Tema de la Semana
Amor e Inclusión golpean a odio y exclusión
11-04-15
Oyentismo
“El papa es el representante de Jesús en la Tierra (SIC). Jesús recibía judíos, prostitutas y delincuentes. ¿Por qué el papa no va a recibir a CFK? El papa puede lavar los pies de presos en la cárcel. Me encanta el programa. Me encanta su columna”, afirmaba la oyente de Radio Mitre casi como una paráfrasis de aquella parodia que Diego Capusotto solía llamar “¿Hasta cuándo?”. El mensaje llegaba al programa de Alfredo Leuco y era leído al aire. Ni el periodista ni los que lo acompañaban en la mesa repararon que la oyente ubicaba a un mismo nivel a prostitutas, delincuentes y judíos. Lo único que importaba era asociar a CFK con grupos estigmatizados, aun cuando el comentario rebalsara de, como mínimo, antisemitismo.
“Se recuperó la imagen de Cristina en las encuestas en los últimos meses. (…) Entonces me llamaban canalla. No estoy hablando del kirchnerismo si no de una especie de anti ultrakirchnerismo. Así me decían, que soy un canalla, un hijo de puta, de todo… A mí me causa gracia porque cuando yo digo que cae en las encuestas Cristina, me aplauden. Y cuando digo que se recupera, me repudian. ¿Qué es lo que quieren? ¿Que yo oculte a los lectores, a los oyentes? Y el día de las elecciones se van a dar un golpazo”. Con esta resignación relataba sus pesares el periodista opositor Jorge Fernández Díaz, también, en Radio Mitre, y a partir de estos fragmentos obtenidos en la última semana quisiera hablar de lo que denominaré “oyentismo”.
Dado que por razones de espacio no me remontaré a las transformaciones que produjo la irrupción del oyente en radio, me centraré en la función que cumple hoy, función que va mucho más allá de ser la del representante del hombre común. Más específicamente, hay toda una línea de medios que a través de canales de participación e interacción le han otorgado al que escucha una doble funcionalidad que el implicado desconoce. Por un lado, el oyente dice lo que el medio piensa e induce pero no puede decir. En otras palabras, si un periodista avanzara en una línea de argumentación similar al del primer fragmento aquí citado, probablemente reciba el repudio de alguno de sus pares y de una buena parte de la opinión pública. En este sentido, se deja de soslayo que todos los argumentos del periodista se dirigen hacia ese punto y que el oyente esté modelado y constituido por los programas que consume.
¿Para qué? Para que resalte que el periodista no cruza ese umbral y sea visto como aquel que, en defensa de la libertad de opinión, presta el micrófono con la única intención de que la ciudadanía se exprese (siempre con indignación, claro). Algo similar sucede cuando determinados programas de TV invitan a figuras polémicas como Luis Barrionuevo o Jorge Asís. Se los invita porque van a decir las barbaridades que el periodista o el medio no se atreven a suscribir públicamente. Pero el efecto es el deseado pues la opinión (bárbara) resulta dicha y se encuentra disponible para todo aquel que consuma ese medio. Eso sí, claro: el periodista y el medio quedan “limpios” pues no fueron ellos los que la vertieron.
Pero, a su vez, el oyentismo cumple otra función, esto es, la de ubicar en el centro del espectro ideológico al periodista ultra. Dicho de otro modo, los periodistas que han profesado las opiniones más reaccionarias y han avanzado en operaciones burdas y salvajes, de repente, inventan dos polos: el ultrakirchnerismo y el anti ultrakirchnerismo. La operación es bastante simple pues si, nominando, creamos dos polos y somos críticos de ambos, naturalmente nuestra posición pasará a mediar entre ellos. Es decir, nos colocamos mágicamente “en el medio”, en una posición “sensata”, frente a los extremos, pues ser parte de un extremo tiene mala prensa y estar en el medio tiene buena prensa. No importa si desde nuestro lugar de periodistas damos forma diariamente a uno de los extremos; lo que importa es salvar el pellejo y abonar a la construcción de la criatura mientras la denunciamos.
El odio como hecho político
Hace dos semanas comentaba en un post de Artemio López “Me parece que vuelve a ser muy audible, entre los que “adversan”, como vos decís, la minoría intensa anti K.
Nunca desapareció, evidentemente. Pero, te repito, mi impresión es que en los últimos meses ha vuelto a ser… muy intensa.
No estoy hablando de los intereses que se oponen a las políticas del gobierno. Ahí, como decía el gran adversario de la Familia Corleone, Don Barzini “nothing personal, just business”. Ni tampoco de los políticos opositores.
Pienso en el sector social tradicionalmente antikirchnerista. Y antiperonista. Lo noto más enconado."
No voy a decir que en realidad no hay tanta diferencia entre unos y otros (no es cierto) y que deberíamos tratarnos bien (Recuerden que en El Padrino III, el componedor Don Altobello es el villano).
Además, en mi generación solía ser frecuente que las diferencias políticas terminaran en muertes. Argentina está mucho más civilizada que 40 años atrás.
No, el odio no me sobresalta especialmente. Pero creo que –como todo lo que tiene que ver con los seres humanos– puede considerarse desde la política, en sus consecuencias para el gobierno de la sociedad. Este fenómeno –lo que llamaría “opositores personales”– no es nuevo, pero merece ser tomado en cuenta.
Algo que leí hoy en La Nación me ayudó a tenerlo más claro. La nota de Beatriz Sarlo, El patriotismo despótico . La profesora Sarlo es una tenaz y consistente opositora de este gobierno. En sus escritos, además, ella cuestiona no sólo al “kirchnerismo” como la versión actual del peronismo, sino a estilos permanentes de esa identidad política.
En ese mismo artículo –donde argumenta muy bien y con justicia contra algunas perversiones del sentimiento patriótico– deja claro que mira con desconfianza al patriotismo en sí. “No convalidar el nacionalismo malvinero“, por ejemplo, es una de sus recomendaciones (Algunos comentaristas, desde ideologías muy distintas de la de Sarlo, dicen lo mismo. Pero esa es otra historia).
Tomo este ejemplo porque en ese mismo texto Beatriz Sarlo elogia a la Presidente por su prudencia para manejar el tema Malvinas y, en particular, por decidir la publicación del Informe Rattenbach. Bueno, una actitud como ésta es inconcebible en un “opositor personal”. Todo lo que hicieron y hacen los Kirchner –indistintamente Néstor y Cristina– es Malo, y si algo aparece como bueno o acertado, lo han hecho por motivos corruptos, y por lo tanto es un engaño.
Me parece que hay que distinguir este sentimiento del que se encuentra en hombres y mujeres politizados. Ahí los enconos anti K más ardientes surgen de tres sectores principales: los identificados con el viejo partido militar, los católicos tradicionales, y buena parte ¿la mayoría? de los peronistas tradicionales (entre los que no tienen cargos importantes, claro). Son naturales y lógicos: estos sectores han sido desplazados por el aluvión K de los que consideran sus legítimos cargos en el Estado o lugares de influencia.
Uno puede encontrar muchísimas muestras de este otro odio al que me refiero, (“metapolítico”) –y de su contrapartida– todos los días, en los foros online de los diarios La Nación, Perfil, muchos otros lugares, expresándose con mucha mucha virulencia y escasa capacidad de razonamiento.
En los últimos 30 años, sólo puedo encontrar otro Presidente que suscitó este tipo de odio, en otros sectores sociales (pero con alguna superposición con los anti K): Raúl Alfonsín (El caso de Carlos Menem es diferente, la bronca general de la sociedad con él se manifestó después que se percibió que su proyecto –el ingreso al Primer Mundo– habia fracasado. El siempre se mostró como un “winner”, y los argentinos no aguantan a un “loser” )
Alfonsín, muy diferente a los Kirchner en la maýoría de las cosas, se asemejó en algo: Su gestión acompañó un cambio cultural gigantesco. La política y la sociedad argentina no fueron las mismas después de su gobierno. Los cambios culturales ya producidos en los años Kirchner -aunque ahora no los podamos medir con claridad– han sido tan o más grandes que aquellos.
POSTS CENSURADOS POR TARINGA
Era mentira: el banco desmintió a Clarín contra Máximo
Macri 'no sabe' que Clarín financia su campaña
AntiKs crean cientos de cuentas falsas para operar contra el gobierno
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Oyentismo
“El papa es el representante de Jesús en la Tierra (SIC). Jesús recibía judíos, prostitutas y delincuentes. ¿Por qué el papa no va a recibir a CFK? El papa puede lavar los pies de presos en la cárcel. Me encanta el programa. Me encanta su columna”, afirmaba la oyente de Radio Mitre casi como una paráfrasis de aquella parodia que Diego Capusotto solía llamar “¿Hasta cuándo?”. El mensaje llegaba al programa de Alfredo Leuco y era leído al aire. Ni el periodista ni los que lo acompañaban en la mesa repararon que la oyente ubicaba a un mismo nivel a prostitutas, delincuentes y judíos. Lo único que importaba era asociar a CFK con grupos estigmatizados, aun cuando el comentario rebalsara de, como mínimo, antisemitismo.
“Se recuperó la imagen de Cristina en las encuestas en los últimos meses. (…) Entonces me llamaban canalla. No estoy hablando del kirchnerismo si no de una especie de anti ultrakirchnerismo. Así me decían, que soy un canalla, un hijo de puta, de todo… A mí me causa gracia porque cuando yo digo que cae en las encuestas Cristina, me aplauden. Y cuando digo que se recupera, me repudian. ¿Qué es lo que quieren? ¿Que yo oculte a los lectores, a los oyentes? Y el día de las elecciones se van a dar un golpazo”. Con esta resignación relataba sus pesares el periodista opositor Jorge Fernández Díaz, también, en Radio Mitre, y a partir de estos fragmentos obtenidos en la última semana quisiera hablar de lo que denominaré “oyentismo”.
Dado que por razones de espacio no me remontaré a las transformaciones que produjo la irrupción del oyente en radio, me centraré en la función que cumple hoy, función que va mucho más allá de ser la del representante del hombre común. Más específicamente, hay toda una línea de medios que a través de canales de participación e interacción le han otorgado al que escucha una doble funcionalidad que el implicado desconoce. Por un lado, el oyente dice lo que el medio piensa e induce pero no puede decir. En otras palabras, si un periodista avanzara en una línea de argumentación similar al del primer fragmento aquí citado, probablemente reciba el repudio de alguno de sus pares y de una buena parte de la opinión pública. En este sentido, se deja de soslayo que todos los argumentos del periodista se dirigen hacia ese punto y que el oyente esté modelado y constituido por los programas que consume.
¿Para qué? Para que resalte que el periodista no cruza ese umbral y sea visto como aquel que, en defensa de la libertad de opinión, presta el micrófono con la única intención de que la ciudadanía se exprese (siempre con indignación, claro). Algo similar sucede cuando determinados programas de TV invitan a figuras polémicas como Luis Barrionuevo o Jorge Asís. Se los invita porque van a decir las barbaridades que el periodista o el medio no se atreven a suscribir públicamente. Pero el efecto es el deseado pues la opinión (bárbara) resulta dicha y se encuentra disponible para todo aquel que consuma ese medio. Eso sí, claro: el periodista y el medio quedan “limpios” pues no fueron ellos los que la vertieron.
Pero, a su vez, el oyentismo cumple otra función, esto es, la de ubicar en el centro del espectro ideológico al periodista ultra. Dicho de otro modo, los periodistas que han profesado las opiniones más reaccionarias y han avanzado en operaciones burdas y salvajes, de repente, inventan dos polos: el ultrakirchnerismo y el anti ultrakirchnerismo. La operación es bastante simple pues si, nominando, creamos dos polos y somos críticos de ambos, naturalmente nuestra posición pasará a mediar entre ellos. Es decir, nos colocamos mágicamente “en el medio”, en una posición “sensata”, frente a los extremos, pues ser parte de un extremo tiene mala prensa y estar en el medio tiene buena prensa. No importa si desde nuestro lugar de periodistas damos forma diariamente a uno de los extremos; lo que importa es salvar el pellejo y abonar a la construcción de la criatura mientras la denunciamos.
El odio como hecho político
Hace dos semanas comentaba en un post de Artemio López “Me parece que vuelve a ser muy audible, entre los que “adversan”, como vos decís, la minoría intensa anti K.
Nunca desapareció, evidentemente. Pero, te repito, mi impresión es que en los últimos meses ha vuelto a ser… muy intensa.
No estoy hablando de los intereses que se oponen a las políticas del gobierno. Ahí, como decía el gran adversario de la Familia Corleone, Don Barzini “nothing personal, just business”. Ni tampoco de los políticos opositores.
Pienso en el sector social tradicionalmente antikirchnerista. Y antiperonista. Lo noto más enconado."
No voy a decir que en realidad no hay tanta diferencia entre unos y otros (no es cierto) y que deberíamos tratarnos bien (Recuerden que en El Padrino III, el componedor Don Altobello es el villano).
Además, en mi generación solía ser frecuente que las diferencias políticas terminaran en muertes. Argentina está mucho más civilizada que 40 años atrás.
No, el odio no me sobresalta especialmente. Pero creo que –como todo lo que tiene que ver con los seres humanos– puede considerarse desde la política, en sus consecuencias para el gobierno de la sociedad. Este fenómeno –lo que llamaría “opositores personales”– no es nuevo, pero merece ser tomado en cuenta.
Algo que leí hoy en La Nación me ayudó a tenerlo más claro. La nota de Beatriz Sarlo, El patriotismo despótico . La profesora Sarlo es una tenaz y consistente opositora de este gobierno. En sus escritos, además, ella cuestiona no sólo al “kirchnerismo” como la versión actual del peronismo, sino a estilos permanentes de esa identidad política.
En ese mismo artículo –donde argumenta muy bien y con justicia contra algunas perversiones del sentimiento patriótico– deja claro que mira con desconfianza al patriotismo en sí. “No convalidar el nacionalismo malvinero“, por ejemplo, es una de sus recomendaciones (Algunos comentaristas, desde ideologías muy distintas de la de Sarlo, dicen lo mismo. Pero esa es otra historia).
Tomo este ejemplo porque en ese mismo texto Beatriz Sarlo elogia a la Presidente por su prudencia para manejar el tema Malvinas y, en particular, por decidir la publicación del Informe Rattenbach. Bueno, una actitud como ésta es inconcebible en un “opositor personal”. Todo lo que hicieron y hacen los Kirchner –indistintamente Néstor y Cristina– es Malo, y si algo aparece como bueno o acertado, lo han hecho por motivos corruptos, y por lo tanto es un engaño.
Me parece que hay que distinguir este sentimiento del que se encuentra en hombres y mujeres politizados. Ahí los enconos anti K más ardientes surgen de tres sectores principales: los identificados con el viejo partido militar, los católicos tradicionales, y buena parte ¿la mayoría? de los peronistas tradicionales (entre los que no tienen cargos importantes, claro). Son naturales y lógicos: estos sectores han sido desplazados por el aluvión K de los que consideran sus legítimos cargos en el Estado o lugares de influencia.
Uno puede encontrar muchísimas muestras de este otro odio al que me refiero, (“metapolítico”) –y de su contrapartida– todos los días, en los foros online de los diarios La Nación, Perfil, muchos otros lugares, expresándose con mucha mucha virulencia y escasa capacidad de razonamiento.
En los últimos 30 años, sólo puedo encontrar otro Presidente que suscitó este tipo de odio, en otros sectores sociales (pero con alguna superposición con los anti K): Raúl Alfonsín (El caso de Carlos Menem es diferente, la bronca general de la sociedad con él se manifestó después que se percibió que su proyecto –el ingreso al Primer Mundo– habia fracasado. El siempre se mostró como un “winner”, y los argentinos no aguantan a un “loser” )
Alfonsín, muy diferente a los Kirchner en la maýoría de las cosas, se asemejó en algo: Su gestión acompañó un cambio cultural gigantesco. La política y la sociedad argentina no fueron las mismas después de su gobierno. Los cambios culturales ya producidos en los años Kirchner -aunque ahora no los podamos medir con claridad– han sido tan o más grandes que aquellos.
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