El día que murió Güemes.
El 17 de junio de 1821 expiraba, en las afueras de la ciudad de Salta, Martín Miguel de Güemes. Estaba en ejercicio del gobierno provincial, al que había accedido en 1815 por decisión popular unánime, que en un acto sin precedentes lo ungió gobernador como afirmación de su ascendiente sobre las masas y como rechazo a la política del círculo porteñista. Le había sido confiado además el supremo mando del Ejército de Observación sobre el Perú en agosto del año anterior, por aclamación de los oficiales sanmartinianos, y con ellos debía reunirse aquel año fatídico de su muerte en la ciudadela de la dominación absolutista: Lima.
Era Güemes, pues, un soldado de la causa de la emancipación en la unidad de Hispanoamérica y no un solitario vigía de una frontera que no trazara él, sino que será producto de esa misma política que lo hostilizó en vida, lo denigró de muerto y aspiró a colocarlo en la larga lista de proscriptos de la historia. Había rechazado desde 1810 a las partidas realistas comandando las milicias gauchas y sus fuerzas regulares, y caía ahora en manos de una partida realista llegada a Salta en la noche del 7 de junio de la mano de alguno de aquellos comerciantes que en mayo del año 21 se levantó contra su "abominable tiranía".
El joven oficial caído en su lucha a los 36 años, protagonizó un capítulo fundamental en la lucha por la emancipación nacional. Situado en un espacio clave para los planes de reconquista española debió soportar, a partir del momento mismo en que sus gauchos lo ungen gobernador, la oposición de sus enemigos internos que compartía la común indiferencia y hostilidad porteña, y soportar el peso del asedio godo sobre esa posición clave. Su muerte cambió el rumbo de la historia: no pudo reunirse con San Martín y contribuir a precipitar la caída del poder realista, y se clausura la posibilidad de que la antigua hermandad de las provincias altoperuanas no se extinga por obra de una política de "patria chica".
¡Qué paralelas aquellas existencias de Güemes y Artigas! No sólo porque hicieron de la causa emancipadora una empresa de las masas movilizadas, no sólo porque uno enfrentaba al godo y el otro al portugués invasor, ni porque a uno se declaraba "reo de Estado" y al otro el porteñismo ponía precio a su cabeza. Paralelas también porque cuando ellos desaparecen y el pueblo que los acompañó es derrotado junto a ellos, se impone la política de las bambalinas diplomáticas. Y el escenario del americanista Artigas, del rioplatense Artigas, se convierte en el Uruguay, y por otras razones, el Alto Perú se convierte en Bolivia.
En 1821 cuando muere Güemes, Bernardino Rivadavia archivaba los suplicantes pedidos de éste para equipar la fuerza auxiliar al Perú; hacía ostentación de gastar cien mil pesos en un inútil pozo artesiano mientras en Salta se arañaba la tierra para recaudar cuatro mil pesos mensuales. El enviado de Güemes, el jefe gaucho Uriondo, era tratado como un cónsul más de un país extranjero. Y si Rivadavia quería poner fin a la "noche de fieros caudillos" no pudo menos que decir su prensa ante el asesinato de Güemes que imponía el perpetuo luto de sus gauchos por el jefe venerado: "Murió el abominable Güemes al huir de la sorpresa que le hicieron los enemigos. Ya tenemos un cacique menos".
Los enemigos de Güemes habían visto coronados así sus esfuerzos por acabar con éste. Las conspiraciones de 1817, 1812, y 1820 epilogaban así de la forma más violenta. A los pocos días de su muerte uno de esos doctores que él despreciaba atribuía ese crimen a que la Divina Justicia había escuchado los clamores contra "un déspota tirano que había formado el diabólico proyecto de construir su fortuna sobre la ruina de los más honrados ciudadanos".
La oposición a él que inundó de libelos el Alto Perú para minar su creciente ascendiente en las masas. Güemes también pudo decir en esto como Artigas al verse atacado por el pasquinismo porteño: "Mis paisanos no saben leer". La preparamos para recordar el 155° aniversario de la muerte de Martín Güemes sobre lo que dijo José María Paz: "Tuvo la gloria de morir por la causa de su elección, que era la de la América entera".