
El prejuicio nos ciega. Lo desconocido nos asusta. Lo distinto, lo que no entra en nuestros cánones sociales, es repudiado. Cuando una persona se viste de tal manera, o aquella otra dice tal o cual cosa, nosotros, la sociedad, tendemos a catalogar y poner en una escala, nuestra escala social.
Ojo, no busco hacer una tesis de lo malos que son los prejuicios ni desentrañar desde que momento histórico datan los mismos. No señor. Como el acérrimo jugador que soy, mediante éstas palabras voy a tratar –ojalá exitosamente- de poner sobre la mesa que es hoy, 2014, un videojuego y como son, somos, los que los consumimos. Qué hay de verdad en eso de “los jueguitos te atrofian la cabeza” y en el famoso prejuicio de que el videojugador es un ente asocial y a veces hasta asexual.
¿De dónde sale este conjunto de opiniones, tal vez hace quince o veinte años “bien” fundamentadas? Justamente, de las generaciones pasadas. Hoy podemos acceder a videojuegos desde la comodidad de nuestra computadora, desde la tablet, el celular, tirados en el sillón del living de casa con la Play. Durante los 80 y parte de los 90, el videojuego era furor en su estado más rústico: la recreativa, o el fichín como se lo conoce en Argentina.
El negocio de los fichines siempre estuvo visto como algo malo. El hijo o nieto que se iba a pasar la tarde a esos claustros en realidad no iba a otra cosa más que drogarse, perder billetes que en realidad estaban destinados para que coma algo en el colegio, en romperse la cabeza con esos aparatos del demonio que solo sirven para destruir neuronas, y hasta a veces robar si era necesario con tal de jugar una peleíta más al Street Fighter. El que iba a los fichines era un mal viviente.
De esto no tengo mucho que objetar, más aun teniendo en cuenta que un nacido en el 94 como yo llegó a vivir apenas los últimos tiempos de gloria de las recreativas. Y a fin de cuentas, drogadictos y ladrones hay en todas las escalas sociales.
El hecho es que esa idiosincrasia fue mutando. Con el paso del tiempo las recreativas se fueron desplazando para dejar lugar a las que ahora conocemos como consolas de sobremesa y la idea de que el ladrón, drogadicto y poco cerebral videojugador se encontraba en una sala de fichines, pasó a convertirse en algo peor: ese conjunto de actividades burdas y tan de la nueva generación se transportó al hogar, pasó a convertirse en algo como viviendo con el enemigo.
Y desde la primer gran explosión de las consolas de sobremesa, allá por los 80, hasta hoy, ¿Qué pasa? ¿El jugador sigue siendo un conjunto de costumbres y actividades poco destacables? Si bien hoy jugar videojuegos no es una actividad que lleve a delinquir, todo lo contrario, requiere de un poder adquisitivo de regular para arriba, y las drogas no molestan al prójimo siempre y cuando uno las consuma dentro de su casa –justamente, el videojuego se transportó de lugares públicos a los hogares- queda uno de los soportes de la trifecta dando vueltas: la poca capacidad cerebral y social del joven jugador.
En simples palabras: el pibe que tiene una consola, cualquiera sea, y la usa para jugar a cualquier cosa que no sea FIFA o PES, es siempre gordito, con granos y sin relaciones sexuales, porque sí, porque el modelo standard de videojugador no es más que una persona vacía que solo sabe estár encerrado pegado al mando, capaz de no ver la luz solar durante meses, que necesita de una segunda vida ficticia plasmada en las diferentes historias que juega a diario frente a la pantalla para poder “olvidar” su triste y lúgubre vida.
Y lo verdaderamente triste es que estas ideas fomentadas por las generaciones pasadas, que en su mayoría tienden a creer que lo anterior siempre fue mejor, que no están abiertos a los cambios, sigan vigentes. Que la sociedad no sepa abrir su mente –en todos los aspectos, no solo en el plano de lo tecnológico- y pueda ver más allá. Que no podamos darnos cuenta que ver una película o leer un libro puede enriquecer la mente de la misma manera en la que puede un videojuego. Eso es triste.
No poder entender que jugar videojuegos no es tirar tiritos y listo, es algo serio. Que uno puede llegar a mimetizarse con un personaje, que puede aprender teniendo un joystick en la mano, hasta transportarse a diferentes lugares si la ambientación está bien lograda.
Los videojuegos ya no son lo que usted, señora nacida en los 60, cree. El avance tecnológico puede ser un arma de doble filo, y puede ser empleado muchas veces de manera poco ética. Sí, es verdad. También un cuchillo puede ser empleado para cortar un pedazo de carne o para apuñalar a una persona. ¿Y? ¿Va a dejar de usar cuchillos porque también sirven para hacer el mal?