La filosofía es la “búsqueda” de una sabiduría que nos sitúa y arraiga en la realidad. Dicha busca nos acerca a la verdad, sin embargo, no a la posesión de esta. Podemos descubrir que surgen nuevas incógnitas, y al saber más acerca de algo, descubrimos que hay muchísimas otras cosas.
La filosofía hace al hombre menos ignorante, más sabio en su vida, enseña a razonar y a conocer todo cuanto le rodea. En definitiva, le muestra qué es “filosofar”. Y filosofar no es otra cosa que interrogar, buscar un sentido y ser más humanos; el saber y el conocimiento, pero también la experiencia personal, el gusto por las cosas y el disfrute ante el mundo influyen.
La actitud filosófica consiste, pues, en ese “vivir despierto”, en un constante inconformismo que nos lleva a plantear preguntas sobre nuestro mundo. Examinar, explicar, indagar y responder, se convierten en la tarea de una vida.
La filosofía es, o debería ser para poder gozar de su magnificencia, SABIDURÍA + ACCIÓN.
La filosofía ha sido considerada, no solo por los antiguos, sino por muchos contemporáneos, como medicina del alma, porque quizás no otorgue “la sabiduría”, pero favorece un estado robusto de ánimo para superar las dificultades que se amontonan frente a nosotros. Y qué mejor aspecto de esa “medicina” que el buen humor, que nos da el juego, la risa, la alegría. La mejor manera de aprender es jugando.