Cabito: "La pinta es lo de menos"¿Es la música acaso la forma más concreta que tenemos losseres humanos de viajar en el tiempo? Yo creo que sí. Por eso te invito a este tranvía de los recuerdos al ritmo de “la pinta es lo de menos, vos sos un gordo bueno”, como dice la canción que cantaban Juan y Juan. Corría el año 1994 y yo no corría, pero tenía 24 años. Era un día de semana (quien les escribe montaba su corcel bordeaux de la marca del óvalo). La avenida Rivadavia se abría frente a mí, rumbo de Floresa Floresta (primer chiste que dejo pasar), llegando a Nazca sobre lamano derecha. Una señorita me miró de manera particular desde la parada del colectivo. Si bien yo ya sabía, perfectamente, que los feos somos más y que el día que nos organicemos vamos a dominar el mundo, son contadas las veces que a alguien como yo una mujer lo miraba y no para burlarse. Dejar pasar esta oportunidad era como no aprovechar a pasearte desnudo por tu casa cuando tus viejos te dejaban solo. Mientras pensaba todo esto, lamentablemente, me pasé de donde estaba mi doncella. La vuelta que tuve que dar para volver donde ella se encontraba fue tan larga que me creció la barba en el trayecto. Con mi esperanza por el piso volví al lugar y gracias a que el sistema de transporte en esa época tampoco era muy eficiente,ella seguía en el mismo lugar. Estacioné el auto justo donde ella se encontraba e inclinándome sobre el asiento del acompañante, bajé con la mano el vidrio de este, retrocediendo diez casilleros por la falta de tecnología con la que contaba mi auto. Casi sin mediar palabra, ella rápidamente aceptó subir al auto y luego de una interesante charla que duró el tiempo que le llevó a mi auto realizar setenta metros, la dama en cuestión, cautivada por mi belleza, propuso que no era tarde y que podría ser una excelente oportunidad para conocernos y tomar algo. El apuro que tenía, y no necesariamente por conocerla, sino por lo que yo suponía que podría a llegar a pasar después, hizo que estacionara el auto en un lugar en el que entraría con mucho esfuerzo un perro mediano. Entramos a Amadeus, así se llamaba el lugar, y mi media naranja tímidamente me preguntó si se podía pedir un tostadito, sin ningún problema acepté lo que hasta ese momento yo consideraba una inversión. Mientras marchaba la tardía merienda, dado que eran aproximadamente las 20, comenzamos a preguntarnos sobre nuestras vidas con mi único objetivo como meta, que era ir un ratito a transpirar las espaldas junto a ella. Le conté que trabajaba en publicidad, a lo que la dama respondió casualmente que era modelo, sin hacer una descripción de ella porque en el fondo soy un caballero. Era mucho más probable que yo lograra un salto con garrocha en el primer intento a que una marca confiara en su figura para vender un producto. Desilusionada del ambiente publicitario, me dijo que lo abandonó porque a la mannequin no le gustaba la maldad y en ese rubro había mucha gente mala. Mientras, se metía el tostado en la boca. Sí, se lo metía, dado la actividad que estaba desarrollando distaba mucho de lo que comúnmente podría establecer como masticar. Le conté que también me encargaba de la parte promocional y como en la sala habían cantado bingo nuevamente la multifacética en sus ratos libres confesaba ser también promotora, pero que había dejado de hacerlo por los mismos motivos que la alejaran antaño de las pasarelas… la maldad. El calor de la charla mezclado con una pizca de vergüenza, dos tomates peritas además de sal y pimienta a gusto, fueron la fórmula perfecta para que ella se sacara la campera y así por primera vez yo adivinara su cuerpo. No fue ni su cintura de lavarropas de carga frontal ni su cara similar a la de Pascualito Rambert lo que llamó poderosamente mi atención, sino la cantidad de barro que contenían las mangas de su sweater. Había tanto lodo como para realizar un ecosistema completo en el que vivieran varias especies animales sin que entre ellas exista ningún tipo de conflicto. Dicho adobe se transformó en el metal de las campanas de alarma que sonaban en mi cabeza. Cuando el último triangulito de tostado ya estaba blando y con menos onda que La Sole en Creamfields, me preguntó por mis amigos y antes de que yo pudiera pronunciar la primera vocal o consonante me interrumpió para terminar de dejarme pasmado: “Yo no tengo ni un amigo, fueron todos malos conmigo y yo odio la maldad”. Con sus ojos inyectados en sangre, como si alguien hubiera exprimido seis limones en los mismos, me pidió permiso para ir al baño. Asintiendo con la cabeza, ya que el miedo no me permitía emitir vocablo alguno, hice lo que cualquier hombre de bien hubiera hecho, seguirla con la mirada hasta que entró al toilette y escapar. Corriendo y más asustado que un productor de Gerardo Sofovich, me subí al auto. El tiempo no jugaba a mi favor y mucho menos las doscientas maniobras que tenía que hacer para poder sacar el auto de donde lo habia estacionado. Realmente fue muy dificultoso sacar mi rodado y no tanto por lo ajustado del espacio sino porque los gritos de la señorita me desconcentraban bastante. Con la ñata contra el vidrio y sus puños estrellándose en el mismo, me repetía una y otra vez: “No te vayas, no seas malo”. Es por esto que desde ese día, para mí, “la pinta es de palo, yo soy un gordo malo”. Fuente:Revista SH
Cabito: "La pinta es lo de menos"
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