Episodio 2: El dolor subyacente
Capítulo 1: Mi vida es una mierda
Aunque se sintiera raro, no era la primera vez que me sucedía. Obviamente ya lo había sentido antes, era una sensación de vacío, como si quisiera desaparecer y existir a la vez.
La mayoría de los jóvenes de mi edad se quejaban de que su vida era una bazofia, una maldición, un infierno. Decir lo contrario sería ser hipócrita. Yo también lo hacía, pero la diferencia era de que mis causas no eran tan banales como las de ellos. Mientras ellos se quejaban de que no lograban tener el último smarthpone, o de que no los habían dejado salir a una fiesta la noche anterior, yo sabía que lo que vivía era un infierno. Aún así, mi sufrimiento era silencioso, nadie se enteraba de lo que pasaba, ni siquiera mis padres, aunque fueran estos los causantes de tanto dolor.
Nunca me consideré alguien malo, aunque si bien es cierto, nadie es bueno ni malo, somos solo una moneda de dos caras, y como toda moneda, yo no valía nada.
Pero nada de eso importaba ya, lo que importaba era que esa noche la iba a pasar bien, las cargas me las ponía sobre el hombro y ahí, en ese punto ciego entre ambos hombros, me olvidaba de esas cicatrices, tan escondidas como donde ya estaban. Olvidarlas con un poco de alcohol y drogas.
No era un adicto, solo consumía cuando sentía que la depresión ya no era aguantable, entonces me olvidaba del mundo, de todos esos hipócritas que hacían daño.
Mi concepto de diversión no era como lo llamarían todos. Ellos lo llamarían soledad; pero para mí eso era el mismísimo paraíso. Solo bastaba una botella y una inyección, todo era feliz.
¿Temer por mi muerte? No, la verdad es que en ese punto ya estaba muerto, era un cadáver consciente de mi muerte, así que no le tenía miedo a morir.
En ese instante, con la botella abierta y el vaso servido en frente de mi, estaba en el paraíso...solo faltaba la inyección y todo se calmaría entonces.
Capítulo 1: Mi vida es una mierda
Aunque se sintiera raro, no era la primera vez que me sucedía. Obviamente ya lo había sentido antes, era una sensación de vacío, como si quisiera desaparecer y existir a la vez.
La mayoría de los jóvenes de mi edad se quejaban de que su vida era una bazofia, una maldición, un infierno. Decir lo contrario sería ser hipócrita. Yo también lo hacía, pero la diferencia era de que mis causas no eran tan banales como las de ellos. Mientras ellos se quejaban de que no lograban tener el último smarthpone, o de que no los habían dejado salir a una fiesta la noche anterior, yo sabía que lo que vivía era un infierno. Aún así, mi sufrimiento era silencioso, nadie se enteraba de lo que pasaba, ni siquiera mis padres, aunque fueran estos los causantes de tanto dolor.
Nunca me consideré alguien malo, aunque si bien es cierto, nadie es bueno ni malo, somos solo una moneda de dos caras, y como toda moneda, yo no valía nada.
Pero nada de eso importaba ya, lo que importaba era que esa noche la iba a pasar bien, las cargas me las ponía sobre el hombro y ahí, en ese punto ciego entre ambos hombros, me olvidaba de esas cicatrices, tan escondidas como donde ya estaban. Olvidarlas con un poco de alcohol y drogas.
No era un adicto, solo consumía cuando sentía que la depresión ya no era aguantable, entonces me olvidaba del mundo, de todos esos hipócritas que hacían daño.
Mi concepto de diversión no era como lo llamarían todos. Ellos lo llamarían soledad; pero para mí eso era el mismísimo paraíso. Solo bastaba una botella y una inyección, todo era feliz.
¿Temer por mi muerte? No, la verdad es que en ese punto ya estaba muerto, era un cadáver consciente de mi muerte, así que no le tenía miedo a morir.
En ese instante, con la botella abierta y el vaso servido en frente de mi, estaba en el paraíso...solo faltaba la inyección y todo se calmaría entonces.