"El último árbol del planeta vivía al lado de casa."
No nos dimos cuenta de que era el último hasta que lo vimos en la pantalla de la compu, durante el noticiero de la medianoche. La información nos cayó como un mazazo en la cabeza, por la gravedad de la misma y por la terrible responsabilidad que deberíamos asumir: nadie nos lo había pedido, pero íntimamente sabíamos que a partir de aquel momento, éramos los guardianes de, quizá, el último vestigio de un mundo que ya no existía.
Hacía no muchos años, había gente que se preocupaba por la desaparición de determinadas especies animales y vegetales, por el calentamiento de la corteza terrestre, por algo que llamaban "agujero de ozono" y por el agotamiento de los recursos naturales que habían hecho de este mundo, un lugar medianamente apto para la vida.
´Se hacían llamar "ecologistas" y, durante años fueron personajes muy respetados, que participaban en todos los foros habidos y por haber, pero que raramente eran escuchados. Cuando murió el último, electrocutado luego de pegarle una trompada a un televisor en el preciso instante que este mostraba como se inauguraba una autopista que cruzaba lo que alguna vez fue la selva del Amazonas, las especies que aún sobrevivían, quedaron definitivamente solas.
El progreso indetenible hizo el resto.
En poco tiempo las industrias fueron proveyéndonos de todo lo indispensable para vivir.
Así, comenzamos a comer carne de vaca, sabiendo que estas ya no existían, pero sin animarnos a preguntar de donde la sacaban.
Lo mismo con las frutas y las verduras.
No pasaba lo mismo con el pescado, que aunque había en abundancia, la contaminación total de mares, ríos y arroyos, lo tornaba imposible de comer.
Y cuando aquella empresa, que no recuerdo de donde era, pero lo imagino, creó y puso a funcionar una gigantesca máquina de generar oxígeno, los árboles firmaron su sentencia de muerte.
De a poco fueron desapareciendo, uno tras otro, hasta llegar al día de hoy donde ya existe una generación a la que hablarle de árboles o animales, equivale a hablar de historias de ciencia-ficción.
Pero al lado de nuestra casa quedaba el último vestigio de un tiempo que había quedado muy atrás y, que, sin embargo, aunque quisieran borrarlo, siempre formaría parte de nuestros sueños y de nuestros recuerdos.
Así es que una noche, después de cenar y aprovechando la oscuridad tibia de aquella madrugada de verano, salí y fui a sentarme a los pies de nuestro querido y último árbol, que creo, no tuvo necesidad de ver ningún noticiero para darse cuenta de que era el único que quedaba de su especie.
Se lo veía triste; de pie, inmenso, altivo.
Pero definitivamente triste.
Sentado, apoyada mi espalda en su orgulloso tronco, de a poco me fui durmiendo.
Esa noche soñé con un hermoso bosque, lleno de árboles, flores, pájaros.
Soñé con un arroyo que, cristalino, corría a pocos metros de nuestra casa donde jugábamos con mis hijos.
Soñé, también, que a medida que pasaban las horas, uno a uno los árboles iban desapareciendo. Que, de a poco, el canto de los pájaros se iba apagando y era reemplazado por el incesante golpeteo de un motor.
En el sueño corría desesperado, me abrazaba a cada árbol y estos, en ese preciso instante, se desvanecían.
Me acercaba hasta el arroyo y lo único que veía, era una profunda cicatriz seca.
Mi desesperación era tal que no me daba cuenta que a medida que cada árbol desaparecía, mis hijos crecían y yo me hacía más viejo.
Y cuando el último árbol se esfumó, vi a mis hijos con sus hijos, y a mis nietos con los suyos.
Y me vi a mi mismo deshacerme en un montón de cenizas y mezclarme con la tierra.
No se si fue el terror que me causó aquel sueño o el grito del soldado lo que me despertó. lo cierto es que al abrir los ojos me encontré rodeado de uniformados que, a los gritos y de mala forma (¿conocen otra manera?), me decían que me corriera, que tenían órdenes y que las órdenes estaban para ser cumplidas y que ellos no preguntaban, simplemente obedecían.
Y que la orden era arrancar de cuajo el árbol.
Que el árbol, el último del planeta, era un peligro, una provocación. Un incentivo para que algun nostálgico quisiera inculcar, en "nuestra sana juventud", ideas raras sobre campos floridos, bosque inmensos, aves coloridas de cantos hermosos y otras inutilidades que ya no existían y que si fuera por ellos, jamás hubiesen existido.
Nada ni nadie debía conspirar contra el nuevo orden mundial establecido.
Y el árbol lo hacía.
El primer golpe lo recibí en el estómago, el segundo en la cabeza. El tercero y los que vinieron después, no lo recuerdo.
Cuando un día después desperté, otros uniformados me interrogaron.
Algo, decían, le faltaba al árbol.
Estaban desesperados, locos.
Me insultaban, me golpeaban.
Los desquiciaba la idea de no haber concluído con éxito las órdenes que les habían impatido.
Cansados de molerme a palos y dándose cuenta de que nada sabía de lo que ellos me hablaban, me dejaron tirado cerca de casa.
Al llegar, me enteré por el mismo noticiero y la misma compu con la que habíamos recibido la noticia del último árbol, que este había sido utilizado para pagar parte de los intereses, de los intereses, de los intereses de la deuda externa que, como en cualquier dictadura que se precie de exitosa, había crecido de manera brutal.
Semanas más tarde, mis hijos comenzaron a hacerme preguntas. Querían saber si era posible que volviese a existir sobre nuestro planeta un árbol.
Ellos, en su inocencia, creían que si algun día volvía a nacer un árbol, a partir de él crecerían muchos más y volverían los pájaros a cantar y habitar en ellos.
Traté de explicarles que era muy difícil que ello ocurriera, pero que nadie les impediría soñar que aquello era posible
. No mientras su padre estuviera vivo.
Claro que cuando los pequeños me tomaron de la mano, me llevaron a su habitación y me mostraron una pequeña maceta con lo que parecía una raíz con algunos retoños verdes, el sueño de los niños de una nueva creación fue, también, mi sueño.
Y comprendí, que aquella última noche junto al árbol había sido necesaria como preámbulo del comienzo de una nueva era.
Y que todavía podíamos soñar..."
Para que luchemos siempre y nunca nos dejemos robar los sueños.
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