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El “Coya” Gutierrez llevaba el gol en la sangre

Info1/23/2008

El “Coya” Gutierrez llevaba el gol en la sangre

Murió hace nueve años; sus hazañas siguen frescas en La Ciudadela



Hoy se cumplen nueve años de un inesperado adiós, que para dos pueblos será injusto por siempre. Tartagal y La Ciudadela extrañan ese pique corto demoledor, clave para cualquier delantero, un coraje que no encontró barreras, la herencia indígena en la sangre, la predisposición para festejar dentro y fuera de la cancha lo bueno de la vida.
Daniel Humberto Gutiérrez, el “Coya”, dejó huella en el fútbol y por eso cada 27 de diciembre cualquier recuerdo parece escaso. La historia de los Gutiérrez en Tucumán comenzó con su padre Humberto, “Chuñoliqui”, un excepcional delantero del que disfrutó All Boys en los 60, y que murió hace un par de año en Tartagal.
La saga continuó con el “Coya”, nacido el 3 de mayo de 1961. Debutó en la Primera de San Martín el 13 de marzo del 83, por el Nacional. En el “santo” compartió vestuarios con Pedro Pablo Robles, Francisco Guillén, Ricardo Troitiño, Roque Martínez, José Noriega y Héctor Cejas, entre muchas otras figuras.
La capacidad futbolística y atlética escondió excesos que más tarde le costarían la vida, pero mientras luchó contra esa enfermedad se dio el gusto de pasar por Vélez Sarsfield, Boca Juniors y Deportivo Morón.
En el medio, a fines del 86, con un grupo de jóvenes promesas se consagró campeón de los III Juegos Sudamericanos, denominados Juegos Odesur, en la que fue una exitosa incursión vistiendo la camiseta de la Selección. En ese equipo, el tartagalense fue compañero de Sergio Goycochea, Néstor Fabbri, Pedro Troglio, Blas Giunta, Hugo Maradona, Walter Perazzo, Alfredo Graciani, José Luis Rodríguez y un tal Claudio Paul Caniggia.
El regreso al pago lo encontró cansado y disminuido. De aquel puma del monte salteño sólo quedaba la sonrisa cómplice del amigo fiel, de barrio, aunque principalmente su rostro ya era la imagen de la humildad que espera la muerte. Atrás había dejado un recuerdo imborrable, doloroso que el tiempo, único dueño de la verdad, permitió entender.
“La muerte se lleva todo lo que no fue, pero nosotros nos quedamos con lo que tuvimos”. La frase, sabia y contundente, tiene que ver con el simple homenaje a un grande que dejó el mejor de los recuerdos.




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