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Le amargué la tarde a mi tía...





ADVERTENCIA: El siguiente relato es una BROMA y así debe tomarse. Están avisados.


No entiendo porqué la gente se escandaliza tanto cuando les hago preguntas relacionadas con sus propias muertes. Por más que lo intente, no consigo encontrar una razón valida. Morir es la cosa más normal del mundo, ¿Por qué todos pierden los cabales cada vez que traigo luz sobre esta verdad? Es algo común e incluso hermoso si estamos dispuestos a asumir una postura sumisa y reflexiva, entonces...¿Qué mierda les pasa?

Ayer mi mamá y yo visitamos a la tía. Ella tiene 89 años, vive sola y no hace otra cosa que sentarse a mirar telenovelas brasileñas, comer y dormir. Es la típica octogenaria amargada y apática que ya no puede ver nada en el futuro, y no debido a sus cataratas, sino a una fuerte depresión y melancolía característica de la vejez. A mucha gente mayor le pasa, quiero decir, no hay que ser un genio para saber que sus días están contados, pocas personas gustan de levantarse por la mañana y encontrar un rostro arrugado, cansado y próximo a morir observándolos en el espejo del baño. La tía se sentía muy abatida últimamente, más que de costumbre, así que a mamá le pareció una buena idea hacerle una visita para animarla un poco. Durante las primeras horas todo marchó a la perfección, ella estaba realmente emocionada por recibir visitas. Nos ofreció un exhaustivo tour por la casa, como hace siempre, visitamos cada habitación, cada baño, cada rincón polvoriento...y luego de aburrirnos por casi media hora relatando los detalles de su operación de la vista, se dignó a enseñarnos algunas de sus posesiones más preciadas: antigüedades extravagantes y sumamente costosas; desde anillos con diamantes de colores incrustados, hasta medallas de la segunda guerra mundial, el tipo de cosas que solamente esperas encontrar en los aparadores de un museo.

Llegué a la ingenua conclusión de que quizás el día no sería tan espantoso como había pensado, pero conforme la tarde se transformaba en noche y la energía de mi MP4 llegaba a su fin, dicha teoría quedó sepultada bajo asfixiantes toneladas de fastidio y desesperación que crearon la tía y su querido álbum de fotos familiares. El aburrimiento alcanzó su clímax cuando llegó la hora de tomar el té. La tía irrumpió en la sala llevando consigo una bandeja plateada con delicadas tazas rosadas y pastel de manzana fresco como la mañana, todavía puedo recordar su semblante; lucía un brillo encantador en los ojos y una sonrisa imborrable en sus labios que dejaba al descubierto todos sus dientes de porcelana. Mientras me dedicaba a matar el aburrimiento bebiendo té de frutilla y comiendo pastel de manzana como un cerdo hambriento y embravecido, mi mamá y mi tía hablaban sobre el clima y demás cuestiones igual de irrelevantes pero relacionados con la vida cotidiana. No puedo explicar porqué, quizás era la urgente necesidad que sentía por acallar mis excesivos e interminables bostezos, pero un deseo abismal por integrarme en la conversación nació en lo profundo de mis entrañas y explotó cómo una bomba atómica, el daño afectó a cada parte de mi cuerpo. Si hay algo que mi familia adora es criticar sin piedad ni remordimiento mi personalidad anti-social y retraída cada vez que lo ven posible, así que la situación me pareció ideal para demostrar que no soy ningún ogro de las cavernas y probar de una vez por todas que soy perfectamente capaz de mantener una conversación amena y fluida como cualquier otro individuo.


Mi oportunidad llegó cuando ambas se callaron para beber otro sorbo de ese maloliente e insípido té. Miré a mi tía, ella me devolvió el gesto con una sonrisa y me pidió amablemente que le alcanzara una servilleta, supe que era el momento. Tragué saliva, separé de a poco mis labios e hice lo que se supone, hace una persona civilizada y racional: socializar.
Le pregunté qué color le gustaría para su ataúd y en qué cementerio quería ser enterrada. Lo hice con total normalidad, en ningún momento le falté el respeto, se los juro. En lugar de una respuesta, lo único que recibí fue un minuto de puro silencio fúnebre que pareció eterno. Mi mamá agachó con disimulo la cabeza y se dedicó a observar la pintoresca alfombra árabe que cubría el suelo del departamento, la tía dejó abruptamente su taza de té a medio terminar sobre la mesa, y sumida en una parsimonia excepcional se marchó a la cocina sin responder a mi interrogante, ni siquiera me miró, sólo se fue y cerró la puerta.


No entiendo porque el disgusto, en serio, morir es más normal que ir al baño, a mí no me molesta hablar sobre el final de mi existencia, de hecho, lo hago todo el tiempo y con mucho gusto y placer. Por desgracia, la tía no lo tomó a bien, creo que todavía estaba llorando cuando nos fuimos. Mi mamá tuvo la decencia de contener su rabia hasta que llegamos a casa, una vez allí dio rienda suelta a su furia y descargó una generosa lista de insultos como si fueran proyectiles contra mi persona, entre los cuales figuraban palabras un tanto filosas pero ya conocidas como "enfermo", "desgraciado" e inclusive "hijo de puta". Honestamente, no siento como si hubiera hecho algo malo para la tía, todo lo contrario; lo único que buscaba era ayudarla al indagar sobre los detalles de su velorio. Quizás es ella la que tiene un problema de comunicación y debería ver a un psicólogo. ¿A quién no le gusta hablar sobre una celebración futura? A nadie, y menos cuando vas a ser el centro de toda la atención.

No sé que voy a hacer, tal vez debería cerrar el pico y dejar que las personas "normales" vivan felices y contentas mientras ignoran el inevitable final que se cierna sobre sus patéticas y miserables vidas. Nadie quiere hablar de su propio funeral, de su propia autopsia, de su cadáver, de la muerte...nadie. Me siento como un enfermo mental, como la oveja negra del rebaño que corre alarmada durante la noche mientras sus compañeras intentan dormir.
Toda mi vida sentí una fuerte atracción por la muerte y lo relacionado con el final y la caída de los seres vivientes, pero no fue hasta el 2007 cuando empecé a escribir cuentos sobre todas esas cuestiones que siempre me consternaron; tales como el suicidio, la automutilación, las drogas, los asesinos en serie, el amor, la soledad, la locura, y por supuesto, la muerte.


Gallinas...cuando el día finalmente llegue y al abrir los ojos te encuentres postrado en la cama de una mugrosa habitación de hospital, completamente solo, asfixiado por tubos y maquinas extrañas a tu alrededor...no digas que no te lo advertí.
Las dulces dosis de morfina que inyecta la enfermera en tus venas pueden llevarte hacia una estrecha grieta sólo existente entre la realidad y el sueño eterno, pero aún así, delirando, balbuceando frases sin sentido ni coherencia y temblando como un cachorro asustado, nada evitará que recuerdes mis palabras y te arrepientas hasta tu último aliento.


Es mejor coquetear con la muerte mientras eres joven en lugar de arriesgarte y ser violado por ella cuando ya eres mayor.



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