Tenia todo en contra, pero con el cariño de los suyos y mucho esfuerzo persiguio un sueño imposible. Hoy es campeon olimpico de lanzamiento de jabalina y demuestra que cuando se quiere, se puede.
El pibe que
prefirió escribir
su destino
La televisión la mostraba a metros de un enorme cuadro de Perón en un salón de la Casa Rosada. Llevaba un tailleur de verano y una blusa blanca, cero estridencias. Tras una hora de discurso en cadena nacional sobre la venta de Papel Prensa, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sorprendió a quienes la miraban del otro lado de la pantalla. "Yo quiero terminar con otra historia de otra Argentina. Yo quiero terminar con la historia de Braian Toledo. Ustedes me dirán: 'Esta está loca, ¿quién es Braian Toledo?' Yo les voy a explicar", dijo. Y arrancó lo que muchos tomaron como una obra cumbre de la digresión.
A entrenar Cada mañana. bien temprano, Braian ensaya tiros con la jabalina de 700 gramos que se utiliza en su categoría.
La mañana del 22 de agosto de este año, se levantó ansioso en Singapur, muy lejos de su casa. Cuatro días antes, en la ronda de clasificación de los Juegos Olímpicos de la Juventud, había lanzado su jabalina unos 77 metros, aunque sabía que el estadounidense Devin Bogert podía llegar a una marca similar. Para pasar a las finales había tenido que tirar cuatro veces, pero esta vuelta no iba a haber suspenso; en su primera chance tomó su jabalina y la clavó a los 81,78 metros. El resto estuvo de más. Habían pasado 62 años desde la última vez que un atleta argentino consiguiera una medalla dorada en un Juego Olímpico: en Londres 1948 y cuando Delfo Cabrera ganó el maratón.
A diferencia de los maratonistas de los años '30 y '40, Braian no cuenta con referentes locales a mano, aunque mucho no lo inquieta. Tiene una técnica muy propia, que llama la atención a los europeos y que amenaza con llevarlo lejos. El mayor de los Toledo recién cumplió diecisiete años y ya marcó dos récords mundiales. Los dos fueron este año. En febrero, en Buenos Aires, hizo 84,85 metros; tres semanas más tarde, en Mar del Plata, tiró 89,34. Desde entonces, la élite de los cinco anillos comenzó a mirarlo de manera distinta.
"Yelena Isinbáyeva -la genia del salto con garrocha- es una buena amiga. Me da consejos, me manda mensajes, y en Singapur me estuvo alentando desde la tribuna", cuenta Braian.
El primero dé los encuentros con Braian es en un restorán de Chacarita. Tiene más de un metro ochenta, los ojos y el pelo oscuros y un colmillo se le escapa de la boca cuando sonríe. Da la mano y trata de "usted" a todos los que le andan cerca. Acaba de hacer un recorrido por programas de televisión, lo rodea un grupo de empleados de la Secretaría de Deportes de la Nación. También están su entrenador, Gustavo Osorio, y Leandro Torres, un periodista amigo que lo ayuda con la prensa. Al principio le cuesta un poco hablar. Se distrae con los mensajes que le llegan al celular, de a ratos desvía la mirada y se cuelga. Lleva con él la jabalina, la medalla y una caja de terciopelo rojo, con una dedicatoria al costado.
Después de un corto silencio, toma la caja y saca un cubo de cristal con un número 1 y unos anillos olímpicos. "Es un regalo de Yelena", aclara. Yelena es Yelena Isinbáyeva, la rusa que batió 27 veces el récord mundial de salto con garrocha. Braian cuenta que hace un par de meses, mientras entrenaba en el Centro de Alto Rendimiento de Formia, en Italia, Isinbáyeva comenzó a filmar sus movimientos y al rato se acercó a saludarlo. En un muy correcto español, ella los invitó a comer -a él y a Osorio-, y desde entonces lo apadrinó: "Somos buenos amigos. Me aconseja, me manda mensajes. En Singapur me alentaba desde la tribuna. Me pidió que le dedicara un lanzamiento y lo hice", cuenta.
Sueño Compartido. Braian en el gimnasio con Gustavo Osorio, quien fue su descubridor y hoy es su entrenador y su amigo.
"Tiene un biotipo fuera de lo normal, comparable sólo con atletas de otras latitudes. Es un fenómeno excepcional acompañado por un técnico que le saca lo mejor de él. Lo que hace va contra todos los libros, sus mejores marcas son casi siempre en el primer o el último tiro, cuando otros se ponen nerviosos", analiza el experto Osvaldo Arsenio, quien también advierte sobre el futuro mediato: "Si sigue lanzando estas distancias y se adapta al cambio de las jabalinas de 700 gramos a las de 800, ya tendría marcas como para meterse en una final olímpica de mayores. Sus marcas ya son increíbles. Pensar que el récord mundial de mayores del checo Jan Zelezny-el mejor jabalinista de todos los tiempos- es de 98 metros y lo hizo a los 32 años"
A los 17 años, Braian ya batió dos récords mundiales.-tiró la jabalina a 84,85 y luego a 89,34 metros. El récord mundial de mayores -del checo Jan Zelezny- es de 98 metros y lo hizo a los 32 años.
Rosa Idalgo -"sin hache", como le gusta decir- tenía contracciones desde hacía horas, pero su primer hijo no asomaba la cabeza. Afuera del hospital Perón había habido un tiroteo en plena madrugada, aunque ella ni se enteró. Como el goteo no surtía efecto, los médicos prefirieron hacerle una cesárea. A las 5.45 se escuchó el llanto de Braian. "Pesó casi cinco kilos, estaba destinado a ser grande", sonríe hoy la madre al recordar esa noche de setiembre del '93, en Avellaneda.
Antes del primer cumpleaños, el amor entre Rosa y don Toledo se terminó. Ella decidió quedarse un tiempo en la casa de sus suegros en Wilde, pero ya no dormirían juntos. El tiempo pasó y tres años después, en un intento de recomponer lo que ya se había roto, quedó embarazada de una nena. El milagro no se produjo y la mujer abrazó a sus dos chiquitos e hizo los bolsos; se fueron para Marcos Paz, donde Rosa tenía a un hermano. Allí, la ayudaron a levantar una casilla de madera de siete por cinco, donde ella y sus hijos iban a vivir.
El pequeño de ojos negros se criaba pegado a su madre. Del señor Toledo, ni noticia. Rosa era padre y madre, pero a Braian algo le faltaba. Mientras se acostumbraba a la ausencia, una mañana de cuarto grado apareció Osorio, su profesor de gimnasia de la escuela. Los dos dicen que hubo algo instantáneo, confianza que le dicen. El entrenador ya había preparado algunos atletas con proyección nacional y se encargaba de reclutar talentos. Ese día lo agarró a Braian y no lo soltó más.
Bastante en broma, Iván, el primo hermano de Braian, dice haberlo descubierto primero. Cuenta que cuando iban a tirar piedras, Braian, que era el más chiquito, las lanzaba mucho más lejos que todos. Un poco más serio, habla del primer encuentro entre Braian y una jabalina. "Era la primera vez que le dejaban tirar algo que no fuera una pelota y casi se lastima. Se dio con la jabalina en la espalda. La tiró y se volvió a su casa furioso. Se fue a dormir y al día siguiente la agarró de nuevo. Y ya no la largó."
"Braian tenía que comer sano, pero no teníamos plata. Salía con los chicos a caminar por las quintas y cuando me veían llegar, los que cultivaban me llenaban la bolsa de verduras", cuenta Rosa, su mamá.
El discurso de la Presidenta no se interrumpe: "Cuando le entregué la bandera le dije: 'Braian, cuando tires la jabalina imagínate que con ella va la bandera argentina y clávala lo más lejos posible'. No creo que se haya acordado de mí. Se debe haber acordado de su casa, de su madre, de sus hermanos, de las cosas que seguramente habrá tenido que vivir"
"Braian tenía que comer sano, pero no teníamos plata. Salíamos con los chicos a caminar por las quintas de acá a unas cuadras. Cuando me veían llegar, los que cultivaban me llenaban la bolsa de verduras. Después me las ingeniaba con alguna cosita más. En esa época hacía de todo, limpiaba casas, vendía globos largos de los que usan los payasos", detalla la madre. Su hijo agrega: "En un estudio que me hicieron para competir, las vitaminas y todo lo relacionado a los vegetales me dio impecable, pero en el hierro estaba flojo. Es que en casa no veíamos nunca un pedazo de carne"
Esta fría la ruta a Marcos Paz. Son las siete de la mañana, claro. Pasando un par de semáforos del cartel de bienvenida al pueblo, afuera de la ruta, está el club donde Braian practica todos los días. Adelante hay un gimnasio pintado de celeste, con un gato Silvestre con brazos de fisicoculturista dibujado en la pared. Detrás, la cancha de fútbol donde entrena.
Ocho conos naranjas y amarillos, cuarenta pelotas de distintos tamaños y unas vallas que Braian está saltando sin frenar. Osorio habla por teléfono y Braian sigue. Tiene un auricular en la oreja y escucha la música electrónica de Tiesto. Se acerca y saluda, pero parece distante. Un par de horas después Leandro contaría que andaba un poco sensible con la prensa: ";En una revista dijeron que ganaba como 10.000 pesos y que tiene no sé cuántos sponsors. Sólo cobra los 2.500 pesos de las becas de Deportes de la Nación, 600 que le entrega una cadena de electrodomésticos de acá y la ropa de Adidas"
"En un estudio que me hicieron, las vitaminas y todo lo relacionado a los vegetales me dio impecable, pero en el hierro estaba flojo. Es que en casa no veíamos ni un pedazo de carne", recuerda Braian.
El entrenador le marca la rutina de lanzamiento, que termina con una pelota lanzada sobre una enorme red. Osorio lo corrige: "Cuando lo haces rápido, no podes pensar en la técnica. Por eso ahora, más despacio hay que registrar todo en la memoria muscular, para que después salga solo", se entusiasma el técnico. Luego le abrocha unos tensores en las piernas para que trabaje con resistencia. Braian va una y otra vez y de nuevo. Su cara se infla cuando larga el aire de un soplido. Da la sensación de que si le soltaran los tensores, podría romper la red con la pelota.
Un grupo de diez funcionarios municipales y provinciales entra al club y se interrumpe el entrenamiento. El gobernador Scioli va a ir al día siguiente y su gente quiere que todo esté en orden. Le preguntan a Braian qué precisa para entrenar. Le prometen un set completo de pesas y jabalinas de competencia. Atrás del club, una veintena de albañiles hicieron una pista y palean la arena para una corredera de lanzamiento. Hay música, castillos inflables para los chicos, camiones de asistencia médica y un tráiler donde tramitar el documento de identidad. Todo contrarreloj. Suena a tiempos políticos.
Familia Unida. Braian en su casita del barrio Martín Fierro, en Marcos Paz, con su mamá Rosa y sus hermanos Débora e Ignacio.
A quince cuadras, en el barrio Martín Fierro, a metros de la casilla de siete por cinco, también se construye con tiempos políticos. Veinte operarios aceleran el zanjeo. Están trabajando desde hace dos días. Cavan y entuban la calle para que no se inunde cuando llueve. Al lado de la casilla, con dinero de la Provincia y el municipio, construyen la nueva casa familiar. Es el triple de grande que la vieja y la obra estuvo parada un par de meses, pero ahora se puso en marcha de nuevo.
"La primera vez que lo dejaron tirar algo que no fuera una pelota, casi se lastima. Se dio con la jabalina en la espalda. La tiró y se volvió a su casa", dice Iván, primo de Braian.
Mientras afuera los funcionarios gesticulan, en la casa de siete por cinco se comen milanesas. Además de la madre y la hermana está un hermanito más chico, de tres años: Ignacio. No hay puertas sino cortinas de tela y piso de material. La heladera está a la derecha de la entrada; la mesada, sostenida por ladrillos, a la izquierda. Dos pasos hacia adelante, el horno a garrafa y una enorme pila de juguetes, baldes y cajas. Del otro lado, en cada uno de los dos cuartitos cabe una cama y no mucho más. Braian espera para comer. Muestra las fotos y los trofeos que guarda junto a la ropa: "A mí me toca dormir allá -señala el cuarto de enfrente-, y me tiro en el piso porque no me entran los pies en la cama... pero creo que dentro de poco voy a poder tener una nueva"

