InicioAutos MotosCrítica: Sulky 1810
Dando vueltas por la web, viendo si habia alguna novedad en materia automotriz me encontré con una nota diferente, algo que nunca se me hubiese ocurrido: a la gente de un blog se le ocurrió hacerle una prueba a... un sulky!. Inimaginable lo que hicieron estos tipos, y acá lo comparto con ustedes...


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Crítica: Sulky 1810



Se cumplen 200 años del primer gobierno patrio. De haber existido, ¿qué habría publicado hace dos siglos Argentina Auto Blog? Lo mismo de siempre.

Desde hace dos meses me lancé a la búsqueda de un vehículo de 200 años que sirviera para conmemorar el Bicentenario desde este blog.

El Museo Pueyrredón de San Isidro, que tiene una de las colecciones de carruajes antiguos más grandes de Buenos Aires, declinó la propuesta de realiza una prueba de manejo con un argumento muy convincente: “Nuestros vehículos tienen la patente vencida. Hace más de un siglo”.

El Museo Histórico de Luján se mostró más predispuesto, aunque algo confundido: “Para nosotros es un placer colaborar con la prensa. ¿Pero a qué se refiere usted exactamente con un 'tesdrai'?”

Por fin, la gentil solución vino de parte de la Estancia El Lucero, en la localidad bonaerense de San Jacinto. Allí tienen una réplica de un sulky del siglo XIX, que resultó ideal para responder a una pregunta que los científicos se vienen planteando desde hace dos centurias: “¿Se puede hacer un derrape controlado con una carreta?”

La respuesta, según pudo comprobar a modo de primicia exclusiva Argentina Auto Blog, es un rotundo “no”. Pero la experiencia al menos sirvió para descubrir cómo era manejar en 1810.

Un sulky es un vehículo de dos ruedas muy ligero y sencillo. Está construido con sólo tres materiales: madera, hierro y cuero. Se agregan tres materiales más si toma también en cuenta a la propulsión: huesos, carne y sangre de caballo.

La motorización corrió por cuenta de Tingo, un caballo criollo de 15 años, cedido con toda generosidad por su joven propietario, Jerónimo Ballesty. Es un animal más manso que un perrito. Faldero. Y de cerámica.

La aparente sencillez mecánica del sulky tiene, en realidad, una gran complejidad: no se trata de abrir la puerta y sentarse. Acá, primero hay que treparse, estribos mediante, al pescante -es decir, el lugar donde uno se sienta y viaja-, lo que queda más o menos a la altura de la cintura.

Ponerse en marcha tampoco es cuestión de girar la llave y arrancar el motor. Acá primero hay que salir al medio del campo a enlazar el motor. Por suerte, conté con la ayuda de Javier Cano, un domador de caballos experto en atar carruajes. La tarea consistente en colocar de manera adecuada un complejo entramado de riendas, cinchas y pecheras para lograr que el animal tire del carro con el pecho. Y que no tire de pecho al conductor en el suelo.

A partir de allí, y con cierta expectativa, Javier brindó las nociones básicas de manejo, como émulo de un instructor de escuela de manejo: “No tires mucho de las riendas, tirá la de la izquierda, soltá la de la derecha”. Y el pobre Tingo –anche io- sin entender ni jota de lo que estaba pasando.

Pero al fin, con la benevolencia de la bruta bestia, logré encaminar hacia una determinada dirección: la que ella quiso.

Y allí comencé a disfrutar la experiencia, remontando un leve trote y sintiéndome un Amish improvisado. Empecé a divertirme y a ver el campo con otros ojos: a sentir el viento en la cara, no como en una Kawasaki, sino más bien de la misma manera como lo sintieron nuestros antepasados: desde los fenicios –o Pedro Picapiedras- hasta los miles de personas que aún hoy siguen usando el sulky como medio de transporte.

A la módica velocidad de unos siete u ocho kilómetros por hora se pueden ver los teros, las calandrias, alguna urraca distraída y, si se presta atención, hasta el andar de las hormigas. Lo que en un auto pasa de manera imperceptible a 100 por hora, acá se desliza levemente, con sólo el ruido de los pasos del caballo, del cuero de los arneses que rozan el carruaje y de sus dos altas ruedas que aplastan la tierra. Eso sí: el eje no chirriaba porque, como decía Don Ata, “lo engrasaron para que no nos llamen abandonados…”

La suspensión, de seis elásticos por rueda, tiene la dureza de un Mini Cooper. El despeje de casi un metro le proporciona una capacidad de vadeo capaz de humillar a un Land Rover. Y su eficiencia ecológica sometería a escarnio al pretencioso Toyota Prius.

Tingo consume un promedio de 30 kilos de pasto por día. Eso se puede complementar con cinco kilos de maíz o avena, que vendrían a ser el equivalente de un Bardahl Máxima Compresión. El resultado de la combustión es el dióxido de carbono de su aliento y abono para las plantas.

El sulky tiene capacidad para dos o tres personas y un baúl de 300 litros de volumen. En este ejemplar, no había techo ni protección alguna para ocupantes y carga.

Es simple y extremo como un Ariel Atom. Imparable -y lento- como un Hummer. Económico como una bicicleta. Y con el elegante deslizarse de una Bugatti Royale. Los ingeniosos cerebros del marketing moderno lo definirían como “el más polivalente y funcional crossover del mercado”.









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