Infidelidad: el dia después
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Viaje de trabajo. Intenso. Estresante. Cena de cierre, distendida, placentera, en el último piso del hotel donde estaba alojada toda la comitiva. Seducción alentada por margaritas y daiquiris. Y la tentación de estar tan lejos de casa y tan cerca de un galán con el que ni siquiera se comparte el idioma, pero que se hace entender a la hora de invitarla a tomar la última copa a su habitación. Invitación que ella acepta.
A la mañana siguiente, Eugenia B. se despertó con el ruido de la ducha. La puerta del baño estaba abierta. Su avión salía en cuatro horas y ella no sabía por donde empezar la retirada. Se asomó entre la nube de vapor, y se despidió sin demasiado romanticismo. Nunca más lo iba a ver, de eso estaba segura. Se vistió con la ropa de la noche anterior, y se escabulló por los pasillos del hotel.
Como no podía dejar de suceder, se cruzó con la secretaria de su jefe en el ascensor, quien con toda la intención del mundo la miró de arriba abajo, como para que no le quedaran dudas que había registrado que su indumentaria era la misma que en la cena.
Mientras guardaba todo en las valijas, sonó el teléfono. Era su marido, quien se disculpó por no haberla llamado para despertarla (como solía hacer), porque se había quedado dormido, cansado por una larga noche de fiebre y catarro del menor de sus hijos. La culpa comenzaba a corroerla. Mala esposa, mala madre...infierno asegurado.
Las ocho horas que duró el viaje de regreso a su casa fueron eternas. ¿Contar todo? ¿Callar todo? ¿Cómo seguir la vida como si nada después de haber sido infiel? ¿Cómo arriesgarse a perderlo todo por una noche de sexo anónimo?
¿La infidelidad debe ser confesada?
A la mañana siguiente, Eugenia B. se despertó con el ruido de la ducha. La puerta del baño estaba abierta. Su avión salía en cuatro horas y ella no sabía por donde empezar la retirada. Se asomó entre la nube de vapor, y se despidió sin demasiado romanticismo. Nunca más lo iba a ver, de eso estaba segura. Se vistió con la ropa de la noche anterior, y se escabulló por los pasillos del hotel.
Como no podía dejar de suceder, se cruzó con la secretaria de su jefe en el ascensor, quien con toda la intención del mundo la miró de arriba abajo, como para que no le quedaran dudas que había registrado que su indumentaria era la misma que en la cena.
Mientras guardaba todo en las valijas, sonó el teléfono. Era su marido, quien se disculpó por no haberla llamado para despertarla (como solía hacer), porque se había quedado dormido, cansado por una larga noche de fiebre y catarro del menor de sus hijos. La culpa comenzaba a corroerla. Mala esposa, mala madre...infierno asegurado.
Las ocho horas que duró el viaje de regreso a su casa fueron eternas. ¿Contar todo? ¿Callar todo? ¿Cómo seguir la vida como si nada después de haber sido infiel? ¿Cómo arriesgarse a perderlo todo por una noche de sexo anónimo?
¿La infidelidad debe ser confesada?
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