Hay cosas en la vida que no pueden ser exclusivas. Como los gustos, por ejemplo. En mi país, a casi todo el mundo le gusta estar de rumba todo el tiempo. Y digo “casi” porque hay quienes prefieren estar en casa, o compartir con amigos en alguna plaza, ver una película, ir a comer, o alguna otra actividad recreativa, y disfrutar sanamente.
Lo cierto es que la mayoría así les gusta. Pero ¿Qué pasa si alguien se arma de valor y dice “No” a esas invitaciones, haciendo así honor a su propio gusto y rechazando algo que no le gusta pero que al resto sí?
Personalmente repudio estar en una fiesta donde no se puede hablar con nadie porque la música exageradamente fuerte lo impide, y donde lo único que (aprantemente) se debe hacer, es bailar (en el mejor de los casos). No, no, no.
Lo mismo aplica para las drogas, la embriaguez sin sentido, el cigarro, el hacer reuniones para hablar de otro… Y cosas así.
Ahora, por ejemplo, en mi iglesia, cuando invitan a alguien que no le gusta estar ahí, dice “no, no puedo”, o “no, tengo un compromiso”, o “no soy de tu religión, así que no voy”. Se le respeta su decisión, y todo bien. Pero ¿Acaso la contraparte no merece ese mismo respeto?
¡Ah pero claro! Es un religioso al que no le gusten las fiestas (pensando que los gustos son únicos, y si alguna vez son diferentes es causa de una religión, ¿No?)
Por cierto, no me gustan las
hallacas venezolanas
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¿Eso me hace religioso?
¿Eso me hace religioso?