Histeria Pandémica
En el siglo XIX, se esperaba que las mujeres virtuosas de la clase media adoptaran la modestia, personificaran la pureza y carecieran de deseo sexual. La época victoriana en América transformó al ama de casa de clase media en poco menos que en la defensora de la moralidad pública. Su lugar estaba en casa con los hijos, sobre un pedestal de inocencia, protegiendo la decencia y la posición social de su familia.
Consentía el sexo con su esposo para procrear, pero si su esposo era un alma decente la sometía a sus impulsos animales con la menor frecuencia posible. Por desconcertante que parezca en la actualidad, muchas mujeres de clase media aceptaron fácilmente la idea de que ellas carecían de pasión sexual, ya fuera por la presión social de una clase media cohibida, por ignorancia o por ambos motivos.
En esa misma época, la «histeria» parecía ser pandémica. Si la enfermedad era en realidad una frustración sexual crónica, como arguye Rachel P. Maines en su obra The Technology of Orgasm, una historia entretenida pero seria del vibrador, las mujeres intentaban aliviarse a través de una de las pocas salidas aceptables: ir a la consulta del médico y dejarse masajear hasta alcanzar el orgasmo. Maines dice que los médicos occidentales realizaban la «tarea rutinaria» de aliviar los síntomas de las pacientes histéricas con un masaje genital manual hasta que la mujer alcanzaba el orgasmo o, como se denominaba en el entorno clínico, el «paroxismo histérico». El vibrador, inventado por un médico británico en la década de 1880, fue una respuesta directa a los médicos que querían ayuda para realizar tal tarea.
La mayoría de las mujeres victorianas reprimía su sexualidad hasta tal punto que la mayor parte de los hombres y algunas mujeres consideraban la prostitución como un mal necesario que permitía que el varón diera rienda suelta a su lujuria de forma natural. El siglo XIX fue una época en la que la prostitución prosperó rápidamente a medida que el crecimiento de las ciudades y la expansión de la frontera —que significaba que los hombres avanzaban solos y dejaban atrás a sus esposas y familias— convirtieron la sexualidad en un artículo de compra y venta.
A su vez, la proliferación de la prostitución provocó el primer movimiento de reforma sexual, iniciado entre las mujeres blancas de una clase comercial en alza que formó parte del movimiento de reforma social más amplio —contra la intemperancia, la pobreza y la esclavitud— de la década de 1830. Para las mujeres reformistas blancas de clase media, la prostitución suponía una amenaza para la moralidad pública pero también para la salud de sus esposos en una época de cólera y proliferación de la sífilis.
La abstinencia según el ciclo periódico de la mujer y el coitus interruptus eran los sistemas más habituales en la época, pero las parejas también utilizaban preservativos, esponjas vaginales y el diafragma, que se patentó en 1846 con el apelativo de «el protector de la esposa».
A comienzos del siglo siguiente, Sigmund Freud cuestionó casi todos los aspectos del sexo tal y como se había entendido hasta el momento. Freud, neurólogo Vienes y fundador del psicoanálisis, llegó a la conclusión de que el sexo era una fuerza primaria de la vida humana. También creó una teoría de desarrollo psicosexual que se iniciaba en la más tierna infancia. En su teoría más famosa, el complejo de Edipo, Freíd afirmó que un niño se siente inevitablemente atraído sexualmente por su madre, pero también sufre la angustia de la castración o el temor inconsciente de que su padre lo castigará cortándole el pene.
Las ideas de Freud eran revolucionarias y tuvieron una gran repercusión en las actitudes en América, pues fomentaron la satisfacción más que la supresión del deseo sexual. En décadas más recientes, Freud ha recibido el ataque de las feministas y otros críticos por su falocentrismo y concepción errónea de la sexualidad femenina.
Freud creía que las niñas sufren tanto de envidia del pene como del complejo de Electra, o un deseo de poseer sexualmente a su padre y sustituir a su madre, a quienes culpan de la deficiencia de su cuerpo.
Freud también consideró el clítoris como un tipo de pene inferior, que las niñas descubrirían 1890, y descubrió que la mayor parte de ellas atribuía al sexo una importancia limitada en su vida de casadas, tal como predicaban los reformistas de la pureza. Pero a medida que la niña crecía, dijo Freud, abandonaría su interés infantil por el clítoris y se centraría en la vagina, el órgano receptivo del pene. Freud decretó que los orgasmos clitoridianos eran infantiles y que los vaginales eran los «auténticos».
Dras. Jennifer Berman Y Laura Berman