DAENERYS
El cielo era de un azul despiadado, sin una brizna de nube a la vista. «Los ladrillos pronto se cocerán al sol», pensó Dany. «Abajo en la arena, los luchadores sentirán el calor a través de las suelas de las sandalias».
Jhiqui deslizó bata de seda de Dany sobre sus hombros e Irri la ayudó a entrar en la piscina. La luz del sol brillaba sobre el agua, excepto por la sombra del árbol palosanto. –Aunque los pozos se tengan que abrir, ¿debe asistir su alteza?– preguntó Missandei mientras lavaba el pelo de la reina.
–La mitad de Meeren estará allí para verme, corazón amable.
–Su alteza– dijo Missandei– una pide permiso para decir que la mitad de Meeren estará allí para ver a hombres desangrarse y morir.
No se equivocaba, la reina lo sabía, pero no tenía importancia.
Pronto Dany estaba tan limpia como nunca podría volver a estarlo. Se puso en pie, salpicando suavemente. El agua corría por sus piernas y formaba cuentas en sus pechos. El sol estaba subiendo al cielo, y su gente pronto se reuniría. Podría haber vagado por la fragante piscina todo el día, comer frutas heladas en bandejas de plata y soñar con una casa con una puerta roja, pero una reina le pertenece a ella la gente, no a sí misma.
Jhiqui trajo una toalla suave para secarla. –Khaleesi, ¿Qué tokar quieres para hoy?– Preguntó Irri.
–El de seda de color amarillo– «La reina de los conejos no podía ser vista sin sus orejas». El de seda amarilla era ligero y fresco, y podría abrasar abajo en el pozo. Las arenas rojas quemarán las plantas de aquello que están a punto de morir. –Y por encima, el largo velo de color rojo.– Los velos evitan que el viento arenoso entre en la boca. –Y el rojo, oculta cualquier mancha de sangre.
Mientras Jhiqui cepillaba el pelo de Dany e Irri pintaba las uñas de la reina, ellas charlaban alegremente sobre los combates del día. Missandei regresó. –Su majestad. El rey solicita que le acompañe cuando esté vestida. Y el príncipe Quentyn ha llegado con sus Dornienses. Ruegan una audiencia, si le place.
Poco de aquel día le podía placer. –Otro día
En la base de la Gran Pirámide, Ser Barristan les esperaba junto a un vistoso palanquín abierto, rodeado de bestias de Bronce. «Ser abuelo», pensó Dany. A pesar de su edad, parecía alto y guapo con la armadura que le había dado. –Sería más feliz si hubiera guardias inmaculados a su alrededor el día de hoy, su alteza– dijo el viejo caballero, mientras Hizdahr fue a saludar a su primo. –La mitad de estas bestias de bronce son los libertos inexpertos.– «Y la otra mitad son Meerenses de dudosa lealtad» dejó sin decir. Selmy desconfiaba de todos los Meerenses, incluso los afeitados.
–E inexpertos seguirán a menos que les entrenemos
–Una máscara puede ocultar muchas cosas, Su majestad ¿Es el hombre detrás de la máscara de lechuza la misma lechuza que vigilancia que ayer o el día anterior? ¿Cómo podemos saberlo?
–¿Cómo podrá llegar a confiar Meeren en las bestias de Bronce si no? Hay buenos hombres valientes bajo esas máscaras. Pongo mi vida en sus manos-Dany le sonrió. –Te preocupas demasiado, ser. Te tendré a mi lado, ¿qué más protección necesito?
–Soy un hombre viejo, su alteza.
–Belwas el fuerte estará también conmigo.
–Como ordenes– Ser Barristan bajó la voz. –Su alteza. Hemos liberado a la mujer Meris, como ordenaste. Antes de irse, pidió hablar con vos. Me reuní con ella en vuestro lugar. Ella afirma que el Príncipe Andrajoso intentaba atraer a vuestra causa al la Azote del Viento desde el principio. Que él la envió aquí para tratar con vos en secreto, pero los dornienses les desenmascararon y traicionaron antes de que pudiera hacer su propia propuesta.
–Traición sobre traición– pensó la reina con cansancio. ¿No finalizará? –¿Cuánto de esto se crees, ser?
–Poco y menos, alteza, pero esas fueron sus palabras.
–¿Se unirán a nosotros, si es necesario?
–Ella dice que lo harán. Pero por un precio.
–Págalo– Meeren necesita hierro, no oro. –El Príncipe Andrajoso quiere algo más que monedas, alteza. Meris dice que quiere Pentos.
–¿Pentos?– Entornó los ojos. –¿Cómo puedo darle Pentos? Está al otro lado del mundo.
–La mujer Meris sugirió que estaría dispuesto a esperar. Hasta que marchásemos a Poniente.
«¿Y si no voy a Poniente?» –Pentos pertenece a los Pentosi. Y el Magister Illyrio está en Pentos. El que arregló mi matrimonio con Khal Drogo, y me dio mis huevos de dragón. Quien me ha enviado a ti, y a Belwas y a Groleo. Le debo mucho y más. No voy a pagar esa deuda, dando su ciudad algunos mercenarios. No.
Ser Barristan inclinó la cabeza. –Su alteza es sabia.
–¿Has visto alguna vez un día más propicio, mi amor?– Comentó Hizdahr zo Loraq cuando se reunió con él. Ayudó a Dany a subir en el palanquín, donde se encontraban dos altos tronos una al lado del otro.
–Propicio para vos, tal vez. Menos para los que deben morir antes de que el sol se ponga.
–Todos los hombres deben morir– dijo Hizdahr –pero no todos pueden morir en la gloria, con los aplausos de la ciudad en sus oídos. –Levantó una mano a los soldados en las puertas. –Abrid.
La plaza que daba a su pirámide estaba pavimentada con ladrillos de diversos colores, y el calor se levantó hacia ellos en ondas brillantes. La gente pululaba por todas partes. Algunos montaban en literas o sillas de mano, algunos en palanquines, muchos iban a pie. Nueve de cada diez se movían hacia el oeste, por la amplia carretera de ladrillo hacia el Pozo de Daznak. Cuando vieron a la litera emerger de la pirámide, un grito de júbilo se elevó desde los más cercanos y se extendió por la plaza. –Qué raro– pensó la reina. Me ovacionan en la misma plaza donde una vez empalé ciento sesenta y tres Grandes Amos.
Un gran tambor dirigió a la comitiva real para despejar su camino por las calles. Entre cada latido, un heraldo afeitado con una camisa de discos de cobre pulido apartaba gritando a la multitud. Bom. –¡Ya vienen!– Bom. –¡Abrid paso!– Bom. –¡La reina!– Bom. –¡El rey!– Bom. Detrás del tambor marchaban cuatro bestias de bronce enfrentadas. Algunos portaban garrotes, otros bastones, todos llevaban faldas de malla, sandalias de cuero, y capas de retazos cosidos de los muchos colores las plazas que hacen repetían los muchos colores de los ladrillos de Meeren. Sus máscaras brillaba bajo el sol: jabalíes y toros, halcones y garzas, leones, tigres y osos, serpientes de lenguas bifurcadas y horribles basiliscos.
Belwas el fuerte, a quien no le gustaban los caballos, iba delante de ellos con su chaleco tachonado, sus cicatrices marrones en el vientre balanceándose a cada paso. Irri y Jhiqui les seguían cabalgando, con Aggo y Rakharo y después Reznak en una silla de manos, adornada con un toldo para proteger su cabeza del sol. Ser Barristan Selmy cabalgó al lado de Dany con su armadura resplandeciendo al sol. Una larga capa caía desde sus hombros, descolorida y de color blanco como el hueso. En su brazo izquierdo portaba un escudo blanco de gran tamaño. Un poco más atrás se encontraba Quentyn Martell, el príncipe dorniense, con sus dos compañeros.
La columna se deslizó lentamente por la larga calle enladrillada. Bom. –¡Ya vienen!– Bom. –Nuestra reina. Nuestro rey.– Bom. –Abrid paso.
Dany podía oír sus doncellas debatiendo tras ella, discutiendo quien iba a ganar el combate final del día Jhiqui apoyaba a la gigante Goghor, que se parecía más a un toro que a un hombre, incluso llevaba un anillo de bronce en la nariz. Irri insistía en que el mayal de Belaquo Rompehuesos derrotaría al gigante. Mis sirvientas son Dothraki, se dijo. La muerte cabalga con todos los khalasar. El día que se casó con Khal Drogo, los arakhs habían brillado en su fiesta de bodas, y los hombres habían muerto, mientras que otros bebieron y copularon. Vida y muerte van de la mano entre los señores de los caballos, y pensaban que el derramamiento de la sangre bendecía un matrimonio. Su nuevo matrimonio pronto se bañaría con sangre. ¿Cuan bendito sería?
Bom, Bom, Bom, Bom, Bom, Bom, retumbaron los tambores, más rápido que antes, repentinamente enojados e impacientes. Ser Barristan sacó su espada cuando la columna paró abruptamente entre la pirámide de color rosa y blanco de Pahl y la verde y negro de Naqqan.
Dany se volvió. –¿Por qué hemos parado?
Hizdahr se incorporó. –El camino está bloqueado.
Un palanquín estaba volcado atravesado en su camino. Uno de sus portadores se había derrumbado sobre los ladrillos, vencido por el calor. –Ayudad a ese hombre– ordenó Dany. –Apartadle de la calle antes de que le pisen y dadle alimento y agua. Parece como si no hubiera comido en un par de semanas.
Ser Barristan miró con inquietud a izquierda y derecha. Se veías caras Ghiscarias en las terrazas, mirando hacia abajo con los ojos fríos y antipáticos. –Su alteza, no me gusta esta parada. Esto puede ser alguna trampa. Los Hijos de la Arpía
–Se han domesticado– declaró Hizdahr zo Loraq. –¿Por qué querrán dañar a mi reina, cuando ella me ha tomado como su rey y consorte? Ahora ayudad al hombre, como mi dulce reina ha ordenado– Tomó Dany de la mano y sonrió.
Las bestias de Bronce hicieron lo que se les mandó. Dany los observaba su trabajo. –Los portadores eran esclavos antes de mi llegada. Los hice libres. Sin embargo, eso no hace más ligero palanquín.
–Es cierto– dijo Hizdahr– pero ahora se les paga a los hombres para soportar su peso. Antes de tu llegada, el hombre que se cayó tendría un supervisor de pie sobre él, pelándole la piel de la espalda con un látigo. En su lugar, se le está ayudando.
Era cierto. Una bestia de bronce con una máscara de jabalí había ofrecido al portador del palanquín un odre de agua. –Supongo que debo estar agradecida por las pequeñas victorias– dijo la reina.
–Un paso, luego el siguiente, y pronto vamos a estar corriendo. Juntos vamos a hacer una nueva Meeren– La calle se había despejado finalmente por delante. –¿Proseguimos?
¿Qué podía hacer sino asentir? Un paso, luego el siguiente, pero ¿hacia donde voy?
A las puertas del pozo de Daznak dos esculturas de guerreros de bronce grandes como torres simulaban un combate mortal. Una empuñaba una espada, y la otra un hacha, el escultor los había representado matándose el uno al otro, sus hojas y cuerpos formando un arco sobre sus cabezas.
Un arte mortal, pensó Dany.
Había visto las pozos de lucha muchas veces desde su terraza. Los más pequeños puntos en la superficie de Meeren como marcas de viruela, las más grandes llagas llorosas, rojas y crudas. Sin embargo ninguno se podía comparar con éste. Belwas el fuerte y Ser Barristan se colocaron a ambos lados de ella y su señor esposo pasaron por debajo de los bronces, para emerger en la parte superior de un gran recinto anular de ladrillo que descendía en diferentes niveles de gradas, cada una de un color diferente.
Hizdahr zo Loraq la hizo descender a través de negros, morados, azules, verdes, amarillos, blancos y naranjas hasta el rojo, donde los ladrillos escarlata tomaban el color de la arena de debajo. Alrededor de ellos vendedores ambulantes ofrecían salchichas de perro, cebollas asadas, y los cachorros nonatos ensartados, pero Dany no necesitaba nada de eso. Hizdahr había surtido su palco con frascos de vino frío y agua dulce, con higos, dátiles, melones y granadas, con nueces y pimientos y un gran plato de langosta con miel. Belwas el fuerte gritó, –langostas– en cuanto agarró el cuenco comenzó a crujirlas a puñados.
–Estas son muy sabrosas– aconsejó Hizdahr. –Deberías probar alguna por ti misma, mi amor. Las rebozan con especias antes de la miel, así son dulces y picantes a la vez.
–Eso explica la forma en Belwas está sudando– dijo Dany. –Creo que me contentaré con higos y dátiles.
Al otro lado del foso las Gracias se sentaron con túnicas de muchos colores, agrupadas en torno a la figura austera de Galazza Galare, que era la única que llevaba verde. Los grandes amos de Meeren ocupaban los bancos rojos y naranjas. Las mujeres llevaban velo y los hombres se habían cepillado y peinado su pelo con formas de cuernos y manos y lanzas. Los parientes de Hizdahr de la antigua línea de Loraq parecían preferir Tokars de colores púrpura, índigo y lila, mientras que los de Pahl eran de rayas de color rosa y blanco. Los enviados de Yunkai iban todos de amarillo y llenaron su palco al lado del rey, cada uno de ellos con sus esclavos y siervos. Meerenses de nacimiento más bajo llenaban las zonas altas, más alejadas de la carnicería. Los bancos de negro y morado, los más alto y lejanos de la arena, se llenaron con libertos y otras gentes comunes. Los mercenarios habían sido colocados allí, observó Daenerys, con sus capitanes sentados a la derecha entre los soldados comunes. Observó la cara curtida de Ben el moreno y las barbas y largas trenzas rojas como el fuego de Barba de Sangre.
Su esposo señor se levantó y alzó las manos. –¡Grandes Amos! Mi reina ha venido este día de hoy a mostrar su amor por vosotros, su pueblo. Por su gracia y con su permiso, os doy ahora su arte mortal. ¡Meeren! ¡Dejad a la reina Daenerys escuchar vuestro amor!
Diez mil gargantas rugieron sus gracias, y luego veinte mil, y luego todos. No la llamaron por su nombre, que pocos de ellos podían pronunciar. –¡Madre!– gritaron en lugar, en la antigua lengua muerta de Ghis, la palabra fue ¡Mhysa! Patearon el suelo y se golpeó el vientre y gritaron: –Mhysa, Mhysa, Mhysa– hasta el pozo entero parecía temblar. Dany dejó que el limpiara su interior. Yo no soy su madre, podría haber gritado, la espalda, yo soy la madre de vuestros esclavos, de cada niño que alguna vez mueran estas arenas, mientras que las langostas se atiborran de miel. Detrás de ella, se inclinó para Reznak le susurrara al oído –Magnificencia, ¡escucha cómo te aman!
No, ella lo sabía, aman su arte mortal. Cuando los aplausos comenzaron a bajar, ella se permitió sentarse. Su palco estaba en la sombra, pero su cabeza palpitaba con fuerza. –Jhiqui– gritó –agua dulce, si puedes. Mi garganta está muy seca.
–Khrazz tendrá el honor de la primera muerte del día– le dijo Hizdahr. –Nunca ha habido un luchador mejor.
–Belwas el fuerte era mejor– insistió Belwas el fuerte.
Khrazz era Meerense, de humilde nacimiento, un hombre alto con un cepillo duro de pelo rojo y negro corriendo por el centro de la cabeza. Su enemigo era un lancero de piel de ébano de las islas del verano, cuyos empujes Khrazz mantuvo a raya durante un tiempo, pero una vez que se deslizó dentro de la lanza con la corta de sólo hubo una carnicería. Cuando ésta estuvo hecha, Khrazz cortó el corazón del hombre negro, lo levantó por encima de su cabeza rojo y goteante, y dio un mordisco al mismo.
–Khrazz cree que el corazón de los valientes hombres lo hacen más fuerte– dijo Hizdahr. Jhiqui murmuró su aprobación. Dany había comido una vez que el corazón de un semental para dar fuerza a su hijo por nacer... pero eso no había salvado a Rhaego cuando la maegi lo asesinó en su vientre. Tres traiciones conocerás. Ella fue la primera, Jorah fue el segundo, Ben Plumm el moreno el tercero. ¿Había terminado con los traidores?
–Ah– dijo Hizdahr, complacido. –Ahora viene el gato manchado. Observa cómo se mueve, mi reina. Es poesía sobre dos pies.
El enemigo que Hizdahr había encontrado el poema andante era tan alto como Goghor y tan amplio como Belwas, pero lento. Luchaban a seis pies del palco de Dany cuando el gato le cercenó los tendones. Cuando el hombre quedó de rodillas, el gato le puso un pie en la espalda y una mano alrededor de la cabeza y le abrió la garganta de oreja a oreja. Las arenas rojas bebieron su sangre, el viento sus últimas palabras. La multitud gritó su aprobación.
–Luchar mal, morir bien– dijo Belwas el fuerte. –Belwas el fuerte odia cuando gritan– Había terminado todas las langostas con miel. Eructó y tomó un trago de vino.
Qarthienses pálidos, negros de las islas del verano, Dothraki de piel cobriza, Tyroshis con barba azul, los hombres de cordero, Jogos Nhai, hoscos Braavosi, medio hombres de piel manchada de las selvas de Sothoros– de los extremos del mundo vienen a morir al pozo de Daznak. –Esto muestra una gran promesa, cariño– dijo Hizdahr de un joven Lyseno con cabello largo y rubio que ondeaba en el viento ... pero su enemigo agarró un puñado de ese pelo, empujó al chico desequilibrándolo, y le destripó. En la muerte parecía incluso más joven que cuando tenía con la cuchillo en la mano. –Un niño– dijo Dany. –Era sólo un niño.
–Seis y diez– insistió Hizdahr. –Un hombre adulto, que eligió libremente a arriesgar su vida por el oro y la gloria. Ningún niño morirá hoy en el pozo de Daznak, como mi reina gentil en su sabiduría ha decretado.
Otra pequeña victoria. Tal vez yo no puedo dar a mi gente una vida buena, se dijo, pero por lo menos tratar de hacerla un poco menos mala. Daenerys habría prohibido las luchas entre mujeres también, pero Bársena Blackhair protestó diciendo que tenía tanto derecho a arriesgar su vida como cualquier hombre. La reina había querido también prohibir los disparates, los combates cómicos donde tullidos, enanos y viejas unos contra otros con cuchillos, antorchas y martillos (Cuanto más inepto eran los combatientes, más divertida era el disparates, se pensaba), pero Hizdahr dijo que su pueblo la querría más si ella se reía con ellos, y argumentó que sin tales disparates, los lisiados, los enanos, y las viejas brujas se morirían de hambre. Así que Dany había cedido.
Había existido la costumbre de condenar a los delincuentes pozos, práctica que estaba de acuerdo se podría reanudar, pero sólo para ciertos delitos. –Asesinos y violadores pueden ser obligados a luchar, y todos aquellos que siguieran esclavizando, pero no los ladrones o los deudores.
Las bestias les siguieron, sin embargo. Dany vio un elefante que fue un trabajo corto para una manada de seis lobos rojos. A continuación se presenció a un toro contra un oso en una sangrienta batalla que dejó a ambos animales desgarrados y la moribundos. –La carne no se pierde– dijo Hizdahr. –Los carniceros utilizan los cadáveres para hacer un guiso saludable para los hambrientos. Cualquier hombre que se presenta a las Puertas del Destino puede tener un cuenco.
–Una buena ley– dijo Dany. Tenéis tan pocas de ellas. –Debemos asegurarnos de que esta tradición continúa.
Después de las luchas de bestias se produjo un simulacro de batalla, enfrentando a seis infantes en contra seis jinetes, los primeros armados con escudos y espadas largas, los últimos con arakhs Dothraki. Los supuestos caballeros estaban vestidos con cotas de malla, mientras que los supuestos Dothraki no llevaban armadura. Al principio, jinetes parecían tener ventaja, arrollando con los caballos a dos de sus enemigos y seccionando el oído de un tercero, pero luego los caballeros sobrevivientes comenzaron a atacar a los caballos, y uno a uno los jinetes fueron derribados y muertos, para gran disgusto de Jhiqui. –Eso no fue khalasar de verdad– dijo.
–Estos cadáveres no están destinados para su guiso saludable, espero– dijo Dany, mientras los muertos eran retirados.
–Los caballos, sí– dijo Hizdahr. –Los hombres, no.
–La carne de caballo y la cebolla te hacen fuerte– dijo Belwas.
La batalla fue seguida por el primer disparate del día, una contienda entre una pareja de enanos justadores, presentado por uno de los señores Yunkios que Hizdahr había invitado a los juegos. Uno montaba un perro, el otro una cerda. Su armadura de madera había sido recién pintada, por lo que uno llevaba el ciervo del usurpador Robert Baratheon, el otro, el León de Oro de la Casa Lannister. Era por causa de ella, claramente. Sus payasadas pronto hicieran que Belwas riera descontroladamente, aunque sonrisa de Dany era débil y forzada. Cuando el enano de rojo se cayó de la silla y comenzó a perseguir a su cerda a través de la arena, mientras que el enano sobre el perro galopaba tras él, azotándole en sus nalgas con una espada de madera, dijo. Esto es dulce y tonto, pero....
–Ten paciencia, cariño– dijo Hizdahr. –Están a punto de aparecer los leones.
Daenerys le dirigió una mirada interrogativa. –¿Los leones?
–Tres de ellos. Los enanos no se lo esperan.
Ella frunció el ceño. –Los enanos tienen las espadas de madera. Armadura de madera. ¿Cómo espera que luchen contra leones?
–Malamente-, dijo Hizdahr– aunque tal vez nos sorprendan. Más como ellos gritarán y huirán y tratarán de salir del pozo. Eso es lo que lo convierte en un disparate.
Dany no estaba contenta. –Yo lo prohibí.
–Gentil reina. No querrás decepcionar a tu pueblo
–Me juraste que los combatientes serían hombres adultos que habían consentido libremente a arriesgar sus vidas por el oro y el honor. Estos enanos no consintieron luchar contra leones con espadas de madera. Detenedlo. Ahora.
La boca del rey se apretó. Por un instante Dany pensó haber visto un destello de ira en aquellos plácidos ojos. –Como ordenes– Hizdahr hizo señas a su maestro del pozo. –No hay leones– dijo cuando el hombre se acercó trotando, látigo en mano.
–¿Ninguno, magnificencia? ¿Dónde está la gracia?
–Mi reina ha hablado. Los enanos no serán dañados.
–A la gente no le va a gustar.
–Entonces dadles a Bársena. Eso debería tranquilizarlos.
–Su Señoría sabe que es lo mejor– El maestro del pozo hizo restallar su látigo y gritó las órdenes. Los enanos fueron conducidos fuera, cerdo y perro y todo, mientras los espectadores silbaron su desaprobación y arrojaron piedras y fruta podrida.
Un rugido subió cuando Bársena Blackhair hizo su aparición en la arena, desnuda excepto por un taparrabos y unas sandalias. Una mujer alta, morena de unos treinta años, que se movía con la gracia de una pantera salvaje.
–Bársena es muy querida– dijo Hizdahr, mientras el sonido crecía hasta llenar el pozo. –Es la mujer más valiente que he visto.
Belwas el fuerte contesto –Luchar contra las niñas no es tan valiente. Luchar contra Belwas el fuerte es ser valiente.
–En el día de hoy luchará contra un jabalí– dijo Hizdahr.
Sí, pensó Dany, porque no podía encontrar a una mujer que le plantara cara, no importa lo gorda que fuera la bolsa. –Y no con una espada de madera, por lo que parece.
El jabalí era una bestia enorme, con colmillos tan largos como el antebrazo de un hombre y ojos pequeños inundados de rabia. Se preguntó si el jabalí que había matado a Robert Baratheon había parecido tan feroz. Una criatura terrible y una muerte terrible. Por un instante casi sintió lástima por el usurpador.
–Bársena es muy rápida– dijo Reznak. –Ella va a bailar con el jabalí, magnificencia, y lo rebanara cuando pasa cerca de ella. Estará bañada en sangre antes de que caiga, verás.
Empezó como le había dicho. El jabalí cargó, Bársena giró a un lado, su espada brilló de plata al sol –Necesita una lanza– dijo Ser Barristan, mientras Bársena saltaba por encima de la segunda carga de la bestia. –Esa no es manera de luchar contra un jabalí– Sonaba como un viejo abuelo molesto con alguien, tal como Daario siempre decía.
La hoja de Bársena se fue tornando roja, pero el jabalí se detuvo muy pronto. Es más inteligente que un toro, se dio cuenta Dany. No volverá a cargar. Bársena llegó a la misma conclusión. Gritando, que se acercó lentamente al jabalí, tirando su cuchillo de mano en mano. Cuando el animal se alejó, ella maldijo y cortó su hocico, tratando de provocar... lo que consiguió. Esta vez su salto se produjo un instante demasiado tarde, y un colmillo arrancó la pierna izquierda abierta desde la rodilla hasta la entrepierna.
Un gemido se elevó de treinta mil gargantas. Agarrándose a la pierna rota, Bársena dejó caer su cuchillo y trató de escapar cojeando, pero antes de que ella se hubiera alejado dos pasos el jabalí atacó una vez más. Dany volvió la cara. –¿Eso fue lo suficientemente valiente?– Preguntó a Belwas el fuerte, cuando un grito resonó por la arena.
–Luchar contra los cerdos es valiente, pero no es valiente gritar tan fuerte. Hace doler los oídos de Belwas el fuerte. –El eunuco se frotó el estómago hinchado, atravesado por viejas cicatrices blancas. –También hace doler el vientre de Belwas el fuerte.
El jabalí hundió su hocico en el vientre de Bársena y comenzó a extraer sus entrañas. El olor era más que la reina podía soportar. El calor, las moscas, los gritos de la multitud... no puedo respirar. Levantó su velo y dejo que se alejara revoloteando Tiró también su tokar. Las perlas sacudieron suavemente una contra otra mientras se desenrollaba la seda.
–¿Khaleesi?– Preguntó Irri –¿Qué estás haciendo?
–Quitarme las orejas. –Una docena de hombres con lanzas llegaron trotando a la arena para alejar al jabalí del cadáver y de devolverlo a su corral. El maestro del pozo estaba con ellos, con un largo látigo de púas en la mano. Cuando lo estrelló contra el jabalí, la reina se levantó. –Ser Barristan, ¿podría llevarme a salvo de regreso a mi jardín?
Hizdahr parecía confundido. –Va a haber más Un disparate, seis mujeres mayores, y tres combates más. Belaquo y Goghor!
–Belaquo va a ganar– declaró el Irri. –Lo sabe todo el mundo.
–No lo sabe todo el mundo– dijo Jhiqui. –Belaquo va a morir.
–Uno va a morir, o el otro– dijo Dany. –Y el que viva morirá otro día. Esto
fue un error.
–Belwas el Fuertes ha comido demasiadas langostas– Había una mirada mareada de amplio rostro moreno de Belwas.-Belwas el fuertes necesita leche.
Hizdahr ignoró el eunuco. –Magnificencia, la gente de Meeren han venido a celebrar nuestra unión. Oíste como te aclamaban. No pierdas su amor.
–Aclamaban mis orejas, no a mí. Sácame de este matadero, marido. –Podía escuchar el gruñido del jabalí, los gritos de los lanceros, el chasquido del látigo del maestro del pozo.
–Dulce Dama, no. Quédate sólo un rato más. Por el disparate, y el último combate. Cierra los ojos, no los veas. Ellos observarán a Belaquo y Ghogor. Este no es momento para la
Una sombra se agitó en su rostro.
El tumulto y los gritos murieron. Diez mil voces callaron. Todos los ojos se volvieron hacia el cielo. Un cálido viento rozó las mejillas de Dany, y por encima de los latidos de su corazón, escuchó el sonido de las alas. Dos lanceros corrieron a refugiarse. El maestro del pozo se congeló donde se encontraba. El jabalí fue resoplando de nuevo hacia Bársena. Belwas el fuerte dio un gemido, tropezó de su asiento y cayó de rodillas.
Por encima de ellos todo el dragón se volvió oscuro contra el sol. Sus escamas eran negras, los ojos y los cuernos y las placas de la columna vertebral rojo sangre. Siempre el mayor de sus tres, en libertad Drogon había crecido aún más largo. Sus alas se extendían unos veinte pies de punta a punta, negras como el azabache. Las batió una vez que barriéndolas por encima de la arena, y el sonido era como un trueno. El jabalí levantó la cabeza, resoplando... Y las llamas lo envolvieron, fuego negro inyectado con rojo. Dany sintió la ola de calor a treinta pies de distancia. El grito agonizante de la bestia sonaba casi humano. Drogon aterrizó en cuerpo y se hundió sus garras en la carne humeante. Cuando empezó a comer, no hizo ninguna distinción entre Bársena y el jabalí.
–Oh, dioses– se quejó Reznak, –¡Se la está comiendo!– El senescal se tapó la boca. Belwas el fuerte vomitó ruidosamente. Una mirada extraña paso a través de la larga y pálida cara de Hizdahr zo Loraq parte miedo, parte lujuria, parte éxtasis. Se lamió los labios. Dany podía ver a los Pahls huyendo en masa por las escaleras, agarrando sus Tokars y tropezando con los flecos en su prisa huir. Otros les siguieron. Algunos corrieron, empujando a otros. Más se quedaron en sus asientos.
Un hombre se hizo el héroe.
Fue uno de los lanceros enviado a meter al jabalí en el corral. Tal vez estaba borracho, o loco. Tal vez había querido Bársena Pelonegro en la distancia o había oído algún rumor de la niña Hazzea. Tal vez era sólo un hombre común que quería que los bardos cantaran sobre él. Se lanzó adelante, con su lanza jabalí en las manos. Arena roja saltaba bajo sus talones, y los gritos resonaban desde los asientos. Drogon levantó la cabeza, la sangre que gotea de sus dientes. El héroe saltó sobre la espalda y lanzó la punta de hierro de la lanza hacia la base del escamoso y largo cuello del dragón.
Dany y Drogon gritaron al unísono.
El héroe se apoyó sobre su lanza, usando su peso para insertar la punta más profundamente. Drogon se arqueó hacia arriba con un silbido de dolor. Y su cola azotó hacia los lados. Ella observó su cabeza estirarse hasta extremo de su largo cuello de serpiente, vi sus alas negras desplegarse. El cazadragones perdió el equilibrio y cayó a la arena. Estaba intentando ponerse otra vez de pie, cuando los dientes del dragón se cerraron alrededor de su antebrazo. –No– fue todo lo que el hombre tuvo tiempo de gritar. Drogon arrancó el brazo desde el hombro y lo arrojó a un lado como un perro puede tirar un roedor en un pozo de ratas.
–Matadlo– gritó Hizdahr zo Loraq a los otros lanceros. –¡Matad a la bestia!
Ser Barristan la abrazó con fuerza. –Mira hacia otro lado, Alteza.
–¡Déjame ir!– Dany se escurrió de su presa. El mundo parecía ralentizarse al saltar el parapeto. Cuando aterrizó en el pozo perdió una sandalia. Corrió, podía sentir la arena entre los dedos de los pies, cálida y áspera. Ser Barristan estaba llamándola tras ella. Belwas el fuerte aún estaba vomitando. Corrió más rápido.
Los lanceros corrían también. Algunos se precipitaron hacia el dragón, lanzas en mano. Otros se alejaban, arrojando sus armas mientras huían. El héroe era sacudido en la arena, la sangre brillante brotaba del muñón de su hombro. Su lanza se mantenía en la espalda de Drogon, bamboleándose la par del batir de sus alas. El humo ascendía desde la herida. Cuando los otros lanceros se acercaron, el dragón escupió fuego, bañando a dos hombres en llamas negras. Su cola azotó hacia los lados y alcanzó al maestro del pozo que se acercaba arrastrándose detrás de él, partiéndolo en dos. Otro atacante le atacó a los ojos hasta que el dragón lo atrapó en sus fauces y le destripó. Los Meerenses estaban gritando, maldiciendo y aullando. Dany podía oír a alguien martilleando tras ella. –Drogon– gritó. –Drogon.
Su cabeza se giró. El humo se elevaba entre los dientes. Su sangre también humeaba, donde goteaba en el suelo. Batió sus alas otra vez, enviándola una asfixiante tormenta de arena roja. Dany tropezo en la caliente nube roja, tosiendo. Reaccionó.
–No– fue todo lo que tuvo tiempo decidir. –No, a mi no, ¿no me conoces?– Los dientes de negro se cerraron a centímetros de su cara. Quería arrancarme la cabeza. Tenía los ojos llenos de arena. Tropezó con el cadáver del maestro del pozo y cayó de espaldas.
Drogon rugió. El sonido llenó el pozo. Un viento ardiente la envolvió. El dragón estiró su largo cuello hacia ella. Cuando abrió la boca, pudo ver trozos de huesos rotos y carne quemada carne entre sus dientes negros. Sus ojos se fundieron. Estoy mirando al infierno, pero no me atrevo a mirar más allá. Ella nunca había estado tan segura de nada. Si huyo de él, me quemara y me devorara. En Poniente los septones hablaban los de siete infiernos y los cielos siete, pero los siete reinos y sus dioses estaban muy lejos. Si muero aquí, Dany se preguntó, ¿podrá el dios de los caballos Dothraki separarse de la hierba y llevarme a su khalasar estrellado, con lo que podría viajar por las tierras de la noche al lado el sol y estrellas? ¿O los dioses enojados de Ghis enviarán a sus arpías para apoderarse de mi alma y la arrastrarme hacia abajo para atormentarme? Drogon gritó de lleno sobre su rostro, su aliento estaba lo suficientemente caliente para levantarle ampollas. Lejos a su derecha Dan oyó a Barristan Selmy gritando, -¡Yo! Ven a por mí. Por aquí. A mí
En los rojos pozos humeantes de los ojos de Drogon, Dany vio su propio reflejo. Lo pequeña que parecía, lo débil y frágil y asustada. No puedo dejar que vea mi miedo. Escarbó en la arena, empujando contra el cadáver del maestro del pozo, y sus dedos rozaron el mango de su látigo. Tocarlo la hacía sentir más valiente. El cuero estaba caliente, vivo. Drogon rugió de nuevo, el sonido fue tan fuerte que casi dejó caer el látigo. Sus dientes la mordieron.
Dany le golpeó. –No– gritó ella, blandiendo el látigo con todas sus fuerzas. El dragón alzó la cabeza hacia atrás. –No– gritó de nuevo. –¡NO!– Las colas se enrollaron a lo largo de su hocico. Drogón se levantó, sus alas la cubrieron con una sombra. Dany balanceó el látigo en su escamoso vientre, atrás y alante hasta que su brazo comenzó a dolerle. Su cuello serpentiforme se doblo como un arco de arquero. Con un hisssssss, escupió fuego negro hacia ella. Dany corrió por debajo de las llamas, balanceando el látigo y gritando: –¡No, no, no! ¡Al suelo!– Su rugido de respuesta estaba lleno de miedo y de furia, lleno de dolor. Sus alas golpearon una vez, dos veces…
... y se doblaron. El dragón lanzó un último silbido y se estiró sobre su vientre plano. Sangre negra fluía de la herida donde la lanza le había atravesado, el humeando donde caía sobre las arenas quemadas. Es fuego hecho carne, pensó, y yo también Daenerys Targaryen saltó sobre la espalda del dragón, agarró la lanza, y la arrancó. La punta estaba medio fundida, el hierro al rojo vivo, brillante. La tiró a un lado. Drogon se retorció bajo ella, sus músculos se ondulaban mientras reunían fuerzas. El aire estaba lleno de arena. Dany no podía ver, no podía respirar, no podía pensar. Las alas negras crujieron como un trueno, y de repente las arenas escarlata fueron cayendo por debajo de ella.
Mareada, Dany cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, vislumbró Meerenses debajo de ella a través de una bruma de lágrimas y de polvo, desparramándose por las escaleras y saliendo a las calles.
El látigo estaba aún en la mano. Se tiró contra el cuello de Drogon y gritó: –¡Más alto! – Su otra mano se aferró a sus escamas, sus dedos escarbando para asegurarse. Las anchas alas negras de Drogon batían el aire. Dany podía sentir su calor entre sus muslos. Su corazón se sentía como si estuviera a punto de estallar. –Sí– , pensó, –sí, ahora, ahora, hazlo, hazlo, llévame, llévame, ¡Vuela!
El cielo era de un azul despiadado, sin una brizna de nube a la vista. «Los ladrillos pronto se cocerán al sol», pensó Dany. «Abajo en la arena, los luchadores sentirán el calor a través de las suelas de las sandalias».
Jhiqui deslizó bata de seda de Dany sobre sus hombros e Irri la ayudó a entrar en la piscina. La luz del sol brillaba sobre el agua, excepto por la sombra del árbol palosanto. –Aunque los pozos se tengan que abrir, ¿debe asistir su alteza?– preguntó Missandei mientras lavaba el pelo de la reina.
–La mitad de Meeren estará allí para verme, corazón amable.
–Su alteza– dijo Missandei– una pide permiso para decir que la mitad de Meeren estará allí para ver a hombres desangrarse y morir.
No se equivocaba, la reina lo sabía, pero no tenía importancia.
Pronto Dany estaba tan limpia como nunca podría volver a estarlo. Se puso en pie, salpicando suavemente. El agua corría por sus piernas y formaba cuentas en sus pechos. El sol estaba subiendo al cielo, y su gente pronto se reuniría. Podría haber vagado por la fragante piscina todo el día, comer frutas heladas en bandejas de plata y soñar con una casa con una puerta roja, pero una reina le pertenece a ella la gente, no a sí misma.
Jhiqui trajo una toalla suave para secarla. –Khaleesi, ¿Qué tokar quieres para hoy?– Preguntó Irri.
–El de seda de color amarillo– «La reina de los conejos no podía ser vista sin sus orejas». El de seda amarilla era ligero y fresco, y podría abrasar abajo en el pozo. Las arenas rojas quemarán las plantas de aquello que están a punto de morir. –Y por encima, el largo velo de color rojo.– Los velos evitan que el viento arenoso entre en la boca. –Y el rojo, oculta cualquier mancha de sangre.
Mientras Jhiqui cepillaba el pelo de Dany e Irri pintaba las uñas de la reina, ellas charlaban alegremente sobre los combates del día. Missandei regresó. –Su majestad. El rey solicita que le acompañe cuando esté vestida. Y el príncipe Quentyn ha llegado con sus Dornienses. Ruegan una audiencia, si le place.
Poco de aquel día le podía placer. –Otro día
En la base de la Gran Pirámide, Ser Barristan les esperaba junto a un vistoso palanquín abierto, rodeado de bestias de Bronce. «Ser abuelo», pensó Dany. A pesar de su edad, parecía alto y guapo con la armadura que le había dado. –Sería más feliz si hubiera guardias inmaculados a su alrededor el día de hoy, su alteza– dijo el viejo caballero, mientras Hizdahr fue a saludar a su primo. –La mitad de estas bestias de bronce son los libertos inexpertos.– «Y la otra mitad son Meerenses de dudosa lealtad» dejó sin decir. Selmy desconfiaba de todos los Meerenses, incluso los afeitados.
–E inexpertos seguirán a menos que les entrenemos
–Una máscara puede ocultar muchas cosas, Su majestad ¿Es el hombre detrás de la máscara de lechuza la misma lechuza que vigilancia que ayer o el día anterior? ¿Cómo podemos saberlo?
–¿Cómo podrá llegar a confiar Meeren en las bestias de Bronce si no? Hay buenos hombres valientes bajo esas máscaras. Pongo mi vida en sus manos-Dany le sonrió. –Te preocupas demasiado, ser. Te tendré a mi lado, ¿qué más protección necesito?
–Soy un hombre viejo, su alteza.
–Belwas el fuerte estará también conmigo.
–Como ordenes– Ser Barristan bajó la voz. –Su alteza. Hemos liberado a la mujer Meris, como ordenaste. Antes de irse, pidió hablar con vos. Me reuní con ella en vuestro lugar. Ella afirma que el Príncipe Andrajoso intentaba atraer a vuestra causa al la Azote del Viento desde el principio. Que él la envió aquí para tratar con vos en secreto, pero los dornienses les desenmascararon y traicionaron antes de que pudiera hacer su propia propuesta.
–Traición sobre traición– pensó la reina con cansancio. ¿No finalizará? –¿Cuánto de esto se crees, ser?
–Poco y menos, alteza, pero esas fueron sus palabras.
–¿Se unirán a nosotros, si es necesario?
–Ella dice que lo harán. Pero por un precio.
–Págalo– Meeren necesita hierro, no oro. –El Príncipe Andrajoso quiere algo más que monedas, alteza. Meris dice que quiere Pentos.
–¿Pentos?– Entornó los ojos. –¿Cómo puedo darle Pentos? Está al otro lado del mundo.
–La mujer Meris sugirió que estaría dispuesto a esperar. Hasta que marchásemos a Poniente.
«¿Y si no voy a Poniente?» –Pentos pertenece a los Pentosi. Y el Magister Illyrio está en Pentos. El que arregló mi matrimonio con Khal Drogo, y me dio mis huevos de dragón. Quien me ha enviado a ti, y a Belwas y a Groleo. Le debo mucho y más. No voy a pagar esa deuda, dando su ciudad algunos mercenarios. No.
Ser Barristan inclinó la cabeza. –Su alteza es sabia.
–¿Has visto alguna vez un día más propicio, mi amor?– Comentó Hizdahr zo Loraq cuando se reunió con él. Ayudó a Dany a subir en el palanquín, donde se encontraban dos altos tronos una al lado del otro.
–Propicio para vos, tal vez. Menos para los que deben morir antes de que el sol se ponga.
–Todos los hombres deben morir– dijo Hizdahr –pero no todos pueden morir en la gloria, con los aplausos de la ciudad en sus oídos. –Levantó una mano a los soldados en las puertas. –Abrid.
La plaza que daba a su pirámide estaba pavimentada con ladrillos de diversos colores, y el calor se levantó hacia ellos en ondas brillantes. La gente pululaba por todas partes. Algunos montaban en literas o sillas de mano, algunos en palanquines, muchos iban a pie. Nueve de cada diez se movían hacia el oeste, por la amplia carretera de ladrillo hacia el Pozo de Daznak. Cuando vieron a la litera emerger de la pirámide, un grito de júbilo se elevó desde los más cercanos y se extendió por la plaza. –Qué raro– pensó la reina. Me ovacionan en la misma plaza donde una vez empalé ciento sesenta y tres Grandes Amos.
Un gran tambor dirigió a la comitiva real para despejar su camino por las calles. Entre cada latido, un heraldo afeitado con una camisa de discos de cobre pulido apartaba gritando a la multitud. Bom. –¡Ya vienen!– Bom. –¡Abrid paso!– Bom. –¡La reina!– Bom. –¡El rey!– Bom. Detrás del tambor marchaban cuatro bestias de bronce enfrentadas. Algunos portaban garrotes, otros bastones, todos llevaban faldas de malla, sandalias de cuero, y capas de retazos cosidos de los muchos colores las plazas que hacen repetían los muchos colores de los ladrillos de Meeren. Sus máscaras brillaba bajo el sol: jabalíes y toros, halcones y garzas, leones, tigres y osos, serpientes de lenguas bifurcadas y horribles basiliscos.
Belwas el fuerte, a quien no le gustaban los caballos, iba delante de ellos con su chaleco tachonado, sus cicatrices marrones en el vientre balanceándose a cada paso. Irri y Jhiqui les seguían cabalgando, con Aggo y Rakharo y después Reznak en una silla de manos, adornada con un toldo para proteger su cabeza del sol. Ser Barristan Selmy cabalgó al lado de Dany con su armadura resplandeciendo al sol. Una larga capa caía desde sus hombros, descolorida y de color blanco como el hueso. En su brazo izquierdo portaba un escudo blanco de gran tamaño. Un poco más atrás se encontraba Quentyn Martell, el príncipe dorniense, con sus dos compañeros.
La columna se deslizó lentamente por la larga calle enladrillada. Bom. –¡Ya vienen!– Bom. –Nuestra reina. Nuestro rey.– Bom. –Abrid paso.
Dany podía oír sus doncellas debatiendo tras ella, discutiendo quien iba a ganar el combate final del día Jhiqui apoyaba a la gigante Goghor, que se parecía más a un toro que a un hombre, incluso llevaba un anillo de bronce en la nariz. Irri insistía en que el mayal de Belaquo Rompehuesos derrotaría al gigante. Mis sirvientas son Dothraki, se dijo. La muerte cabalga con todos los khalasar. El día que se casó con Khal Drogo, los arakhs habían brillado en su fiesta de bodas, y los hombres habían muerto, mientras que otros bebieron y copularon. Vida y muerte van de la mano entre los señores de los caballos, y pensaban que el derramamiento de la sangre bendecía un matrimonio. Su nuevo matrimonio pronto se bañaría con sangre. ¿Cuan bendito sería?
Bom, Bom, Bom, Bom, Bom, Bom, retumbaron los tambores, más rápido que antes, repentinamente enojados e impacientes. Ser Barristan sacó su espada cuando la columna paró abruptamente entre la pirámide de color rosa y blanco de Pahl y la verde y negro de Naqqan.
Dany se volvió. –¿Por qué hemos parado?
Hizdahr se incorporó. –El camino está bloqueado.
Un palanquín estaba volcado atravesado en su camino. Uno de sus portadores se había derrumbado sobre los ladrillos, vencido por el calor. –Ayudad a ese hombre– ordenó Dany. –Apartadle de la calle antes de que le pisen y dadle alimento y agua. Parece como si no hubiera comido en un par de semanas.
Ser Barristan miró con inquietud a izquierda y derecha. Se veías caras Ghiscarias en las terrazas, mirando hacia abajo con los ojos fríos y antipáticos. –Su alteza, no me gusta esta parada. Esto puede ser alguna trampa. Los Hijos de la Arpía
–Se han domesticado– declaró Hizdahr zo Loraq. –¿Por qué querrán dañar a mi reina, cuando ella me ha tomado como su rey y consorte? Ahora ayudad al hombre, como mi dulce reina ha ordenado– Tomó Dany de la mano y sonrió.
Las bestias de Bronce hicieron lo que se les mandó. Dany los observaba su trabajo. –Los portadores eran esclavos antes de mi llegada. Los hice libres. Sin embargo, eso no hace más ligero palanquín.
–Es cierto– dijo Hizdahr– pero ahora se les paga a los hombres para soportar su peso. Antes de tu llegada, el hombre que se cayó tendría un supervisor de pie sobre él, pelándole la piel de la espalda con un látigo. En su lugar, se le está ayudando.
Era cierto. Una bestia de bronce con una máscara de jabalí había ofrecido al portador del palanquín un odre de agua. –Supongo que debo estar agradecida por las pequeñas victorias– dijo la reina.
–Un paso, luego el siguiente, y pronto vamos a estar corriendo. Juntos vamos a hacer una nueva Meeren– La calle se había despejado finalmente por delante. –¿Proseguimos?
¿Qué podía hacer sino asentir? Un paso, luego el siguiente, pero ¿hacia donde voy?
A las puertas del pozo de Daznak dos esculturas de guerreros de bronce grandes como torres simulaban un combate mortal. Una empuñaba una espada, y la otra un hacha, el escultor los había representado matándose el uno al otro, sus hojas y cuerpos formando un arco sobre sus cabezas.
Un arte mortal, pensó Dany.
Había visto las pozos de lucha muchas veces desde su terraza. Los más pequeños puntos en la superficie de Meeren como marcas de viruela, las más grandes llagas llorosas, rojas y crudas. Sin embargo ninguno se podía comparar con éste. Belwas el fuerte y Ser Barristan se colocaron a ambos lados de ella y su señor esposo pasaron por debajo de los bronces, para emerger en la parte superior de un gran recinto anular de ladrillo que descendía en diferentes niveles de gradas, cada una de un color diferente.
Hizdahr zo Loraq la hizo descender a través de negros, morados, azules, verdes, amarillos, blancos y naranjas hasta el rojo, donde los ladrillos escarlata tomaban el color de la arena de debajo. Alrededor de ellos vendedores ambulantes ofrecían salchichas de perro, cebollas asadas, y los cachorros nonatos ensartados, pero Dany no necesitaba nada de eso. Hizdahr había surtido su palco con frascos de vino frío y agua dulce, con higos, dátiles, melones y granadas, con nueces y pimientos y un gran plato de langosta con miel. Belwas el fuerte gritó, –langostas– en cuanto agarró el cuenco comenzó a crujirlas a puñados.
–Estas son muy sabrosas– aconsejó Hizdahr. –Deberías probar alguna por ti misma, mi amor. Las rebozan con especias antes de la miel, así son dulces y picantes a la vez.
–Eso explica la forma en Belwas está sudando– dijo Dany. –Creo que me contentaré con higos y dátiles.
Al otro lado del foso las Gracias se sentaron con túnicas de muchos colores, agrupadas en torno a la figura austera de Galazza Galare, que era la única que llevaba verde. Los grandes amos de Meeren ocupaban los bancos rojos y naranjas. Las mujeres llevaban velo y los hombres se habían cepillado y peinado su pelo con formas de cuernos y manos y lanzas. Los parientes de Hizdahr de la antigua línea de Loraq parecían preferir Tokars de colores púrpura, índigo y lila, mientras que los de Pahl eran de rayas de color rosa y blanco. Los enviados de Yunkai iban todos de amarillo y llenaron su palco al lado del rey, cada uno de ellos con sus esclavos y siervos. Meerenses de nacimiento más bajo llenaban las zonas altas, más alejadas de la carnicería. Los bancos de negro y morado, los más alto y lejanos de la arena, se llenaron con libertos y otras gentes comunes. Los mercenarios habían sido colocados allí, observó Daenerys, con sus capitanes sentados a la derecha entre los soldados comunes. Observó la cara curtida de Ben el moreno y las barbas y largas trenzas rojas como el fuego de Barba de Sangre.
Su esposo señor se levantó y alzó las manos. –¡Grandes Amos! Mi reina ha venido este día de hoy a mostrar su amor por vosotros, su pueblo. Por su gracia y con su permiso, os doy ahora su arte mortal. ¡Meeren! ¡Dejad a la reina Daenerys escuchar vuestro amor!
Diez mil gargantas rugieron sus gracias, y luego veinte mil, y luego todos. No la llamaron por su nombre, que pocos de ellos podían pronunciar. –¡Madre!– gritaron en lugar, en la antigua lengua muerta de Ghis, la palabra fue ¡Mhysa! Patearon el suelo y se golpeó el vientre y gritaron: –Mhysa, Mhysa, Mhysa– hasta el pozo entero parecía temblar. Dany dejó que el limpiara su interior. Yo no soy su madre, podría haber gritado, la espalda, yo soy la madre de vuestros esclavos, de cada niño que alguna vez mueran estas arenas, mientras que las langostas se atiborran de miel. Detrás de ella, se inclinó para Reznak le susurrara al oído –Magnificencia, ¡escucha cómo te aman!
No, ella lo sabía, aman su arte mortal. Cuando los aplausos comenzaron a bajar, ella se permitió sentarse. Su palco estaba en la sombra, pero su cabeza palpitaba con fuerza. –Jhiqui– gritó –agua dulce, si puedes. Mi garganta está muy seca.
–Khrazz tendrá el honor de la primera muerte del día– le dijo Hizdahr. –Nunca ha habido un luchador mejor.
–Belwas el fuerte era mejor– insistió Belwas el fuerte.
Khrazz era Meerense, de humilde nacimiento, un hombre alto con un cepillo duro de pelo rojo y negro corriendo por el centro de la cabeza. Su enemigo era un lancero de piel de ébano de las islas del verano, cuyos empujes Khrazz mantuvo a raya durante un tiempo, pero una vez que se deslizó dentro de la lanza con la corta de sólo hubo una carnicería. Cuando ésta estuvo hecha, Khrazz cortó el corazón del hombre negro, lo levantó por encima de su cabeza rojo y goteante, y dio un mordisco al mismo.
–Khrazz cree que el corazón de los valientes hombres lo hacen más fuerte– dijo Hizdahr. Jhiqui murmuró su aprobación. Dany había comido una vez que el corazón de un semental para dar fuerza a su hijo por nacer... pero eso no había salvado a Rhaego cuando la maegi lo asesinó en su vientre. Tres traiciones conocerás. Ella fue la primera, Jorah fue el segundo, Ben Plumm el moreno el tercero. ¿Había terminado con los traidores?
–Ah– dijo Hizdahr, complacido. –Ahora viene el gato manchado. Observa cómo se mueve, mi reina. Es poesía sobre dos pies.
El enemigo que Hizdahr había encontrado el poema andante era tan alto como Goghor y tan amplio como Belwas, pero lento. Luchaban a seis pies del palco de Dany cuando el gato le cercenó los tendones. Cuando el hombre quedó de rodillas, el gato le puso un pie en la espalda y una mano alrededor de la cabeza y le abrió la garganta de oreja a oreja. Las arenas rojas bebieron su sangre, el viento sus últimas palabras. La multitud gritó su aprobación.
–Luchar mal, morir bien– dijo Belwas el fuerte. –Belwas el fuerte odia cuando gritan– Había terminado todas las langostas con miel. Eructó y tomó un trago de vino.
Qarthienses pálidos, negros de las islas del verano, Dothraki de piel cobriza, Tyroshis con barba azul, los hombres de cordero, Jogos Nhai, hoscos Braavosi, medio hombres de piel manchada de las selvas de Sothoros– de los extremos del mundo vienen a morir al pozo de Daznak. –Esto muestra una gran promesa, cariño– dijo Hizdahr de un joven Lyseno con cabello largo y rubio que ondeaba en el viento ... pero su enemigo agarró un puñado de ese pelo, empujó al chico desequilibrándolo, y le destripó. En la muerte parecía incluso más joven que cuando tenía con la cuchillo en la mano. –Un niño– dijo Dany. –Era sólo un niño.
–Seis y diez– insistió Hizdahr. –Un hombre adulto, que eligió libremente a arriesgar su vida por el oro y la gloria. Ningún niño morirá hoy en el pozo de Daznak, como mi reina gentil en su sabiduría ha decretado.
Otra pequeña victoria. Tal vez yo no puedo dar a mi gente una vida buena, se dijo, pero por lo menos tratar de hacerla un poco menos mala. Daenerys habría prohibido las luchas entre mujeres también, pero Bársena Blackhair protestó diciendo que tenía tanto derecho a arriesgar su vida como cualquier hombre. La reina había querido también prohibir los disparates, los combates cómicos donde tullidos, enanos y viejas unos contra otros con cuchillos, antorchas y martillos (Cuanto más inepto eran los combatientes, más divertida era el disparates, se pensaba), pero Hizdahr dijo que su pueblo la querría más si ella se reía con ellos, y argumentó que sin tales disparates, los lisiados, los enanos, y las viejas brujas se morirían de hambre. Así que Dany había cedido.
Había existido la costumbre de condenar a los delincuentes pozos, práctica que estaba de acuerdo se podría reanudar, pero sólo para ciertos delitos. –Asesinos y violadores pueden ser obligados a luchar, y todos aquellos que siguieran esclavizando, pero no los ladrones o los deudores.
Las bestias les siguieron, sin embargo. Dany vio un elefante que fue un trabajo corto para una manada de seis lobos rojos. A continuación se presenció a un toro contra un oso en una sangrienta batalla que dejó a ambos animales desgarrados y la moribundos. –La carne no se pierde– dijo Hizdahr. –Los carniceros utilizan los cadáveres para hacer un guiso saludable para los hambrientos. Cualquier hombre que se presenta a las Puertas del Destino puede tener un cuenco.
–Una buena ley– dijo Dany. Tenéis tan pocas de ellas. –Debemos asegurarnos de que esta tradición continúa.
Después de las luchas de bestias se produjo un simulacro de batalla, enfrentando a seis infantes en contra seis jinetes, los primeros armados con escudos y espadas largas, los últimos con arakhs Dothraki. Los supuestos caballeros estaban vestidos con cotas de malla, mientras que los supuestos Dothraki no llevaban armadura. Al principio, jinetes parecían tener ventaja, arrollando con los caballos a dos de sus enemigos y seccionando el oído de un tercero, pero luego los caballeros sobrevivientes comenzaron a atacar a los caballos, y uno a uno los jinetes fueron derribados y muertos, para gran disgusto de Jhiqui. –Eso no fue khalasar de verdad– dijo.
–Estos cadáveres no están destinados para su guiso saludable, espero– dijo Dany, mientras los muertos eran retirados.
–Los caballos, sí– dijo Hizdahr. –Los hombres, no.
–La carne de caballo y la cebolla te hacen fuerte– dijo Belwas.
La batalla fue seguida por el primer disparate del día, una contienda entre una pareja de enanos justadores, presentado por uno de los señores Yunkios que Hizdahr había invitado a los juegos. Uno montaba un perro, el otro una cerda. Su armadura de madera había sido recién pintada, por lo que uno llevaba el ciervo del usurpador Robert Baratheon, el otro, el León de Oro de la Casa Lannister. Era por causa de ella, claramente. Sus payasadas pronto hicieran que Belwas riera descontroladamente, aunque sonrisa de Dany era débil y forzada. Cuando el enano de rojo se cayó de la silla y comenzó a perseguir a su cerda a través de la arena, mientras que el enano sobre el perro galopaba tras él, azotándole en sus nalgas con una espada de madera, dijo. Esto es dulce y tonto, pero....
–Ten paciencia, cariño– dijo Hizdahr. –Están a punto de aparecer los leones.
Daenerys le dirigió una mirada interrogativa. –¿Los leones?
–Tres de ellos. Los enanos no se lo esperan.
Ella frunció el ceño. –Los enanos tienen las espadas de madera. Armadura de madera. ¿Cómo espera que luchen contra leones?
–Malamente-, dijo Hizdahr– aunque tal vez nos sorprendan. Más como ellos gritarán y huirán y tratarán de salir del pozo. Eso es lo que lo convierte en un disparate.
Dany no estaba contenta. –Yo lo prohibí.
–Gentil reina. No querrás decepcionar a tu pueblo
–Me juraste que los combatientes serían hombres adultos que habían consentido libremente a arriesgar sus vidas por el oro y el honor. Estos enanos no consintieron luchar contra leones con espadas de madera. Detenedlo. Ahora.
La boca del rey se apretó. Por un instante Dany pensó haber visto un destello de ira en aquellos plácidos ojos. –Como ordenes– Hizdahr hizo señas a su maestro del pozo. –No hay leones– dijo cuando el hombre se acercó trotando, látigo en mano.
–¿Ninguno, magnificencia? ¿Dónde está la gracia?
–Mi reina ha hablado. Los enanos no serán dañados.
–A la gente no le va a gustar.
–Entonces dadles a Bársena. Eso debería tranquilizarlos.
–Su Señoría sabe que es lo mejor– El maestro del pozo hizo restallar su látigo y gritó las órdenes. Los enanos fueron conducidos fuera, cerdo y perro y todo, mientras los espectadores silbaron su desaprobación y arrojaron piedras y fruta podrida.
Un rugido subió cuando Bársena Blackhair hizo su aparición en la arena, desnuda excepto por un taparrabos y unas sandalias. Una mujer alta, morena de unos treinta años, que se movía con la gracia de una pantera salvaje.
–Bársena es muy querida– dijo Hizdahr, mientras el sonido crecía hasta llenar el pozo. –Es la mujer más valiente que he visto.
Belwas el fuerte contesto –Luchar contra las niñas no es tan valiente. Luchar contra Belwas el fuerte es ser valiente.
–En el día de hoy luchará contra un jabalí– dijo Hizdahr.
Sí, pensó Dany, porque no podía encontrar a una mujer que le plantara cara, no importa lo gorda que fuera la bolsa. –Y no con una espada de madera, por lo que parece.
El jabalí era una bestia enorme, con colmillos tan largos como el antebrazo de un hombre y ojos pequeños inundados de rabia. Se preguntó si el jabalí que había matado a Robert Baratheon había parecido tan feroz. Una criatura terrible y una muerte terrible. Por un instante casi sintió lástima por el usurpador.
–Bársena es muy rápida– dijo Reznak. –Ella va a bailar con el jabalí, magnificencia, y lo rebanara cuando pasa cerca de ella. Estará bañada en sangre antes de que caiga, verás.
Empezó como le había dicho. El jabalí cargó, Bársena giró a un lado, su espada brilló de plata al sol –Necesita una lanza– dijo Ser Barristan, mientras Bársena saltaba por encima de la segunda carga de la bestia. –Esa no es manera de luchar contra un jabalí– Sonaba como un viejo abuelo molesto con alguien, tal como Daario siempre decía.
La hoja de Bársena se fue tornando roja, pero el jabalí se detuvo muy pronto. Es más inteligente que un toro, se dio cuenta Dany. No volverá a cargar. Bársena llegó a la misma conclusión. Gritando, que se acercó lentamente al jabalí, tirando su cuchillo de mano en mano. Cuando el animal se alejó, ella maldijo y cortó su hocico, tratando de provocar... lo que consiguió. Esta vez su salto se produjo un instante demasiado tarde, y un colmillo arrancó la pierna izquierda abierta desde la rodilla hasta la entrepierna.
Un gemido se elevó de treinta mil gargantas. Agarrándose a la pierna rota, Bársena dejó caer su cuchillo y trató de escapar cojeando, pero antes de que ella se hubiera alejado dos pasos el jabalí atacó una vez más. Dany volvió la cara. –¿Eso fue lo suficientemente valiente?– Preguntó a Belwas el fuerte, cuando un grito resonó por la arena.
–Luchar contra los cerdos es valiente, pero no es valiente gritar tan fuerte. Hace doler los oídos de Belwas el fuerte. –El eunuco se frotó el estómago hinchado, atravesado por viejas cicatrices blancas. –También hace doler el vientre de Belwas el fuerte.
El jabalí hundió su hocico en el vientre de Bársena y comenzó a extraer sus entrañas. El olor era más que la reina podía soportar. El calor, las moscas, los gritos de la multitud... no puedo respirar. Levantó su velo y dejo que se alejara revoloteando Tiró también su tokar. Las perlas sacudieron suavemente una contra otra mientras se desenrollaba la seda.
–¿Khaleesi?– Preguntó Irri –¿Qué estás haciendo?
–Quitarme las orejas. –Una docena de hombres con lanzas llegaron trotando a la arena para alejar al jabalí del cadáver y de devolverlo a su corral. El maestro del pozo estaba con ellos, con un largo látigo de púas en la mano. Cuando lo estrelló contra el jabalí, la reina se levantó. –Ser Barristan, ¿podría llevarme a salvo de regreso a mi jardín?
Hizdahr parecía confundido. –Va a haber más Un disparate, seis mujeres mayores, y tres combates más. Belaquo y Goghor!
–Belaquo va a ganar– declaró el Irri. –Lo sabe todo el mundo.
–No lo sabe todo el mundo– dijo Jhiqui. –Belaquo va a morir.
–Uno va a morir, o el otro– dijo Dany. –Y el que viva morirá otro día. Esto
fue un error.
–Belwas el Fuertes ha comido demasiadas langostas– Había una mirada mareada de amplio rostro moreno de Belwas.-Belwas el fuertes necesita leche.
Hizdahr ignoró el eunuco. –Magnificencia, la gente de Meeren han venido a celebrar nuestra unión. Oíste como te aclamaban. No pierdas su amor.
–Aclamaban mis orejas, no a mí. Sácame de este matadero, marido. –Podía escuchar el gruñido del jabalí, los gritos de los lanceros, el chasquido del látigo del maestro del pozo.
–Dulce Dama, no. Quédate sólo un rato más. Por el disparate, y el último combate. Cierra los ojos, no los veas. Ellos observarán a Belaquo y Ghogor. Este no es momento para la
Una sombra se agitó en su rostro.
El tumulto y los gritos murieron. Diez mil voces callaron. Todos los ojos se volvieron hacia el cielo. Un cálido viento rozó las mejillas de Dany, y por encima de los latidos de su corazón, escuchó el sonido de las alas. Dos lanceros corrieron a refugiarse. El maestro del pozo se congeló donde se encontraba. El jabalí fue resoplando de nuevo hacia Bársena. Belwas el fuerte dio un gemido, tropezó de su asiento y cayó de rodillas.
Por encima de ellos todo el dragón se volvió oscuro contra el sol. Sus escamas eran negras, los ojos y los cuernos y las placas de la columna vertebral rojo sangre. Siempre el mayor de sus tres, en libertad Drogon había crecido aún más largo. Sus alas se extendían unos veinte pies de punta a punta, negras como el azabache. Las batió una vez que barriéndolas por encima de la arena, y el sonido era como un trueno. El jabalí levantó la cabeza, resoplando... Y las llamas lo envolvieron, fuego negro inyectado con rojo. Dany sintió la ola de calor a treinta pies de distancia. El grito agonizante de la bestia sonaba casi humano. Drogon aterrizó en cuerpo y se hundió sus garras en la carne humeante. Cuando empezó a comer, no hizo ninguna distinción entre Bársena y el jabalí.
–Oh, dioses– se quejó Reznak, –¡Se la está comiendo!– El senescal se tapó la boca. Belwas el fuerte vomitó ruidosamente. Una mirada extraña paso a través de la larga y pálida cara de Hizdahr zo Loraq parte miedo, parte lujuria, parte éxtasis. Se lamió los labios. Dany podía ver a los Pahls huyendo en masa por las escaleras, agarrando sus Tokars y tropezando con los flecos en su prisa huir. Otros les siguieron. Algunos corrieron, empujando a otros. Más se quedaron en sus asientos.
Un hombre se hizo el héroe.
Fue uno de los lanceros enviado a meter al jabalí en el corral. Tal vez estaba borracho, o loco. Tal vez había querido Bársena Pelonegro en la distancia o había oído algún rumor de la niña Hazzea. Tal vez era sólo un hombre común que quería que los bardos cantaran sobre él. Se lanzó adelante, con su lanza jabalí en las manos. Arena roja saltaba bajo sus talones, y los gritos resonaban desde los asientos. Drogon levantó la cabeza, la sangre que gotea de sus dientes. El héroe saltó sobre la espalda y lanzó la punta de hierro de la lanza hacia la base del escamoso y largo cuello del dragón.
Dany y Drogon gritaron al unísono.
El héroe se apoyó sobre su lanza, usando su peso para insertar la punta más profundamente. Drogon se arqueó hacia arriba con un silbido de dolor. Y su cola azotó hacia los lados. Ella observó su cabeza estirarse hasta extremo de su largo cuello de serpiente, vi sus alas negras desplegarse. El cazadragones perdió el equilibrio y cayó a la arena. Estaba intentando ponerse otra vez de pie, cuando los dientes del dragón se cerraron alrededor de su antebrazo. –No– fue todo lo que el hombre tuvo tiempo de gritar. Drogon arrancó el brazo desde el hombro y lo arrojó a un lado como un perro puede tirar un roedor en un pozo de ratas.
–Matadlo– gritó Hizdahr zo Loraq a los otros lanceros. –¡Matad a la bestia!
Ser Barristan la abrazó con fuerza. –Mira hacia otro lado, Alteza.
–¡Déjame ir!– Dany se escurrió de su presa. El mundo parecía ralentizarse al saltar el parapeto. Cuando aterrizó en el pozo perdió una sandalia. Corrió, podía sentir la arena entre los dedos de los pies, cálida y áspera. Ser Barristan estaba llamándola tras ella. Belwas el fuerte aún estaba vomitando. Corrió más rápido.
Los lanceros corrían también. Algunos se precipitaron hacia el dragón, lanzas en mano. Otros se alejaban, arrojando sus armas mientras huían. El héroe era sacudido en la arena, la sangre brillante brotaba del muñón de su hombro. Su lanza se mantenía en la espalda de Drogon, bamboleándose la par del batir de sus alas. El humo ascendía desde la herida. Cuando los otros lanceros se acercaron, el dragón escupió fuego, bañando a dos hombres en llamas negras. Su cola azotó hacia los lados y alcanzó al maestro del pozo que se acercaba arrastrándose detrás de él, partiéndolo en dos. Otro atacante le atacó a los ojos hasta que el dragón lo atrapó en sus fauces y le destripó. Los Meerenses estaban gritando, maldiciendo y aullando. Dany podía oír a alguien martilleando tras ella. –Drogon– gritó. –Drogon.
Su cabeza se giró. El humo se elevaba entre los dientes. Su sangre también humeaba, donde goteaba en el suelo. Batió sus alas otra vez, enviándola una asfixiante tormenta de arena roja. Dany tropezo en la caliente nube roja, tosiendo. Reaccionó.
–No– fue todo lo que tuvo tiempo decidir. –No, a mi no, ¿no me conoces?– Los dientes de negro se cerraron a centímetros de su cara. Quería arrancarme la cabeza. Tenía los ojos llenos de arena. Tropezó con el cadáver del maestro del pozo y cayó de espaldas.
Drogon rugió. El sonido llenó el pozo. Un viento ardiente la envolvió. El dragón estiró su largo cuello hacia ella. Cuando abrió la boca, pudo ver trozos de huesos rotos y carne quemada carne entre sus dientes negros. Sus ojos se fundieron. Estoy mirando al infierno, pero no me atrevo a mirar más allá. Ella nunca había estado tan segura de nada. Si huyo de él, me quemara y me devorara. En Poniente los septones hablaban los de siete infiernos y los cielos siete, pero los siete reinos y sus dioses estaban muy lejos. Si muero aquí, Dany se preguntó, ¿podrá el dios de los caballos Dothraki separarse de la hierba y llevarme a su khalasar estrellado, con lo que podría viajar por las tierras de la noche al lado el sol y estrellas? ¿O los dioses enojados de Ghis enviarán a sus arpías para apoderarse de mi alma y la arrastrarme hacia abajo para atormentarme? Drogon gritó de lleno sobre su rostro, su aliento estaba lo suficientemente caliente para levantarle ampollas. Lejos a su derecha Dan oyó a Barristan Selmy gritando, -¡Yo! Ven a por mí. Por aquí. A mí
En los rojos pozos humeantes de los ojos de Drogon, Dany vio su propio reflejo. Lo pequeña que parecía, lo débil y frágil y asustada. No puedo dejar que vea mi miedo. Escarbó en la arena, empujando contra el cadáver del maestro del pozo, y sus dedos rozaron el mango de su látigo. Tocarlo la hacía sentir más valiente. El cuero estaba caliente, vivo. Drogon rugió de nuevo, el sonido fue tan fuerte que casi dejó caer el látigo. Sus dientes la mordieron.
Dany le golpeó. –No– gritó ella, blandiendo el látigo con todas sus fuerzas. El dragón alzó la cabeza hacia atrás. –No– gritó de nuevo. –¡NO!– Las colas se enrollaron a lo largo de su hocico. Drogón se levantó, sus alas la cubrieron con una sombra. Dany balanceó el látigo en su escamoso vientre, atrás y alante hasta que su brazo comenzó a dolerle. Su cuello serpentiforme se doblo como un arco de arquero. Con un hisssssss, escupió fuego negro hacia ella. Dany corrió por debajo de las llamas, balanceando el látigo y gritando: –¡No, no, no! ¡Al suelo!– Su rugido de respuesta estaba lleno de miedo y de furia, lleno de dolor. Sus alas golpearon una vez, dos veces…
... y se doblaron. El dragón lanzó un último silbido y se estiró sobre su vientre plano. Sangre negra fluía de la herida donde la lanza le había atravesado, el humeando donde caía sobre las arenas quemadas. Es fuego hecho carne, pensó, y yo también Daenerys Targaryen saltó sobre la espalda del dragón, agarró la lanza, y la arrancó. La punta estaba medio fundida, el hierro al rojo vivo, brillante. La tiró a un lado. Drogon se retorció bajo ella, sus músculos se ondulaban mientras reunían fuerzas. El aire estaba lleno de arena. Dany no podía ver, no podía respirar, no podía pensar. Las alas negras crujieron como un trueno, y de repente las arenas escarlata fueron cayendo por debajo de ella.
Mareada, Dany cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, vislumbró Meerenses debajo de ella a través de una bruma de lágrimas y de polvo, desparramándose por las escaleras y saliendo a las calles.
El látigo estaba aún en la mano. Se tiró contra el cuello de Drogon y gritó: –¡Más alto! – Su otra mano se aferró a sus escamas, sus dedos escarbando para asegurarse. Las anchas alas negras de Drogon batían el aire. Dany podía sentir su calor entre sus muslos. Su corazón se sentía como si estuviera a punto de estallar. –Sí– , pensó, –sí, ahora, ahora, hazlo, hazlo, llévame, llévame, ¡Vuela!