InicioSalud Bienestarflatulencia o pedo


Los seres humanos producimos una media de entre 400 y 1.200 cm3 de gases diarios como resultado, sobre todo, del aire que deglutimos al abrir la mandíbula para masticar, fumar, beber..., y de la descomposición de los alimentos en el intestino, un tercio del total. Cuando se trata del primero, suele salir por donde ha entrado; si los gases se deben a la digestión, la mayor parte son absorbidos por la pared intestinal –unos 6,4 litros– y el resto –0,6 litros– es expulsado en una combinación de nitrógeno, hidrógeno, dióxido de carbono, oxígeno y, en ocasiones, metano.

Contenerse o no contenerse, ¿qué es mejor?

No obstante, ese acto tan universal y cotidiano de expulsión conocido como flato, ventosidad o pedo está lejos de ser bien visto. Como lo muestra una crónica publicada en un diario mallorquín, que resumimos: un hombre se cruzó con un joven en plena calle en el momento en que éste soltaba una ventosidad. El primero insultó al joven con “eres un guarro y un puto cerdo”. A las disculpas del chico, el hombre contestó con un puñetazo y ambos acabaron en comisaría. La noticia muestra la contradicción entre la necesidad biológica y el rechazo social. Así, mientras unos tratan de contenerse otros están convencidos de que “es malo no expulsarlo”, un dilema del que ya se hacía eco en 420 a. de C. Hipócrates: “Si es posible, es preferible liberar la ventosidad silenciosamente, pero mejor que contenerla y acumularla internamente es liberarla con ruido”. Para el doctor Juan Manuel Herrerías, jefe del Servicio de Digestivo del Hospital Virgen de la Macarena de Sevilla, “no es bueno ni malo; la naturaleza no entiende de convenciones sociales y acaba actuando”. En concreto, lo hace unas 14 veces al día, aunque hay quien expele gases con una frecuencia muy superior y quien no consigue expulsarlos. La acumulación dilata las paredes gástricas e intestinales y, por tanto, las abdominales. Esta distensión abdominal, conocida como meteorismo, puede ocasionar molestias importantes y confundirse con los síntomas de otras enfermedades. Es lo que ocurre con el síndrome del ángulo esplénico, que tiene lugar cuando el gas queda atrapado en un pliegue intestinal a la altura del bazo. “La distensión eleva el hemidiafragma, músculo que separa la cavidad abdominal del tórax, lo que puede provocar dolor pectoral y taquicardia, que el paciente puede identificar con un infarto –explica el doctor Herrerías–; cuando los gases se acumulan en el lado derecho del colon, el dolor se asemeja al originado por los cálculos biliares o la apendicitis”. Todo ello desencadena un círculo vicioso de angustia y retención de gas. Y cuanto más se angustia uno por sus ventosidades, más aire absorbe.

Lo que se debe y no se debe hacer en la mesa

El estrés es una de las causas más frecuentes de ingesta excesiva de aire, ya que nos hace comer más deprisa atrapando más aire. Las normas de corrección en la mesa son el mejor referente para no ingerir demasiado aire; los nervios, las prisas, tragar sin masticar, sorber y hablar con la boca llena favorecen su deglución. Tampoco es aconsejable beber mucho, ya que dificulta la masticación y la salivación, la comida llega más intacta al estómago y se acumula más gas. Las bebidas carbonatadas o fermentadas contribuyen a la aerofagia, acumulación de gas en las vías altas del tracto digestivo, que suele expulsarse con eructos. La pajita, por su parte, es un atrapador de aire. La postura también influye, comer de pie favorece la entrada de aire al estómago, y tumbarse inmediatamente después de comer facilita el paso de gases del estómago al intestino. Tampoco está recomendado cenar mucho y tarde, ya que por la noche la actividad intestinal se ralentiza favoreciendo la fermentación y putrefacción de los alimentos. No se puede acabar peor una comida que con un cigarrillo o un chicle. El primero causa un efecto similar al de la pajita y el segundo equivale a dar bocanadas de aire.

Qué comer para evitar flatulencias

Los alimentos en sí mismos son otra causa de flatulencia. Los sabores fuertes o picantes, además de aperturas espasmódicas de la mandíbula, provocan una mayor secreción de jugos estomacales y pancreáticos, produciendo dióxido de carbono al llegar al intestino. Algunos carbohidratos –azúcar, almidón y fibra– no se digieren o no se absorben en el intestino delgado debido a la ausencia o escasez de ciertas enzimas encargadas de fragmentar los azúcares para que sean absorbidos por la sangre, y pasan al intestino grueso o colon, donde la flora bacteriana no patógena o prebiótica los descompone creando gas. “Es el caso de la lactasa, encargada de metabolizar la lactosa, un azúcar natural que se encuentra en la leche y algunos productos lácteos –queso fresco, helados y alimentos procesados como el pan, los cereales y los aderezos para ensaladas–”, advierte el doctor Juan de la Cruz Esteban, jefe de la Sección de Digestivo del Hospital Torrecárdenas, en Almería. El queso curado y el yogur, al haber sido fermentados, carecen de ella. Cuando el organismo no elabora suficiente lactasa, la lactosa no puede ser digerida, lo cual puede producir intolerancia a la deficiencia la sufre el 80 por ciento de la población de origen latino y africano y el 15 por ciento de la originaria del Norte de Europa, según un estudio de la Universidad de Kansas, en EE UU. Azúcares con potencial efecto flatulento son la rafinosa –repollo, coles de Bruselas, brécol, espárragos y cereales enteros–, la fructuosa –cebollas, achicoria, peras, higos, uvas, ciruelas y trigo– y el sorbitol, manzanas, peras, melocotones y ciruelas; en ciertos edulcorantes, dulces y alimentos dietéticos también puede encontrarse fructosa y sorbitol. Otros nutrientes que no se absorben hasta llegar al intestino grueso y que producen gas son el almidón –patata, maíz, fideos y trigo; el arroz es el único que no genera gas– y las fibras dietéticas, compuestas la mayoría por carbohidratos –azúcares– complejos, que son resistentes a la hidrólisis por parte de las enzimas digestivas, lo que las convierte en pasto de las bacterias intestinales.

Más vale prevenir, que sufrirlas

● Evite vegetales flatulentos como algunas verduras –alcachofas, col, coliflor, brécol, repollo, coles de Bruselas, pimiento, ajos, cebolla, pepino y puerros– y legumbres, en especial judías y lentejas. Con estas últimas no tendrá problemas si las deja en remojo durante 16 horas, con agua y bicarbonato.
● Compruebe si sufre intolerancia a la lactosa y sustituya, si es necesario, la leche por el yogur o el queso curado.
● Descarte los fritos y los picantes.
● No ingiera bebidas con gas.
● El pescado, mejor hervido o asado y la carne, con poca grasa y asada.
● No haga comidas copiosas, coma despacio, masticando bien los alimentos y sin distracciones.
● Sustituya el café y otros excitantes por infusiones digestivas.
● Practique técnicas de relajación.
● No haga la siesta hasta media hora o mejor una hora después de comer e incluso pasee antes de hacerla. lactosa. Esta

Las fibras, aunque gaseosas, favorecen el tránsito

Pero existen diferencias entre las fibras. Las solubles se disuelven fácilmente en agua formando un gel –salvado de avena, judías, gran parte de las frutas y extractos de semillas– y las insolubles pasan sin cambios al intestino grueso, son menos atacadas por las bacterias y producen menos gas: salvado de trigo, hortalizas, verduras –berenjena, remolacha, rábano, coliflor, habas, brécol, coles de Bruselas, pimientos y zanahorias– y frutas, peras y manzanas. Además, absorben muy bien el agua, lo que aumenta el volumen de las heces y acelera el tránsito intestinal. Como afirma el doctor Esteban, “las fibras producen más flatulencias al principio, ya que elevan la cantidad de gas intestinal, pero mejoran la motilidad, se reducen”. Otras causas de flatulencia pueden ser la alteración de la función motora del aparato digestivo, estreñimiento y síndrome de intestino irritable; las enfermedades que favorecen el sobrecrecimiento bacteriano y la fermentación, síndrome de malabsorción, y las patologías orgánicas que dificultan el paso del contenido intestinal, cáncer de colon.

Ventosidades con efecto invernadero
El metano es con el dióxido de carbono, el mayor gas causante del calentamiento global; los subproductos de la digestión animal –ventosidades, eructos y excrementos– son responsables del 23 por 100 de ese metano. A la cabeza están los rumiantes –vacas y ovejas–, que tienen cuatro estómagos con gran cantidad de bacterias, hongos y protozoos implicados en la digestión del material fibroso de las plantas que comen. Una oveja emite unos siete kilos al año de gas metano y los rumiantes superiores, entre 60 y 114 kilos. Los países que más metano producen son Rusia, con el resto de países de la ex URSS, Brasil, India, EE UU, China y Australia. Este último, desarrolla actualmente un programa de vacunación masiva con el que pretende reducir emisiones y de paso mejorar la carne y la leche, ya que el metano consume el 15 por 100 de la energía metabólica. Son vacunas basadas en antígenos, que actúan contra la bacteria methanogenic archae, causante de la producción del metano, y en bacterias procedentes de canguros, que en lugar de metano producen acetano. También se está investigando la posibilidad de añadir al forraje la bacteria Brevibacillus parabrevis, que convierte el metano en dióxido de carbono.

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