Anécdotas de escapes casi imposibles. Entre la desesperación y el miedo lograron salir adelante. Estas son las historias de supervivencia más extremas. Eugeniusz Pieniazek. En la década de los setenta, el Servicio Secreto de Polonia se encontraba tras los pasos de un hombre llamado Eugeniusz Pieniazek; él era un diseñador de aviones que tenía amistad con pilotos suecos, detalle por el que era perseguido en la Polonia comunista. Pieniazek sabía que no había forma de obtener un pasaporte para escapar de la persecución, así que buscó la manera, que para él, era la más lógica de salir: construyendo un avión. El diseñador trabajó durante horas en su casa para construir una aeronave que lo sacara de ahí; la creó a base de piezas descartadas de cuatro diferentes planeadores y aviones. Todo lo hizo en los 8 metros cuadrados que tenía como sala, para luego bajar las partes más pesadas al jardín y terminarlo de armar. Todo parecía muy sospechoso, pero Pieniazek se las arregló para registrar a "Cuckoo" (así se llamaba) y hasta para utilizarlo como avión para entrenar pilotos. Todo parecía tan sólo una distracción, porque una tormentosa noche de 1971, cuando el clima era el menos adecuado para viajar, el polaco decidió emprender su viaje de huída. Las autoridades lo dieron por desaparecido. Lo más lógico posible. Pero, Pieniazek logró evadir los radares polacos, checos, húngaros y yugoslavos, aterrizando precisamente allí, en Yugoslavia. Parecía que al fin iba a gozar de su libertad, pero los yugoslavos lo encarcelaron durante 7 meses, hasta que se le permitió cruzar la frontera con Austria. De ahí se dirigió a Suecia donde se estableció. Pero, al diseñador le habían quedado asuntos pendientes, y dos años después regresó a Yugoslavia para recuperar su avión. Estando ahí, se encontró con la sorpresa de que tenía que pagar una fuerte cantidad de dinero por el derecho de "estacionamiento". Marcus Luttrell, el sobreviviente. En junio de 2005 se llevó a cabo la operación "Red Wing" en la provincia de Kunnar, Afganistán, como parte de la guerra que inició Estados Unidos contra el país asiático, en respuesta a los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. La operación tenía como objetivo localizar y capturar a los líderes de la guerrilla talibán, incluso no descartaba la presencia del mismísimo Osama. Para llevar a cabo el plan, se trasladó a un equipo de cuatro hombres y tres oficiales del Seal Team 10, cerca de la frontera con Pakistán, en la zona de Asamabad. Para el 28 de junio, se encontraron con un hombre y un joven, pero ellos no se inmutaron por su presencia y los soldados no les hicieron gesto alguno, dejándolos marchar. Pero, el hombre y el chico sí hicieron algo: los delataron. Ese mismo día, por la tarde, una treintena de hombres armados fueron tras ellos. La guerra se desató. Todos luchaban por sus vidas, mientras que Marcus Luttrell, uno de los oficiales, quedó inconsciente, con la nariz y tres vértebras rotas, y con un disparo en la pierna. Cuando despertó se dio cuenta que sus compañeros yacían muertos en medio de la hostil tierra. Pudo haberse dejado morir, pero decidió intentar algo más. Luttrell se arrastró a través de las montañas, sufriendo tanta sed hasta el punto de intentar beberse su orina y sudor, hasta que fue descubierto por campesinos afganos, que lo acogieron, cuidaron y protegieron de los talibanes. Afortunadamente para Luttrell, llegó a una aldea donde los habitantes tenían como ley proteger a cualquier visitante hasta la muerte. Con esa protección, Luttrell pudo ser rescatado. Su "ángel guardián", lo acompañó hasta que estuvo a salvo en un hospital, allí, el soldado lo abrazó y le dijo: "Te amo hermano". Se le trató de recompensar al pastor, pero él no aceptó, más que un reloj que Luttrell le dio como recuerdo. Después de toda la acción que pareciera un guión de cine, el capitán renunció al ejército y escribió un libro contando su aventura. Bernd Boettger. Como ya se vio en el primer caso, parece que en la década de los sesentas y setentas, la mejor manera de escapar del comunismo era construyendo tu propio medio de transporte. Así le pasó a Bernd Boettger, un ingeniero que vivía en Alemania del Este, donde no era muy feliz, por lo que se la pasaba maquinando ideas para escapar. Boettger era un gran nadador, lo que le dio una idea: como sabía que no podía lanzarse así nada más al mar Báltico, construiría una máquina que lo hiciera por él. Lo que Bernd Boettger creó, fue un pequeño motor con una hélice que podía agarrar mientras se desliza por la superficie del agua. La máquina estaba lista, así que Boettger tenía que hacer pruebas. La primera, hecha en 1967, fue un fracaso. El alemán fue cachado por una patrulla y encarcelado durante varios meses. Pero eso sólo le dio más impulso, y durante su estadía perfeccionó la máquina que le daría libertad. Así pasó un año construyendo un torpedo personal. Utilizó el motor de una moto, aparatos de buceo, un tanque de fibra de vidrio y una hélice. Para 1968, la máquina estaba lista, y él más para iniciar la aventura. Estuvo cinco horas buscando su destino, y cuidando que la hélice no le cortara la nariz. Boettger logró llegar a un puerto danés. Los que se enteraron de su historia, reconocieron el acto, y no sólo eso. La máquina creada por él, resultó ser un éxito que se empezó a comercializar; hoy la conocemos como Aqua Scooter. Slava Kurilov, el nadador. No todos los que quieren escapar tienen la posibilidad de construir un aparato que les ayude; algunos tienen que usar su cuerpo como medio de salida. Como lo hizo Slava Kurilo, oceanógrafo que vivía en la URSS, quien se ganó el título a nivel mundial como la persona más loca, por atreverse a saltar al Océano Pacífico para escapar nadando de la tierra que no le permitía salir ni de vacaciones. Así que en 1974, Kurilov tomó un crucero en el que no pedían visa, con una idea en mente: escapar. Durante el viaje, el oceanógrafo saltó, teniendo como objetivo las costas filipinas. Nadó cientos de kilómetros de mar abierto, sin realmente saber hacia dónde se dirigía, puesto que el curso del barco había quedado en secreto por razones de seguridad, y sólo una vez se le permitió ver un mapa del espacio donde estaban. Así que casi "con los ojos cerrados", sin agua potable, sin comida, sin brújula, sin salvavidas y sin cuchillo, Kurilov fue en busca de su destino. Los hermanos Bethke. Ingo, Holger y Egbert, los hermanos Bethke, vivían en el sudeste de Berlín, hijos de dos policías comunistas, a quienes les tocó ver el levantamiento del muro cuando el más grande apenas tenía 7 años de edad. Ingo siempre soñó con conocer el mundo, pero no podía hacer nada con ese muro que lo separaba de su sueño. Cuando creció, trabajó en un regimiento que vigilaba la frontera a lo largo del río Elba, al norte de Berlín, por lo que llegó a conocer muy bien la zona, lo que lo impulsó a preparar un plan para escapar. En mayo de 1975, cuando tenía 21 años, sin decirle a nadie de su plan, más que a un amigo con quien escaparía, se acercó a la frontera que alguna vez patrulló. Allí no había muro, pero sí otros peligros: una ancha franja de arena, una valla metálica con alambres de púas y una trampa que accionaba reflectores al ser tocada y una zona de minas, pero todas las logró pasar; luego infló una colchoneta y remó 150 metros hasta llegar al otro lado. Su fuga no causó gracia a su familia, puesto que sus padres fueron despedidos, mientras que su hermano Holger era vigilado todo el tiempo. En marzo de 1983, no pudo más (Holger) y también decidió escapar. Haciéndose pasar por electricista, cargado de cable, se dirigió a un desván donde permaneció escondido durante 13 horas. Cuando llegó la noche subió al techo de una casa y disparó una flecha (Holger había estado practicando el arco) que traspasó el muro, la cual su hermano Ingo estaba esperando, y la que ató al parachoques de su auto para estirarla y que quedara tensa. Por medio de un arnés, se logra deslizar por la tirolesa que había creado. Tras algunos minutos ya estaba del otro lado. Ya juntos, abrieron un bar, pero sólo tenían en la mente ayudar a su otro hermano. Supieron que tenían la respuesta a sus peticiones cuando conocieron los aviones ultralivianos, que se podían desarmar y transportar en un remolque. En mayo de 1989, luego de cuatro años en que Ingo y Holger estuvieron preparando la huída de Egbert, se trasladaron hasta Berlín Occidental y enviaron un mensaje en clave a su hermano que decía: "Ulrike está bien", que le indicaba estar listo. A la media noche del 25 de mayo, Ingo y Holger armaron aviones. A las 4:15 de la mañana encendieron los motores y despegaron. Ingo perdió altura, pero logró aterrizar; mientras que Egbert salió de su escondite y de un saltó se subió. Lograron pasar el muro, y un prado del otro lado les sirvió como pista de aterrizaje. Amigos que ya los esperaban los llevaron a celebrar con cerveza y el hermano menor dijo: "Fue el mejor trago que he bebido en mi vida. Pensé que jamás volvería a ver a mis hermanos, pero bajaron del cielo como ángeles y me llevaron al paraíso". Joseph Beyrle. En 1944, el paracaidista Joseph Beyrle, de 20 años, luchaba en el frente francés en contra del fascismo. Era parte del día-D, pero su avión estalló poco antes de poder hacer su salto, en pleno incendio pudo brincar, aterrizando en el techo de una iglesia. Estando en tierra, se las arregló para no ser capturado en las primeras 24 horas, pero en una racha de mala suerte fue atrapado y encarcelado durante siete meses en diferentes campamentos. En dos ocasiones intentó escapar, sin embargo, fue descubierto y castigado. "Alguien del cielo me estaba protegiendo. Sabía que todavía no había llegado mi hora", decía. Pero su familia creí que él había muerto. En otro intento logró el escape. Todo en medio de una lluvia de balas, en donde murieron dos presos más que intentaron huir con él. Beyrle vagó durante tres días hasta que se topó con el batallón soviético, a quienes les dio a entender que era aliado. "Sabía sólo tres palabras rusas y las repetía: 'Soy aliado americano, soy aliado norteamericano". Lo dejaron luchar y pasó un mes en las filas soviéticas, liberando a los prisioneros que estaban con él tiempo atrás. Como recuerdo, tomó su archivo del registro de prisioneros de guerra y se mantuvo en lucha hasta que se encontró en medio de un bombardeo alemán. Despertó en un hospital ruso, donde se encontró con el líder militar Georgy Zhukov, de quién dijo en sus memorias: "En cuanto supo que yo era un prisionero de guerra norteamericano fugitivo preguntó si me estaban tratando las heridas, se enteró de mi familia, de donde me habían capturado y si podía ayudarme. Le dije que había perdido todos mis documentos de identidad". El resultado de ese encuentro fue recuperar sus papeles de identificación como paracaidista estadounidense y ayuda para llegar a Moscú. Estando allí fue interrogado y en 1945 regresó a su país. Una gran sorpresa para su familia, quien en junio de 1944 ya lo había dado como muerto. El siguiente año se casó en la iglesia donde se había celebrado una misa por su muerte. El suceso le trajo varios reconocimientos y 2004 murió. Tenía 84 años. Armando Socarrás Ramírez. Armando de 17 años y un compañero de nombre Jorge Pérez Blanco de 16 años, estaban decididos a abandonar la isla de Cuba. El 3 de junio de 1969, él y su amigo abordaron un avión rumbo a España, pero no lo hicieron como cualquier pasajero, los dos jóvenes viajaron en la parte de abajo de la aeronave, iban a iniciar un vuelo de nueve horas, justo en el compartimiento del tren de aterrizaje. Llegando a Madrid, España, los mecánicos del aeropuerto abrieron el compartimiento durante un servicio de rutina. Cuando lo hicieron encontraron a un solo polizón, que venía prácticamente muerto, puesto que aguantó temperaturas atmosféricas extremas y la falta de oxígeno, lo que lo dejó inconsciente casi durante todo el viaje, así que inmediatamente fue trasladado a un hospital. Su compañero había caído trágicamente del avión cuando iban entrando a Madrid. Parecía increíble que Armando hubiera sobrevivido, porque sufrió condiciones que sólo viven los montañistas en los más altos picos del Himalaya, más cuando apenas traía puesto un pantalón y una camisa. La hazaña que había logrado el polizón, sólo pudo explicarse con un notable ejemplo de hibernación humana, donde al descender la temperatura corporal, también disminuyó el consumo de oxígeno, justo al nivel adecuado. Armando Socarrás Ramírez sobrevivió a un viaje de entre nueve y 11 mil metros de altitud, en un avión que se elevó de 455 a 610 metros por minuto. Los médicos que lo atendieron, sorprendidos, lo llamaron "el hombre milagro". Annie Edson Taylor. Annie tuvo una vida llena de tragedias, puesto que su padre murió cuando ella tenía tan sólo 12 años, luego se casó y tuvo un hijo que murió aún siendo niño, mientras que su esposo falleció en la Guerra Civil estadounidense. Ella, buscando solventar su vida, decidió que se convertiría en la primera persona en recorrer las cataratas del Niágara en un barril. Así que la tarde del 24 de octubre de 1901, cientos de personas observaron como un gran tambo de madera se precipitaba por las violentas corrientes de las cataratas. Arrastrada por la corriente, la barrica desapareció en la cascada, solo para aparecer segundos después en aguas más tranquilas. El barril había viajado por 54 metros, resistiendo la caída; y lo mejor de todo, es que su pasajera sobrevivió. Amarrada y acojinada en el interior del enorme barril, Annie Edson celebró su cumpleaños número 43 con una zambullida que parecía mortal. Pero, aunque tuvo fuertes golpes y una fractura de cráneo, escapó de lo que parecía una muerte segura. Lo malo es que su valentía no le dio todo el dinero que esperaba y murió en 1912 en la pobreza. Hoy es recordada como la primera y única mujer en sobrevivir a la caída de las cataratas del Niágara.
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