Oportunidad perdida: pierden los frikis
Lo peor, con todo, es que el film es una gran oportunidad perdida. Muchos frikis acudirán a las salas buscando motivos de orgullo, enarbolando la causa de la legítima nostalgia. Creerán estar ante una ocasión para hinchar el pecho, para mirar por encima del hombro, para sentirse, por unas horas, agasajados por códigos y guiños privados. Acudirán para reivindicar lo que son y lo que fueron y por qué.
Los ánimos decaerán cuando se descubra que Pixels no ofrece ni un solo argumento para rebatir las opiniones llenas de prejuicios contra los videojuegos. El mensaje implícito de la película (jugar, en el fondo, no te ha servido de nada en la vida, a menos que no se presente la ocasión de salvar al mundo), obra y gracia de un guión patoso que pretende ir en la dirección contraria, ahonda la brecha.
No hagáis caso a Pixels: jugar sí que valió la pena. Forjó actitudes y personalidades, regaló momentos maravillosos. Palabra de friki.
Una vez dicho esto, debemos saber a qué nos enfrentamos, una película veraniega, palomitera, que nos hará pasar un buen rato y a la que no debemos (ni podemos) exigir nada más que eso. Las actuaciones están correctas (Adam Sandler lleva años haciendo de él mismo), y se nota que todos se lo han pasado bien y, lo que es más importante, que no se han tomado en serio la película, comprendiendo que es un divertido pasatiempo.
Técnicamente, por supuesto, no se le puede criticar nada. La interacción con los personajes de los videojuegos es más que aceptable y no notaremos nada extraño. Han tenido mucho cuidado y, pese a no ser perfectos, los efectos especiales no nos defraudarán. Además hay varios momentos curiosos como los títulos de crédito finales en los que se nos resume la película que acabamos de ver pero en una versión de 8 bits. Ingenioso y divertido.
Lo peor, con todo, es que el film es una gran oportunidad perdida. Muchos frikis acudirán a las salas buscando motivos de orgullo, enarbolando la causa de la legítima nostalgia. Creerán estar ante una ocasión para hinchar el pecho, para mirar por encima del hombro, para sentirse, por unas horas, agasajados por códigos y guiños privados. Acudirán para reivindicar lo que son y lo que fueron y por qué.
Los ánimos decaerán cuando se descubra que Pixels no ofrece ni un solo argumento para rebatir las opiniones llenas de prejuicios contra los videojuegos. El mensaje implícito de la película (jugar, en el fondo, no te ha servido de nada en la vida, a menos que no se presente la ocasión de salvar al mundo), obra y gracia de un guión patoso que pretende ir en la dirección contraria, ahonda la brecha.
No hagáis caso a Pixels: jugar sí que valió la pena. Forjó actitudes y personalidades, regaló momentos maravillosos. Palabra de friki.
Una vez dicho esto, debemos saber a qué nos enfrentamos, una película veraniega, palomitera, que nos hará pasar un buen rato y a la que no debemos (ni podemos) exigir nada más que eso. Las actuaciones están correctas (Adam Sandler lleva años haciendo de él mismo), y se nota que todos se lo han pasado bien y, lo que es más importante, que no se han tomado en serio la película, comprendiendo que es un divertido pasatiempo.
Técnicamente, por supuesto, no se le puede criticar nada. La interacción con los personajes de los videojuegos es más que aceptable y no notaremos nada extraño. Han tenido mucho cuidado y, pese a no ser perfectos, los efectos especiales no nos defraudarán. Además hay varios momentos curiosos como los títulos de crédito finales en los que se nos resume la película que acabamos de ver pero en una versión de 8 bits. Ingenioso y divertido.