InicioOfftopicEl día que me convertí en asesino..

El día que me convertí en asesino..

Offtopic7/24/2015



el día que me convertí en asesino..




No recuerdo qué edad tenía. ¿Siete años? ¿Ocho años quizás? Aun así, ahora no puedo decir que fuera un asesino precoz. Ya estaba curtido en masacres. Inconscientes masacres, pero masacres en definitiva. A esas alturas, supongo que ya me había ganado una terrible reputación, transmitida de antena en antena, entre algunas especies de himenópteros, incinerando indefensas hormiguitas con lupas y cerillas o incluso destruyendo hormigueros enteros removiendo furiosamente la tierra y encharcándolos... Lo reconozco, esas cosas no están nada bien. Si un día el Tribunal de Hormigas me condena por genocidio, es imposible que me sirva la excusa de la curiosidad (comprendan, señoras hormigas -y hormigos, si es que existen tales seres-, sentía curiosidad por ver cómo reaccionaban ante una catástrofe de magnitudes formidables, quería ver si había algún tipo de organización en ese frenético correr, confuso y febril...). El delito es demasiado espantoso y brutal como para atenuarlo con excusas. No, no me servirán excusas y tendré que aceptar estoicamente mi condena, aunque la idea de que unas mandíbulas hormiguiles pelen de carne mis huesos no me resulta nada llevadera.



En todas estas matanzas previas no había, empero, conciencia de asesinato por mi parte. Solo cuando lo pienso retrospectivamente, mis nervios transportan el horror de los gritos de millones y millones de hormigas (cierto es que no habré exterminado más de un centenar, a lo sumo, pero...) a cada célula de mi ser. Nunca en aquellos años. Sin embargo, al fin llegó el día de mi bautismo de fuego como asesino, teniendo plena conciencia de mis actos. La parte del fuego la puso el sol radiante. Y la del bautismo (por eso de que se necesita sumergirse en el líquido elemento para ser bautizado) corrió a cargo del agua del mar.


Fue un día en pleno verano. Disfrutaba de una plácida jornada en una playa de la costa atlántica, cobijada entre prominentes montañas cubiertas de árboles. Y pese a que el sol castigaba con fuerza y se acercaba la hora del mediodía, por una estricta orden del alto mando (a.k.a., los progenitores) no me quedaba más remedio que deambular sobre una arena cada vez más ardiente. A un lado, la ría se iba vaciando de mar rápidamente con la bajada de la marea. Corrientes muy peligrosas y un historial de personas arrastradas por sus mortíferos abrazos salinos eran los motivos por los que se me había vedado la posibilidad de un chapuzón antes de la comida. A otro lado, la lejana sombra de un bosquecillo de pinos, eucaliptos y algún solitario roble despistado. Demasiado lejana como para aventurarme hasta ella en un día perezoso y en la hora perezosa. Y en tierra de nadie, en la tórrida arena blanquecina, entre lejanas sombras de árboles y prohibidas corrientes marinas, un chavalillo con tiempo para no hacer nada divertido.
Entonces, en ese vacío lleno de arena, asalta la vena ingenieril. Al lado de una pequeña duna comienzo a excavar un agujero. Es un clásico eso de los agujeros en la arena. Hay que hacerlo tan profundo y amplio como para caber uno mismo dentro de él. En un momento, agachado mientras excavo con la diestra, levanto la vista y sobre el promontorio de la duna, muy cerca de mí, descubro que un cangrejo está quieto, observándome. Me perturba esa presencia. Le arrojo un puñado de arena fina para ahuyentarlo, pero el cangrejo no solo no se va, sino que levanta sus pinzas en ademán amenazador. Ahora sí tenemos un problema. El cangrejo me parece enorme, pero es por efecto de la inquietud. Yo no lo sé. Yo creo que en realidad es enorme. Seguro que no superaba los diez o doce centímetros (a lo largo o a lo ancho, indistintamente) y, sin embargo, lo veo gigantesco. Imagino que él tiene tanto miedo como yo, aunque los dos comenzamos un extraño juego de intimidación. Él está erizado de patas y bien erguido sobre la arena. Yo me pongo de pie y le demuestro que es absurdo que alguien de su tamaño se enfrente con un gigante. Por un momento, pienso que si yo me viera frente a un enemigo del tamaño de un edificio de siete plantas no se me ocurriría hacerme el valiente. Al contrario: buscaría refugio, y rápido. Pero el cangrejo es un temerario y no se mueve del lugar. Yo defiendo mi hoyo, mi territorio. El que se tiene que marchar es él. Vuelvo a arrojarle arena con los pies. El bicho acorazado se empecina en mantener la posición y su actitud parece más agresiva. Me mira con una cara que no presagia nada bueno. ¿Te quieres marchar de una vez?
Me estoy cansando... Cerca, veo una rama de algún árbol que no sé cómo ha llegado hasta allí. La tomo del suelo. ¿No ves, bicho? Ahora, además, tengo un arma peligrosa. ¿Te vas a ir por fin? Pero por más que agito la rama delante de él, sus patas no dan el paso atrás que me revele su debilidad, su intención de abandonar el enfrentamiento antes de que comience de verdad. Con nerviosismo, intento empujarlo ayudándome del palo. Solo consigo cabrearlo más y que haga castañetear sus pinzas. Hasta aquí hemos llegado. ¿Te vas a poner gallito conmigo? Me he cansado de blandir la rama ante su rostro ceñudo sin conseguir que retroceda ni un centímetro. Por fin, le atizo una estocada. Y aunque parece maltrecho, persiste en su actitud agresiva. Es más, ya no retrocede, sino que avanza. Me desconcierta ese lío de patas y, ciego de adrenalina, descargo varios golpes sobre la coraza, hasta que me parece que el armazón colapsa. El bicho deja de agitarse. La batalla no ha tenido ninguna gloria. Miro alrededor. Nadie en la vastedad del lugar ha presenciado el absurdo combate. Empujo con la rama los restos del bicho hasta el agujero y entierro el cuerpo del delito. También entierro mi vergüenza. Creo que no habrá suficiente arena en la playa para ocultar esta historia descabellada... En un claro día sin nubes, siento de repente que el cielo se ha vuelto lóbrego, terrorífico, perturbador... Es hora de comer, pero no tengo ni pizca de hambre. En este día me he convertido en un asesino y no tengo nada que celebrar...


- Eh, ¿qué haces ahí, como una estatua, paralizado delante de esa roca? Ven, hombre, no veas qué buena está el agua. Vamos a nadar un rato.
- Sí, ya voy. Un momento.


Han pasado muchos años, pero no se me ha olvidado cómo acabar con alguien como tú. Así que haz el favor de apartarte de mi camino. No te lo voy a repetir ni una vez más...






Datos archivados del Taringa! original
0puntos
0visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
2visitas
0comentarios
Dar puntos:

Dejá tu comentario

0/2000

Autor del Post

D
Usuario
Puntos0
Posts27
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.