El ombligo es la cicatriz que queda tras la rotura del cordón umbilical en el bebé. Suele ser una depresión en la piel y nos distingue a los mamíferos y se ha puesto tan de moda exhibir

El cordón umbilical resultante después del parto se cae entre una a dos semanas después del nacimiento, quedando el ombligo del nuevo ser. Nada más nacer, el cordón umbilical se corta y cortan el cordón umbilical o "tripa" que nos une a nuestras madres hasta el momento del nacimiento.

A los cinco o seis días de vida del recién nacido se marchita el cordón umbilical y se desprende, dejando en su punto de inserción una pequeña cicatriz que constituye el ombligo propiamente dicho.
Algunos médicos lo utilizan como punto de referencia en algunas exploraciones, como la laparoscopia .
No hay que olvidar que el ombligo es el resultado de la cicatriz que deja el cordón umbilical al perforar un conjunto de músculos llamado línea blanca y que se extiende desde el esternón hasta el pubis. Estos grupos musculares, cuando están bien entrenados, forman los atractivos "lavaderos", conjunto de músculos horizontales y equidistantes que se ubican a lo largo del abdomen y que son fáciles de reconocer y admirar, sobre todo, en los hombres y mujeres gimnastas, fisiculturistas y practicantes de otros deportes de alto rendimiento.

Y, ¿para qué sirve el ombligo?
Este resto del cordón umbilical, que en el interior del útero materno nutre de alimento al bebé desde la placenta, pierde sus funciones después del nacimiento cuando el bebé comienza una nueva forma de alimentación, por la boca, y su intestino empieza a funcionar. De modo que una vez que hemos nacido y el ombligo ha cicatrizado éste no sirve para nada, así de sencillo, aunque muchos se esfuercen en darle utilidad.
Llega a tal nuestra curiosidad que circulan por ahí decenas, quizás centenares de e-mails, powerpoints o escritos en el que se pregunta si los “primeros seres humanos creados” (Adán y Eva) tenían ombligo.
Cuantas veces no habremos escuchado que el ombligo es el recipiente dónde se guarda o almacena la “pelusilla”.
También hay que resaltar el poder erótico del ombligo, lejos de ser una simple cicatriz, está considerado como el “fetiche erótico” por excelencia.

El ombligo es nombrado en la Biblia. En “El cantar de los cantares” el Rey Salomón lo define como:
Tu ombligo es un ánfora redonda donde no falta vino .
En “Las mil y una noches” también lo mencionan en varios de sus cuentos. Concretamente en la 184ª noche nos encontramos con la hermosa Budur, que quitándose la camisa se acercó al joven Kamaralzamán y le dijo:
¡He aquí mi ombligo, que gusta, de la caricia delicada; ven a disfrutar de él! .
Pero en “Las mil y una noches” también se le adjudica al ombligo la cualidad de “recipiente que contiene poderosos aromas afrodisíacos”.
Para muchos, el ombligo, recuerda al órgano genital femenino.
Pero no solo es un símbolo erótico, sino que su simbología va mucho más allá:
En la antigua Grecia Ónfale (u Onfalia ) fue una diosa dedicada al ombligo.
(Etimología de Ónfale: mujer con un bello ombligo, y procede del griego onphalós: ombligo.)

Para ellos, los griegos, el ombligo debía de estar en el centro exacto entre el pecho y los genitales y éste (el ombligo) era considerado como el “centro del cuerpo” de la vida, de la existencia, del universo, dándole un gran significado y valor.
El ombligo tiene múltiples significados en las diferentes culturas o religiones.
Para los hinduistas, del ombligo del dios Visnú surgió un loto del que nació Brahma, creador del universo.
Según la leyenda turca, después de que Alá diese vida al primer ser humano, el diablo se puso tan furioso que escupió sobre la barriga del cuerpo recién creado. Para remediar la agresión diabólica, Alá cortó la piel contaminada, dejando en su lugar un pequeño agujero. Desde entonces el ombligo es fuente de inspiración de mitos, fantasías, tabúes y veneraciones.

En Somalia, la comadrona lo cierra a ambos lados con un pelo de cola de camello y éste se regala al neonato. Y los maoríes de Nueva Zelanda ponían un tubo fetal en conchas que abandonaban en la corriente de un río, para que su dueño tuviera una larga y feliz vida.
Europa también ha seguido rituales parecidos. Hasta finales del siglo XIX entre los habitantes de la Región Renania-Palatinado , en Alemania, era costumbre envolver en lencería los restos de cordón umbilical. Pasados unos años, se cortaban en pedazos, si pertenecían a un varón, y literalmente se trituraban, si provenían de una niña. Así, el joven se convertía en un gran hombre de negocios y la mujer en una buena costurera.
Pero no en todas las culturas o religiones le han tenido tanto aprecio al esta cicatriz circular.
En 1543 Martín Lutero lo condenó al encierro y la oscuridad. Desde entonces aquellos que sienten “Omphalophobia” (aversión hacia el ombligo) han denunciado su supuesto carácter maléfico.
En 1922 se promulgó en Hollywood un código de pudor en el cual ninguna actriz podía enseñar el ombligo frente a las cámaras por que era algo “diabólico”.

En España, durante la dictadura franquista estaba prohibido mostrarse en las revistas y cines de éste país.
Afortunadamente hay más defensores del ombligo que detractores de él.
Cada vez que se hace algún “agujero” en el suelo, más grande de lo normal, nos referimos a él como “El ombligo del mundo”.
En nuestros días se impone la moda de colocarse piercings e incluso cada vez es mayor el auge que está tomando entre las adolescentes del Japón el tener el ombligo como Madonna, por lo que se someten una operación llamada “Hesodashi” que les cambia sus ombligos redondos por otros rasgados. Esta intervención que se realiza en el Hospital Jujin cuesta alrededor de los 1.000 dólares y está causando furor en el país nipón.
