PD: Una lectura muy recomendada sacada de la revista Etiqueta Negra, me gusto mucho y quise compartirla ya que hace poco lei un post sobre la contaminación en unas ciudades chinas. Disfruten de la lectura.
Un escritor visita la Oroya, una de las diez zonas mas contaminadas de planeta, y promete no regresar jamás.
En el Perú hay un pueblo donde alguna vez hasta los animales tuvieron que usar zapatos para salir a caminar. A tres mil setecientos metros de altura, en medio de los Andes peruanos, era común ver carneros que dejaban huellas de calzador entre las rocas de la puna. Incluso los gatos y los perros caseros paseaban con las patas calzadas como si fueran niños camino al colegio. La imagen parece encantadora, pero obedecía a una lógica más bien siniestra: el suelo tenía tal calidad de arsénico que o calzaban a los animales para evitarles heridas por exposición prolongada a este veneno (con el que dicen que mataron Descartes y que Agatha Christie usaba en sus novelas de misterio) o cerraban la fundición, cuya enorme chimenea de diez pisos vomitaba todos los días el metaloide asesino.
Calzaron a los animales.
"Si te dijera que ganaste una beca para vivir un año en Chernóbil. ¿irías?", le pregunté a un amigo. "¿Chernóbil --- me replicó -- , donde se produjo el desastre nuclear, donde los pollos nacen con dos cabezas, los niños sin brazos y hay una nueva raza de perros ciegos que cazan en jaurías?¿Quieres que me convierta en un mutante?".
No se si sea cierto todo lo que mi amigo asegura sobre aquella ciudad ucraniana. La mitología urbana surge espontáneamente alrededor de la radiación. Yo se lo pregunté para decirle que me iba a la Oroya, el pueblo que ha sufrido los peores daños ambientales de los Andes peruanos, con la idea de averiguar cómo se vive en un lugar al que llegar de vacaciones sería como pagar para que te metan inyecciones de plomo a la vena.
Viajar a Chernóbil o a La Oroya acaba siendo equivalente: según el Blacksmith Institute, una organización ambientalista de Estados Unidos, ambos lugares se han ganado un puesto en el ranking de las diez zonas más contaminadas del planeta Tierra.
Cuando vino recogerme el auto que me llevaría hasta La Oroya, recordé los paseos relámpago hacia la sierra que hacíamos con mi madre y mis hermanos en el viejo Studebaker de mi padre, los domingos en la madrugada, treinta años atrás.
Despertábamos a las cinco de la mañana. Poco después de un recorrido de dos horas a través de la Carretera Central del Perú, un camino flanqueado por precipicios que empieza en el valle costero del río Rímac y se prolonga hasta las sierras altas de los Andes. Era como viajar no solo en el espacio, sino en el tiempo, porque en esas montañas accidentadas ni siquiera usaba caballo. Casi todo era a pie.
Algunas veces nos deteníamos en Matucana, otro de los pueblos del camino, para desayunar patasca, un delicioso caldo hecho en carne y panza de carnero o de res. Pero en otras, mi padre forzaba al poderoso motor del viejo Studebaker para coronar los cuatro mil ochocientos metros de altura y conquistar Ticlio, ese punto de la puna donde la temperatura oscila entre menos cinco y ocho grados centígrados y donde el único rastro de vegetación es el ichu, un pasto poco nutritivo que se abre paso entre la tierra fría y el hielo de los glaciares cercanos.
Hoy esos imponentes glaciares se están derritiéndose.
Y en Ticlio, ahora como entonces, no hay motivos para detenerse. Salvo un letrero que señala la altitud (es el punto ferroviario más alto del planeta) y otro que reza: "Zona de avistamiento de ovnis".
Mi familia y yo solíamos seguir de largo para almorzar en un pueblo de casas horribles sobre los cerros muertos, donde no olía especialmente bien y todo cuanto mirabas era rudo, metálico y tosco, Era La Oroya.
Hay una escena en la película EL SEÑOR DE LOS ANILLOS en que Frodo y Sam Gamyi alcanzan una cumbre y ven por fin Mordor, la negra, humeante y pestilente ciudad gobernada por el ojo de Sauron, esa especie de diablo que vigila todo desde lo alto de una torre negra, Treinta años después de mi viaje, me doy cuenta de que yo ya conocía Mordor: la gran torre, la gran chimenea inclemente que arrojaba una espesa humarada gris a un cielo azul limpísimo, y detrás de la torre-chimenea -- y de la fundición que procesa once metales --, un paisaje de montaña gris, una blancura sucia, una montaña muerta por el hollín venenoso arrojado sobre ella durante décadas.
Mordor está en Perú, a ciento setenta kilómetros de la capital, camino por sus calles, a las nueve de la mañana de un sábado, y me doy cuenta de que es un pueblo semi-desierto, Me meto al mercado, paseo entre cuales tres mil son empleados de la fundición pero pareciera que esa cifra es falsa, al menos hoy. A los mineros (casi todos migrantes, de ciudades cercanas) se les ha estado pagando setenta por ciento del salario por no hacer nada, pero no por eso se quedan en la espantosa ciudad.
*Imagen referencial de "Mordor" en el señor de los anillos*
Ya casi se han cumplido diez meses desde que Doe Run Perú, propietaria de la metalúrgica, detuvo las actividades de la fundición: pesan en su historial tantas prácticas nefastas para el medio ambiente que hasta la Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y Energía del Perú la ha expulsado del club, algo que nunca había ocurrido en un país donde el "espíritu de cuerpo" es normal social.
-¿Siempre es asó de tranquilo el sábado? -- le pregunto a la muchachita que me trae los cubiertos en el restaurante con demasiadas sillas vacías.
- No siempre -- me responde, y va por mi plato.
Cuando regresa le pregunto:
-¿Por qué hay tan pocos comensales?
- Porque no hay trabajo.
Cerca de aquí, frente al mercado, está el hospital recién construido. ha costado casi veinte millones de dólares. Tiene un lujo de hipermercado de provincia, un enorme estacionamiento, pero las denuncias dicen que no tiene médicos especialistas en los males que genera la contaminación.
Luego del desayuno, tomo un transporte colectivo hasta el puente donde uno puede ver cómo el río Yauli se une con el Marañón. Debería ser uno de los atractivos turísticos de lugar, pero la marca de la contaminación afea todo. En las riberas del río Yauli es impensable pasar una tarde arrojando piedritas al agua, porque cuando esta atraviesa La Oroya se convierte en una corriente nauseabunda, denigrante, como solo puede esperarse de un río con olor a letrina.
El Yauli no muere por que los oroyenses lo hayan convertido en su desagüe. Empieza a morir porque treinta kilómetros atrás, por medio de un túnel, otras dos mineras arrojan cada día miles de metros cúbicos de aguas ácidas a su cauce, Una inyección venenosa e irremediable.
Hasta el viajero más desprevenido no puede pasar por alto que el boom minero tiene su cara soez. Ha colocado al Perú en una situación contradictoria: cifras azules en las finanzas, cifras rojas en la calidad de vida. En el vecino del Mantaro, los agricultores han denunciado la caída de su producción y de la calidad de sus productos. Esa queja supone la pérdida de comida que debería alimentar a millones de peruanos.
A las seis de la tarde estoy absolutamente arrepentido de haber venido a La Oroya. Me meto en la habitación del hotel Trujillo, lo mejor que se puede encontrar en el pueblo. Tengo Fiebre, dolor de cabeza, me muero de sueño, respiro muy mal.
Cuando recobro un poco las fuerzas, salgo y converso con el dueño.
El señor Trujillo fue obrero cuando la empresa pertenecía a la transnacional Cerro de Pasco Corporation. Siguió siendo empleado cuando el gobierno militar del general Velasco la expropió y alimentó la ilusión de que la justicia llegaba a los más pobres. Al señor Trujillo le dio el tiempo para saber que la fundición, con militares nacionalistas o sin ellos, jamás dejó de contaminar el medio ambiente y el cuerpo de los que trabajan en ella.
Él fue el primero que me habló de los animales con zapatos. Está seguro de que eso ocurrió antes de 1940, porque luego se instaló un sistema que neutralizaba la emisión de tanto arsénico.
El señor Trujillo es un hombre pequeño, fornido, amable e inteligente. Ha levantado un hotel con sus ahorros. Con lo que ganaba en la empresa pudo educar a sus hijos, ahora ingenieros, aunque todos viven fuera de La Oroya. Él asegura que es lo mejor y tose. Un carraspeo seco lo acompaña.
-- ¿Por qué se queda usted? -- le pregunto.
El hombre me mira como si la respuesta fuera obvia. Detrás de él están sus cosas, su hotel, su vida entera. Me explica que muchas personas no entiendes que ahora no están en contra de la empresa, sino contra la contaminación. Y tose.
Es lo mismo que dicen los promotores de distintas ONG que trabajan en la zona, personas mal vistas por quienes creen que su objetivo es cerrar la fundición. Liliana Carhuaz, por ejemplo. Ella no terminó la secundaria, pero si involucró en la promoción de salud desde su parroquia.
Su hija que no tiene más de diez años, la acompaña a todas partes. Es una niña muy lista
Tomamos té en un restaurante. La niña pide gelatina. Luego mira la carta y me pregunta si puede pedir vino.
-- No, vino no -- le digo -- , eres muy pequeña para tomar alcohol.
Luego pienso que una copa debe ser de los menos venenoso a lo que se expone a este lugar.
-- ¿Te imaginas a tu hija creciendo aquí?
-- No, no. yo haré todo para que salga --responde.
Pero todavía no lo ha hecho y la niña sigue en este lugar donde la escuela es una farse y el río viene muerto.
La Oroya no es un lugar para crecer, menos para vivir tranquilo. A los largo de la calle principal están todos los comercios y, entre ellos, los "videos", unos bares oscuros, tristes, llenos de putas venidas de todas partes para levantar el dinero de los mineros. Muchos hombres tienen dos cosas que hacer por las noches: beber hasta caer al piso en una cantina o beber hasta caer al piso en un "video". La única diferencia son las putas.
Aún así mi pregunta no tiene sentido: se queda por que acá trabaja. Porque necesita comer, vestirse, divertirse, dormir, amar.
El pueblo que recorro vive una paradoja: con la empresa cerrada, y la chimenea silenciada, los árboles que la empresa había sembrado cerca de sus instalaciones y que nunca crecían, en casi diez meses han agarrado novedoso verdor; pero si el cierre es definitivo, La Oroya será una ciudad fantasma y entonces la gente tendrá que irse a vivir a otro lugar.
¿Por qué todavía hay gente que se queda? Ninguna respuesta tiene lógica para mi. Nadie parece entender lo que significa vivir en una de las ciudades más contaminadas del mundo. Es como si a nadie le interesara habitar en un lugar amable, una vida saludable, Aquí la aspiración mayor es ganar un sueldo y vivir. El futuro no existe. Todo es presente. Parece una ciudad atrapada en la filosofía punk.
Mientras camino por las calles desangeladas, pienso que el Perú tiene una astilla terrible en el corazón de su territorio. Mordor está en los Andes. De momento hay menos muerte en el aire o que se deposita en el suelo, en un fin de semana he oído quejas de numerosas cocineras, vendedoras y bodegueros porque cada día tienen menos clientes. El pueblo necesita que regresen los obreros, que se prendan las máquinas, que la chimenea escupa humo.
Necesitan que esa ciudad-astilla siga hiriendo los Andes todos los días. A mí me basta un fin de semana para saber que nunca volveré a pisar un lugar donde alguna vez hasta los animales debían usar zapatos para no morir.
Un escritor visita la Oroya, una de las diez zonas mas contaminadas de planeta, y promete no regresar jamás.
En el Perú hay un pueblo donde alguna vez hasta los animales tuvieron que usar zapatos para salir a caminar. A tres mil setecientos metros de altura, en medio de los Andes peruanos, era común ver carneros que dejaban huellas de calzador entre las rocas de la puna. Incluso los gatos y los perros caseros paseaban con las patas calzadas como si fueran niños camino al colegio. La imagen parece encantadora, pero obedecía a una lógica más bien siniestra: el suelo tenía tal calidad de arsénico que o calzaban a los animales para evitarles heridas por exposición prolongada a este veneno (con el que dicen que mataron Descartes y que Agatha Christie usaba en sus novelas de misterio) o cerraban la fundición, cuya enorme chimenea de diez pisos vomitaba todos los días el metaloide asesino.
Calzaron a los animales.
"Si te dijera que ganaste una beca para vivir un año en Chernóbil. ¿irías?", le pregunté a un amigo. "¿Chernóbil --- me replicó -- , donde se produjo el desastre nuclear, donde los pollos nacen con dos cabezas, los niños sin brazos y hay una nueva raza de perros ciegos que cazan en jaurías?¿Quieres que me convierta en un mutante?".
No se si sea cierto todo lo que mi amigo asegura sobre aquella ciudad ucraniana. La mitología urbana surge espontáneamente alrededor de la radiación. Yo se lo pregunté para decirle que me iba a la Oroya, el pueblo que ha sufrido los peores daños ambientales de los Andes peruanos, con la idea de averiguar cómo se vive en un lugar al que llegar de vacaciones sería como pagar para que te metan inyecciones de plomo a la vena.
Viajar a Chernóbil o a La Oroya acaba siendo equivalente: según el Blacksmith Institute, una organización ambientalista de Estados Unidos, ambos lugares se han ganado un puesto en el ranking de las diez zonas más contaminadas del planeta Tierra.
Cuando vino recogerme el auto que me llevaría hasta La Oroya, recordé los paseos relámpago hacia la sierra que hacíamos con mi madre y mis hermanos en el viejo Studebaker de mi padre, los domingos en la madrugada, treinta años atrás.
Despertábamos a las cinco de la mañana. Poco después de un recorrido de dos horas a través de la Carretera Central del Perú, un camino flanqueado por precipicios que empieza en el valle costero del río Rímac y se prolonga hasta las sierras altas de los Andes. Era como viajar no solo en el espacio, sino en el tiempo, porque en esas montañas accidentadas ni siquiera usaba caballo. Casi todo era a pie.
Algunas veces nos deteníamos en Matucana, otro de los pueblos del camino, para desayunar patasca, un delicioso caldo hecho en carne y panza de carnero o de res. Pero en otras, mi padre forzaba al poderoso motor del viejo Studebaker para coronar los cuatro mil ochocientos metros de altura y conquistar Ticlio, ese punto de la puna donde la temperatura oscila entre menos cinco y ocho grados centígrados y donde el único rastro de vegetación es el ichu, un pasto poco nutritivo que se abre paso entre la tierra fría y el hielo de los glaciares cercanos.
Hoy esos imponentes glaciares se están derritiéndose.
Y en Ticlio, ahora como entonces, no hay motivos para detenerse. Salvo un letrero que señala la altitud (es el punto ferroviario más alto del planeta) y otro que reza: "Zona de avistamiento de ovnis".
Mi familia y yo solíamos seguir de largo para almorzar en un pueblo de casas horribles sobre los cerros muertos, donde no olía especialmente bien y todo cuanto mirabas era rudo, metálico y tosco, Era La Oroya.
Hay una escena en la película EL SEÑOR DE LOS ANILLOS en que Frodo y Sam Gamyi alcanzan una cumbre y ven por fin Mordor, la negra, humeante y pestilente ciudad gobernada por el ojo de Sauron, esa especie de diablo que vigila todo desde lo alto de una torre negra, Treinta años después de mi viaje, me doy cuenta de que yo ya conocía Mordor: la gran torre, la gran chimenea inclemente que arrojaba una espesa humarada gris a un cielo azul limpísimo, y detrás de la torre-chimenea -- y de la fundición que procesa once metales --, un paisaje de montaña gris, una blancura sucia, una montaña muerta por el hollín venenoso arrojado sobre ella durante décadas.
Mordor está en Perú, a ciento setenta kilómetros de la capital, camino por sus calles, a las nueve de la mañana de un sábado, y me doy cuenta de que es un pueblo semi-desierto, Me meto al mercado, paseo entre cuales tres mil son empleados de la fundición pero pareciera que esa cifra es falsa, al menos hoy. A los mineros (casi todos migrantes, de ciudades cercanas) se les ha estado pagando setenta por ciento del salario por no hacer nada, pero no por eso se quedan en la espantosa ciudad.
*Imagen referencial de "Mordor" en el señor de los anillos*
Ya casi se han cumplido diez meses desde que Doe Run Perú, propietaria de la metalúrgica, detuvo las actividades de la fundición: pesan en su historial tantas prácticas nefastas para el medio ambiente que hasta la Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y Energía del Perú la ha expulsado del club, algo que nunca había ocurrido en un país donde el "espíritu de cuerpo" es normal social.
-¿Siempre es asó de tranquilo el sábado? -- le pregunto a la muchachita que me trae los cubiertos en el restaurante con demasiadas sillas vacías.
- No siempre -- me responde, y va por mi plato.
Cuando regresa le pregunto:
-¿Por qué hay tan pocos comensales?
- Porque no hay trabajo.
Cerca de aquí, frente al mercado, está el hospital recién construido. ha costado casi veinte millones de dólares. Tiene un lujo de hipermercado de provincia, un enorme estacionamiento, pero las denuncias dicen que no tiene médicos especialistas en los males que genera la contaminación.
Luego del desayuno, tomo un transporte colectivo hasta el puente donde uno puede ver cómo el río Yauli se une con el Marañón. Debería ser uno de los atractivos turísticos de lugar, pero la marca de la contaminación afea todo. En las riberas del río Yauli es impensable pasar una tarde arrojando piedritas al agua, porque cuando esta atraviesa La Oroya se convierte en una corriente nauseabunda, denigrante, como solo puede esperarse de un río con olor a letrina.
El Yauli no muere por que los oroyenses lo hayan convertido en su desagüe. Empieza a morir porque treinta kilómetros atrás, por medio de un túnel, otras dos mineras arrojan cada día miles de metros cúbicos de aguas ácidas a su cauce, Una inyección venenosa e irremediable.
Hasta el viajero más desprevenido no puede pasar por alto que el boom minero tiene su cara soez. Ha colocado al Perú en una situación contradictoria: cifras azules en las finanzas, cifras rojas en la calidad de vida. En el vecino del Mantaro, los agricultores han denunciado la caída de su producción y de la calidad de sus productos. Esa queja supone la pérdida de comida que debería alimentar a millones de peruanos.
A las seis de la tarde estoy absolutamente arrepentido de haber venido a La Oroya. Me meto en la habitación del hotel Trujillo, lo mejor que se puede encontrar en el pueblo. Tengo Fiebre, dolor de cabeza, me muero de sueño, respiro muy mal.
Cuando recobro un poco las fuerzas, salgo y converso con el dueño.
El señor Trujillo fue obrero cuando la empresa pertenecía a la transnacional Cerro de Pasco Corporation. Siguió siendo empleado cuando el gobierno militar del general Velasco la expropió y alimentó la ilusión de que la justicia llegaba a los más pobres. Al señor Trujillo le dio el tiempo para saber que la fundición, con militares nacionalistas o sin ellos, jamás dejó de contaminar el medio ambiente y el cuerpo de los que trabajan en ella.
Él fue el primero que me habló de los animales con zapatos. Está seguro de que eso ocurrió antes de 1940, porque luego se instaló un sistema que neutralizaba la emisión de tanto arsénico.
El señor Trujillo es un hombre pequeño, fornido, amable e inteligente. Ha levantado un hotel con sus ahorros. Con lo que ganaba en la empresa pudo educar a sus hijos, ahora ingenieros, aunque todos viven fuera de La Oroya. Él asegura que es lo mejor y tose. Un carraspeo seco lo acompaña.
-- ¿Por qué se queda usted? -- le pregunto.
El hombre me mira como si la respuesta fuera obvia. Detrás de él están sus cosas, su hotel, su vida entera. Me explica que muchas personas no entiendes que ahora no están en contra de la empresa, sino contra la contaminación. Y tose.
Es lo mismo que dicen los promotores de distintas ONG que trabajan en la zona, personas mal vistas por quienes creen que su objetivo es cerrar la fundición. Liliana Carhuaz, por ejemplo. Ella no terminó la secundaria, pero si involucró en la promoción de salud desde su parroquia.
Su hija que no tiene más de diez años, la acompaña a todas partes. Es una niña muy lista
Tomamos té en un restaurante. La niña pide gelatina. Luego mira la carta y me pregunta si puede pedir vino.
-- No, vino no -- le digo -- , eres muy pequeña para tomar alcohol.
Luego pienso que una copa debe ser de los menos venenoso a lo que se expone a este lugar.
-- ¿Te imaginas a tu hija creciendo aquí?
-- No, no. yo haré todo para que salga --responde.
Pero todavía no lo ha hecho y la niña sigue en este lugar donde la escuela es una farse y el río viene muerto.
La Oroya no es un lugar para crecer, menos para vivir tranquilo. A los largo de la calle principal están todos los comercios y, entre ellos, los "videos", unos bares oscuros, tristes, llenos de putas venidas de todas partes para levantar el dinero de los mineros. Muchos hombres tienen dos cosas que hacer por las noches: beber hasta caer al piso en una cantina o beber hasta caer al piso en un "video". La única diferencia son las putas.
Aún así mi pregunta no tiene sentido: se queda por que acá trabaja. Porque necesita comer, vestirse, divertirse, dormir, amar.
El pueblo que recorro vive una paradoja: con la empresa cerrada, y la chimenea silenciada, los árboles que la empresa había sembrado cerca de sus instalaciones y que nunca crecían, en casi diez meses han agarrado novedoso verdor; pero si el cierre es definitivo, La Oroya será una ciudad fantasma y entonces la gente tendrá que irse a vivir a otro lugar.
¿Por qué todavía hay gente que se queda? Ninguna respuesta tiene lógica para mi. Nadie parece entender lo que significa vivir en una de las ciudades más contaminadas del mundo. Es como si a nadie le interesara habitar en un lugar amable, una vida saludable, Aquí la aspiración mayor es ganar un sueldo y vivir. El futuro no existe. Todo es presente. Parece una ciudad atrapada en la filosofía punk.
Mientras camino por las calles desangeladas, pienso que el Perú tiene una astilla terrible en el corazón de su territorio. Mordor está en los Andes. De momento hay menos muerte en el aire o que se deposita en el suelo, en un fin de semana he oído quejas de numerosas cocineras, vendedoras y bodegueros porque cada día tienen menos clientes. El pueblo necesita que regresen los obreros, que se prendan las máquinas, que la chimenea escupa humo.
Necesitan que esa ciudad-astilla siga hiriendo los Andes todos los días. A mí me basta un fin de semana para saber que nunca volveré a pisar un lugar donde alguna vez hasta los animales debían usar zapatos para no morir.