El último progresista
Que sea joven, que sea informal, que sea didáctico en sus explicaciones, que viaje en subte y que hable –con nombre y apellido– de la corrupción. Que durante su campaña destaque que existen matices y diferencias entre los candidatos, pero que no marque que hay dos modelos en juego. Que cobije al radicalismo pero no sea radical, que contenga a Elisa Carrió pero no sea su hijo político. Que haya egresado del Colegio Nacional Buenos Aires pero no milite en La Cámpora, que juegue al tenis pero que además sea hincha de Independiente. Que no meta miedo, que no señale enemigos, que dialogue con todos y, sobre todo, que no sea kirchnerista.
Después de que el último exponente de su tipo, Aníbal Ibarra, se consumiera en el fuego dramático de Cromañon, Martín Lousteau logró reunir el último domingo las características de un progresismo posible en la ciudad de Buenos Aires. Cada uno de sus rasgos –que la mayor parte de los porteños que lo votaron consideran virtudes- contribuye a moldear un candidato potable para disputar la ciudad que vio nacer a la experiencia conservadora más ambiciosa de los últimos 30 años. Esa cuna que hoy, para Mauricio Macri, puede ser techo.
Sin embargo, la condición decisiva para asustar en serio al macrismo fue su no adhesión al proyecto kirchnerista. En el segundo piso del hotel Palais Rouge, todavía sorprendido por el batacazo de su amigo, de eso hablaba el domingo Christyan Colombo, el ex jefe de Gabinete de Fernando De la Rúa que hoy es dueño de Havanna y Fenoglio. Hombre de consulta permanente, “El Vickingo” le pedía a Martín que se concentrara en el discurso que iba a dar a los porteños justo cuando Felipe Solá se apersonó para saludarlo y recordarle su iniciación política como funcionario bonaerense del PJ.Lousteau ocupó en estos comicios el lugar que antes tuvieron Chacho Álvarez, Ibarra, Elisa Carrió y Pino Solanas. Pero contó con una ventaja que lo distinguió: encontrar a un kirchnerismo porteño testimonial que puede votarlo, aún cuando lo desprecie. Esa fuerza que abonó las ilusiones de Daniel Filmus y Mariano Recalde y que hará lo propio con Axel Kicillof en tres semanas. El FPV –al menos mientras permanezca en el poder central– no puede ganar la ciudad y es por eso la mejor oposición para el PRO. Pero como el radicalismo en las presidenciales, puede ayudar a que gane otro: darle vigor a un político como Lousteau, el último progresista en medio de la polarización. El progresista posible.