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Masturbación: el porque de la mala fama

El origen de la palabra masturbación parece hallarse en las voces latinas manus-stuprare, que vienen a significar «manchar la mano». Los términos onanismo y masturbación son usados como sinónimos. A principios del siglo XVIII, un médico inglés, Bekker, recogiendo el pensamiento de la Iglesia, contrario a las actividades sexuales no reproductivas, publicó en 1710 un libro titulado Onania o el pecado atroz de la autopolución. Se iniciaba con ello la condena explícita de la actividad masturbatoria.



La visión de la masturbación como causante de todo tipo de males se debe a otro médico, esta vez suizo, llamado Tissot. En 1758 Tissot publicó “El onanismo: Tratado sobre los desórdenes que produce la masturbación”, dando al tema un cariz pseudocientífico. Sus teorías consistían básicamente en que cualquier acto sexual producía una acumulación de sangre en la cabeza y dejaba al resto del cuerpo sin riego sanguíneo. Esto producía una degeneración de los nervios que llevaba a la demencia. Todo ello contribuyó a considerar la masturbación como una conducta aberrante y perversa, siendo severamente condenada y reprimida por la Iglesia, los médicos y los padres, temerosos de tan terribles consecuencias.
A mediados del siglo XX los médicos empezaron a cambiar sus criterios y a sustentar sus afirmaciones respecto al tema en estudios científicos, que demostraron la falta de vinculación entre la masturbación y las enfermedades. A pesar de ello, aún hoy, en la mente de muchas personas permanecen vestigios de este concepto.


El pecado de Onán
En un sentido amplio se emplea el vocablo onanismo como sinónimo de masturbación, práctica sexual que habitualmente se considera que es condenada por la Biblia. ¿Cuál es la historia? Onán fue un personaje bíblico cuyo hermano murió sin haber tenido hijos en su matrimonio. Según una ley del pueblo hebreo, el hermano que sobrevivía tenía la obligación de casarse con la viuda para darle hijos. Onán cumplió la ley, pero por los motivos que sean, practicó el coitus interruptus y eyaculó en el suelo. Por ello, según el Génesis, Dios le castigó matándolo, pero no por masturbarse, sino por no haber querido fecundar a la mujer de su hermano y haber malgastado su semen.
El origen de la confusión entre onanismo y masturbación se remonta a la Inglaterra de 1710, en la que el doctor Bekker publicó un tratado titulado Onania en el que condenaba el atroz pecado de la autopolución, haciendo una falsa referencia a la Biblia. Su teoría fue recogida por un distinguido científico francés, Samuel Auguste Tissot, quien en 1758 publicó en Lausanne L’Onsnisme, que trataba de los trastornos producidos por la masturbación y que fue uno de los best-sellers de la época.
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