Se hacia de noche y todo se volvia sombra, Don Javier junto con Rodolfo y Oscar, salian de esa choza debajo de ese gran quebracho que tanto los había refugiado del agobiante calor chaqueño. El sol se escondia por el horizonte y los rifles ya latian ese fuego maldito. Fueron 2 dias de viaje desde cordoba a el Chaco, atravesando lo que el fuego se llevo, viendo ese paisaje desolado, infestado de saqueo y de muerte. Los tres amigos empezaron a caminar hasta que se perdió el rastro del campamento, el silencio se hacia de ellos, hasta que se escucharon muchos pasos, se escondieron, y allí estaban 2 pecaries de collar. Rapidamente y tratando de ser lo mas silencioso posible Rodolfo cargo su rifle, apunto y le quito la vida al salvaje animal, los demás rieron y escupieron sobre el cadáver del animal, su compañero pudo escapar. Juntos los amigos siguieron el rastro del otro pecari, hasta que lo vieron. El animal lloraba y se podía notar la tristeza y desolación en su rostro. Javier apunto al animal, su rifle ya estaba cargado , solo faltaba disparar. Pero justo en ese preciso instante se escucho el fuerte rugido de lo que parecía ser una gran bestia, los cazadores quedaron exhaustos y vieron un hombre muy anciano montado sobre un gran caballo. Los arboles empezaron a moverse y como queriendo hacerlo atraparon a los 3 asesinos, estaban inmovilizados. El anciano se bajo de su caballo, de sus manos salieron garras y su cara era la de un yaguareté. Los tres amigos empezaron a gritar y a pedir auxilio, estaban inmovilizados. El anciano salto hacia ellos y mordió sus cuellos, luego se alejo y dijo: La sangre derramada por sus armas, ahora derrama por sus cuellos, esta tierra es sagrada y el guardian del monte no dejara con vida al asesino.