La cosa funcionaria
Por Carlos Barragán
La humanidad, la condición humana, no es parte de los derechos de quienes gobiernan. No hay derechos ahí. Por eso el periodismo más independiente de todos, el que está hecho por periodistas que ya se salvaron (menos uno que se revienta la guita y nunca le alcanza) puede informar lo que quiera. Informar es expresar. Expresarse de cualquier manera y diciendo lo que se les ocurra sin que lo expresado deba tener algún tipo de contacto con la materialidad del mundo. La información periodística entonces puede tomar cualquier forma: el insulto, la creación literaria, la invención de delitos, la humillación, la subjetividad más delirante, el chiste grosero, la amenaza, la advertencia de una hecatombe, y el simple escarnio. Todas formas de la información periodística que hacen a un solo objetivo. Un objetivo que si bien tiene sus costados no muy democráticos se puede entender, y soportar, porque a la corta o a la larga podríamos revertirlo. Sin embargo el daño a la vieja profesión del periodista parece un corte más profundo y con una infección difícil de solucionar. Y del daño al antiquísimo concepto de respeto por el prójimo para qué hablar.
Como quienes gobiernan no tienen derechos el periodismo independiente –celoso guardián de sus propios y extensos y exquisitos derechos- puede practicar las crueldades más diversas sobre esas personas, que no son personas sino apenas “funcionarios”, cosas que cumplen una función. Y entonces el periodismo independiente insulta a esas cosas, se ríe de ellas, las acusa de los peores delitos, de las más bajas perversiones, de las más bochornosas y risibles miserias. Acusa a esas cosas no humanas de una manera que si fueran humanos éstos tendrían derecho a la defensa, a indignarse, a reaccionar, a exigir reparación. Pero como eso no es lo que ocurre, las cosas funcionales, esos funcionarios humanoides, deben acomodar sus existencias y aceptar su lamentable condición.
Es así que cuando una cosa funcional, un funcionario, aparece para reparar algo de lo que el periodismo mancilló, y lo hace con palabras humanas, cargadas de bronca, dolor, indignación y otras emociones que son válidas para la condición del periodista pero no para él, es reconvenido y advertido: usted, cosa funcionaria, objeto funcional, no puede decirle a un periodista que es un asesino mediático. Usted debe escuchar con calma y sumisión que se le diga ladrón, corrupto, asesino, psicópata, basura, hijo de puta, rastrero y toda la larga lista de “informaciones” que el periodista esté dispuesto a brindarle a su respetable público. Usted, cosa funcionaria, no tiene derecho a pretender la defensa del nombre de su familia, de sus amigos, de sus compañeros, y menos el propio. Y tampoco la dignidad de un funcionario muerto, porque no es un hombre el que murió, es apenas una cosa como lo es usted, pero que dejó de funcionar, y el periodismo independiente tiene todo el derecho a seguir haciendo con la cosa que dejó de funcionar todo tipo de “análisis” y brindar “informaciones” que incluyen desde ya: la burla, el escarnio, el veredicto sin pruebas, la humillación y todo lo necesario para seguir esclareciendo a su respetable público.
ADEPA hizo muy bien en salir a quejarse porque a uno de sus protegidos lo maltrató un funcionario. Su protegido es humano, tiene derechos y hay que defenderlos. También hace muy bien cuando elige el silencio cómplice si sus protegidos atacan de peores maneras a funcionarios o a sus simpatizantes. Hace bien porque esa mecánica nos regala la claridad de estos tiempos peligrosos. ADEPA habla de incitación a la violencia cuando uno de sus protegidos es agraviado. ADEPA está convencida de que ese protegido cuando agravia, insulta, amenaza, y escarnece está luchando por sus derechos periodísticos: el derecho a meter una pala entre las personas como si fueran basura.
Ahora toma otra dimensión aquella doctrina de “no hacer periodismo de periodistas”. Porque siempre supieron que hacer esa forma de periodismo era una manera de violar derechos. Un nuevo periodismo es imprescindible, uno que no se erija por sobre los demás, uno que si decide ser opositor a un gobierno no lo haga suprimiendo la humanidad de nadie. ADEPA tiene un listado de periodistas protegidos y otro de cosas (humanoides) que esos periodistas pueden manosear a su antojo. No es bueno que –por extensión y empatía- tantos estemos en el segundo listado, pero sería más desagradable pertenecer a la despiadada aristocracia de los que están en el primero.
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Opcion 1: Muy Nacional y popular
Opcion 2,3 y 4: Bastante Nacional y popular
Opcion 5: Anti Nacional y popular (bien de derecha)
Opcion 6,7 y 8: Poco Nacional y popular (valga la paradoja con los numeros de la opcion )
Por Carlos Barragán
La humanidad, la condición humana, no es parte de los derechos de quienes gobiernan. No hay derechos ahí. Por eso el periodismo más independiente de todos, el que está hecho por periodistas que ya se salvaron (menos uno que se revienta la guita y nunca le alcanza) puede informar lo que quiera. Informar es expresar. Expresarse de cualquier manera y diciendo lo que se les ocurra sin que lo expresado deba tener algún tipo de contacto con la materialidad del mundo. La información periodística entonces puede tomar cualquier forma: el insulto, la creación literaria, la invención de delitos, la humillación, la subjetividad más delirante, el chiste grosero, la amenaza, la advertencia de una hecatombe, y el simple escarnio. Todas formas de la información periodística que hacen a un solo objetivo. Un objetivo que si bien tiene sus costados no muy democráticos se puede entender, y soportar, porque a la corta o a la larga podríamos revertirlo. Sin embargo el daño a la vieja profesión del periodista parece un corte más profundo y con una infección difícil de solucionar. Y del daño al antiquísimo concepto de respeto por el prójimo para qué hablar.
Como quienes gobiernan no tienen derechos el periodismo independiente –celoso guardián de sus propios y extensos y exquisitos derechos- puede practicar las crueldades más diversas sobre esas personas, que no son personas sino apenas “funcionarios”, cosas que cumplen una función. Y entonces el periodismo independiente insulta a esas cosas, se ríe de ellas, las acusa de los peores delitos, de las más bajas perversiones, de las más bochornosas y risibles miserias. Acusa a esas cosas no humanas de una manera que si fueran humanos éstos tendrían derecho a la defensa, a indignarse, a reaccionar, a exigir reparación. Pero como eso no es lo que ocurre, las cosas funcionales, esos funcionarios humanoides, deben acomodar sus existencias y aceptar su lamentable condición.
Es así que cuando una cosa funcional, un funcionario, aparece para reparar algo de lo que el periodismo mancilló, y lo hace con palabras humanas, cargadas de bronca, dolor, indignación y otras emociones que son válidas para la condición del periodista pero no para él, es reconvenido y advertido: usted, cosa funcionaria, objeto funcional, no puede decirle a un periodista que es un asesino mediático. Usted debe escuchar con calma y sumisión que se le diga ladrón, corrupto, asesino, psicópata, basura, hijo de puta, rastrero y toda la larga lista de “informaciones” que el periodista esté dispuesto a brindarle a su respetable público. Usted, cosa funcionaria, no tiene derecho a pretender la defensa del nombre de su familia, de sus amigos, de sus compañeros, y menos el propio. Y tampoco la dignidad de un funcionario muerto, porque no es un hombre el que murió, es apenas una cosa como lo es usted, pero que dejó de funcionar, y el periodismo independiente tiene todo el derecho a seguir haciendo con la cosa que dejó de funcionar todo tipo de “análisis” y brindar “informaciones” que incluyen desde ya: la burla, el escarnio, el veredicto sin pruebas, la humillación y todo lo necesario para seguir esclareciendo a su respetable público.
ADEPA hizo muy bien en salir a quejarse porque a uno de sus protegidos lo maltrató un funcionario. Su protegido es humano, tiene derechos y hay que defenderlos. También hace muy bien cuando elige el silencio cómplice si sus protegidos atacan de peores maneras a funcionarios o a sus simpatizantes. Hace bien porque esa mecánica nos regala la claridad de estos tiempos peligrosos. ADEPA habla de incitación a la violencia cuando uno de sus protegidos es agraviado. ADEPA está convencida de que ese protegido cuando agravia, insulta, amenaza, y escarnece está luchando por sus derechos periodísticos: el derecho a meter una pala entre las personas como si fueran basura.
Ahora toma otra dimensión aquella doctrina de “no hacer periodismo de periodistas”. Porque siempre supieron que hacer esa forma de periodismo era una manera de violar derechos. Un nuevo periodismo es imprescindible, uno que no se erija por sobre los demás, uno que si decide ser opositor a un gobierno no lo haga suprimiendo la humanidad de nadie. ADEPA tiene un listado de periodistas protegidos y otro de cosas (humanoides) que esos periodistas pueden manosear a su antojo. No es bueno que –por extensión y empatía- tantos estemos en el segundo listado, pero sería más desagradable pertenecer a la despiadada aristocracia de los que están en el primero.
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Opcion 1: Muy Nacional y popular
Opcion 2,3 y 4: Bastante Nacional y popular
Opcion 5: Anti Nacional y popular (bien de derecha)
Opcion 6,7 y 8: Poco Nacional y popular (valga la paradoja con los numeros de la opcion )