InicioParanormalhombres de negro en Argentina (casos reales)

hombres de negro en Argentina (casos reales)

Paranormal5/9/2015
Esto que voy a poner son Fragmentos del libro de Fabio Zerpa "Los verdaderos hombres de negro", son casos que ocurrieron en argentina.

hombres de negro en Argentina (casos reales)

LA MUJER DE BUENOS AIRES (ARGENTINA)

Cuando editaba la revista Cuarta Dimensión, en la década del 80, una señora apareció en la redacción narrando un hecho muy insólito. Ella escribió esta nota: "Quizá la primera vez que vi a un Hombre de Negro fue en un país limítrofe. Habíamos ido con mi esposo en viaje de bodas; era fines de agosto de 1981. Descendimos del micro y decidimos contratar un taxi para trasladarnos con nuestro equipaje a la casa de mi madre, donde nos alojaríamos por un mes; caminamos hacia la explanada que está ubicada en la parte trasera de la terminal, para tales efectos. El día era, como casi siempre en esa época del año, muy frío en esa ciudad sureña. Había un atenuado sol. Y hete aquí que de repente advertimos que un hombre de estatura enorme, como de unos cincuenta años de edad, totalmente vestido (traje y sobretodo) de negro, moreno, nariz aguileña (algo así como el apéndice nasal que se le dibuja a algunas representaciones populares del Diablo), mirada escrutadora, estaba de pie, fingiendo leer un diario (atención a esta pauta, porque se repetirá). Nos observaba, vigilante, a unos quince metros de distancia. Diría que en una torpe actitud de disimulo. Como para que nos diéramos cuenta de ello. Mi esposo estaba en ese tiempo -sin siquiera saberlo o presentirlo en una sensacional pista sobre el origen de los OVNI(s). Tan es así que, pocos días después, conocería personalmente a un hombre muy importante (un diplomático) que le daría una increíble 'punta del ovillo' sobre el tema. El intuyó enseguida que algo extraño había en ese individuo. Yo me reí, pero debo reconocer que era para llamar la atención la actitud de ese hombre, porque asumía la forma más insólita e incómoda para concentrarse en la lectura del periódico; además al aire libre, soportando la ,ventisca helada, cuando bien podía haberse guarecido en el vestíbulo sentándose en alguno de los asientos que allí había, desocupados... ¿Por qué tenía que estar allí, de pie?
En el mes que estuvimos en la ciudad, mi esposo comenzó a investigar: iba todos los días más o menos a la misma hora a la terminal porque, habiendo vivido durante toda su vida en un pueblo de 600 habitantes, sabía por experiencia que la gente de los conglomerados humanos no muy grandes tiene hábitos repetidos. Pero nunca más vio al extraño ser de rarísimo aspecto. Después vinieron los imborrables episodios del 20 de febrero de 1984. Se había grabado un programa de TV sobre el tema, hacía apenas un par de días. No sé porque, pero el día 10 discurrimos que 'algo' nos podía suceder. ¿No nos vendrán a buscar aquí a casa? -comenté en broma, pero con una extraña preocupación. Mi esposo me contó una vez más su experiencia del 2 de enero de 1977, cuando dos H. de N. le estuvieron 'pisando los talones' y creyó que había llegado su hora final. Rememoramos también el caso de la terminal de ómnibus, pero yo no quería creer; dije, 'es una posibilidad, nada más'. Desde hacía tiempo, con un grupo de personas amigas estábamos investigando mucho sobre el mundo esotérico, de cosas primordiales para todos los tiempos, pero muy especialmente para éstos que vivimos. Un día nos dimos cuenta que realmente transcurrimos en un gran ocultamiento de lo que es la verdadera Historia. Estábamos llegando muy lejos en las investigaciones, yo sentía que el asunto 'podía traer cola'. Lo que no imaginaba ni siquiera eran las persecuciones, y que me iba a asustar tanto. Pero vayamos a los hechos: yo concurría ese día (20/2) a mi semanal cita acostumbrada al consultorio de Acupuntura del profesor CJ, ubicado en la Avenida Cabildo, casi en su intersección con Santa Fe. Debía hacer cambio de colectivo en Puente Saavedra. Cuando bajé del primero, ahí, en Av. Maipú, me llamó la atención la presencia de un señor de aspecto común, barbado, que estaba supuestamente leyendo el diario; enseguida el individuo comienza a caminar al lado mío. Pensé que era una persona más que pugnaba por subir al colectivo de la línea 59 al que yo iba a ascender. Pero luego comprendí que no era así. Quiero señalar antes de proseguir que él no estaba para nada vestido de negro (así que ahora sabemos que también se disfrazan). Bueno; luego el tipo subió al mismo vehículo que yo, y se sentó delante mío; continuaba fingiendo leer el diario. Ya entonces 'sentí' que no era una persecución con propósito de robo o galanteo. Entonces finjo como que me adormezco, para vigilar sus actitudes sin que él lo advierta. Lo que más me llamó la atención es que nadie se sentaba a su lado, en un transporte lleno de gente apretujada de pie. Mi terror en esos momentos ya es enorme. Al cruzar General Paz, ya en jurisdicción de Vicente López, al bajar, en la parada... ¡ahí vuelve a estar él, otra vez, como esperándome! No sé como ha podido llegar antes, si lo he dejado 'con un palmo de narices' y no lo vi subir a ningún colectivo. Además ningún colectivo nos superó mientras recorríamos Cabildo. Aterrada, ingreso en el local de Academias OLI pensando que era la única manera de eludirlo, que no se atrevería a entrar ahí ni podría hacerme daño alguno en presencia de la gente. Para justificar mi presencia, pido que se me haga un lavado de cabello; hay un desentendimiento de la gente que me atiende y ni siquiera me cobran. Concluyo yo misma con el servicio y salgo a la calle: por fortuna el sujeto ya no estaba más.

Regreso a casa, me baño, cambio de vestimenta y, ya más tranquila; con un buen margen de tiempo, tomo el colectivo 127 y después el subterráneo de la línea B en Federico Lacroze para concurrir al encuentro de Pedro. En el subte vuelvo a estar nerviosa; se me ocurre que todo el mundo me observa... Llego a la estación Florida, donde debo descender. Cuando desciendo el tipo lo hace también detrás de mí, casi corriendo. Entonces, ya muy asustada, cruzo Cabildo zigzagueando entre los automóviles. Cuando ingreso en el edificio donde entonces tenía su consultorio el profesor CJ, ya me siento segura. Me hago atender, y cuando salgo tengo la gran sorpresa: al entrar en un bar atendido por unos señores españoles a comprar fichas para el teléfono, veo que el tipo está otra vez allí, en un sector de la barra, como esperándome. Me atiende amablemente un señor, diciéndome 'ya estoy con Ud., espéreme un momento'. Luego, va hacia donde está el individuo, regresa, y ya no me quiere vender las fichas, atendiéndome, ahora, de muy malas maneras. Hasta me agrede verbalmente; prácticamente me echa del negocio. Entonces cruzo Cabildo, compro fichas en un local de enfrente, vuelvo al bar para telefonear a mi marido, para decirle que volveré a casa y luego iré a encontrarme con él a la salida de su empleo, pues habíamos decidido unos días antes ir a ver la película El Día Después, que acababa de estrenarse. Cuando voy a ascender a un colectivo para regresar a Puente Saavedra advierto que el hombre me sigue espiando. Había bastante gente en la parada: aprovecho el tumulto y, en lugar de subir a ese colectivo, subo a otro, que llegaba y estacionaba inmediatamente detrás. El sujeto se queda como despistado, yo voy hacia la escalera mecánica. Era un día de intenso calor, así que me llama la atención un individuo muy formalmente vestido con pantalón gris, saco negro como de terciopelo y debajo una camisa celeste con un pullover también celeste sobre ella. Hacía 35 grados de calor. Por eso llamaba la atención tanta indumentaria. Las personas que descendieron subieron por la escalera; la estación quedó solitaria. Quedamos sólo 'él' y yo. El hombre fumaba un cigarrillo en actitud de espera, no subía. Cuando coloco un pie en la escalera mecánica el individuo gira rápidamente y se ubica detrás de mí. Murmura, masculla algo entre dientes que no logro entender. Su actitud era de clara persecución, igual que el otro. Aunque estoy muy cerca de la plaza Roberto Arlt, donde habíamos convenido encontrarnos con Pedro, decido tomar un taxi para ver si puedo poner distancias. Hago señas para detener a uno que pasa por allí, Corrientes y Florida. El taxista me mira y no quiere llevarme; me pregunta: “¿Le pasa algo? ¿Se siente mal?" Me dice: “No puedo llevarla, no puedo hacerme responsable de lo que pueda ocurrirle dentro de mi taxi”. Le digo que no tema, que se quede tranquilo, que me siento bien, nada más un poco cansada. Me deja subir, mira por el espejuelo retrovisor y entonces me dice: -Mire, señora, usted me va a decir qué le pasa y en qué cosa anda, porque a nosotros nos vienen siguiendo... -¡No! ¡No puede ser! -casi grito aterrada ya. -Y, sí esos que vienen detrás usted los debe conocer... Entonces giro la cabeza y miro, y veo que viene otro taxi con ese individuo en su interior. El taxi se nos aparea y comienza a chocamos de costado. El conductor de mi taxi dice: -Mire, señora: yo no creo que usted esté en nada malo, pero que nos están siguiendo es indudable. Mi colega parece haberse vuelto loco. ¿Qué pasa? ¿Por qué le hacen esto? ¿Usted... con ese tipo...? ¿Usted conoce a este tipo? -No -le respondo. Como el otro lo insultaba, me preguntó “si estaba loco”. Entonces le comenté más o menos cómo era la persecución. El me dijo: -¡Qué raro! Yo no entiendo nada, señora. Y si usted no entiende, menos yo... El conductor aprovecha la situación (en esos momentos el otro taxi está detrás y se produce el cambio de luces en el semáforo) y me dice: -¡Buenol ¡Ahora los vamos a perder para que nos dejen en paz!... Arrancamos. Surge la luz roja. El otro taxi se ve obligado a quedarse. Damos una vuelta manzana a la inversa para alejarnos y despistar. Esa fue la experiencia, que espero que no se repita nunca más.
Cuando a la noche le relato los increíbles hechos a mi esposo, él me manifiesta que si creo que se debe levantar el programa hablará con su conductor para pedirle que no lo difunda. Le pido que no, porque La fuerza de ellos es el temor de nosotros. El programa sale al aire pocos días después. A la semana, mi esposo recibe una muy amable carta de un telespectador quien era evidente que había obtenido el domicilio por la guía telefónica (por la forma en que está redactada la dirección). Hay un nombre al pie, con una mención de una casilla de Correo Central. Manifiesta que es entusiasta seguidor del tema OVNI, y del particular costado que de él mismo enfoca mi marido, y dice -o, mejor dicho, pide- que se haga un programa de mayor duración para volver sobre el tema. Indica que es colaborador de un conocido Instituto de Investigación (posteriormente hicimos las correspondientes averiguaciones: ahí jamás se conoció a una persona de esa filiación). Dedujimos que lo que quería era saber si Pedro tenía mayores datos sobre el tema... Desde aquel día sé más que nunca que “ellos” nos están vigilando, pero que con cautela y prudencia debemos continuar el camino de la investigación y el conocimiento porque -cuando lo merecemos- una fuerza superior bloquea sus designios, y les impide hacer todo el daño para el que están instruidos y/o programados. ´Ellos´, los Hombres de Negro". La nota de redacción que agregamos a lo expresado decía: "Cuarta Dimensión suscribe este relato en toda su dramática veracidad, habiendo investigado fehacientemente a su protagonista. Por su naturaleza, debe guardar la identidad de la misma. Quizá sirva de 'piedra de toque' para que otras personas que pueden haber sido testigos o partícipes de episodios similares también quieran hacerlos públicos. Ese es nuestro deseo y el motivo de la publicación de este relato. Hay que seguir investigando si fue realmente un H.d.N., o el factor psíquico de la protagonista influyó decisivamente. Para analizar, para ahondar, para investigar". Este suceso aún me hace reflexionar. ¿Verdad o sólo psiquismo?


CASO INGENIERO CB

Esta investigación la realizó otro excelente colaborador mío en la revista mensual Cuarta Dimensión, Héctor Antonio Picco. Estas son sus palabras. CB, un auténtico ingeniero metalúrgico sin título, 66 años de edad en la actualidad, industrial de autopartes de automóvil desde hace 38 años, un día concibe la idea de lo que podría ser el motor impulsor de los VED: un mecanismo accionado por electromagnetismo o radiación cómica de primera y segunda magnitud. Lo denomina motor "fuellels" y decide pedir colaboración a la Comisión Nacional de Energía Atómica, a organismos de las Fuerzas Armadas, etc., para realizarlo, ya que él no dispone de las aleaciones de metales indispensables para hacerlo.

Las barreras que halla son infranqueables: nadie le responde que no en forma terminante, pero lateralizan el asunto, solicitándole hasta antecedentes políticos de su tatarabuelo para poder dar curso a su pedido. Se fatiga oyendo siempre una frase: está ocupado no lo puede atender, repetida hasta el hastío. Un día alguien le advierte en forma muy directa: -Si usted lleva adelante este invento, desaparecerá... Pero un hombre de la Armada Argentina intenta ayudarle. Y comienza una nueva faz de su increíble aventura. El hombre se llama Velázquez; CB no recuerda su grado, y palabra va, confesión viene, un día le refiere un caso extraordinario, jamás revelado a la prensa: -...Estaba en una dotación de la Antártida (Marambio o Belgrano; CB no recuerda cuál) cuando tuvimos un “plato volador” de unos 300 metros de diámetro estacionado durante 48 horas a un kilómetro de distancia, más o menos. Fue en 1958, y nadie se animó a salir afuera hasta que el VED se fue... ¿Me deja sus planos, a ver qué puedo hacer con ellos? -Con las situaciones que se presentan me estoy dando cuenta de que si se lleva a cabo este motor después será adosado a algún vehículo de guerra para matar a más gente. Los planos se van conmigo... -recuerda haber respondido más o menos nuestro hombre. Velázquez, un poco "bicho raro" en ese medio, sonríe y decide: -Le voy a dar una tarjeta de presentación, para el astrofísico Dr. Weber, agregado científico de la Embajada de los EE.UU., a ver qué pueden hacer por usted.... Y CB concurre a hablar con el Dr. Weber. Allí comienza la parte más inverosímil de su historia, avalada por todo el soporte documental de las pruebas que se exijan. El astrofísico Weber contempla los planos con suma atención, abre sus ojos con desmesura y dice: -Quiero invitarlo a un Simposio de Investigaciones Espaciales que se realizará el 26 de noviembre al 3 de diciembre (1960), porque es muy posible que venga Werner von Braun, Director General de la NASA, y deseo que usted le presente esos planos... Y el atribulado CB concurre al Simposio. Von Braun no ha podido venir, pero envía en su reemplazo a un "segundo hombre" de la NASA, John Mengel, cuyo cargo oficial se denomina Assistan Director Tracking and Data Systems. Expondrá sobre "rastreo de satélites". Y se convertirá en el eje fundamental de todo el asunto, como veremos después. Mientras espera para ingresar en el recinto del Simposio, se encuentra con el ingeniero Teófilo Tabanera, quien le espeta, sorprendido: -¿Quién lo invitó? La respuesta (con vergüenza, según comenta ahora CB) -Vengo invitado por la Embajada de los EE.UU. y por mis compatriotas, como debería haber sido... John Mengel habla brevemente con CB, intérprete de por medio; comprende la seriedad e idoneidad de este humilde inventor argentino que tiene enfrente y le formula una invitación inesperada: -Me alojo en el Cambridge Hotel. Venga, por favor, a verme allí, así conversaremos más detenidamente. CB va al Cambridge y allí está durante dos horas y media con el jerarca de la NASA, explicándole su proyecto de motor "fuellels". Recuerda que el científico yanqui abría los ojos con asombro y le inquiría: -¿Cómo sabe usted esto? Nosotros hace 20 años que lo venimos buscando. Y usted: ¿de dónde lo sacó? El inventor, ante la solicitud de Mengel, pero presintiendo algo anormal en la actitud del hombre de la NASA, le proporciona tres o cuatro sectores intermedios de los planos (referidos en forma concreta a la fabricación de un OVNI). Recibe alguna respuesta sobre el particular y cinco años después, el 26 de marzo de 1965, decide escribirle a Mengel pidiéndole que "tenga a bien devolver dichas copias de planos, si no han despertado su interés". El 22 de julio de ese año recibe respuesta del citado con una explicación inaceptable por lo elemental: "Con el cambio habitual de empleados, en mi oficina una de las chicas destruyó evidentemente el material que usted me envió, sin darse cuenta de su importancia..." (?) Ahí comienzan los tiempos difíciles para CB; unos 10 o 15 días después de recibida la misiva de la NASA. El lo relata así: -Casi siempre había, cerca de mi casa, gente que no era del barrio; eran una o dos personas, y tuve que cambiar cuatro veces de domicilio... (Nos pone a la vista pruebas concretas de sobres de correspondencia recibida en distintas direcciones, que avalan lo manifestado.) -¿Cómo eran esas personas? -inquirimos.

-Bueno... Unos hombres bien vestidos que no hablaban con nadie, sino estaban parados ahí, fumando, comiendo caramelos, fingiendo que leían un
25
diario o anotando algo en una libretita, y yo comencé a tener miedo, por la familia más que nada... -¿Qué tipo de vestimenta llevaban? -Vestían todo oscuro, Negro. Y no obstante que hubo cambio de estaciones, ya que estuvieron varios meses, nunca mudaron de ropas, que continuaron siendo de invierno aun en la parte más tórrida del verano... -¿Venían en algún vehículo? -No sé, porque yo no los vigilaba a ellos, sino ellos a mí. A veces me levantaba a las siete de la mañana y ya estaban ahí... -¿Lo siguieron alguna vez? -No, jamás. Yo tenía un jeep en ese tiempo y a veces salía a las nueve de la mañana a hacer mis labores y regresaba a las seis de la tarde, y ellos no se habían movido del lugar. No sé si iban a almorzar o no, porque como eran dos, quizá se turnaran para ello. En el penúltimo domicilio que proporcioné a Mengel (nos continuamos escribiendo, enviándonos mutuos deseos de felices años nuevos, salutaciones, en fin) ya no viví más ahí: tenía un negocio, pero di ese domicilio puesto que a esa altura de los acontecimientos ya comprendía que el problema venía por el lado de la correspondencia que mantenía con ese señor. Ahí los Hombres de Negro siguieron apareciendo... Cuando me mudé a la casa donde vivo actualmente rompí mi contacto epistolar con la NASA. Y entonces ya nada raro ocurrió...


EL CASO DEL PSICÓLOGO

Una tarde invernal del mes de agosto, en la ciudad de Buenos Aires (República Argentina), un hombre de 40 años, licenciado en Psicología y asesor científico de mi Fundación, recibe en su consultorio particular a un paciente muy singular. Los sucesos ocurrieron de la siguiente forma: al entrar el paciente en el consultorio del psicólogo, le dice a modo de presentación: "Señor, yo no vengo a consulta con usted; sólo vengo a advertirle que deje de investigar sobre algo que, si bien es poco comentado aquí en la Argentina, puede resultar peligroso para usted, a la organización de la que forma parte e, inclusive, su familia. Me refiero a lo que ustedes llaman los ´Hombres de Negro´".
El profesional, un buen observador del exterior e interior humano, estudió en silencio a su interlocutor, llamó a su secretaria, pero, cosa extraña, ella se había retirado antes de lo acostumbrado, sin avisarle. Entonces descubrió que tampoco había otro paciente en la sala de espera; resumiendo, se encontraba a solas con alguien que podía ser un "Hombre de Negro". La figura que tenía frente a sí presentaba un aspecto pulcro, cuidadosísimo; vestía de gris muy oscuro, camisa blanca, corbata negra. Su aspecto físico era el de un hombre de 1,85 o 1,90 m de altura, delgado, tez blanca, cabello castaño, manos de artista, delgadas finas, pero muy fuertes. Rompió el silencio nuevamente el extraño personaje: "Usted guarda los manuscritos producto de su investigación privada, en el segundo cajón del mueble que se encuentra a su derecha (y así era, en efecto). Quémelos, olvídelos; como amigo suyo que no soy, se lo advierto. Le abonaré sus honorarios, ¡ah!, tal vez su secretaria regrese enseguida; la envié a comprar cigarrillos; los suyos se acabaron, ¿verdad?". Luego procedió a abonar la consulta, la que entregó en un sobre cerrado; se levantó y se retiró no sin antes repetir: "Olvídelo". A los pocos minutos regresó la secretaria del profesional; de inmediato mi asesor preguntó: "¿Dónde fue, señorita?". Obtuvo la siguiente respuesta: "Licenciado, usted me envió a comprar cigarrillos, ¿no recuerda?". El psicólogo dijo: "Claro, lo había olvidado". Evidentemente poseen una capacidad de traslación y ubicación que nosotros desconocemos, o, ¿tal vez hipnosis a distancia? En este caso la secretaria de mi colega habría sido víctima de una orden hipnodirigida. Es menester aclarar que el licenciado en cuestión fue comisionado por mí para detectar en mis conferencias, proyecciones e investigaciones, la posible aparición de estos personajes, pero él, a su vez, también era vigilado. He omitido en este caso el nombre del profesional a su expreso requerimiento.
Datos archivados del Taringa! original
0puntos
0visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
3visitas
0comentarios
Dar puntos:

Dejá tu comentario

0/2000

Autor del Post

l
luka0012🇦🇷
Usuario
Puntos0
Posts88
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.