras hundir un puente de madera


Se les rompió una rueda en mitad de la Siberia. El sitio más cercano en que hubiesen podido remplazarla distaba 1500 kilómetros y Borghese pensó seriamente en abandonar la carrera. Un carpintero rural, con una azuela por toda herramienta, construyó una robusta rueda de repuesto. Era frecuente que los depósitos de gasolina no estuvieran esperando en los sitios previstos. En una remota aldea siberiana se quedaron atascados por falta de gasolina hasta que Borghese descubrió que un tendero local disponía, por no se sabe que incomprensible motivo de gran cantidad de bencina de quitar manchas. La echaron en los tanques del auto y el Itala siguió su camino echando humo como un horno de coque.
El día 20 de julio se detuvo ante un signo alentador… un obelisco de mármol en los montes Urales. Sobre una cara se leía la palabra ASIA; sobre la otra, EUROPA. Una semana más y el Itala entró traqueteando triunfante en Moscú. Los otros tres autos participantes en la carrera llevaban 17 días de retraso y se encontraban todavía en Siberia, abriéndose camino.



De Moscú en adelante todo fue relativamente fácil. Les esperaban recepciones triunfales en San Petersburgo y Berlín; y no les perturbó incidente alguno hasta que se encontraron en la etapa final hacia París. Un policía detuvo al coche en una aldea belga por exceder los 13 kilómetros por hora de velocidad máxima. Cuando uno de los miembros del cochambroso y harapiento trío dijo: “Soy el príncipe Borghese… y hemos venido desde Pekín, en China” el guardia dio la respuesta clásica de los agentes suspicaces, que equivale a “No me la des con queso, Timoteo” Por fin cuando le enseñaron la documentación, permitió que el coche siguiera su viaje. A las cuatro de la tarde del 10 de agosto de 1907, 61 días después de haber salido de Pekín, el Itala entró cojeando en París. Había conseguido la victoria en una carrera casi tan larga como la mitad de la vuelta a la tierra.



Borghese y sus compañeros son escoltados y aclamados al cruzar el Pont Joinville de Paris el 10 de Agosto de 1907


Mientras agasajaban a Borghese en París, los otros participantes en la carrera continuaban luchando en el camino. Jean Goddard, conductor del auto holandés tuvo que retirarse por motivos de salud en Berlín, cuando el triunfo estaba ya a la vista. Los dos De Dion Boutons completaron la carrera el 30 de agosto.
El automóvil había probado su valía. Hace pocos meses, la revista italiana Quattroruote dijo refiriéndose a aquella carrera:
“Continúa siendo la más sensacional proeza automovilística de la historia”



selecciones


Notas:
1-Si bien la nota de 1958 dice que el Spyker abandonó la carrera en Berlín, según otras fuentes, Charles Goddard (quien había logrado recuperar 5.000 Km en dos semanas, realizando una de las mayores heroicidades del raid conduciendo en Europa entradas de 24 horas, sin luces ni frenos delanteros) fue detenido en Enghien, acusado de fraude; pero su Spyker, conducido por otro miembro del equipo, llegó a París en el segundo puesto junto con los dos De Dion Bouton, veinte días más tarde que el Itala de Borghese.

2-El equipo del Contal tomó la imprudente decisión de deshacerse de su dotación de líquido para aligerar el peso: días después, una tribu nómada los encontró delirando y a punto de morir en medio del desierto. El Contal se había descompuesto, y aún hoy debe estar bajo las dunas. Fue el único equipo que no llegó a París.

3-Como único premio los vencedores recibieron una botella de champán. De ahí nació la tradición de celebrar las victorias en el automovilismo con una botella de champán.






Notas y fotos:

http://en.wikipedia.org/wiki/Peking_to_Paris
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