La carcel mas austral del mundo
Criminales de los más temibles y conocidos presos políticos pasaron sus días en el la cárcel más austral del mundo, la más fría, la más feroz.
El más conocido fue Cayetano Santos Godino, conocido como el Petiso Orejudo, uno de los mayores psicópatas de la historia argentina.
Capturado en diciembre de 1912 cuando tenía 16 años, Santos Godino confesó cuatro homicidios y varios intentos de asesinato. A una nena le prendió fuego el vestido de comunión, a los demás prefirió matarlos martillando clavos en sus cabezas.
Lo detuvieron en un velorio porque a un ingenioso detective se le ocurrió divulgar el asesinato de una de las víctimas sin aclarar cómo había muerto. Confundido, Santos Godino no pudo contener su ansiedad y fue hasta el cajón para comprobar si realmente la cabeza del pequeño no tenía ninguno de los clavos que había utilizado.
El proceso duró 3 años. Primero fue recluido en el Hospicio de las Mercedes, en el pabellón de alienados delincuentes, donde atacó a dos pacientes y los dejó inválidos. Después intentó escapar y lo trasladaron a la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras.
Una década después, fue llevado al Penal de Ushuaia. Allí, Santos Godino acostumbraba a juntar miguitas de pan para darle a las gaviotas.
El tierno gesto sólo tenía un propósito: atraer a las aves, capturarlas y hundirle en los ojos algún elemento punzante.
Los médicos creyeron que en las orejas del criminal radicaba su maldad, así que en 1927 le practicaron una cirugía estética para achicárselas, aunque el tratamiento no tuvo resultados.
En 1936, Santos Godino pidió la libertad y se la negaron: los dictámenes médicos concluyeron que era «un imbécil o un degenerado hereditario, perverso instintivo, extremadamente peligroso para quienes lo rodean».
De su vida de recluso se sabe poco. Cosas como que en 1933 consiguió detonar la furia de los presos del penal porque mató al gato mascota tras hundirle los ojos y tirarlo al horno del penal. Esa vez le pegaron tanto que tardó más de veinte días en salir del hospital.
Finalmente, Santos Godino murió en Ushuaia el 15 de noviembre de 1944. Se presume que a causa de una hemorragia interna causada por un proceso ulceroso gastroduodenal, aunque se sabe que fue maltratado y, con frecuencia, abusado sexualmente.
Otras versiones que circulan dicen que murió a mano de los reclusos, quienes lo golpearon hasta matarlo después de aquél episodio con el gato.
El temible Santos Godino sobrellevó sus largos días en la cárcel sin amigos, sin visitas y sin cartas. Y murió sin confesar remordimientos. Cuando el Penal de Ushuaia fue finalmente clausurado en 1947, el cementerio fue removido, pero sus huesos ya no estaban allí.
Otro de los presos más conocidos de aquél remoto lugar fue Matías Banks, alias “El mítico”, el primer multi-homicida. De familia de origen irlandés, nació el 18 de noviembre de 1872 en la provincia de Buenos Aires. Fue acusado de matar a ocho personas en Azul: sus tres hermanos, una cuñada, dos sobrinas y dos peones. Su intención era quedarse con una acaudalada herencia familiar, aunque él se declaró inocente y se convirtió en un religioso fanático.
También pasaron por allí célebres presos políticos como el anarquista Simón Radowitzky, condenado a reclusión perpetua por el atentado que mató en 1909 al jefe de policía Ramón Lorenzo Falcón, autor de la brutal represión de huelguistas en esa década. Pudo escapar con la ayuda de un grupo de anarquistas pero fue capturado y regresó a prisión hasta ser indultado por Yrigoyen en 1930.
El último director del presidio fue Roberto Pettinato (padre), padre del homónimo músico, conductor y animador de radio y televisión.
Pero volvamos al principio. Esta impiadosa cárcel abrió en 1902 con un doble propósito: confinar allí a los condenados por los delitos más graves y poblar Ushuaia para “asegurar la soberanía”. Los reos llegaron al penal después de una durísima travesía de 30 días en la bodega de un barco y fueron ellos mismos quienes levantaron con sus manos varios edificios públicos.
Los presos eran en su mayoría jóvenes y se dedicaban a la explotación de los bosques. De ahí surgió el tren más austral del mundo, una pequeña locomotora a leña que llevaba a los reclusos a talar árboles en los helados valles de la zona, para usar la madera en la construcción. Cumplían su tarea bajo estricto cuidado de guardias armados, hombres duros que usaban los métodos más crueles para mantener la disciplina interna.
El penal tenía cinco pabellones de pequeñas celdas de un metro y medio por dos. Eran 380 calabozos que contorneaban un semicírculo fatal.
Hoy el Penal de Ushuaia es un museo que esconde en sus muros, sus pasillos y sus celdas historias terribles.
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Criminales de los más temibles y conocidos presos políticos pasaron sus días en el la cárcel más austral del mundo, la más fría, la más feroz.
El más conocido fue Cayetano Santos Godino, conocido como el Petiso Orejudo, uno de los mayores psicópatas de la historia argentina.
Capturado en diciembre de 1912 cuando tenía 16 años, Santos Godino confesó cuatro homicidios y varios intentos de asesinato. A una nena le prendió fuego el vestido de comunión, a los demás prefirió matarlos martillando clavos en sus cabezas.
Lo detuvieron en un velorio porque a un ingenioso detective se le ocurrió divulgar el asesinato de una de las víctimas sin aclarar cómo había muerto. Confundido, Santos Godino no pudo contener su ansiedad y fue hasta el cajón para comprobar si realmente la cabeza del pequeño no tenía ninguno de los clavos que había utilizado.
El proceso duró 3 años. Primero fue recluido en el Hospicio de las Mercedes, en el pabellón de alienados delincuentes, donde atacó a dos pacientes y los dejó inválidos. Después intentó escapar y lo trasladaron a la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras.
Una década después, fue llevado al Penal de Ushuaia. Allí, Santos Godino acostumbraba a juntar miguitas de pan para darle a las gaviotas.
El tierno gesto sólo tenía un propósito: atraer a las aves, capturarlas y hundirle en los ojos algún elemento punzante.
Los médicos creyeron que en las orejas del criminal radicaba su maldad, así que en 1927 le practicaron una cirugía estética para achicárselas, aunque el tratamiento no tuvo resultados.
En 1936, Santos Godino pidió la libertad y se la negaron: los dictámenes médicos concluyeron que era «un imbécil o un degenerado hereditario, perverso instintivo, extremadamente peligroso para quienes lo rodean».
De su vida de recluso se sabe poco. Cosas como que en 1933 consiguió detonar la furia de los presos del penal porque mató al gato mascota tras hundirle los ojos y tirarlo al horno del penal. Esa vez le pegaron tanto que tardó más de veinte días en salir del hospital.
Finalmente, Santos Godino murió en Ushuaia el 15 de noviembre de 1944. Se presume que a causa de una hemorragia interna causada por un proceso ulceroso gastroduodenal, aunque se sabe que fue maltratado y, con frecuencia, abusado sexualmente.
Otras versiones que circulan dicen que murió a mano de los reclusos, quienes lo golpearon hasta matarlo después de aquél episodio con el gato.
El temible Santos Godino sobrellevó sus largos días en la cárcel sin amigos, sin visitas y sin cartas. Y murió sin confesar remordimientos. Cuando el Penal de Ushuaia fue finalmente clausurado en 1947, el cementerio fue removido, pero sus huesos ya no estaban allí.
Otro de los presos más conocidos de aquél remoto lugar fue Matías Banks, alias “El mítico”, el primer multi-homicida. De familia de origen irlandés, nació el 18 de noviembre de 1872 en la provincia de Buenos Aires. Fue acusado de matar a ocho personas en Azul: sus tres hermanos, una cuñada, dos sobrinas y dos peones. Su intención era quedarse con una acaudalada herencia familiar, aunque él se declaró inocente y se convirtió en un religioso fanático.
También pasaron por allí célebres presos políticos como el anarquista Simón Radowitzky, condenado a reclusión perpetua por el atentado que mató en 1909 al jefe de policía Ramón Lorenzo Falcón, autor de la brutal represión de huelguistas en esa década. Pudo escapar con la ayuda de un grupo de anarquistas pero fue capturado y regresó a prisión hasta ser indultado por Yrigoyen en 1930.
El último director del presidio fue Roberto Pettinato (padre), padre del homónimo músico, conductor y animador de radio y televisión.
Pero volvamos al principio. Esta impiadosa cárcel abrió en 1902 con un doble propósito: confinar allí a los condenados por los delitos más graves y poblar Ushuaia para “asegurar la soberanía”. Los reos llegaron al penal después de una durísima travesía de 30 días en la bodega de un barco y fueron ellos mismos quienes levantaron con sus manos varios edificios públicos.
Los presos eran en su mayoría jóvenes y se dedicaban a la explotación de los bosques. De ahí surgió el tren más austral del mundo, una pequeña locomotora a leña que llevaba a los reclusos a talar árboles en los helados valles de la zona, para usar la madera en la construcción. Cumplían su tarea bajo estricto cuidado de guardias armados, hombres duros que usaban los métodos más crueles para mantener la disciplina interna.
El penal tenía cinco pabellones de pequeñas celdas de un metro y medio por dos. Eran 380 calabozos que contorneaban un semicírculo fatal.
Hoy el Penal de Ushuaia es un museo que esconde en sus muros, sus pasillos y sus celdas historias terribles.
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