Si la Mujer Maravilla fuera Argentina
Por Ariel Magnus
Antes de adentrarnos en la pregunta que nos convoca, creo que sería necesario evacuar la siguiente: ¿por qué la Mujer Maravilla es una superhéroe? Lo cual nos obliga a enfrentarnos a una pregunta previa: ¿se dice “superhéroe” también para una mujer? Porque la variante femenina del término, superheroína, quedó atrapada por las drogas, perdida para siempre como ejemplo para los niños. No en inglés, naturalmente, donde no se distinguen los géneros, ni aun en alemán, que es donde al parecer le pusieron el nombre, usando curiosamente la forma femenina del dios griego Heros (esto para que después no se diga que de estos artículos el lector no se lleva un conocimiento importante, algo para toda la vida). En ninguno de los idiomas donde más se consume es la heroína una palabra femenina, pero sí en castellano, así que en principio ya podemos dar una respuesta a la pregunta principal: si fuera argentina, o de cualquier otro país hispanohablante, la Mujer Maravilla, o cualquier otro superhéroe mujer, sería una droga dura.
Con lo que caemos en un cuarto nivel de análisis: ¿hay otras superhéroes mujeres? Mi memoria, que es el aparato más herrumbrado y poco confiable del planeta, solo me aporta una: Afrodita, la compañera de Mazinger Z. La triple W me refresca ahora otras acompañantes que había olvidado, como Gatubela o la mujer biónica (¡belleza!), o que no conocía, como la mujer araña (¡¿?!) o la she-hulk (¡¡¿¿??!!). Pero para mí son solo eso: acompañantes, versiones políticamente correctas de los superhéroes originales. De las otras chitrulas que se mencionan junto a la Mujer Maravilla ni hace falta que nos ocupemos, pues el olvido generalizado ya lo hará, o incluso ya lo ha hecho.
Afrodita, entonces. Afrodita te tiraba un tetazo y te dejaba hecho percha. Eso es algo bastante parecido a lo que yo llamaría un superpoder (además de ser una audaz metáfora prospectiva, porque por aquella época aún no existían los implantes). Pero la Mujer Maravilla, ¿qué superpoder tenía? Ojo, yo hablo de la tele, nunca leí cómics de ella ni en rigor de ningún superhéroe (salvo que Astérix y Obélix califiquen de tales). Lo único que recuerdo es que se transformaba dando unas vueltitas (¡mi pase de baile preferido en las chicas hasta el día de hoy!) y que atrapaba a los malos tirándoles un lazo. Eso lo hace cualquier gaucho, así que por ese lado no hace falta preguntarse qué sería de la Mujer Maravilla si fuera argentina, sino rastrear si efectivamente no lo era. También me acuerdo que tenía unos brazaletes antibalas (¡qué lindo le quedaban esos brazaletes! ¿Y la vincha? ¡La vincha!), pero vuelve a ser un arma externa, más externa aún que una teta-cohete, en todo caso no un poder intrínseco. Obviamente la tipa era fuerte, corría rápidamente, era una gran luchadora y acaso tuviera poderes mentales que mi mente superimpotente no retuvo, pero no contaba con ningún rasgo que la destacara, como sí era el caso de Superman o del Hombre Araña o incluso de los superhéroes presocráticos (pienso en Aquaman y los otros, cada cual ligado a uno de los cuatro elementos, como esos filósofos previos a Sócrates que se turnaban para postular que el superelemento original del mundo era este o aquel; un tema apasionante que desarrollaremos oportunamente en la edición griega de SH, si es que sigue existiendo Grecia cuando la revista llegue hasta allá).
El único verdadero gran superpoder de la Mujer Maravilla, y a esto quería llegar, o nunca haberme ido, era su tremenda, alucinante, superpoderosa belleza. Ninguna telaraña ni bola de fuego, ni siquiera su famoso “Lazo de la verdad” (así se llamaba, parece), hubiera podido ejercer sobre mí el poder que ejercían su cabellera al viento, sus piernas, sus ojos, incluso sus pechos dorados y su pubis azul (y esto dicho por un hincha de River). ¡Qué mujer! ¡Qué diosa! Todavía hoy me estremece pensar en ella, y en cuánto pensaba en ella de chico mientras me estremecía, o sea mientras me mecía hasta el estrés. ¡Cuánto duro estrés me causó esa heroína! Lynda Carter, veo ahora que es su nombre. Seudónimo, por si quedaban dudas, de Linda Carter. Y la verdad es que nunca una madre le puso un nombre más acertado a su hija, porque nunca una madre parió una mujer más hermosa. Megan Fox disfrazada de Mujer Maravilla está muy bien, muy estresante, pero no le llega ni al cinto. Podrán lanzar una remake con las aventuras de su hija (como ya intentó hacer la NBC, con rotundo no éxito), podrán sacar la película (con Megan Fox, por ejemplo), pero la serie original seguirá siendo el punto más alto en términos de belleza femenina al que supo llegar la pantalla. Salvo que la Mujer Maravilla fuera argentina. Ahí la cosa podría alcanzar un pico más elevado aún. Porque en el presente de nuestras pantallas (y la pregunta está hecha en presente) la belleza de LyndaLinda solo podría imponerse con un superpoder que el puritanismo yanqui desconocía, y creo que seguiría desconociendo aún hoy: el de ponerse en bolas. Seamos realistas: si la Mujer Maravilla fuera argentina, estaría en Bailando, cada día con un trajecito más chiquito, hasta aparecer solo con el lazo; o en el peor de los casos estaría en Gran Hermano, duchándose cada cinco minutos para beneficio de los espectadores y del género humano en su conjunto. El único peligro que le veo a esta variante argentonudista es que, comparado con el cuerpo que debía desnudar yo en mi imaginación de niño, el cuerpo real de la Mujer Maravilla resulte decepcionante. Pero creo que estaría dispuesto, sin querer hacerme el superhéroe, a enfrentar dicho peligro con vigor, empuje y sobre todo, mucho arrojo.
Fuente: Nota de la Revista SH del Fan de Facebook.
Por Ariel Magnus
Antes de adentrarnos en la pregunta que nos convoca, creo que sería necesario evacuar la siguiente: ¿por qué la Mujer Maravilla es una superhéroe? Lo cual nos obliga a enfrentarnos a una pregunta previa: ¿se dice “superhéroe” también para una mujer? Porque la variante femenina del término, superheroína, quedó atrapada por las drogas, perdida para siempre como ejemplo para los niños. No en inglés, naturalmente, donde no se distinguen los géneros, ni aun en alemán, que es donde al parecer le pusieron el nombre, usando curiosamente la forma femenina del dios griego Heros (esto para que después no se diga que de estos artículos el lector no se lleva un conocimiento importante, algo para toda la vida). En ninguno de los idiomas donde más se consume es la heroína una palabra femenina, pero sí en castellano, así que en principio ya podemos dar una respuesta a la pregunta principal: si fuera argentina, o de cualquier otro país hispanohablante, la Mujer Maravilla, o cualquier otro superhéroe mujer, sería una droga dura.
Con lo que caemos en un cuarto nivel de análisis: ¿hay otras superhéroes mujeres? Mi memoria, que es el aparato más herrumbrado y poco confiable del planeta, solo me aporta una: Afrodita, la compañera de Mazinger Z. La triple W me refresca ahora otras acompañantes que había olvidado, como Gatubela o la mujer biónica (¡belleza!), o que no conocía, como la mujer araña (¡¿?!) o la she-hulk (¡¡¿¿??!!). Pero para mí son solo eso: acompañantes, versiones políticamente correctas de los superhéroes originales. De las otras chitrulas que se mencionan junto a la Mujer Maravilla ni hace falta que nos ocupemos, pues el olvido generalizado ya lo hará, o incluso ya lo ha hecho.
Afrodita, entonces. Afrodita te tiraba un tetazo y te dejaba hecho percha. Eso es algo bastante parecido a lo que yo llamaría un superpoder (además de ser una audaz metáfora prospectiva, porque por aquella época aún no existían los implantes). Pero la Mujer Maravilla, ¿qué superpoder tenía? Ojo, yo hablo de la tele, nunca leí cómics de ella ni en rigor de ningún superhéroe (salvo que Astérix y Obélix califiquen de tales). Lo único que recuerdo es que se transformaba dando unas vueltitas (¡mi pase de baile preferido en las chicas hasta el día de hoy!) y que atrapaba a los malos tirándoles un lazo. Eso lo hace cualquier gaucho, así que por ese lado no hace falta preguntarse qué sería de la Mujer Maravilla si fuera argentina, sino rastrear si efectivamente no lo era. También me acuerdo que tenía unos brazaletes antibalas (¡qué lindo le quedaban esos brazaletes! ¿Y la vincha? ¡La vincha!), pero vuelve a ser un arma externa, más externa aún que una teta-cohete, en todo caso no un poder intrínseco. Obviamente la tipa era fuerte, corría rápidamente, era una gran luchadora y acaso tuviera poderes mentales que mi mente superimpotente no retuvo, pero no contaba con ningún rasgo que la destacara, como sí era el caso de Superman o del Hombre Araña o incluso de los superhéroes presocráticos (pienso en Aquaman y los otros, cada cual ligado a uno de los cuatro elementos, como esos filósofos previos a Sócrates que se turnaban para postular que el superelemento original del mundo era este o aquel; un tema apasionante que desarrollaremos oportunamente en la edición griega de SH, si es que sigue existiendo Grecia cuando la revista llegue hasta allá).
El único verdadero gran superpoder de la Mujer Maravilla, y a esto quería llegar, o nunca haberme ido, era su tremenda, alucinante, superpoderosa belleza. Ninguna telaraña ni bola de fuego, ni siquiera su famoso “Lazo de la verdad” (así se llamaba, parece), hubiera podido ejercer sobre mí el poder que ejercían su cabellera al viento, sus piernas, sus ojos, incluso sus pechos dorados y su pubis azul (y esto dicho por un hincha de River). ¡Qué mujer! ¡Qué diosa! Todavía hoy me estremece pensar en ella, y en cuánto pensaba en ella de chico mientras me estremecía, o sea mientras me mecía hasta el estrés. ¡Cuánto duro estrés me causó esa heroína! Lynda Carter, veo ahora que es su nombre. Seudónimo, por si quedaban dudas, de Linda Carter. Y la verdad es que nunca una madre le puso un nombre más acertado a su hija, porque nunca una madre parió una mujer más hermosa. Megan Fox disfrazada de Mujer Maravilla está muy bien, muy estresante, pero no le llega ni al cinto. Podrán lanzar una remake con las aventuras de su hija (como ya intentó hacer la NBC, con rotundo no éxito), podrán sacar la película (con Megan Fox, por ejemplo), pero la serie original seguirá siendo el punto más alto en términos de belleza femenina al que supo llegar la pantalla. Salvo que la Mujer Maravilla fuera argentina. Ahí la cosa podría alcanzar un pico más elevado aún. Porque en el presente de nuestras pantallas (y la pregunta está hecha en presente) la belleza de LyndaLinda solo podría imponerse con un superpoder que el puritanismo yanqui desconocía, y creo que seguiría desconociendo aún hoy: el de ponerse en bolas. Seamos realistas: si la Mujer Maravilla fuera argentina, estaría en Bailando, cada día con un trajecito más chiquito, hasta aparecer solo con el lazo; o en el peor de los casos estaría en Gran Hermano, duchándose cada cinco minutos para beneficio de los espectadores y del género humano en su conjunto. El único peligro que le veo a esta variante argentonudista es que, comparado con el cuerpo que debía desnudar yo en mi imaginación de niño, el cuerpo real de la Mujer Maravilla resulte decepcionante. Pero creo que estaría dispuesto, sin querer hacerme el superhéroe, a enfrentar dicho peligro con vigor, empuje y sobre todo, mucho arrojo.
Fuente: Nota de la Revista SH del Fan de Facebook.