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Vida privada
Gaussian blur
▣ Hernan Casciari, jueves 10 de octubre, 2013
Estoy en San José de Costa Rica y llueve. Acabo de pedir un café y abro la portátil. De repente aparezco etiquetado en una foto de Facebook y pienso que se trata de un error, porque a primera vista no me veo en la imagen. Es nomás un segundo, menos incluso de un segundo, hasta que entiendo. Me quedo mirando la foto con los ojos abiertos y sin pestañear; pasa un rato, después otro rato, y mi gesto sigue congelado.
Me defiendo de la inminencia con la inmovilidad ridícula de las liebres, que se quedan quietas en el medio de la ruta cuando ven venir un camión de frente. El camarero del hotel debe pensar que estoy viendo porno en tres dimensiones, un porno nuevo y genial, porque ni siquiera reacciono cuando llega con el café. Hago un esfuerzo tremendo para que no se me note ninguna reacción, porque estamos en un espacio público y no quiero que nadie me vea así.
El asunto es que desde que murió, en julio de 2008, esta es la primera vez que miro una foto de Roberto sin desenfocar los ojos. Puto Facebook y las etiquetas intrusivas. No hubo tiempo para armar el gaussian blur; no me lo esperaba.
Un segundo golpe me subraya el desconcierto. Yo creía conocer todas mis fotos familiares, pero esta no estuvo nunca en los álbumes de la infancia, ni en los portarretratos de la casa donde crecí. En la foto hay un cielo limpio de verano, con una nube inofensiva recortada por un edificio que recuerdo bien, frente a la playa más famosa de Mar del Plata.
¿Dónde había estado esa foto todo el tiempo? La respuesta es simple: en ninguna parte. Más tarde sabré que no es realmente una foto, sino una diapositiva. Mi abuelo Marcos hacía diapositivas y las guardaba en cajones que nadie vio desde su muerte.
Mi tía Ingrid decidió, este mes, digitalizarlas a todas antes de que el tiempo las volviera inservibles. Cuando encontró esta foto se la mandó por mail a mi mamá, y mi mamá la subió a su Facebook por la mañana de Argentina. Dos horas después estoy en este bar, con la guardia baja, pensando en cuánto nos gusta a los gordos el buffet libre de los hoteles, y entonces la imagen me asalta sin que me pueda defender.
Por eso estos párrafos, desordenados y sin estructura, se arman en mi cabeza contra toda lógica, y por eso me acuerdo instantáneamente de Fernando y de León. Y de otra foto marplatense. Pero eso será después, cuando el llanto haya arrasado. Ahora contengo las lágrimas y me dejo invadir por estas ideas inconexas. No las escribo, las veo pasar como vagones de un tren lechero.
Son frases sin gramática interna que se redactan solas y que pasaré en limpio un poco más tarde, en la habitación 1010, cuando ya no sea necesario fingir serenidad. Pero ahora estoy todavía en el bar y la foto ocupa tres cuartos del monitor, y la miro fijo. Y busco un mail que hace cinco años me mandó Fernando Luna. Busco ese mail como antídoto del llanto.
Antes de eso tengo que explicar que no es exacto que nunca he visto una foto de mi papá después de su muerte.
En realidad, cuando no hay más remedio entreveo alguna —en la entrada de la casa de mi hermana hay dos retratos—, pero antes de pasar a la cocina preparo muy bien el Photoshop mental y desenfoco los ojos a un sesenta y cinco por ciento. Si hay que mirar fotos de Roberto, me digo, por lo menos que sea con filtro.
Ojo: no me da miedo verlo ni es que tema ponerme a hacer puchero. Es más parecido a una superstición. Una noche Dolina dijo algo en la radio que me quedó grabado. Dijo que en las fotos donde aparecen muertos queridos, los muertos saben que están muertos y te miran, desde el papel, con un gesto cómplice y triste, como diciendo «qué le vamos a hacer».
No sé si será verdad —en el fondo creo que sí— pero cuando andan dando vueltas fotos de Roberto las esquivo por las dudas. Es un artilugio cobarde, supongo, pero también es una forma de preservación. El mismo mecanismo me impidió, durante todos estos años, pisar la casa de Mercedes donde nací y en la que él murió.
Las muchas veces que fui a Argentina pasé de largo por casa, porque quiero mantener en la memoria otras imágenes de esas habitaciones, unas imágenes más inofensivas y cotidianas en las que nadie se muere en el sillón del comedor. No sabría qué hacer en esa casa, si la recorriera hoy, del mismo modo que ahora no sé qué hacer con esta foto de Facebook que se aparece sin preaviso en Costa Rica, cuando estoy tan sin filtro y todavía no desayuné.
Busco en Gmail el correo de Fernando, con desesperación, y no lo encuentro. Pero como sé qué día me lo envió, la asociación de ideas me lleva a un recuerdo peor.
Me acuerdo, esta vez sí con pánico, de otra foto que sé que existe y que no veré jamás, ni que me pongan un revolver en la cabeza. Cuando se murió Roberto, en julio de 2008, yo tenía las valijas hechas para viajar a Buenos Aires a presentar mi segundo libro.
Al conocer la noticia intenté adelantar el vuelo unos días pero fue imposible, por lo que no llegué a tiempo para estar en el velorio, ni tampoco en el entierro. Es raro decir no llegué a tiempo cuando el objetivo no es ver a tu padre vivo por última vez, sino verlo por primera vez muerto.
Chiri fue mi corresponsal de guerra. Él estaba en el cementerio de Mercedes y me llamó por teléfono a Barcelona. Me fue relatando todo, me dijo que había muchísima gente, que mi mamá se mantenía firme, y también me contó detalles del velorio, que la vigilia había durado una noche entera, etcétera. Fue una conversación telefónica extraña, porque hablamos como si fuéramos grandes.
Me acuerdo de eso y de casi nada más. No teníamos planeado hablar así; nadie tiene planeado hablar así. Por suerte —a veces la distancia sirve para algo— nunca vi por primera vez a mi padre muerto. Sin embargo una semana más tarde, cuando al final presenté mi libro, estaba mi tío Toto en la platea del teatro. Al terminar la charla se acercó, ojeroso, porque la muerte de su hermano mayor lo había afectado, y me susurró en la oreja algo que me dejó sin palabras:
—Como no pudiste llegar al velorio —me dijo—, le saqué una foto en el cajón. Estaba tranquilo, estaba en paz. No sé si querés tener la foto ahora, o si la querés después. Yo la tengo acá en el auto. Pedímela cuando te parezca, yo te la guardo.
No se la pedí, ni entonces ni después. Pero desde aquel día el solo hecho de saber que existe esa imagen, y que además me está esperando en alguna parte, me hace sentir una zozobra parecida al vértigo. No hay gaussian blur que valga con esa imagen. Papelera de reciclaje urgente.
Prefiero esta que acaba de asaltarme en Facebook, donde hay un cielo y unas nubes y una Pepsi. Esta foto de cielo marplatense es nueva, además. Mucho más flamante que la foto de mi padre muerto. Es nueva, quiero decir, en un sentido muy amplio, porque yo nunca había visto, ni antes ni ahora, una imagen en la que estuviéramos los dos tan cerca, tan al principio de nuestra historia.
Puede ser enero o febrero de 1973, supongo, no más que eso, y mi papá me tiene en sus brazos. En la foto yo estoy a punto de cumplir dos años y nos estamos mirando. Él de frente, yo un poco de reojo. ¿Yo ya sé que es mi padre?, me pregunto, mientras se enfría el café de Costa Rica. Supongo que sí; a los dos años uno ya intuye relaciones intensas.
¿Y él ya sabe que soy su hijo, quiero decir, en el sentido más profundo y absoluto? Su sonrisa pareciera indicar que no. Todavía no sabe que nunca seré un buen tenista. No tiene la menor idea de que en el futuro se quedará muchas noches en vela, sin saber a dónde estoy ni a qué hora volveré, si es que vuelvo. No sabe que un día me iré a vivir lejos y que no estaré cerca cuando se muera. Es verano, es Mar del Plata, no tiene por qué saber nada de eso.
¿Qué sabe de mí, entonces? ¿Qué quiere de mí esa tarde? ¿Fantasea, en ese momento, en cómo serán nuestras charlas del futuro, como yo pienso en mis charlas futuras con Nina? ¿Entiende, o por lo menos se imagina, que mi mano derecha, regordeta y flexible, ya está en posición dactilográfica? ¿Sabe ya que escribiré a veces sobre él, cuando crezca, y que cuando se muera tardaré cinco años en llorarlo de verdad, y que lo haré en un hotel de Costa Rica y no en su entierro, ni siquiera en nuestra casa, a la que no puedo volver?
El tren lechero de las preguntas pasa veloz por encima de la mesa y hace que tiemblen todas las cucharas. No soy yo quien llora, todavía, es un tren sin ventanillas y nocturno que se percibe más de lo que se ve. Por eso nunca he querido ver sus fotos ni entrar de nuevo al comedor de casa. Porque no me gustan las preguntas que aparecen cuando estoy con la guardia baja.
¿Qué pensará el camarero costarricense al ver a un gordo que empieza a llorar en silencio mientras mira porno en tres dimensiones? Trato de calmarme, pero no puedo. Ahora pienso que voy a cumplir dos años en la foto, pero me llama más la atención su edad que la mía. Roberto está a punto de cumplir veintinueve, tiene catorce menos que yo ahora. Es un chico joven con su primer hijo en brazos. Conozco esa sensación, la de tener a tu primer hijo en brazos y creer en la eternidad.
Tengo que llorar. Alguna vez tenía que hacerlo, pienso, lo jodido es que sea en Costa Rica, tan lejos de todo, y que haya una pareja de holandeses viejos mirándome de reojo. Lo jodido es que se me haya cerrado el estómago justo en un buffet libre. Ojalá sea verdad que Facebook quiebra en dos o tres años. No era acá, ni ahora, donde había que llorar.
Había que llorar la noche que llamó mi hermana para avisar que Roberto se había muerto, pero no pude. Yo estaba jugando con Nina y con Cristina en el estudio de casa. Las ventanas del verano estaban abiertas. Cuando supe lo que estaba pasando mi primera reacción fue hacerle señas a Cris para que se llevara a Nina a otra parte. En ese momento tuve miedo de quebrarme y que ella, con cuatro años, se asustara. Ese llanto no resuelto me duró media década.
También lo postergué una semana más tarde, la noche de la presentación del libro, en Buenos Aires, cuando salimos con Chiri al escenario y Roberto no estaba en la primera fila. Pasó algo más esa noche, un rato después de que mi tío Toto me ofreciera la fotografía que nunca acepté. En un momento, antes de empezar a firmar libros en el hall del teatro, Fernando Luna me llamó aparte. Fernando es un viejo amigo de Mercedes que había ido a ver la presentación del libro. Pero tengo que contar algo antes, por eso digo que estos párrafos no tienen estructura ni lógica.
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Feliz dia Madres!!
Danuschi.