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Estamos acabando con nuestro hogar

Ecologia•6/18/2011






¿Qué hicimos los humanos con los ríos y el mar? ¿Qué con los bosques y los animales? ¿Qué con el suelo de esta casa grande de la Tierra, que es la única que tenemos y de la que no podremos salir sino quizá en siglos de siglos?.
Llenamos las corrientes de agua con desperdicios industriales; matamos los helechos y los peces; convertimos en esqueletos los alisos y los saucedales; y en donde antes hubo agua y vida dejamos solamente piedras y basura. Al mar lo transformamos en el gran vertedero de todos nuestros tóxicos, en la cloaca mayor; en el recipiente donde los explotadores del petróleo vomitan sus equivocaciones matando millones de especies marinas que nunca podrán recuperarse. Talamos los bosques, los incendiamos para sembrarles coca y amapola; llenamos la selva de caminos por donde anda el delito haciendo de las suyas; desterramos y utilizamos como bestias de carga a los primitivos pobladores de estos mundos. Y diariamente aniquilamos familias de animales que jamás volverán a caminar, volar o nadar, en el desierto que estamos construyendo. Y al suelo del planeta lo llenamos de trincheras para atiborrarlas de muertos, y de cicatrices y de heridas, por donde a veces la Tierra, fatigada de la pesada carga de los humanos, respira en terremotos y volcanes.
Nunca podrá saberse con certeza desde cuándo y desde dónde a la Tierra le llegó la vida. Tal vez en la pequeña roca de una estrella fugaz, en la espiga de hielo de un cometa que no regresó nunca, en el polvo de estrellas que cae por las noches en esos sitios, cada vez más pequeños, donde todavía hay un paisaje y hay un cielo.
Y a esa vida que llegó de repente, la Tierra fue perfeccionándola, haciendo millones de ensayos, desde una anémona hasta un dinosaurio; desde una hormiga a una ballena; de una flor a un pino gigante; de una manzana a un cardo. Y cuando sobre el suelo virgen caminó el primer ser básicamente humano, la Tierra consideró que había logrado su obra maestra con el legado de la vida que le llegó del cosmos.
¿En qué momento los seres humanos nos convertimos en los máximos depredadores, en los destructores por excelencia, en los hijos desnaturalizados que llevamos siglos asesinando a nuestra Madre?. Si la Tierra, según las especulaciones de los científicos, tiene más de cuatro mil quinientos millones de años, los hombres apenas hemos estado sobre su superficie unos pocos segundos dentro del tiempo cósmico. Y esa breve pausa ha bastado para que ahora tengamos un planeta que se nos está muriendo día a día, y al que ya jamás podremos recuperar o reconstruir. Porque los seres humanos somos el equivalente al caos, a la barbarie y a la destrucción.
Y lo que nos espera, es mucho peor que lo que ya hemos hecho. Porque seguimos multiplicándonos por decenas de miles todos los días; porque estamos empeñados en perfeccionar los métodos para destrozarnos y acabar de masacrar la Casa; porque en esta absoluta locura de maldad y odio en que hemos ido creciendo, inventamos armas químicas, biológicas, nucleares, que sin duda nos borrarán del mundo y dejarán un planeta herido, agonizante, que jamás va a recuperar un amanecer sobre un bosque donde construya la luz el canto de los pájaros.
¿Todavía estaremos a tiempo para frenar la gran catástrofe que hemos propiciado?. Es difícil decirlo; pero quienes amamos la Tierra y la vida tememos que ya no sea posible. A los países, y a los extraños seres que los habitan, los mueven la ambición y la estupidez. Con la primera no se detienen en la carrera de seguir envenenando el planeta en aras de un mal entendido progreso, y con la segunda no les importa el presente y, desde luego, mucho menos el futuro.

Los Protocolos que se hacen en la Tierra para tratar de salvarla, carecen de valor. Porque las grandes potencias son las primeras en violarlos, y en hacer mofa de sus contenidos donde se asoma tímidamente la esperanza. Y lamentablemente, esta generación, y quizás la de nuestros hijos, serán las últimas que probarán una ciruela, oirán un turpial entre los gajos de los últimos árboles, y verán deshojarse desde el cielo que perdimos, la última de las madrugadas.






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