que tal todo ? espero que bien .. en este post decidi traerles a ustedes taringueros un relato que me gusta mucho titulado Ven A La Fiesta de Frances Garfield, este relato lo conoci a traves de un numero de las recopilaciones echas por Karl Edward Wagner llamadas Las Mejores Historias De Terror, en este caso en particular el relato que van a leer (o no) se encuentra en el volumen VI sin mas preambulo que hacer les dejare el relato ... acompañado de algunas imagenes ilustrativas para no hacer tan pobre el posteo ... enjoy.El breve atardecer otoñal estaba dando rápidamente paso a la luz crepuscular.Y Nora no sentía que estuviesen más cerca de la casa de campo de SteveThomas, de lo que estuvieran media hora antes. Se apretujó a Jeff en elasiento trasero del coche, y trató de observar la ruta ante ellos. Las luces delarga distancia luchaban por iluminar el camino, pero la oscuridad parecíarodearlos por todas partes.Willie, sentado en el asiento delantero al lado de Sam, tenía su cabezainclinada sobre un rústico mapa marcado con lápices de color, y que, loscuatro, empezaban a pensar que estaba equivocado.—Steve no tiene ni idea de cómo dibujar un mapa —Willie asintió a medias—.Y nos prometió que pondría señales en el camino, indicándonos la entrada delsendero privado que lleva a su casa. ¿Por qué se me ocurrió aceptar comoeditor a un hombre que da sus fiestas en el último rincón del mundo?—Pero, querida, ese editor se te ofreció —le recordó Sam al volante— cuandoal menos una docena habían rechazado tus ofertas...—Por favor, ¡no me lo recuerdes! —le replicó Willie.Pero él continuó.—Ahí estaba Steve con su pequeña editorial de provincias, bastante alejada decualquier parte, en los confines del condado. Provinciano, y a la busca de unrelato rural para una novela provinciana que quiere colocar en el mercadonavideño. El tuyo le gustó muchísimo. Y aquí estamos, en el camino ydispuestos a acompañarte, compartiendo tu alegría mientras firmas miles deautógrafos.Sam estaba muy enamorado de su mujer escritora, y lo daba a ver con suschanzas. Nora supo que él tenía en el rostro esa sonrisa suya tan especial: losojos azules casi cerrados y relucientes.—Dijo que habría al menos una docena de invitados —protestó Willie—. Dijoque invitaría a algunos amigos suyos muy especiales que gustarían decomprarme algunos ejemplares del libro. Y que se lo dirían a sus amigos —quetambién los comprarían para hacer sus regalos navideños. Un anuncio boca-abocalo llamó Steve.—Sí, y más barato que hacer publicidad —remarcó Sam.—Ahí está otra vez esa pequeña iglesia —dijo Jeff, tratando de parecerdespreocupado—. ¿Cuántas veces hemos pasado por aquí? ¿Tres? ¿O quizácuatro?—Cuatro, estoy segura —puntualizó Nora—. Y ahí está la pequeña casa grisque parece que nos venga siguiendo.—Maldición —dijo Sam—. Esa curva de ahí enfrente me resulta terriblementefamiliar. Parece que estemos en órbita...Un camión cargado hasta los topes y pintado grotescamente, apareció derepente bajo el haz de luz de las largas de su coche, cruzando en el medio dela ruta. Sam frenó y los neumáticos chirriaron. Dio un golpe de volante. Elcoche continuó por el arcén de hierba, y adelantaron al impresionante camión.Su conductor reía a carcajadas, mostrando su blanca dentadura rodeada deuna espesa barba negra. Cuando lo hubieron pasado, Sam volvió a lacarretera.—Uauh —suspiró Willie—. Gracias a Dios que conduces tú. Sam, y no yo.Nora se retiró la espesa mata de sus cabellos negros de delante de los ojos. Leescocía la mano, allí donde Jeff la había estrujado con fuerza. Todavía teníapresente aquel rostro obsesivo y áspero.—Si alguna vez llegamos, puede ser una gran fiesta —dijo ella en un pobreintento de resultar graciosa—. ¡Mirad! De nuevo esa iglesia.—Me pregunto si alguien habrá encontrado el lugar —aventuró Willie.—Pesimista —cloqueó Sam.Le gustaba todo lo de Willie, incluida su novela que narraba la pasión de unamujer por dos hombres: el marido y su cuñado. Nora había oído cómo unavecina le preguntaba a Sam cuál de los dos personajes se suponía que era él.«Un poco de ambos», le respondió él con su sonrisa característica, diminutosojos azules resplandeciendo como siempre.—Habrá gente importante en la fiesta —prometió Jeff burlonamente—. Y Noray yo estamos aquí para darte apoyo moral, Willie.Él también estaba orgulloso del libro, y había ayudado a Willie a corregir laspruebas. Los cuatro eran amigos íntimos, siempre habían estado bien juntos;jamás se habían disgustado.—Ese camión está mejor detrás que delante nuestro —dijo Sam—. Quizá estéperdido también él, dando vueltas y más vueltas. Lo que faltaba, se estálevantando la niebla.Una lechuza ululó en la distancia, extrañamente diáfana por sobre el ruido delmotor. No había ninguna casa a la vista, sólo los retorcidos troncos de losárboles que se apilaban a lo largo de la carretera.Willie dio un repentino chillido de alegría.—¡Mirad! Una mancha de pintura sobre ese tronco —gritó—. Ésa debe de serla señal de Steve.—Y hay un sendero un poco más allá —dijo Sam, torciendo anhelante—. Otrocamino sin fin, parece.Pasaron curvas, repechones y bajadas hasta dar de nuevo en la carretera. Unaimpenetrable oscuridad los rodeaba. No se oía nada, solo el sonido del motor.Nora se fijó en un extraño árbol que le recordaba un cedro del Líbano quehabía visto en la Catedral de Winchester. Sobrenatural.—Gira ahí —indicó Willie, señalando al frente.Sam giró.—Vaya, qué bien obedeces a Willie —rió Nora—. Algo que yo diga y Jeff quehace lo contrario.Jeff permaneció callado. Estaba indagando la oscuridad por la ventanilla, suslabios aparecían fruncidos; sus mejillas mostraban una tensa arruga, allí dondedebería haber un hoyuelo.El coche botó sobre las gruesas raíces de un enorme roble que sobresalían dela tierra, y Sam lo detuvo entre la alta yerba. Ante ellos se elevaba una grancasa, desolada y de color parduzco. Desde las altas ventanas, cimbreanteshaces de luz horadaban la oscuridad. Una enorme chimenea se elevaba sobreel muro lateral. Altas columnas enmarcaban el amplio porche.—Okay. —Jeff tomó a Nora por el hombro, y ella notó que su mano estabatemblando—. ¿Entramos?Willie atusó sus rubios bucles y se repasó los labios. Nora sacudió su largamelena negra y salió tras Jeff.—Curioso —dijo Nora—. No veo ningún otro coche.—Se habrán ido todos ya —bromeó Sam, acercándose acompañado deWillie—. Nos ha costado bastante encontrar el lugar.Subieron los escalones. Ante ellos una oscura y pesada puerta. Sam golpeó elpesado picaporte y la puerta se abrió.—Adelante. Entren —dijo una voz lejana.Entraron.Tras la puerta había un hombre extraordinariamente atractivo, rubio yestilizado, que vistiendo un esmoquin y una camisa prolíficamente bordada,rezumaba confianza y cordialidad.—Encantado de que hayan venido —les dijo.—Tuvimos algunos problemas —dijo Nora—. ¿Dónde está Steve?—Oh, no se preocupen de Steve. Mi nombre es Patrick. Entren y únanse a lafiesta.El tumulto en el interior era increíble. Nora tomó el abrigo de Jeff, buscandodónde dejarlo. Aunque sin saber por qué lo hacía. Se hallaban en una enormesala completamente llena de gente. Había todo tipo de individuos: altos,delgados, gordos; todos le eran absolutamente desconocidos. Quizá Willieconociese a alguno de ellos, pensó Nora. Debían de formar parte de la editorade Steve. Se quedó atrás, dejando que Willie tomase la iniciativa.—Sigan recto —les dijo Patrick desde atrás. Era desvanecedoramenteatractivo, y Nora se preguntó por un momento si se habría hecho lapermanente—. La comida y las bebidas allá al fondo —dijo con una sonrisa—.Seguramente encontrarán allí a algunos amigos.—Sí, la clase de amigos que a mí me gustan. Ese es el lugar apropiado paraencontrarlos —dijo Jeff, riendo forzadamente.Los cuatro se fueron introduciendo entre medio de compactos grupos depersonas. Todo el mundo estaba pendiente de las palabras de su interlocutor ynadie reparó en ellos. Había un raquítico fuego sobre una plataforma al niveldel suelo, que sin embargo, no parecía despedir ningún tipo de calor. Varioshombres extremadamente delgados se hallaban en aquel lugar, prestandoatención a las palabras de un hombre groseramente obeso. Su cara estabacubierta de una espesa barba. Nora recordó el rostro de aquel conductorsuicida y su camión. Al otro lado, y tras una gran vidriera, se veía un balcón.Desde el otro lado unas caras observaban el interior; probablemente eran carasde niños. Había uno que raía lo que debió haber sido el ala de un pollo.—Todo parece absolutamente irreal —le susurró Nora a Jeff.Y así era; parecía que caminaban a través de la gente, o que la gente sedisolvía ante ellos.—Mi imaginación está enloqueciendo —dijo ella, y apretó la mano de Jeff,buscando confianza.La brillante y rizada cabeza de Willie los orientó hasta un buffet frío. Tambiénestaba rebosante de gente que llenaba sus platos con pollo asado, embutidos,lonchas de queso. Por todas partes se veían bandejas llenas de frutos ypasteles. Y en medio de todo ello, un gigantesco tazón de vidrio lleno de unlíquido rosa.—Vino rosado —advirtió Sam, arrugando su nariz—. Del más barato.Por un instante, les pareció que habían visto a la bellísima mujer de SteveThomas llevándose una bandeja vacía a través de una puerta, que supusierondaba a la cocina.—¡Eh, Florence! —gritó Willie. Pero quienquiera que fuese no se volvió. Sedesvaneció abruptamente, y les fue imposible asegurar si la habían visto o no.Sam tomó un plato y lo llenó con ensalada y carne.—Bueno, vamos a empezar —dijo—. Ese viaje le hubiese dado hambre a unmuerto. Incluso me atreveré con este lamentable vino, lo que por otra parte meextraña de Steve; creo que en esto se ha equivocado.Allí está Em Selden, cerca del fuego —dijo Nora a Jeff.—¿Dónde?—Nada, se ha ido. Quizá no era Em. De todas maneras permanezcamosjuntos. Vaya grupo de gente más rara.Al hablar, le pareció que oía como si en algún lugar estuvieran cantando. Podíaser la radio, o un disco. Pero el sonido se desvaneció y Nora se quedópensativa.—Mirad —dijo Willie, dejando su píate—. Al final de la sala. Parece que esPatrick llamándome. Me voy a acercar; tal vez ha llegado el momento de queempiece a firmar algunos libros.Vivamente se encaminó hacia el otro extremo de la sala. Sus pies sedesplazaban ágiles, calzados con sus sandalias de largas tiras anudadas porencima de los tobillos, y su amplio vestido estampado ondeó tras ella.Más allá se veía un pasillo lleno de sillas alineadas. Todas estaban cubiertasde gruesos abrigos de pieles.—Mmm —murmuró Willie al alejarse—. Ninguno de los autores de Steve puedecomprarse esas maravillas.—Espero que venda suficientes libros como para que este viaje haya merecidola pena —dijo Nora, masticando un trozo de salchicha con un sabor indefinido.Su vista se posó en la figura de Willie a punto de ser absorbida por el largopasillo.—¿Acaso no te estás divirtiendo? —preguntó Sam, preocupado.—Lo cual significa que tú tampoco estás contento.Nora fue mirando los platos uno a uno.—¿Qué sucedió con las alas de pollo? Son mi bocado preferido.—Si tuviese un par de alas de pollo, volaría de aquí —dijo Jeff.Nora rió su broma, pero él no la acompañó.La multitud había crecido en número; el tumulto también. La atmósfera sehabía tornado húmeda y muy cargada; tenía un olor como a habitación llena deropas viejas.Sam frunció el ceño y se alisó los blancos cabellos.—Vamos a algún lado —dijo.—¿Qué tal al balcón con los niños? —sugirió Nora.Pero el balcón parecía vacío, como perdido en las sombras. Quizá se podíanver unos movimientos, pero era difícil asegurarlo.—¿Cuánto de este vinacho has bebido, Jeff? —preguntó Sam.—Mucho menos de lo que podría. Sólo espero que Willie esté en su ambiente,firmando libros.—Me voy a echar un vistazo —dijo Sam.Se encaminó hacia el pasillo por donde se había introducido Willie. La multitudlo dejó pasar, pero no aparentaba apartarse;—Al menos Steve ha tenido el sentido común de mantenerse alejado de supropia fiesta —dijo Jeff—. Mira, allí en la esquina. ¿No son Genevieve y Joe?—Acerquémonos —asintió Nora.Se abrieron paso entre un grupo de gente que les dejó un pasillo por dondepasar. Todos les eran desconocidos. Excepto alguien apoyado en la pared, alláal fondo. ¿El barbudo conductor del camión? Las voces, todas siseantes ytodas muy altas, les dolían en los oídos. El aire se espesó, y les costabarespirar.—Ya hemos llegado —dijo Jeff, al llegar a la esquina.Pero en el lugar no había nadie. Nadie. Sólo el resplandor de la chimenea, queparecía no calentar.—Voy a enloquecer —murmuró Jeff—. ¿Tenemos algún conocido en estafiesta?Miraron alrededor. En el centro de la habitación vieron un rostro amarillentoatisbando por debajo del ala de un ajado sombrero de fieltro. El cuerpo parecíadifuminado en una niebla negruzca —se les ocurrió que parecía un largo caftánnegro—. Tras la figura, se veía el conductor barbudo.—Jeff —dijo Nora—, esto no me gusta.—Lo que te pasa es que no conoces a nadie —dijo Jeff. Pero no se le formó elhoyuelo en las mejillas—. Pero tienes razón, todo esto resulta bastanteaburrido. Déjame ir en busca de Willie y Sam. Si nos reunimos, podremoslargamos pronto.—De acuerdo —dijo Nora—. Ve en su busca.—En seguida regreso.El se alejó. Se le veía enorme entre los otros. Nora observó como se introducíaen el pasillo de las pieles. Vio como su negro pelo desaparecía. Y luego sequedó sola. Nadie le prestaba atención, nadie le hablaba. Se sintió torpe yconfundida, igual que si flotase en una masa de gelatina caliente.Una espesa bruma se extendía por la habitación. No olía a tabaco, ni tampocoal familiar olor de la marihuana. Nora no pertenecía a ese ambiente. Y lo sabía.No había sido invitada en realidad; ella y Jeff tan sólo habían venidoacompañando a los otros dos. Para darle un apoyo moral a Willie. Pero ahoradeseaba haberse quedado en casa. O haberse ido con Jeff en busca de Williey Sam.«Voy tras ellos», se dijo a sí misma. Quizá ya estén listos para partir.El pasillo le pareció muy estrecho al entrar en él. Lleno de aquellos abrigos depieles alrededor suyo. El pequeño conejo blanco del cuento de Alicia debía dehaberse sentido como ella ahora. Las sombras del pasillo eran cercenadas porhaces de luz que salían de las entreabiertas puertas que había a ambos lados.Nora miró dentro de una de las habitaciones. Surgió una música. El sonidoparecía provenir de un antiguo órgano. Sin embargo, parecía que sonaba por sísolo, algo como un himno, aunque disonante, desagradable.Un eco de voces salía de la siguiente puerta. Nora entró.—Entre —dijo alguien—. La hemos estado esperando.Un hombre vestido con un traje muy negro le pasó la mano sobre el brazo. Ensu blanco y polvoriento rostro destacaban unos dientes negros y estrechos. Sumano era pegajosa sobre la piel de Nora.—Adelante —repitió.Mirando por encima del hombre, vio unos paneles al fondo. En el centrocolgaba una lámpara, derramando una luz vacilante sobre un compacto grupode personas. Ellos también llevaban trajes negros, muy ajustados a suscuerpos delgados. Sus rostros parecían de arcilla blanca. Sus ojos eranpequeños y como de abalorios. Hablaban a través de labios rojos, muy finos;ininteligiblemente.En el suelo, bajo la lámpara, había tres cuerpos tumbados, fácilmentereconocibles. Un trozo de vestido estampado. El corpachón de Jeff. Los rizosde Willie, el cabello blanco de Sam. Todos estaban inmóviles.—Entre —la invitaban unos coros de voces.Todas las manos se elevaron hacia ella, señalándola.Nora dio un alarido y se volvió violentamente.Salir corriendo. Huir, tenía que huir de aquella habitación, a algún lugar fuerade allí. Una puerta se elevaba al final del pasillo. Escapar, era todo lo que podíapensar. Se ahogaba, y trataba de boquear aire frenéticamente. Ante la puerta,arañó el pomo. Empujó la hoja con violencia, y ésta se abrió.Llenó sus pulmones de aire fresco. De alguna manera, casi milagrosamente,había conseguido salir. ¿Adonde ir? No importaba. Tenía que alejarse de aquellugar.Corrió a través de la oscura noche, tropezando con las gruesas raíces de losárboles, desgarrándose las medias. Ante ella un profundo terraplén.Desesperada buscó otro camino. Seguía corriendo. Las piedras le herían suspies desnudos, golpeándole dolorosamente en los tobillos. Un pájaro nocturnocantó; su canto le resultó agradablemente confortable. Lo estaba consiguiendo.Se alejaba de aquella casa.Un amplio espacio de campo abierto se extendió ante ella. Una magnífica casase elevaba orgullosa entre grandes pinos a modo de centinelas. Tropezó ycayó de rodillas. Se levantó de nuevo, y alcanzó la puerta de la casa,golpeándola con sus puños.—¿Qué pasa, Nora?Allí estaba Steve Thomas, abriéndole la puerta. Steve tenía un aspectoimpecable. Su pelo rizado estaba cuidadosamente peinado, y una sonrisa leiluminaba el rostro.—Por el amor de Dios, ¿dónde has estado? ¿Y dónde están los otros?Ella se dejó caer entre sus brazos. Él la apretó contra sí, tratando de contenersus temblores.—¿Dónde están? —preguntó de nuevo.—No lo sé —respondió—. Los vi en el suelo, allí en tu fiesta.—¿De qué estás hablando?—Allá, en aquella casa enorme —dijo, tratando de contener sus sollozos—, unpoco más allá...—¡Por Dios, Nora! Allí no ha habido una casa desde hace años. —Steve laapretó más contra sí—. Has estado imaginando cosas. No hay ninguna casa.Ardió, mucho antes de que yo me mudase aquí...—¿In... incendiada?—Me contaron una historia increíble. Había un grupo de gente ida, quepracticaban cierto tipo de sacrificios humanos. Una noche, en medio de unacelebración, cayó un rayo y la casa ardió hasta los cimientos, con todos dentro.—Pero...—Nora. Allí no hay nada. Nunca lo hubo.Nora se forzó a mirar.Allí no había nada. Nunca lo hubo.Espero que les guste saludos a todos taringueros ...
Historia - Frances Garfield - Ven A La Fiesta
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