InicioOfftopicLa iniciación
UN cuento que escribí y me gustaría compartir con ustedes, espero que les guste:


El mesero me acercó el chop de cerveza y lo apoyó sobre la barra de madera lustrada. Tomé un sorbo mientras que observaba el lugar atestado de mujeres: algunas se movían al compás de la música, otras jugaban al pool con unos amigos o novios, un grupo salía al mismo tiempo del baño mientras terminaban de acicalarse. Volví a probar mi cerveza y sentí una de ellas sentarse a mi lado y pedir un vaso de tequila. Gire mi cabeza para observarla y vi que me estaba mirando con esa mirada típica de una mujer que ya eligió a su presa.

- ¿Hola, como estas? Mi nombre es Mariano ¿y el tuyo?
- Mónica.

El mozo término de verter ese líquido transparente sobre la pequeña copa de vidrio y seguidamente limpió con un trapo la marca de agua que dejo mi vaso sobre la barra de madera.

- Yo invito – le dije.
- Bueno, gracias – me contestó con ese típico tono de voz para darte a entender que te encuentran atractivo.

No existe nada más patético en el mundo que una mujer “regalada”, y lamentablemente toda mi vida tuve que lidiar con este tipo de seres humanos carentes de orgullo.
Por supuesto no fue difícil convencerla que termináramos en un cuarto de hotel teniendo sexo. Mientras la veía gemir y moverse al compás del ritual de apareamiento no dejaba de despreciarla. ¿Qué ser inmundo se acuesta con un hombre que ni siquiera conoce? Comencé a golpear contra su trasero más fuerte.

- Espera mi amor, más despacito – me dijo con la voz entrecortada.

¿Amor? ¿Cómo podría llamar “mi amor” a un sujeto al que apenas conoce? Esto no hizo más que enfurecerme más y comencé a hacerlo con más fuerza mientras veía su cabeza casi golpeando el respaldo de la cama.

- ¡Me estas lastimando! ¡Más despacio!
- Creí que te gustaba lo rudo.
- ¡Si pero no tanto! – Me dijo y sonrió. Su sonrisa despertó la ira en mí.

Esa sucia mujer no tenía el más mínimo sentido de la decencia y permitía que un completo extraño la penetrara como a una perra en celo. Golpearle el trasero con mi pelvis no era suficiente castigo para esa inmundicia. Recordé entonces aquel día que llegue de la escuela y encontré a mi madre en su habitación cabalgando sobre el torso desnudo de ese hombre calvo mientras gemía como la peor de las prostitutas. Todo el escenario era repulsivo: las sabanas arrugadas, la ropa desparramada por doquier, la botella de wiski y los cigarrillos apagados sobre un cenicero rebalsado de colillas, la transpiración de la piel y el cabello enmarañado.
Me fui corriendo de mi casa sin saber cómo quitar esa imagen de mi cabeza. Recordé a mi padre y también recordé su arma guardada dentro del primer cajón de la mesa de luz.

Solo quería que el destino provocara que mi padre saliera del trabajo más temprano y los sorprendiera. Quería que usara su arma y que disparara sobre la espalda desnuda de mi madre una y otra vez. Sin embargo eso nunca ocurrió, y el desprecio hacia mi madre al verla besando la boca de mi padre al llegar del trabajo fue en aumento y siempre me provocó nauseas, irritación e impotencia.

- Espera, creo que se rompió el preservativo, en mi bolsillo tengo otro.

Ella seguía recostada boca abajo esperando que cambiara mi condón cuando la navaja atravesó su espalda y pude sentir un gemido que ya no era de placer.
Fue el momento más intenso de la noche: fue la primera vez que sentí un placer mucho más grande que el sexo, mucho más grande que cualquier droga; al sentir como penetraba la carne y golpeaba la punta del filo contra el omoplato.

La sangre comenzó a brotar inmediatamente manchando las sabanas y salpicando mi cara con ese líquido tibio de color bermellón.
Mi pene se puso mucho más tieso al ver sus ojos y su boca abiertos de par en par, y sus manos intentando escapar de una muerte inminente. Una y otra vez el fijo penetro la carne, traspasando la piel cuyo sonido era como atravesar el cuero de un sillón con un cuchillo. Una y otra vez, y cada vez más fuerte y cada vez más rápido hasta que ya no se distinguía nada, hasta que todo se tiño de color rojo bermellón. Su cuerpo ya tendido seguía recibiendo las puntadas hasta hacerme eyacular.

Fue entonces cuando descubrí que el placer puede provenir de los lugares menos esperados.
Jamás había experimentado algo como lo que ocurrió esa noche y un deseo poderoso de apoderó de mí mientras observaba mi rostro salpicado de sangre en el espejo: esto se había convertido en mi adicción, y deseaba repetirlo tan pronto como pudiera.






Pablo Damián Lafuente
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