
Era uno de los médicos clínicos más prestigiosos dela Argentina. Yuno de los que más se animó a cuestionar el modo de funcionar de la medicina en la actualidad. Se llamaba Alberto Agrest , y falleció días atrás a los 88 años, tras haber ejercido, enseñado y compartido en conferencias y libros sus ideas sobre cómo los médicos tratan (o deberían tratar) a sus pacientes.
Agrest fue el quinto hijo de un matrimonio de judíos polacos que emigraron ala Argentinaen 1908 y se radicaron en Buenos Aires. Se graduó como doctor en medicina enla Facultadde Ciencias Médicas dela Universidadde Buenos Aires en 1952. Trabajó en el Hospital de Clínicas dela UBA y en el Hospital Rawson. En 1953 se trasladó a Estados Unidos con beca para perfeccionarse en el Hospital Universitario de Ann Arbor, Michigan, Estados Unidos.
De regreso ala Argentina, se incorporó al Centro de Investigaciones Cardiológicas y dejó su huella en el Hospital Tornú, el Instituto Ferrer y el Hospital Privado Güemes, entre otras instituciones.
Fue también investigador clínico y llegó a ser miembro dela Academia Nacionalde Medicina, donde impulsó un programa sobre el error en Medicina y la seguridad del paciente, que ya se ha implementado en hospitales de Buenos Aires, Córdoba y Bahía Blanca.
Durante los últimos 10 años, se había pronunciado en conferencias y publicado numerosos artículos sobre la posición del médico clínico en la atención médica y los aspectos económicos y sociales de la asistencia médica y sobre ética en medicina. En Ser médico ayer, hoy y mañana (editado por Libros del Zorzal), advirtió sobre la “economización de la medicina”. Allí escribió: “La medicina hoy es más científica, más ética, más jurídica, más económica, más organizada y más controlada que hace cincuenta años (…). Más jurídica, pero más temerosa, más preocupada por el consentimiento (un documento), que por la información, que exige comprensión y comunicación. Más económica, pero menos equitativa. Más organizada, pero menos creativa y menos estimulante de generosidad (…). Más preocupada por el oro que por el bronce.
Recomendaba a los estudiantes de medicina que tengan en cuenta el humor. Porque sólo el humor -pensaba- permite tolerar la ansiedad de los pacientes y la propia. Y además sugería que el médico debía usar su capacidad de “resiliencia” para recuperarse y admitir “errores o estupideces”.