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El aprendiz de vampiro ( libro ) part 5

Hazlo Tu Mismo5/18/2011
ESTA ES LA ULTIMA PARTE DEL SEGUNDO LIBRO DEL APRENDIZ DE VAMPIRO :


CAPÍTULO 19


Los tres Príncipes Vampiros que asistieron al Consejo eran Paris Skyle, Mika Ver Leth y Arrow* (el Príncipe ausente se llamaba Vancha March).
Paris Skyle lucía una gran barba gris, un largo y suelto cabello blanco, y le faltaba la oreja derecha. Con sus ochocientos años terrestres, o más, era el vampiro viviente más viejo. Era venerado por todos, no sólo por su avanzada edad y posición, sino también por las hazañas que había llevado a cabo cuando era más joven. Según la leyenda, Paris Skyle había estado en todas partes y hecho de todo. Muchas de las historias eran exageradas: se decía que había viajado con Colón a América e introducido el vampirismo en el Nuevo Mundo, que había luchado junto a Juana de Arco (al parecer, una simpatizante de los vampiros) e inspirado a Bram Stoker su infame “Drácula”. Pero eso no quería decir que aquellas historias no fueran ciertas: los vampiros eran, por su mera existencia, criaturas sorprendentes.
Mika Ver Leth era el Príncipe más joven, con tan “sólo” doscientos setenta años de edad. Tenía un brillante cabello negro y unos ojos penetrantes, como los de un cuervo, y vestía enteramente de negro. Parecía aún más severo que Mr. Crepsley (su frente estaba surcada de arrugas, al igual que las comisuras de sus labios), y me dio la sensación de que rara vez sonreía, si es que lo hacía.
Arrow era un hombre fornido y calvo, con grandes flechas tatuadas en sus brazos y sienes. Era un temible luchador, y su odio hacia los vampanezes era legendario. Había estado casado con una humana antes de convertirse en General, que fue asesinada por un vampanez que venía a enfrentarse a Arrow. Regresó al clan, hosco y retraído, y se entrenó para convertirse en General. Desde entonces se dedicó con devoción a su trabajo, sin importarle nada más.
Los tres Príncipes eran hombres fuertes y musculosos. Incluso el anciano Paris Skyle parecía ser capaz de cargar un toro sobre sus hombros con una sola mano.
—Bienvenido, Larten —le dijo Paris a Mr. Crepsley, acariciándose la larga barba y contemplándole con ojos cálidos—. Me alegra verte en la Cámara de los Príncipes. No esperaba volver a verte.
—Prometí que volvería —replicó Mr. Crepsley, inclinándose ante el Príncipe.
—Y nunca lo dudé —sonrió Paris—. Pero no pensaba vivir lo suficiente para recibirte. Me han crecido demasiado los colmillos, viejo amigo, y he perdido la cuenta de mis noches.
—Nos sobrevivirás a todos, Paris —dijo Mr. Crepsley.
—Lo veremos —repuso Paris con un suspiro. Fijó su atención en mí mientras Mr. Crepsley se inclinaba ante los otro Príncipes. Cuando el vampiro volvió a mi lado, el viejo Príncipe dijo—: Éste debe ser tu asistente... Darren Shan. Gavner Purl nos ha hablado muy bien de él.
—Tiene buena sangre y un corazón fuerte —dijo Mr. Crepsley—. Un excelente asistente, que una noche llegará a ser un excelente vampiro.
— ¡Una noche, por supuesto! —resopló Mika Ver Leth, mirándome con los ojos entornados, de un modo que no me gustó—. ¡Es sólo un niño! No admitimos a niños en nuestras filas. ¿Qué locura te poseyó para...?
—Por favor, Mika —le interrumpió Paris Skyle—. No nos precipitemos. Todos conocemos a Larten Crepsley, y debemos tratarle con el respeto que merece. No sé por qué decidió dar su sangre a un niño, pero estoy seguro de que podrá explicárnoslo.
—Yo sólo creo que es un disparate, en momentos como éstos —refunfuñó Mika, antes de guardar silencio. Cuando lo hubo hecho, Paris se volvió hacia mí y sonrió.
—Debes perdonarnos si te hemos parecido descorteses, Darren. No estamos acostumbrados a los niños. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos presentaron a uno.
—En realidad no soy un niño —musité—. He sido un semi-vampiro durante ocho años. No es culpa mía que mi cuerpo no haya crecido.
— ¡Precisamente! —Exclamó Mika—. Es culpa del vampiro que te dio su sangre. Él...
— ¡Mika! —Le atajó Paris—. Este vampiro de noble prestigio y su asistente han venido ante nosotros de buena fe, en busca de nuestra aprobación. La obtengan o no, merecen ser escuchados con cortesía, no puestos en evidencia tan groseramente frente de sus compañeros.
Mika contuvo su lengua, se levantó y se inclinó ante nosotros.
—Lo siento —dijo, con los dientes apretados—. He hablado sin esperar mi turno. No volverá a pasar.
Un murmullo se extendió por toda la Cámara. De aquellos susurros deduje que era bastante inusual que un Príncipe se disculpara ante un subordinado, especialmente uno que había dejado de ser un General.
—Vamos, Larten —dijo Paris, mientras nos traían unas sillas—. Siéntate y cuéntanos cómo te ha ido desde la última vez que nos vimos.
Una vez sentados, Mr. Crepsley les relató su historia. Les habló a los Príncipes de su asociación con el Cirque Du Freak, de los lugares donde había estado y la gente que había conocido. Cuando llegó a la parte de Murlough, pidió hablar en privado con los Príncipes. Les contó en susurros lo del vampanez demente y cómo lo matamos. La noticia les inquietó bastante.
—Esto es preocupante —meditó Paris en voz alta—. ¡Si los vampanezes se enteran, lo utilizarían como pretexto para iniciar una guerra!
— ¿Qué motivo tendrían? —Respondió Mr. Crepsley—. Yo ya no formo parte del clan.
—Si están lo bastante furiosos, eso no les importará —dijo Mika Ver Leth—. Si el rumor sobre el Lord Vampanez es cierto, debemos andarnos con mucho cuidado en lo que atañe a nuestros primos de sangre.
—Aun así —dijo Arrow, interviniendo por primera vez en la conversación—, no creo que Larten esté equivocado. Sería diferente si fuera un General, pero es un agente libre y no está sujeto a nuestras leyes. Si yo hubiera estado en su lugar, habría hecho lo mismo. Actuó con discreción. No creo que debamos reprochárselo.
—No —convino Mika. Y clavando los ojos en mí, añadió—: Eso, no.
Dejando atrás el asunto de Murlough, regresamos a nuestras sillas y volvimos a hablar en voz alta para que todos en la Cámara pudieran oírnos.
—Ahora —dijo Paris Skyle, adoptando una expresión grave— debemos volver al asunto de tu asistente. Todos sabemos que el mundo ha cambiado mucho en los últimos siglos. Los humanos se protegen más los unos a los otros y sus leyes son más estrictas que nunca, particularmente en lo referente a sus jóvenes. Por eso dejamos de dar nuestra sangre a los niños. Ni siquiera en el pasado solíamos hacerlo con frecuencia. Han pasado noventa años desde que el último niño fue aceptado en nuestras filas. Cuéntanos, Larten, por qué decidiste romper con esta reciente tradición.
Mr. Crepsley se aclaró la garganta y miró a los Príncipes a los ojos, uno tras otro, hasta detenerse en Mika.
—No tengo ninguna razón válida —respondió tranquilamente, y la Cámara entera estalló en exclamaciones apenas contenidas y en apagados y atropellados comentarios.
— ¡Silencio en la Cámara! —gritó Paris, y al instante cesó todo ruido. Al volverse hacia nosotros, su expresión reflejaba una gran preocupación—. Vamos, Larten... Déjate de bromas. No puedes haber convertido a un niño por un simple capricho. Debiste tener una razón. ¿Tal vez mataste a sus padres y decidiste que era tu deber cuidar de él?
—Sus padres viven —dijo Mr. Crepsley.
— ¿Los dos? —inquirió Mika.
—Sí.
—Entonces, ¿no estarán buscándole? —preguntó Paris.
—No. Fingimos su muerte y lo enterraron. Creen que está muerto.
—Al menos en eso actuaste con prudencia —murmuró Paris—. Pero ¿por qué le diste tu sangre, en primer lugar? —Como Mr. Crepsley no respondió, Paris se volvió hacia mí—: Darren, ¿sabes tú por qué lo hizo?
Esperando librar al vampiro de un serio problema, dije:
—Descubrí la verdad sobre él, así que tal vez lo hizo en parte para protegerse. Puede que pensara que no tenía más remedio que convertirme en su asistente o matarme.
—Es una excusa razonable —apuntó Paris.
—Pero no es la verdad —dijo Mr. Crepsley, suspirando—. Nunca temí que Darren me delatara. De hecho, el único motivo por el que descubrió la verdad sobre mí fue porque intenté convertir a un amigo suyo, un muchacho de su edad.
La Cámara volvió a estallar en controversia, y esta vez a los vociferantes Príncipes les llevó varios minutos apaciguar a los vampiros. Cuando al fin se restauró el orden, Paris reanudó el interrogatorio, más preocupado que nunca.
— ¿Intentaste convertir a otro niño?
Mr. Crepsley asintió.
—Pero su sangre estaba contaminada por el mal. No habría sido un buen vampiro.
—A ver si lo he entendido —dijo Mika, enfurecido—. Intentaste convertir a un chico, y no pudiste. Su amigo te descubrió... ¿y lo convertiste a él en su lugar?
—En pocas palabras, sí —admitió Mr. Crepsley—. Y además lo hice a toda prisa, sin revelarle toda la verdad sobre nosotros, lo cual es imperdonable. Alegaré en mi defensa que le estudié durante un tiempo antes de transformarlo, y cuando lo hice estaba convencido de su honestidad y su fortaleza de carácter.
— ¿Qué hiciste con el primer muchacho... el de la sangre malvada? —quiso saber Paris.
—Él sabía quién era yo. Había visto en un viejo libro un retrato mío de hace mucho tiempo, de cuando utilizaba el nombre de Vur Horston. Me pidió que le convirtiera en mi asistente.
— ¿A él tampoco le explicaste nuestras costumbres? —Inquirió Mika—. ¿No le dijiste que no les damos nuestra sangre a los niños?
—Lo intenté, pero... —Mr. Crepsley sacudió tristemente la cabeza—. Fue como si no pudiera controlarme. Sabía que cometía un error, pero a pesar de todo lo habría convertido, de no ser por su infecta sangre. No puedo explicar por qué, porque ni siquiera yo lo entiendo.
—Tendrás que darnos un argumento mejor que ése —le advirtió Mika.
—No puedo —dijo suavemente Mr. Crepsley—, porque no tengo ninguno.
Se escuchó un cortés carraspeo a nuestra espalda, y Gavner Purl se adelantó.
— ¿Puedo intervenir en nombre de mis amigos? —solicitó.
—Naturalmente —dijo Paris—. Escucharemos de buen grado lo que tengas que decir, si contribuye a aclarar las cosas.
—No sé si podré hacerlo —dijo Gavner—, pero me ha alegrado comprobar que Darren es un muchacho extraordinario. Hizo el viaje a la Montaña de los Vampiros (toda una proeza para alguien de su edad), y luchó contra un oso intoxicado por la sangre de un vampanez en el camino. Y estoy seguro de que ya habréis oído hablar de su combate con Arra Sails hace unas noches.
—Lo hemos oído —dijo Paris, ahogando una risita.
—Es inteligente y valiente, ingenioso y honesto. Creo que reúne todas las cualidades para convertirse en un vampiro extraordinario. Si se le da la oportunidad, no me cabe duda de que la aprovechará. Es joven, pero ha habido vampiros aún más jóvenes que él en nuestras filas. Usted sólo tenía dos años cuando se convirtió, ¿no es cierto, Excelencia? —Se dirigía a Paris Skyle.
— ¡Ésa no es la cuestión! —gritó Mika Ver Leth—. Aunque este chico llegara a ser el próximo Khledon Lurt, eso no cambia nada. Los hechos son los hechos: los vampiros no le dan su sangre a los niños. Se sentaría un peligroso precedente si dejamos pasar esto sin tomar medidas.
—Mika tiene razón —dijo Arrow con voz queda—. El valor y la habilidad de este chico no son la cuestión. Larten actuó mal al dar su sangre a un niño, y debemos atenernos a eso.
Paris asintió lentamente.
—Ellos están en lo cierto, Larten. Sería un error por nuestra parte echar tierra sobre este asunto. Tú mismo jamás habrías tolerado que las reglas se rompieran, si estuvieras en nuestro lugar.
—Lo sé —dijo Mr. Crepsley, con un suspiro—. No busco perdón, simplemente consideración. Y pido que no se tomen represalias contra Darren. La culpa es mía, y sólo yo debo ser castigado.
—No sé qué castigo podríamos imponerte —dijo Mika, incómodo—. Y no pretendo hacer de ti un escarmiento para los demás. Arrastrar tu nombre por el lodo es lo último que deseo.
—Ninguno de nosotros lo desea —concordó Arrow—. Pero ¿qué opción tenemos? Actuó mal, y debemos juzgarle por su error.
—Pero juzgarle con clemencia —razonó Paris.
—No pido clemencia —declaró firmemente Mr. Crepsley—. No soy un joven vampiro que actuó por ignorancia. No espero un trato especial. Si vuestra decisión es que sea ejecutado, aceptaré tal veredicto sin quejarme. Si...
— ¡No pueden matarle por mi causa! —grité, con voz ahogada.
—...si decidís someterme a una prueba —continuó, ignorando mi arrebato—, me someteré a cualquier reto que dispongáis para mí, y moriré afrontándolo si es preciso.
—No habrá ninguna prueba —bufó Paris—. Los retos se reservan para quienes aún no se han probado en combate. Te lo diré una vez más: tu reputación no es el problema.
—Tal vez... —dijo Arrow dubitativamente, y calló de nuevo. Prosiguió segundos después—: Creo que tengo la solución. Hablar de retos me ha dado una idea. Hay un modo de resolver esto sin tener que matar a nuestro viejo amigo ni ensuciar su buen nombre. —Y apuntándome con un dedo, declaró con frialdad—: Pongamos a prueba al chico.


CAPÍTULO 20

Se hizo un largo y deliberativo silencio.
—Sí —murmuró Paris finalmente—. Pongamos a prueba al chico.
— ¡Dije que no quería que involucrarais a Darren en esto! —objetó Mr. Crepsley.
—No —le contradijo Mika—. Dijiste que no querías que le castigáramos. Bien, no lo haremos: una prueba no es un castigo.
—Es justo, Larten —convino Paris—. Si el chico se prueba a sí mismo, daremos por válida tu decisión de convertirle y el asunto quedará zanjado.
—Y el deshonor será suyo si fracasa —añadió Arrow.
Mr. Crepsley se rascó la larga cicatriz.
—Es una solución honesta —reflexionó—, pero la decisión es de Darren, no mía. No le obligaré a someterse a ninguna prueba.
Se volvió hacia mí.
— ¿Te sientes preparado para probarte ante el clan y limpiar nuestro nombre?
Me removí nerviosamente en mi silla.
—Hum... ¿De qué tipo de prueba están hablando exactamente? —pregunté.
—Buena pregunta —dijo Paris—. No sería justo pedirle que se batiera contra uno de nuestros guerreros, un semi-vampiro no es rival para un General.
—Y encargarle una búsqueda llevaría demasiado tiempo —dijo Arrow.
—Entonces, sólo quedan los Ritos —murmuró Mika.
— ¡No! —gritó alguien a nuestra espalda. Me giré y descubrí el rostro enrojecido de Kurda, avanzando a zancadas hacia la tarima—. ¡No voy a permitirlo! ¡El chico no está preparado para los Ritos! ¡Si os empeñáis en someterles a ellos, tendréis que esperar a que crezca!
—No habrá que esperar —gruñó Mika, levantándose y dando varios pasos hacia Kurda—. Somos nosotros quienes ostentamos aquí la autoridad, Kurda Smahlt. Aún no eres un Príncipe, así que no actúes como si lo fueras.
Kurda se contuvo y le lanzó a Mika una mirada iracunda, antes de doblar una rodilla e inclinar la cabeza.
—Mis disculpas por hablar sin esperar mi turno, Excelencia.
—Disculpas aceptadas —gruñó Mika, volviendo a su asiento.
— ¿Tengo el permiso de los Príncipes para hablar? —solicitó Kurda.
Paris intercambió una mirada con Mika, que se encogió de hombros fríamente.
—Lo tienes —dijo.
—Los Ritos de Iniciación están destinados a los vampiros experimentados —dijo Kurda—, no a los niños. No sería justo someterle a ellos.
—La vida nunca ha sido justa para los vampiros —dijo Mr. Crepsley—. Pero puede ser honesta. No me gusta la idea de que Darren se someta a los Ritos, pero es una decisión honesta, y la apoyaré si él está de acuerdo.
—Disculpen —dije—, pero ¿qué son esos Ritos?
Paris me sonrió bondadosamente.
—Los Ritos de Iniciación son una serie de pruebas para vampiros que aspiran a convertirse en Generales —me explicó.
— ¿Y qué tendría que hacer?
—Llevar a cabo cinco actos de valor físico —dijo—. Las pruebas se escogen al azar y son distintas para cada vampiro. En una hay que sumergirse hasta lo más profundo de un estanque y recuperar un medallón. En otra hay que esquivar unas piedras mientras caen. En otra, cruzar una sala cubierta de carbón encendido. Algunas pruebas son más difíciles que otras, pero ninguna es fácil. El riesgo es grande, y aunque muchos vampiros sobreviven, no es raro que ocurra alguna muerte por accidente.
—No debes aceptar, Darren —siseó Kurda—. Los Ritos son para vampiros completos. Tú no eres lo bastante fuerte, rápido y experimentado. Estarás firmando tu sentencia de muerte si les dices que sí.
—No estoy de acuerdo —dijo Mr. Crepsley—. Darren es capaz de superar los Ritos. No le resultará fácil, y tendrá que luchar, pero no le permitiría hacerlo si pensara que no sabría arreglárselas.
—Votemos —dijo Mika—. Yo apoyo los Ritos. ¿Arrow?
—Yo también. Los Ritos.
— ¿Paris?
El más antiguo vampiro viviente movió la cabeza con incertidumbre.
—Kurda tiene razón al decir que los Ritos no son para niños. Confío en tu criterio, Larten, pero temo que tu optimismo sea exagerado.
— ¿Puedes sugerirnos algún otro modo? —inquirió Mika, cortante.
—No, pero... —Paris suspiró profundamente—. ¿Qué opinan los Generales? —Preguntó, dirigiéndose a los presentes en la Cámara—. Hemos escuchado a Kurda y a Mika. ¿Alguien más quiere añadir algo?
Los Generales murmuraron entre ellos, hasta que una figura familiar se levantó y se aclaró la garganta.
Era Arra Sails.
—Respeto a Darren —dijo—. He estrechado su mano, y quienes me conocen saben lo que eso significa para mí. Creo en Gavner Purl y en Larten Crepsley cuando dicen que será una valiosa adición a nuestras filas.
“Pero también estoy de acuerdo con Mika Ver Leth: Darren debe probarse a sí mismo. Todos nosotros hemos pasado por los Ritos. Las pruebas nos han ayudado a ser como somos. Como mujer, las probabilidades estaban en mi contra, pero las superé y me gané mi lugar en esta Cámara como una igual. No debería haber excepciones. Un vampiro que no es capaz de remolcar su propio peso no nos es de ninguna utilidad. Aquí no hay sitio para niños que necesitan que les cambien los pañales y les arropen en sus ataúdes al amanecer.
“En definitiva —concluyó—, no creo que Darren nos defraude. Creo que superará los Ritos y se probará a sí mismo. Tengo confianza en él. —Me sonrió y luego miró ferozmente a Kurda—. Y quienes digan lo contrario (aquéllos que quieren envolverlo en celofán) no merecen ser escuchados. Negarle a Darren el derecho de tomar parte en los Ritos es avergonzarle.
—Nobles palabras —dijo Kurda con sarcasmo—. ¿Las repetirás en su funeral?
—Mejor morir con orgullo que vivir con deshonor —replicó Arra.
Kurda maldijo en voz baja.
— ¿Y tú qué opinas, Darren? —preguntó—. ¿Te enfrentarás a la muerte sólo para probarte ante estos idiotas?
—No —dije, y advertí que una expresión apenada cruzaba fugazmente por el rostro de Mr. Crepsley—. Me enfrentaré a la muerte para probarme a mí mismo —proseguí. Cuando el vampiro de la capa roja escuchó eso, sonrió con orgullo y alzó un puño cerrado como saludo.
—Que vote la Cámara —dijo Paris—. ¿Quiénes pensáis que Darren debe emprender los Ritos de Iniciación? —Todos los brazos se alzaron. Kurda se apartó con disgusto—. ¿Darren? ¿Estás decidido a seguir?
Miré a Mr. Crepsley y le hice una señal para que se agachara. En un susurro, le pregunté qué ocurriría si decía que no.
—Caerías en desgracia y serías expulsado de la Montaña de los Vampiros con deshonor —declaró solemnemente.
— ¿Usted también? —pregunté, sabiendo lo mucho que significaba para él su reputación.
Lanzó un suspiro.
—A los ojos de los Príncipes, no, pero sí a los míos. Elegí darte mi sangre, y tu vergüenza sería la mía.
Lo consideré minuciosamente. Había aprendido mucho de Mr. Crepsley, cómo pensaba y cómo vivía, durante los ocho años en que le había servido como asistente.
—No podría soportar una vergüenza semejante, ¿verdad? —inquirí.
Su expresión se suavizó.
—No —dijo en voz baja.
— ¿Iría en busca de una muerte prematura? ¿Cazaría animales salvajes y lucharía con vampanezes, arriesgándose sin cesar hasta que alguno de ellos le matara?
—Algo así —admitió con un rápido asentimiento.
No podía permitir que eso ocurriera. Seis años atrás, cuando íbamos tras Murlough, el vampanez loco que había secuestrado a Evra, Mr. Crepsley había estado dispuesto a ofrecer su vida por la del niño-serpiente. Habría hecho lo mismo por mí si hubiera caído en las manos del asesino. Esos Ritos no me daban buena espina, pero si afrontándolos conseguía que Mr. Crepsley conservara su honor, me sentía en la obligación de colocarme en la línea de fuego.
Me levanté sin vacilar, me encaré con los Príncipes, y declaré firmemente:
—Acepto someterme a los Ritos.
—Entonces está decidido —dijo Paris Skyle, con una sonrisa de aprobación—. Vuelve mañana y te diremos cuál será tu primera prueba. Ahora debes irte a descansar.
Así acabó la recepción. Abandoné la Cámara con Gavner, Harkat y Kurda. Mr. Crepsley se quedó discutiendo algunos asuntos con los Príncipes. Supuse que tendría algo que ver con el mensaje que Harkat les había comunicado de parte de Mr. Tiny, y sobre el vampanez y el vampiro muertos que encontramos en el camino.
—Estoy contento... de irme por... fin —dijo Harkat mientras íbamos hacia las puertas—. Ya empezaba... a aburrirme del... mismo y viejo... escenario.
Le sonreí, pero luego miré a Gavner, preocupado.
— ¿Cómo de duros son esos Ritos? —pregunté.
—Muy duros —suspiró.
—Tanto como las paredes de la Cámara de los Príncipes —rezongó Kurda.
—No son tan duros —dijo Gavner—. No exageres el peligro, Kurda, acabarás asustándole.
—Eso es lo último que pretendo —respondió Kurda, sonriéndome animosamente—. Pero los Ritos están pensados para vampiros completos hechos y derechos. Yo me pasé seis años preparándome para ellos, como la mayoría de los vampiros, y aún así los pasé por los pelos.
—Darren lo hará bien —insistió Gavner, aunque apenas pudo ocultar un asomo de duda en su voz.
—Además —dije, intentando animar a Kurda—, siempre puedo retirarme si los obstáculos son demasiado grandes para mí.
Kurda me miró duramente.
— ¿Es que no escuchas? ¿No lo entiendes?
— ¿A qué se refiere? —pregunté.
—Nadie abandona los Ritos —dijo Gavner—. Podrás fracasar, pero no retirarte. Los Generales no te lo permitirían.
—Bueno, pues fallaré —dije, encogiéndome de hombros—. Tiraré la toalla si las cosas se ponen feas... Fingiré que me he torcido un tobillo o algo...
— ¡No lo ha entendido! —Rugió Gavner—. ¡Tendrían que habérselo explicado bien antes de dejar que aceptara! Ahora ha dado su palabra y no se puede echar atrás. ¡Por la sangre negra de Harnon Oan!
— ¿Qué es lo que no he entendido? —pregunté, confuso.
—En los Ritos, el fracaso sólo conlleva un destino: ¡la muerte! —respondió Kurda sombríamente. Me quedé mirándolo, incapaz de pronunciar palabra—. La mayoría de los que fallan, mueren en el intento. Pero si fracasaras y no murieras, te llevarán a la Cámara de la Muerte, te atarán a una de las jaulas, te colgarán sobre el foso y... —Tragó saliva, apartó los ojos y concluyó en un terrible susurro—: ... ¡te dejarán caer sobre las estacas hasta que mueras!


CONTINUARÁ...

LA APASIONANTE SAGA DE DARREN SHAN CONTINÚA CON...

LA ORDALÍA DE LA MUERTE

Cerca, a mi derecha, se escuchó un sibilante sonido. Salté a un lado mientras el fuego invadía el espacio, reprendiéndome a mí mismo: aquella ráfaga había estado cerca, pero no me alcanzó. Debería haberme quedado donde estaba, o apartarme cautelosamente. Al moverme como lo había hecho, podría haber tenido un serio problema.
Ahora las llamas danzaban en rápidas oleadas por toda la Cámara. El aire se había vuelto terriblemente caliente, y ya me costaba respirar. A mi derecha, a escasas pulgadas de mis pies, un agujero empezó a silbar. No me moví cuando brotó el fuego y mordió mi pierna: podía soportar una pequeña quemadura. Detrás de mí, un agujero más ancho escupió una ráfaga mayor. Me moví ligeramente hacia delante, evitando lo peor de su mordisco con un suave balanceo. Sentí las llamas lamer la piel de mi espalda, pero ninguna me quemó.
Lo peor era cuando dos o más géiseres brotaban de golpe de agujeros muy próximos entre sí. No había nada que pudiera hacer cuando quedaba atrapado entre un grupo de fieras columnas, excepto encoger el estómago y pasar con sumo cuidado a través de la pared de llamas más delgada.
Al cabo de unos minutos, mis pies agonizaban, pues recibían las peores quemaduras. Escupí en la palma de mis manos y froté la saliva sobre las plantas, lo que me produjo un pequeño alivio temporal. Podría haber andado sobre las manos, para darles un respiro a mis pies, pero eso habría expuesto al fuego mi cabeza y mi cabello...
No había modo de saber cuánto tiempo había transcurrido. Debía concentrar hasta el último atisbo de mi atención en el suelo y en el fuego. La más mínima distracción tendría consecuencias fatales...
Comencé a retroceder por donde había venido, pero los agujeros aún estaban escupiendo fuego y me cerraban el paso. A regañadientes, di un rodeo hasta la esquina, listo para aprovechar la primera oportunidad que se me presentara. El problema fue... que no la hubo.
El gorgoteo de los conductos a mi espalda me indujo a detenerme. Las llamas brotaron del suelo detrás de mí, abrasándome la espalda. Hice una mueca de dolor, pero no me moví: no tenía a dónde. El aire era muy escaso en aquella zona de la estancia. Agité las manos delante de mi cara, intentando crear una corriente de aire fresco, pero no dio resultado.
Ante mí, las columnas de llamas ahora formaban virtualmente una pared de fuego, de al menos seis o siete pies de anchura. Apenas podía ver el resto de la estancia a través de las agitadas llamas. Mientras estaba allí, esperando que surgiera un hueco por el que pasar, las bocas de varios conductos sisearon a mis pies al mismo tiempo. ¡Una gran bola de fuego surgía de ellos y estaba a punto de estallar justo debajo de mí! Sólo dispuse de una fracción de segundo para pensar y actuar.
Si me quedaba allí, me carbonizaría.
Si retrocedía, me carbonizaría.
Si me echaba a un lado, me carbonizaría.
¿Y si avanzaba a través de la gruesa cortina de fuego? Probablemente también me carbonizaría, pero al otro lado había aire y un suelo seguro... si lo conseguía. Era una decisión terrible, pero no tenía tiempo para lamentarme. Cerré los ojos, la boca, me cubrí el rostro con los brazos y me sumergí en el crepitante muro de llamas.
El fuego me engulló y me rodeó como una fiera nube de langostas rojas y amarillas. Jamás, ni en mis peores pesadillas, había imaginado que pudiera ser posible semejante calor. Mi boca estuvo a punto de abrirse para dejar escapar un grito. Si lo hubiera hecho, el fuego habría bajado por mi garganta y convertido en un churrasco desde el interior.
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