Crítica de Jero Chemes: Pick-ups 2015
Texto de Jerónimo Chemes
Fundador de
Antes que todo, dejemos en claro que no soy tester. Sólo soy un simple usuario que dará su opinión -que puede ser válida o no- para ustedes. No soy “palabra santa” ni mucho menos.
Manejo estas chatas en calidad de usuario potencial, dejando de lado La Chata Solidaria, que es otra cosa. Hace muchos años que uso pick-ups y tengo miles y miles de kilómetros encima, en todo tipo de caminos y climas. Una vez más, sin contar a La Chata Solidaria. Esto no me da más autoridad que nadie, pero sí experiencia.
EL MERCADO
Definitivamente, el mercado de chatas cambió en la Argentina. Hace 30/40 años, la pick-up era un vehículo rústico, de transporte, absolutamente despojado de confort, velocidad y cualquier tipo de sensación fuerte.
El concepto era el de una compañera de vida que hacía todo. Y uno no se preocupaba por el mantenimiento. En el caso del ícono de Ford, la F100, había “gasolera” con Perkins 4 o “naftera” con 6 cilindros (algunas pocas V8). La caja era de tercera, al volante. Las potencias eran ridículas. El Pk4 tenía solo 70 cv. Y el naftero, 100 cv. Son cifras que hoy llaman a la risa directamente.
Lo mejor que podías conseguir en equipamiento era radio FM, con ruedita.
Pero esas chatas construyeron la Argentina de Norte a Sur, en el frío, la nieve, el calor, el polvo, el ripio, el barro y la altura de las montañas.
Al concesionario se iba una vez, a comprarla. Y no se volvía nunca más. No existía “llevarla al service”, “escanearla”, “pedir un repuesto” o “sacar turno”. El turno se sacaba para el médico, no para la chata. Si ibas al concesionario por segunda vez era para comprar otra.
El “service” era cambiar el aceite y los filtros en el mismo campo, o a los sumo en una estación de servicio. Por ahí, si estaban mucho tiempo adentro del agua, el mecánico del pueblo le cambiaba los rulemanes de rueda, alguna que otra vez el embrague y tonterías de ese tipo. Si las usabas de flete y las pasabas de kilos seguido, a lo sumo cortabas palier.
La simpleza mecánica era extrema, todo estaba a la vista y no había ningún secreto. La chata era una herramienta de trabajo al servicio de quien la compraba. No intentaba ser otra cosa.
Ningún usuario se quejaba “si era dura”, al contrario. Además, andaban con la basura que saliera del surtidor, sin norma de ningún tipo y en muchos casos combustible “estirado” con agua. A lo sumo humeaba más (diesel) o pistonaba (nafteras). La chata estaba al servicio de uno, no uno al servicio de la chata.
Encontrá el filtro de aceite ahí
Nadie iba a más de 100 km/h, porque era peligroso. Y la aceleración 0 a 100 del Perkins 4 era de una semana.
Estas chatas todavía hoy siguen andando. Por eso es que nadie vendía una F100 con cuatro años de uso. Si la vendías era porque había salido “la nueva”, que tenía el mismo motor y mecánica, pero era “más moderna de forma”. La vieja se la dabas a un pariente o a un capataz. No existía venderla “porque se ponía vieja”. Incluso las abandonaban durante años sin uso en el campo. ¿Quien no escuchó que en el campo de tal hay una F100 “que quedó”? Como si fuese un mueble.
Pero ya no.
El público cambió, es otro. Ni mejor ni peor, pero sí diferente. Y las chatas están hechas para este nuevo público. Los usos de las chatas son otros. Quien interpretó esto mejor que nadie fue Volkswagen, con la Amarok. Ya lo veremos más adelante.
Las chatas ya no son vehículos de trasporte de carga. Mutaron a vehículos polivalentes familiares para llevar “cosas” (no carga) en el caso de las cabina doble. En general, el usuario nuevo demanda confort, velocidad, equipamiento de lujo y la mayor cantidad de tecnología disponible en el mercado. Ya no es un vehículo “rústico”. Ahora es “vanguardista”. El usuario quiere que las chatas vuelen, de ser posible. Y tengan pantallitas, que parece haberse convertido en el ícono de la generación.
El público quiere motores de enorme potencia, como si eso le garantizase algo. Hoy parece que tener una chata de “sólo” 180 cv es una vergüenza. Y le dicen “motor chico” a los de 140 burros. Hablar de 200 equinos ya es común y ya sospechamos que en 2015, cuando salga la Toyota Hilux nueva, todos los demás van a “tocar” los motores. ¿O acaso Ford me va a hacer creer que sólo le sacan 200 burros al Puma grande de la Ranger? Prepárense para hablar de 220 a 250 cv en las tope de gama, en los próximos años.
Les tiro un dato: la mayoría de los camiones de basura que andan en Capital Federal son Iveco con motores de 220 cv. Y desplazan a plena carga 24 toneladas. Entre los usuarios de pick-ups hay algunos que compran una chata de 200 cv sólo para llevar un cuatri.
El mercado de hoy está tan alejado del histórico uso de la camioneta que, para darle uso “de chata”, muchos compradores se anotan en travesías o se mandan a la playa por los médanos, pensando que por tener una chata podrá pasar “por cualquier lado”.
He visto con mis ojos varias veces a señores con terribles camionetas relucientes, encajados en la arena, con los embragues dinamitados saliendo humo. O toman “cursos de 4×4” en pistas ad hoc, dictados por instructores (como si hubiesen egresado de una Universidad de 4×4). Si se encajan (siempre gana el barro a la larga, a menos que tengas un Unimog) lo toman como una afrenta personal. Dicen: “La chata se encajó”, como si fuera culpa del aparato.
Muchos de esos usuarios, en ruta, manejan la chata como auto. Quieren que llegue lo más cerca posible de 200 km/h, crucerear a 160 y arrastrar un tráiler con dos cuatriciclos por la Ruta 2 a 150 (con el tráiler flameando) y acelerar en 10 segundos a 100 km/h.
Pero se olvidan de que las chatas, por más refinadas que sean, son aparatos de 2.3 toneladas sin carga, a 35 centímetros del piso, con eje rígido atrás, elásticos de suspensión y con capacidad de carga para mil kilos. La cantidad de chatas volcadas es impresionante. Por eso, Volkswagen se dio cuenta y le puso todos los gizmos necesario para que la Amarok no volcara.
Bienvenido sea, ya que todos (o casi todos) los demás copiaron y hoy las chatas son un poco más seguras y estables, aunque no infalibles. La electrónica no es a prueba de estúpidos y la masa que desplazan estos aparatos a 160 km/h es tremenda.
Hasta acá, todo fabuloso. Pero hay un lado a tener en cuenta, que el nuevo usuario no siempre ve: el costo de mantenimiento de estos aparatos y los costos de reparación son siderales. Todo es muy lindo cuando es nuevo, pero al ponerse viejas, las cosas gastadas se rompen y hay que cambiarlas. Averigüen cuánto sale hacer un embrague, por ejemplo. Calculo que es por eso que hoy tenemos a la venta una enorme cantidad de chatas usadas con pocos kilómetros y años
Estas camionetas, con la tremenda carga tecnológica que llevan, son muy caras de arreglar. Por eso, cuando se les vence la garantía, el criterio es “la vendo y me saco una cero” (los que pueden, claro está).
Además, uno queda “preso” de los services para mantener la garantía. Y se hacen cada 10000 kms y valen caros. Sólo de mantenimiento, para no perder la garantía, en cien mil kilómetros se gasta muchísimo dinero. Sumémosle reparaciones no cubiertas (pastillas, frenos, etc.) y los costos suben y suben. El paradigma es la Amarok, que encima tiene correa de distribución, que hay que cambiar cada 50 mil kilómetros.
Y después está el trastorno de pedir turno y llevarla. Para un usuario nuevo, que vive en la civilización, no hay problema. Pero para quien está en el campo en época de cosecha o vive en zonas aisladas (Argentina es enorme y no hay concesionarias oficiales cerca de todo), hacer 500 kilómetros ida y vuelta y tener la chata parada un día es un engorro épico.
Pero ahora viene el tema: todos estos motores common rail son hipersensibles al gasoil sulfuroso. Los daños que causa son devastadores y las reparaciones tienen costos inimaginables. Y, con ese combustible, se rompen. El problema no es del common rail, que es maravilloso. El problema es el gasoil que se vende en algunas zonas de Argentina.
Sacando al marciano que se compra una chata de medio-palo-cash y cuando va al surtidor le pone “el barato, total la vendo en un año” para ahorrarse 140 pesos por litro (hay y muchos de esos), existen también usuarios responsables que ponen Euro, como corresponde. Euro de estación de servicio de bandera. Y, en lo posible, de alta rotación. Pero aún así hay casos donde los motores se rompen. Sí, leyeron bien: ya hay chatas common rail que aún usando Euro se traban.
¿Porque creo que pasa esto? Porque si bien el combustible sale con la norma correcta de la planta, podría (potencial, para que no me demanden las petroleras) ser que se contamine en los tanques de las estaciones. Si bien sé que las petroleras controlan eso, ¿quién garantiza que los tanques sean nuevos y con los aislantes correspondientes? Yo mismo cargué gasoil camino a Comodoro Rivadavia en mi F100 Gris (gasoil común) y en 300 kilómetros descubrí que tenía la trampa de agua llena de… ¡arena! En el Perkins no afectó en nada, pero en un sistema de alta presión, hubiera sido el fin.
Una vez le saqué el filtro de combustible a mi chata Azul y me encontré con una imagen terrible. Estaba como quemado, con el plástico derretido. La Azul andaba igual, pero ese es el combustible de la ruta (aclaro que jamás cargo Euro en mis F100, sólo el “barato”). Seguramente esto del gasoil no aplique en las grandes estaciones de los centros urbanos, pero en la ruta estás librado a la buena de Dios.
Pero la cantidad de dramas que hay por el gasoil es grande y las garantías no siempre cubren las reparaciones. Preparen las billeteras si les pasa.
Nadie puede negar las enormes ventajas de las chatas modernas. Son “más” en todo. Y son excelentes.
Pero también dejaron de ser simples. Requieren de mantenimiento especializado puntual y, si se rompen, las reparaciones son caras. Hay que estarles encima.
En mi caso, me considero un usuario viejo y “rústico”. Y ojo que quedamos muchos. Soy todavía de los que creen que las chatas son compañeras de laburo y no se deben romper. No quiero ir rápido. No quiero pantalla. No quiero computadoras que piensen. No quiero suspensiones que filtren. Quiero una chata. No reniego de todo eso. Pero quiero una chata.
Y, además, quiero seguir cruzando el Impenetrable chaqueño, pasado de kilos, golpeándolas sin piedad y destrozándolas para ayudar a la gente. Pero esa es otra historia, que dejaremos de lado por ahora.
Añorar el pasado no sirve de nada. Hay que adaptarse a los nuevos tiempos. Veamos entonces, puntualmente, qué nos depara el presente.
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