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La Iglesia punk



Estan o estuvieron en bandas con nombres como Conmoción Cerebral, D-Mente o Carajo, pero al margen de la tribu rockera, y mas silenciosamente, se reunen para hablar de Dios y prepararse para ser pastores. Una visita a la Iglesia Punk, con sede en el barrio porteño de Caballito.

Por Juan Bautista Torres López

“Jesús fue el primer punk en la historia de la humanidad”. La frase sugiere la imagen de un Cristo con chupines rotos y enfundado en una chaqueta de cuero negro con tachas, cresta en el pelo y guitarra eléctrica empuñada casi al ras del suelo. Pero quedarse en esa postal improbable sería banalizar a la Iglesia Punk, un movimiento que nació por puro impulso de sus integrantes, sin recibir aporte económico alguno, para cobijar la fe de un grupo de personas que se siente lejos de las iglesias ortodoxas, cerradas y vetustas. El que define a Cristo como el primer punk es Juan Granado, pastor, uno de los responsables de este grupo religioso que se autodenomina Iglesia por su misión y Punk por su origen: la casa de un cantante de este género fue su primera sede. Y como punks se definen varios de su integrantes. No saltan a la vista otras asociaciones, ni con la Iglesia ni con el punk. Es por su férrea convicción religiosa que esta noche fría de martes se han reunido un matrimonio con anteojos para ver de cerca y enormes camperones color pastel, una mulata con acento brasileño, un adolescente que gusta de adoptar perros de la calle, el cantante del grupo CARAJO —Marcelo ‘Corvata’ Corvalán—, una transexual con boina y otras quince personas, alrededor de una mesa que en verdad es una tabla sostenida por caballetes, para hacerle preguntas al pastor, sobre pasajes de la Biblia y términos del griego antiguo. Si allí no está la fe —misteriosa y escurridiza entre el mate y las galletitas surtidas que comparten—, qué es lo que los empuja a salir de sus casas, perderse la cena con sus familias y el programa de Tinelli, atravesar la geografía más oscura de Caballito, ahí cerca de la estación de tren.

Juan Granado tiene 45 años y vive de la serigrafía. La Iglesia Punk es su santuario informal, no lleva ni el hábito reglamentario ni el guión que exige un credo oficial. En el mundo hay 33.000 denominaciones de Iglesias cristianas; la Iglesia Punk no pretende un sello que la oficialice, pero sus integrantes dicen haber sido aceptados por la comunidad católica.
Granado lleva una gorrita con una letra P en la frente, una campera de cuero y corderito, un jean ancho y zapatillas de skater. Su tono de voz es siempre moderado. “Somos normales”, explica y abre los brazos. Cerca de treinta personas —entre ellos también está Andrés Giménez, ex voz de A.N.I.M.A.L. y líder de D-MENTE— se juntan a escucharlo los martes para el seminario y los domingos, para las reuniones generales: suerte de misa improvisada, porque es más bien una reunión de curiosos y cristianos que intercambian experiencias y aprenden por qué tiene sentido pertenecer “al reino de Cristo” y no caer en vicios “que te alejan de Dios”.
No hay misa ni sacramentos en esta iglesia. La actividad principal es el seminario que prepara a sus fieles para predicar, y llegar a convertirse en pastores. No pidan títulos ni diplomas que refrenden esto —“acá no te recibís de pastor”, se ríe Juan—; se trata más bien de una estructura en la que lo que sostiene e impulsa el lugar de cada uno, como pastor o líder, es ejercer ese rol en la comunidad, haber tenido un maestro, estar preparado.

Granado es pastor. Junto a él está Beto Sánchez, excantante de Conmoción Cerebral —banda punk con cierto renombre dentro del underground de los ochenta— devenido en pastor bautista full time, con rastas bajo su gorra verde militar. Ambos son los responsables de que los seguidores de la Iglesia Punk tengan desde hace seis meses su edificio, en la calle Nicolás Repetto, para conocer la palabra de Dios y también para aprender alguno de los oficios que se enseñan aquí. El lugar es una construcción de cuatro pisos que la Iglesia bautista tenía prácticamente abandonada, antes de que los fieles punks la pusieran a punto y la convirtieran en un centro cultural.
—¿No es contradictoria una iglesia punk? Lo punk es antisistema, y la Iglesia es el sistema.
—Desde un principio, el cristianismo fue contra el sistema religioso de entonces. Por eso decimos que Jesús fue el primer punk. El mundo tiene un sistema, nosotros entramos al sistema para poder extender El Reino y sus valores. No es solo cuestión de predicar... Además, El Reino es de Dios, no es terrenal. ¿A vos te parece de este mundo amar a tus enemigos o poner la otra mejilla? No es de acá. ¡Nosotros estamos amando a los heavys y a la policía! —contesta Granado.
“Todo me es lícito, mas no todo conviene”, dice el apóstol Pablo en el libro primero de Corintios. La cita es la piedra fundacional sobre la cual se recuesta la Iglesia Punk. “Cada uno sabe lo que tiene que hacer”, redondea Beto, que con la cita bíblica responde sobre su postura frente al sexo anal, la masturbación y la pornografía con un criterio bastante similar al que conocemos de la Iglesia tradicional. “El uso de anticonceptivos no nos preocupa, aunque si el bebé está en formación, salvo que sea por una situación extrema de salud lo consideramos un asesinato”, aclara Juan, en una respuesta algo confusa porque mezcla anticoncepción con aborto, pero permite ver la postura en ambos casos.
—¿Qué piensan del matrimonio igualitario y la homosexualidad?
—Sabemos que esto seguirá así y empeorará. No podemos entrar en moralinas, el hombre tiene que conocer a Jesús o de otro modo, es capaz de cualquier cosa. Para Dios, son personas que necesitan salvación. Es terrible, porque si nos oponemos, ya pasamos a ser homofóbicos. Todo se dio vuelta. Acá no juzgamos a nadie, pero Dios creó al hombre para que esté con una mujer, nosotros nos guiamos por la palabra y por lo que es: que yo sepa, los bebés no nacen por la cola. Con todo el amor del mundo: un travesti es una imitación de una mujer. Nunca en la vida vamos a juzgar a nadie, pero tampoco se puede ser necio. Dios te da libre albedrío.
Juan Granado, como Beto Sánchez, como varios de los integrantes de la Iglesia Punk y como muchos grupos cristianos de procedencia rockera alrededor del mundo, llegaron hasta aquí de regreso de sus mundos anteriores, que en muchos casos tienen que ver con los “vicios” que hoy combaten con su prédica. Aunque son reservados para ventilar qué nombres conocidos del rock pasan por aquí, se sabe que una de las visitas más célebres fue la del cantante de la banda nü metal Korn, Jonathan Davis.
Juan Granado fue reconocido como pastor por la Iglesia pentecostal. Antes de convertirse —así lo explica él, “antes de convertirme”, dice— trabajaba como mánager en la movida del rock polenta. Salió de gira con A.N.I.M.A.L., hasta que se dio cuenta de que no quería seguir ese ritmo de viajar en combi de lado a lado, controlar que no lo acostaran los mafiosos del palo y lidiar con las adicciones ajenas. “Me asqueó el mundo de la música”, reconoce y detalla: “Me pudrió esa falsedad. Vos hablás con los tipos y después los lees en las entrevistas, y son otra persona”.
Su primera experiencia “mística” llegó siete años antes de convertirse, cuando todavía vivía de la música. “Un día me vinieron a buscar porque habían matado a cuchilladas a un amigo. Todo por un poco de cocaína. Me levanté y no puedo explicar por qué, pero el día era en blanco y negro. El trayecto de mi casa a la del pibe fue todo así, como una película vieja, rarísimo. No sé si tuvo que ver o no con el cristianismo, pero algo pasó dentro mío, hice un clic. Lo que sucedió después fue peor. Ah: eso sí fue sobrenatural”.
Sobrenatural. Con esa palabra Granado abre la puerta de la anécdota más importante de su vida, la definitiva y que le puso un pie dentro de la resbaladiza pista de baile que resulta ser la fe.
Un amigo baterista, Osvaldo, era también espiritista; y con eso redondeaba un ingreso. “Juan —le explicó un día—, es un espíritu que baja y me cuenta todo”. La carcajada más leve de Juan sonó por todo el barrio. Todos los clientes de Osvaldo tenían un muerto reciente en su entorno, le señaló Juan a su amigo, que le palmeó la espalda y le dijo una frase que usan mucho los cristianos de este palo: “Bienvenido al mundo real, Juan. Están todos muertos”. Cuando Juan abrió los ojos un par de días después, no pudo levantarse. Su cuerpo estaba tenso, hundido en la cama. “Tenía todos los músculos paralizados. Sentía que desde la punta de los dedos de los pies, comenzaba a subirme algo que yo no veía. Ascendía y me mataba. Cuando llegó al cuello, entendí que había muerto, y entonces escuché una voz que ni había soñado que podía existir. Esa voz me ordenó que me levantara y fuera a la casa en donde vivían los santos. Yo estaba acostumbrado a agarrarme a trompadas con la policía: nunca jamás dejé que alguien me dijera lo que tenía que hacer”, recuerda.

Al ponerse de pie, no supo a dónde ir. Hoy entiende lo que le decía la voz: “Para los católicos, el santo es una estatua. Para el cristiano, es una persona creyente”. Luego de haberle preguntado a la voz si debía ir a la iglesia de la Virgen del Valle y a una serie de capillas cercanas —todas declinadas por el espíritu, que le contestaba “ahí no hay fe”—, terminó en la casa de una amiga que se había convertido al cristianismo y que sólo veía para los cumpleaños, “porque en el rock, al que se hace religioso dejan de hablarle”, asume con brutal honestidad. Tocó a la puerta, salieron ella y la madre, Granado se desmayó sobre la vereda.

“‘Me muero’, le dije. Y cuando me tomó la mano, sentí que volvía a recobrar la vida. No era ella, sino el Espíritu Santo. Amar no es algo humano, es sobrenatural. Mi amiga me dijo que me quedara tranquilo, que el Espíritu Santo me estaba buscando. Casi me vuelvo loco. Ella me tranquilizó, y me recordó la frase que me había dicho Osvaldo”, cuenta Juan y hace memoria. Sus ojos están en otro lado.
—¿“Todos están muertos”?
—Sí, y es la pura verdad. Mientras no tengamos al Espíritu Santo dentro nuestro, estamos muertos.
Se abre la puerta del salón, entra una chica con pulóver y pollera larga y deja una bicicleta contra un armario. En el camino, repasa los conceptos que en unos minutos le tomará un docente-pastor. Al salir, aguarda en el pasillo junto a sus compañeros, entre ellos, ‘Corvata’ Corvalán, ex integrante de A.N.I.M.A.L. y hoy líder de CARAJO, banda que imprimió una página necesaria en los antecedentes del hardcore local. Está nervioso porque hizo hincapié en una parte de la lección y teme que le tomen la que tiene más floja.

‘Corvata’ es parte de la vieja guardia de la Iglesia Punk: su casa fue el primer lugar donde Juan comenzó a extender la palabra de Dios. Claro que en ese entonces, la casa del artista era más bien el tercer tiempo de una banda de rock que se juntaba a charlar, tomar cerveza y fumar porro, y en el medio, para unos pocos —los pocos que quisieran—, estaban Juan y su fe discreta. “Iba todos los jueves, y cuando veía la onda, no quería ir más. Pero siempre volvía y ahí me encontraba, todos relocos y yo hablaba de Dios. Hasta que se convirtió uno. Después otro, y así hasta que todos se convirtieron. Pasó de ser la banda de fumones de los jueves a un grupo cristiano”. Y ‘Corvata’ vio todo ese proceso en su living, y hasta él mismo se sumó a la iglesia con su mujer, otra fiel punk consolidada.

“Mi casa nos quedó chica, éramos varios los que hacíamos nuestra búsqueda en el mundo del cristianismo: un universo que yo ni sabía que existía. Me convertí en 2005 y si miro ese momento, ahora me digo ‘qué pichi que era’, porque no entendía nada. Gracias al grupo pude abrirme y aceptar a Dios. Es un crecimiento continuo. Yo no tuve el toque sobrenatural que te acerca a la fe, lo mío fue un proceso, y mientras aprendía, notaba esa presencia, hasta que logré hacer el link espiritual con mi propia vida”, explica ‘Corvata’, con una tranquilidad casi tímida, despojado de cualquier ego de celebrity.

El líder de CARAJO asume que “es una gran responsabilidad aceptar a Dios”, porque a partir de allí, se abre el trabajo de hacer algo con esa convicción, moldearla y adaptarse a la nueva creencia. “Mi casa era el rancho de los pibes”, se sincera y dispara: “Hoy, los que vienen —que son pocos, porque vos también lo asumís como tu lugar y no metés a cualquiera— llegan en otro plan. La cosa comienza a cobrar distinto sentido. Aparte, la transformación vino acompañada del nacimiento de mis dos hijas. Dios llegó y puso orden, pero también hay un tiempo para conocer a Cristo, y cada uno tiene su reloj: en ese punto también está la grandeza. ¿Viste esos productos en que el vendedor te asegura ‘trato personalizado y absoluta reserva’? Bueno, así es Dios”.
Después de seis ininterrumpidos años de fe, ‘Corvata’ ya es capaz de sentir la energía en los lugares, disociar entre los antros con vibra negativa y “los lugares donde todo fluye”. A su vez, sostiene que “sin Dios, hubiese terminado mal en muchísimas situaciones”, y que la fe le ayudó a entender su propia historia: al nacer, fue dado en adopción y jamás conoció a sus padres biológicos. “A mis 40 años, pude entender el proceso de una madre que lleva a su hijo en el vientre y después lo entrega para darle una vida mejor. Eso es un acto de amor enorme que no cualquiera puede hacer. Es un paralelo con el cristianismo: Dios vino a dar lo mejor al mundo, que fue Jesucristo”, reflexiona, y entonces parece sintetizar el sentido de la Iglesia Punk: “Llegamos a entender mejor las cosas”.

Sobre los que alguna vez le criticaron su cristianismo —la pincelada espiritual es una seña en las canciones de CARAJO— y hasta lo insultaron, él asegura que “si pudiera tomar algo con ellos, explicarles de qué se trata, seguro flashearían”. “También hay mucho de ignorancia y mala imagen que dan ciertos chantas y parte de la Iglesia. No puedo enojarme con los que critican”.
El ruido en los distintos pisos del centro cultural se vuelve un murmullo prolijo. El examen queda en un segundo plano, el frío y la noche ganan pasillos y habitaciones. Beto invita a una nueva jornada junto a los fieles punk: la noche siguiente irán al puente de Fragata Sarmiento y Yerbal y estarán hasta la medianoche con una gran olla para darle un plato de comida a los cartoneros. Es también la oportunidad de ver el paso de la prédica formal al hecho concreto, de bajar la percepción de la fe cotidiana a la porción de guiso en bandejita plástica para muchos que no creen en Dios ni tienen oportunidad de creer. Acepto la propuesta, con la certeza de que no puede hacer más frío.

Es la noche siguiente, y hace más frío que ayer. En la puerta de la Iglesia Punk, me reciben Beto y Juan con sus camperas hasta la nariz. El pastor de rastas toca la guitarra criolla: sus uñas tiran de las cuerdas, toca “No woman no cry” y canta solo el estribillo, porque el resto lo inventa en un inglés que no existe. Cuando pasa media hora y el grupo comienza a formarse, llega también una camioneta que trae a un grupo de misioneros europeos: ellos son los que prepararon el guiso.

“Chicos, ¿nos juntamos?”, pide Beto. Sobre la vereda, se arma una ronda de quince personas tomadas de los hombros, con la vista al suelo. El exlíder de Conmoción Cerebral improvisa una oración que incluye agradecimiento a Dios por la comida de hoy, por la capacidad de ayudar y por la compañía. Mientras Beto le da a la situación el barniz exacto de la liturgia barrial, se escucha el murmullo ahogado de los que forman la ronda. Dicen frases cortas y en voz muy baja, como si hablaran para adentro, agradecimientos más para cada uno de ellos que para el grupo mismo, suerte de arenga técnica a las puertas de un partido ganado, porque si Dios juega en tu equipo, no hay mano que valga.

Emprendemos la procesión hasta la esquina en donde paran los cartoneros. Beto aprovecha para detallar el proceso mediante el cual terminó por convertirse en pastor bautista, hace ya doce años. Y es que su vuelco hacia la religión fue menos drástico que el de Juan: guiado por un presentimiento —entre fruto del rescate necesario de las anfetaminas y la corazonada que antecede a la fe—, por consejo de un amigo llegó a una comunidad de Brasil en donde conoció a Dios y a su esposa. En ese orden. “Nos drogábamos para estar más abiertos y poder discutirle a los comunistas. Nosotros eramos anarquistas, teníamos que estar atentos, ¿viste? Yo vivía en una casa que habíamos tomado, y reloco me metía en el café La Paz, lleno de hippies, y le discutía a cualquiera. Creíamos en la revolución social, no por las armas, porque notábamos que se liberaban los Estados pero no la gente”, revela Beto, que fue punk en los días de muelas apretadas para los tipos de ojos pintados y borceguíes violentos, cuando “cada sábado caía preso” y estuvo cuatro meses internado en un centro psiquiátrico: los cuatro meses que más gente llevó Conmoción Cerebral a los recitales, porque se había corrido la bola de la internación de Beto y nadie quería perderse las salidas transitorias que el cantante de la banda tenía los fines de semana. Pasado de vuelta, una día fue a visitarlo un amigo al que le había perdido el rastro: “Horacito vino afeitado, bien peinado y ya no tomaba nada. Me dijo que vivía en Brasil y que había orado por mí desde allá, que quería que yo me fuera con él, y me escribió en una carta cómo llegar. Al poco tiempo, me fui para allá”, asegura Beto debajo de sus rastas y desde adentro de su camperón de cuero.

—¿Cómo pagaste el viaje hasta Brasil?
—Robé cinco autoestéreos con un amigo. No tenía otra forma de juntar la guita. Era el mundial del ’86 y la Argentina jugaba la final. Cuando rompimos el vidrio del quinto auto, casi nos agarran porque el dueño salió al balcón a gritar el gol de Burruchaga. No sabés lo que corrí ese día.
Yerbal a las nueve de la noche es el punto obligado de cartoneros y camiones que cargan la changa del día. Media docena de carros se acomodan pegados al cordón de la vereda: sus dueños —algunas son familias enteras— se acercan y forman una fila en el improvisado comedor que se armó en la esquina, y que es solventado con los ingresos particulares de cada uno de los pibes de la Iglesia. Beto acompaña la cena con otra canción de Bob Marley. Los cartoneros saludan uno por uno a los anfitriones, caras conocidas para varios.

El guiso caliente invita a la charla entre los fieles punks y los cartoneros. Además de acercarles una ración y un pan —para muchos, la única comida del día—, los cristianos aprovechan para hablar de Dios y conocer las inquietudes de esa gente que está del otro lado del mostrador terrenal. “Acá no hay banderas políticas, lo hacemos de corazón”, cuenta Alfredo, que organiza la distribución de los descartables en donde se sirve la cena. La noche termina cuando el cucharón raspa el fondo de la cacerola. Eso suele suceder a eso de las diez y media. Los fieles buscan explicar por qué el que nunca tuvo y el que tuvo y lo perdió, debería confiar en ese Dios que de a ratos, parece injusto y mezquino.

La mujer de ‘Corvata’ se va hasta la esquina y habla con tres pibes que limpian vidrios mientras comparten un fernet en botella plástica. Uno comenta el estigma de vivir y trabajar en la calle; los otros dos permanecen en silencio contra la pared de una casa. El guiso se terminó, la cena pasó a un segundo plano, y el pibe que limpia vidrios todavía quiere hablar, estira el saludo final, agradece por las palabras y el guiso. Se tapa la cabeza con una capucha de su buzo azul eléctrico, le da un trago al fernet —ofrece; todos pasan—, estrangula la verde botella retacona y antes de que nos vayamos, sonríe trás su barba para luego asegurar: “Yo creo en Dios, eh”.

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