Hoy me he terminado Desayuno en Tiffany`s, de Truman Capote. Es un libro extraordinario: hacedme el favor de leerlo. Al fin y al cabo, en la edición bolsillo de compactos de Anagrama no llega ni a los ocho euros. Por menos de lo que cuesta una copa en una discoteca o pub de diseño, tendréis una pequeña joya literaria en vuestra librería.
Holly Golightly es la protagonista de la novela, una mujer de carácter alegre y desprejuiciado, un alma bella, alocada y bondadosa que vive con un gato al que no considera suyo hasta que lo pierde (“Nos encontramos un día junto al río, y ya está. Los dos somos independientes. Nunca nos habíamos prometido nada”), una chica que vive sin tener nada claro su lugar en el mundo (“Si encontrase un lugar de la vida real en donde me sintiera como me siento en Tiffany’s, me compraría unos cuantos muebles y le pondría nombre al gato”), sin ser capaz de conservar ninguna cosa (“a estas alturas –dice el narrador- seguro que ya ha perdido la medalla, que la ha abandonado en alguna maleta o en el cajón de algún hotel”). El narrador y protagonista, como probablemente le ocurre a todo lector o lectora –aunque sea platónicamente- no consigue evitar enamorarse de ella: “¡Es fantástico! –gritó ella-. Y de repente lo fue. De repente, mientras miraba el centelleo del multicolor cabello de Holly a la luz amarillo rojiza que filtraban las hojas, la amé tanto como para olvidarme de mí mismo, de mis autocompasivas desesperaciones, y contentarme pensando que iba a ocurrir una cosa que a ella la hacía feliz”. En la tarjeta de su buzón, ponía: “Holly Golightly. Viajera”. Es una de esas chicas que te encuentras solo una vez a lo largo de tu vida, tan divertida e ingenua que es imposible no quererla. Pero, mejor, que sea la propia Holly la que hable, ¿no? Así la conocéis un poco aquellos que no hayáis leído el libro ni visto la película:
-… Oh, no vayas a creer que es mi tipo ideal. Dice mentirijillas y siempre anda preocupado por lo que pueda pensar la gente, y se baña unas cincuenta veces al día: los hombres deberían oler, un poco. Es demasiado mojigato, demasiado prudente para ser mi hombre ideal; siempre se vuelve de espaldas para desnudarse, y hace demasiado ruido al comer y no me gusta verle correr porque corre de una forma un tanto ridícula. Si tuviese libertad de elegir una persona de entre todas las que hay en el mundo, chasquear los dedos y decir, eh, tú, ven para acá, no elegiría a José. Nehru se aproxima bastante más a lo que yo pido. O Wendell Willkie. Me conformaría también con la Garbo. ¿Por qué no? Tendríamos que poder casarnos con hombres o mujeres o… Mira, si me dijeras que pensabas casarte con un buque de guerra, yo respetaría tus sentimientos. No, hablo en serio. Habría que permitir toda clase de amor. Soy absolutamente partidaria de eso. Sobre todo ahora que ya me he hecho una idea aproximada de lo que es. Porque sí, quiero a José; dejaría de fumar si me lo pidiese. Se porta como un amigo, es capaz de provocarme la risa hasta incluso cuando tengo la malea, aunque ahora ya no me viene casi nunca, sólo a veces, e incluso esas veces no es tan espantosa como para que me dé por tragarme frascos de Seconal o por ir a Tiffany`s: llevo un traje a la tintorería, o preparo unas setas rellenas, y ya me siento bien, en forma. Otra cosa, he tirado todos los horóscopos. Debo de haberme gastado un dólar por cada una de las malditas estrellas que hay en el maldito planetario. Es un fastidio, pero la solución consiste en saber que sólo nos ocurren cosas buenas si somos buenos. ¿Buenos? Más bien quería decir honestos. No me refiero a la honestidad en cuanto a las leyes (podría robar una tumba, hasta le arrancaría los ojos a un muerto si creyese que así me alegraría un día), sino a ser honesto con uno mismo. Me da igual ser cualquier cosa, menos cobarde, falsa, tramposa en cuestión de sentimientos, o puta: prefiero tener cáncer que un corazón deshonesto. Y esto no significa que sea una beata. Soy simplemente una persona práctica. De cáncer se muere a veces; de lo otro, siempre. Oh, a la mierda con este asunto. Anda, pásame la guitarra, voy a cantarte un fado en un portugués perfecto.
Dicho lo dicho, ahora añadiré que esta noche hemos visto la película de Blake Edwards en la que se basa la novela. Claro, es bonita, entiendo que os guste pero, en mi opinión, el libro de Capote no tiene comparación porque
- Ella es (considerablemente) más atractiva según la imaginación de TC (ojo, no digo que no fuese guapa Audrey Hepburn, por supuesto que lo era, y muy atractiva, y tenía el necesario aire de duendecillo distraído y alocado que requería el papel, pero no han conseguido darle en el cine los infinitos matices que sí tenía en la novela; a parte de esto, no sé por qué, mientras lees la novela piensas mucho más en Marilyn que en Audrey)
- Él resulta mucho más interesante en el libro.
- A ella llegas a admirarla, quererla incluso, bastante más
-La historia, leída, es bastante más bonita, interesante, emotiva, circular.
-Los diálogos son verdaderamente divertidos en la novela (de hecho, mientras la leía, un montón de veces tuve que parar para poder reír tranquilamente)
-En la película se adivina en el carácter de él un punto agresivo, cruel incluso, casi violento que ni de lejos está en la novela.
-El final se lo han cargado. Es más romántico en la película, pero diferente al de la obra original, y el de ésta resulta más conmovedor. O a mí me lo ha parecido.
Sin duda mas preferible esta critica bastante bien hecha a mi parecer que a comparacion de la propia podria no ser tan cautivante como dado a mi actual estado de animo.?¡?? ... como sea , no me interesan los puntos , simplemente nada...