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"Era yo quien te tenia que haber desvirgado, gorda p***"

Offtopic•8/5/2015
Durisimo: Terribles historias de violencia doméstica contadas en primera persona


"Era yo quien te tenia que haber desvirgado, gorda p***"


Conocí a Mauro cantando “Can’t stop” de Red Hot Chili Peppers en un bar con amigos. Recién dos años después pude entablar conversación con él. Entre idas y vueltas terminamos en su cama.

Al mes empezamos a salir. Mauro era la persona más dulce y atenta que alguna vez conocí. Fue mi primer novio y como toda inexperta, aceptaba sus excesivos celos, sus enojos y sus caprichos. De alguna forma me sentía cuidada cuando me reclamaba que mi pollera era muy corta o que tal amiga me llevaba por el mal camino. Llegué a sentir que me moría sin él.

Cuando salía con sus amigos no me hablaba en toda la noche. Y lo digo porque yo tenía prohibido salir. A veces me llegaban mensajes de mis amigas contándome las cosas que hacía.

Una tarde volví muy cansada de la facultad. Cumplíamos tres meses juntos y le preparé la cena pero debido al cansancio que tenía, me quedé dormida. A la hora llegó y muy enojado me reprochó que no lo había esperado despierta. Le pedí disculpas y cenamos juntos.

No sé cómo surgió el tema de como perdí mi virginidad. Yo no tenía nada que ocultar y le conté que había sido con un amigo, lo cual desató su enojo y me gritó “sos una puta, era yo quien tenía que haberte desvirgado. Sos una gorda puta”. Casi al instante me agarró del brazo con tanta fuerza que me dejó sus dedos marcados. Traté de calmarlo con palabras y nos fuimos a dormir.

Mauro me decía que se sentía deprimido por mi culpa, que yo lo hacía sentir un tonto porque nunca había desvirgado a una chica y me reclamaba todo tipo de cosas sobre mi pasado. También me decía que tenía que estar agradecida porque estaba con él, que yo era una gorda y que nadie más iba a querer estar conmigo.

Yo siempre fui una chica con baja autoestima y todo esto provocó que me derrumbara aún más.

violencia domestica


Terminamos la relación a los seis meses. No podía ni comer de la tristeza que tenía. Volvimos a hablar y también nos vimos.

Aunque no volvimos a estar de novios, Mauro seguía reclamándome que yo hablaba con otros chicos. Al ver esto, yo también quise imponerme y reclamarle que había querido estar con una chica. Entre insultos y griterío “me gané una cachetada”. Sí, me la gané. Eso fue lo que él me hizo creer mientras me pedía perdón.

A pesar de ese episodio, seguimos juntos otros tres meses más. Se podría decir que fueron tranquilos. Seguía sin poder imaginarme una vida sin él.

Un día se me ocurrió subir una foto donde se notaba un poco mi escote. Mauro no pudo dejarlo pasar y me dijo “mirá cómo te vestís, sos una puta. Después te quejas cuando te dicen cosas en la calle, no tiene sentido lo que hacés, gorda de mierda”. Al escuchar esto, junté fuerzas de donde pude y decidí terminar con él. Estaba realmente cansada.

Mauro siguió insistiendo un tiempo más hasta que se cansó.


relatos


Es menester decir que el machismo mata y te respondan cosas como “torta”, “odia pija”, “trola”o “feminazi”. Si nunca viste venir a tu papá caminando hacia donde estás, con manchas de sangre de tu vieja en su ropa y un puñado de pelos en la mano, te pido por favor que no me juzgues. A mí nunca me levantó la mano (ni él ni ningún hombre) pero yo también fui su víctima.

Por las mañanas algunas mamás cantan mientras preparan el desayuno y abren las ventanas de las casas para dejar entrar el sol. Mamá entraba con paso ligero a la habitación y se tumbaba en alguna cama a llorar en silencio. Para mí ese era el punto de partida del día.

“Hoy a la mañana te vi llorando acostada y yo lloré también, mamá”, me animé a confesarle una vez, con unos cuatro o cinco años encima. Quizás era mi forma de hacerla sentir que no estaba sola. Quizás intentaba mitigar la culpa que desde entonces me acompaña. Culpa de no haberla defendido. Culpa de que fuera mi papá el que le hiciera daño. Culpa de que a lo mejor lo que tenía que soportar hubiera sido por mi causa.

Mamá siempre fue una tromba, una mujer hermosa que se hacía notar. De las que no se quedan calladas. De las que tienen un pasado. De las que discuten a los gritos.
Papá era para todos un tipo encantador, generoso, conversador, divertido.

Además de ser víctimas de violencia, también éramos víctimas del juicio de los demás; mamá debería ser responsable de las represalias de ese buen hombre. Su peor pecado era no dar el perfil de maltratada.
Cuando se acercaba la noche, y con ella el retorno de papá al hogar, eran horas de tensa calma. Recuerdo recorrer la casa apagando luces, ordenando lo que pudiera, acomodándome la ropa, el pelo. Intentábamos evitar cualquier motivo que pudiera desencadenar la explosión. Cuando por fin llegaba, inspeccionaba todo con ojo crítico, solía sentarme en la mesa y revisarme si tenía algún raspón nuevo o alguna magulladura. Cualquier cosa servía de excusa. La cena era una tortura, desde entonces se originó mi compleja relación con la comida. Lo que todos adoraban de la vida de familia era nuestro peor castigo.

Sólo presencié dos tremendas palizas: una originada por una travesura mía. Había rallado una silla con lapicera (tendría 4 años) y papá se enojó muchísimo, me obligó a limpiarla a los gritos. Mamá se asomó a la puerta del baño, donde se estaba duchando, para preguntar qué había pasado, papá le tiró la taza de café que estaba tomando y a la fuerza entró. Se escuchaban los golpes, el forcejeo, los gritos. La puerta se entreabrió y mamá apareció ante mi vista tirada sobre el inodoro, sostenida de los pelos por papá. Quería pedir perdón, prometerles que ya no lo iba a hacer más. Pero no pude. Un tío que estaba presente tomó su campera que colgaba de otra silla y se fue. Porque en los ochentas regía el “no te metas”. Se acordó de la campera pero se dejó a la nena que se descomponía llorando y que nunca más creyó que a las princesitas las rescatan de los problemas.

mujeres


La segunda paliza fue después de la separación. Mamá estaba embarazada de su pareja posterior. Tenía una panza enorme y tuvo la mala idea de reclamarle que no la hubiéramos llamado ni una vez durante las vacaciones. Lo que siguió fue brutal: papá la agarró a piñas como si fuera un saco de entrenamiento, en la cara, en la panza. Mamá trastabilló, tenía unas ojotitas rosa que yo amaba, pero aguantó los golpes. Papá le dijo “hace rato que tengo algo para vos” y a piñas la llevaba hacia la habitación. Papá tenía un arma de fuego. Lo que sigue no lo ví, yo temblaba, lloraba, me sentía desmayar. Tenía siete años. Los nervios me jugaron una mala pasada y salí corriendo al baño. El terror me dió diarrea. Yo lloraba, temblaba, cagaba. Y cuando pude salir del baño de repente estaba sola. Papá apareció ensangrentado con las ojotas de mamá en la mano. En el intento por entrarla a la habitación se enredó con el cable de la televisión (bendito cable) y mamá en un rapto de lucidez alcanzó a escapar. En el camino perdió el calzado y se refugio en lo de una vecina. Todavía recuerdo su rastro de sangre en el largo pasillo del PH. Al verme desolada, papá se arrodilló, me abrazó y se largó a llorar. Y lloramos los dos.

Todavía me encuentro con gente que me pregunta por qué a pesar de todo con los años me fui a buscarlo (porque además de ser violento también resultó abandónico) y en esto hallo un paralelo con las víctimas de violencia cuando se las cuestiona por no abandonar al violento. Pienso que el psicópata en su discurso, al que su víctima es permeable, siempre termina siendo la víctima. Creo que uno aprende a desdoblar a esa persona, a tratar de olvidar lo malo y disfrutar de lo bueno. Y en mi caso particular, era mi papá. Los mandatos sociales nos condicionan a amar a los padres, alguien que no ama a sus padres no ama a nadie. Aunque este sea el ser que le enseñó el significado de sentir terror. Yo amaba a papá. Fue el primer hombre que quise. Y así es cuando vuelvo a ser su víctima, cuando termino explicando que no era todo el tiempo tan malo, todo para poder justificar mi amor por él. Cuando me doy cuenta que su forma egoísta y enferma de amor es la que rigió mis relaciones posteriores. Cuando veo que también es padre de mis miedos, de mis inseguridades, de mi falta de voluntad.

Mamá me llevó a ver una casa una vez. Era pequeña, acovachada, poco luminosa. Me dijo que la próxima vez que papá se violentara nos íbamos a mudar ahí. Me pareció bastante lógico. Yo tendría 5 o 6. La siguiente paliza llegó y con ella un flete donde cargamos los muebles. En la visita inicial a la nueva casa no había notado que además era triste. Los días que siguieron a la separación fueron los peores. Llorábamos todo el tiempo. Mamá me decía “vos sos grande, tenés que entender”, y yo no quería ni ser grande ni entender. Los familiares insistían en que volviéramos a casa, que papá nos iba a perdonar. Los fines de semana papá los usaba para culpar a mamá por haber separado a nuestra familia.

Yo tenía veinte cuando le dije a papá que ya no culpe a mamá, que la culpa la había tenido él por los golpes. Se lo dije de corrido, crispada, casi a los gritos, temblando, sentada en la mesa que alguna vez compartimos todos juntos como familia. Él me respondió “vos no sabés cómo uno puede llegar a arrepentirse de lo que hace y ya es demasiado tarde”. Me sorprendió. Pero no se dejen engañar, es el mismo de siempre. El encantador.

A lo largo de mi vida he sido la guerrera, la peleadora, la que confronta. La que defendía a sus amigas en los boliches. La que hacía frente a hombres sin una mueca de miedo (aunque lo sentía, sin duda). Quizás es mi forma de cumplir con la promesa que me hice de que nunca un hombre iba a golpearme, jamás. Quizás porque en cada episodio intento defender a mamá, cosa que no pude hacer de pequeña.

Porque además de ser la hija de un psicópata maltratador, también soy la hija de una mujer que un día dijo basta, y fue basta, aunque todos intentaran con buenas intenciones quebrar su determinación. La divorciada, la que al poco tiempo tuvo pareja nueva, la que enseguida tuvo otro bebé.


ninos golpeados


Siempre estuve muy orgullosa de mi memoria. Puedo recordar con extrema facilidad detalles, fechas, momentos y distintas épocas de mi vida. Pero hay un momento que no puedo encontrar, que parece esconderse en los recovecos más oscuros de un laberinto. Siempre escapa: no puedo recordar cuándo comenzó. Quizás fue la costumbre, y mi cerebro no pudo fijar inicio de una rutina, sino la rutina en sí. Aún puedo recordar, y la recuerdo muy bien, esa cruz de madera que dejaba su huella en mi mano cada vez que con todas mis fuerzas agarraba ese pedacito de Dios. Olvido también la cantidad de explicaciones que pedí, a Él, a Dios, en cada caricia a esa cruz.

Vengo de una familia típica. Tan típica que podrías vernos en cualquier novela de Polka. Esas que pasan a la hora de cenar. Unión, valores y todas esas cosas. Una de nuestras tantas actividades familiares era ir a la casa de mi tía al menos una vez por semana a cenar. Allí vivía junto a su marido, mi tío, y mis dos primas. De chiquita nunca logré apreciar a mis tíos, en mi familia nadie entendía el por qué, si yo era su ahijada y siempre obtenía los mejores regalos cada navidad.

Cómo es costumbre, finalizada la cena se desarrollaba una larga sobremesa de horas y horas. Era ahí cuando mi padrino se ofrecía gentilmente a que use la computadora que estaba en la habitación de mi prima ya que yo no tenía una propia. Me negaba siempre, y mis padres con el afán de mantener las buenas costumbres me obligaban a ir. ¿Por qué nunca se preguntaron cómo a una nena que tanto le gustaba jugar a los jueguitos se niega rotundamente a la posibilidad de tener una computadora para ella sola? No es lógico.

Esa era la rutina. Me sentaba frente a la computadora y él, por atrás, me hacía lo que quería. Era otro el cuarto, bastante oscuro ya que tenía las luces apagadas y el monitor encendido. A cinco metros estaba la alegría familiar. Nadie sospechaba nada. Nunca.

"Era yo quien te tenia que haber desvirgado, gorda p***"


Al principio —o lo que yo trato de contextualizar como un comienzo— no entendía la gravedad de la situación. Sabía que era extraño, se sentía así, pero lo justificaba en la base del amor por su ahijada. Él me quiere tanto. Sí, seguro es por eso.

Los años pasaron y semanalmente se mantuvo la rutina. En un determinado momento empecé a pensar que, si mi papá les hacía eso a mis primas, iba a estar mal y yo me iba a enojar muchísimo. Ahí fue cuando reaccioné. Por dentro. Porque por fuera todavía estaba paralizada. No podía moverme cuando él ponía las manos sobre mí. No podía llamar a mi mamá. No podía llorar o gritar, sólo podía demandarle a Dios un por qué. Como de Dios nunca hubo respuesta, traté de imaginar cuál había sido mi error. ¿Qué había hecho yo para que mi tío tuviera que hacerme estas cosas? Era muy chiquita.

El brillo de esos viejos monitores blancos de tubo, mi pequeña cruz casera de madera y alambre, el frío que viaja desde la médula hasta la nuca congelada, casi eléctrico. Estas serían las imágenes del infierno, de mi propia película de terror.

Era adolescente ya y un día, de la nada, decidí contárselo a mi mejor amiga. Me dio un ultimátum, si no hablaba inmediatamente con mis padres, ella se tomaría la molestia.

Así fue como se los conté. Primero a mi mamá, quien no hizo más que llorar en una intensidad progresiva a medida que profundizaba más y más en la historia. Después, el turno de mi papá. Él siempre tuvo facilidad para las palabras, fue a los 14 años que por primera vez lo vi enmudecerse. Rogué silencio, que no contaran nada. No quería que mi papá pierda su única familia que todavía le quedaba, a su hermana. No podía ser tan egoísta. Demandé un juramento, que juraran su silencio. En parte no quería ser juzgada por nadie. En parte todavía tenía miedo.

Una vez que rompí el muro del silencio, cayó la ficha de todo lo que había ocurrido. Casi de repente comprendí todo ese odio y esa tristeza que cargaba dentro. Ese fue el peor calvario, entender, darme cuenta.

Seis meses después el corazón de mi tío se rindió. Falleció por una muerte súbita. Partió de este mundo sin dolor, como un héroe, así lo era para todos. Como el hijo de una injusticia divina. Era tan joven. Su velorio estaba lleno de gente que entre lágrimas y sollozos otorgaba sus respetos y un último adiós. En su tumba siempre posan unas flores.

Ocho años después sigo imaginando que muere por mí, que yo lo maté, porque ha sido así todos los días. En mi mente lo asesiné con mis propias manos muchísimas veces y quizás, y sólo quizás, fue el poder de la imaginación, o quizás un corazón que podrido por corromper la pureza de una niña, solo dejó de latir.


violencia domestica


Cada vez que no atendía el teléfono… Primero me quiero presentar, soy Clara y tengo 24 años, estudio para contadora.

Mi historia empieza hace dos años, una madrugada del 3 de febrero del 2014: Era mi primer cuatrimestre en la facultad, y estaba desvelándome por estudiar, ya que ese día rendía dos parciales. Me tomé un descanso y vi que tenía una nueva solicitud de amistad en Facebook. Como había amigos en común, lo acepté.

Gerardo, que también “estudiaba” contador y tenía 29 años, comenzó a hablar conmigo esa misma madrugada. Hablamos muchísimo, me contaba que venía de una relación muy fea y que sufrió mucho. Le dije que tenía que estudiar, pero que seguíamos en contacto.

Pasaron las semanas, seguimos hablando hasta que decidimos encontrarnos en Capital. Mayo de 2014. Fue el tipo más encantador del mundo y así me compró. Al tiempo empezamos a salir.

Los primeros meses fue súper atento, se preocupaba por mí y se acordaba de absolutamente todo lo que le contaba. Al cuarto mes de estar saliendo empezó a celarme pero en exceso, me apartó de mis amigos, no quería que saliera, todas las noches me llamaba para asegurarse que yo estaba durmiendo en casa. Como era mi primera relación “formal”, quise justificarlo pensando que quizás tenía que ser así.

relatos


Fue pasando el tiempo y cada vez era peor, las peleas eran casi todos los días y además de que en cada una de ellas me trataba como puta por salir con amigas o juntarme con compañeros de la facultad, luego me ignoraba por días. Tal era el maltrato psicológico que no me daba cuenta, que pensaba que era mi culpa por no hacer lo que él quería que hiciese.

Pasaron muchos meses en los que se repetía la misma historia, yo no podía conmigo misma. Bajé más de 6 kg en ese tiempo, y la violencia psicológica no paraba. “Puta de mierda, seguro que estás con el otro, avisame cuando es mi turno” cada vez que no atendía el teléfono. Atosigaba a mis compañeros hombres, me pedía información de mis ex, quería alejar a todos los que me rodeaban.

Las peleas eran muy fuertes, me decía de todo, inclusive cuando se daban por WhatsApp. Es hasta el día de hoy que no puedo escuchar el tono de mensajes del Motorola que tenía en ese momento sin que me corra un frío por la espalda.

Caí en lo que estaba pasando y lo que estaba haciendo conmigo el día que intentó revolearme una piña en público. En ese momento lo dejé sólo y me fui a la mierda. Cortamos. Pasó el tiempo y volvió a contactarme, fingió problemas de salud, me convenció de que hablemos por una última vez. Todo eso fue a principios de este año; accedí y nos vimos. Me dijo que quería volver conmigo, que me amaba y me extrañaba. Le dije que no y atiné a irme. Intentó retenerme, pero como estábamos en público no fue demasiado insistente.

Desde esa vez, no había vuelto a saber de él. Lógico que lo eliminé de toda red social, no quería volver a ver su cara o nombre. Hasta ahora que me encontró en Instagram. Tuve que bloquearlo y cambiar mis datos.

¿Por qué tengo que ser yo la que se esconde? Si él es quien me humilló, quien me dejó marcada psicológicamente. Eso es lo que vivo preguntándome: por qué.


Se que es un post largo y el tadinga promedio no lee más de 5 renglones, pero lean las historias, son muy interesantes.
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