—¡Mozo! Otra cerveza por favor —dijo Juanjo, metiéndose en la boca un puñado de canchita serrana—. ¿Qué estaba diciendo? Ahhh, sí, a mí me parece que se van para cuchichear con las otras chicas. —¿Cuchichear? —preguntaron intrigados Ramiro y Felipe. —Sí, con las otras chicas. Se comunican entre ellas con un aparatito pequeño, escondido en algo como... no sé, digamos un rímel para pestañas, y así se preparan sin que nos demos cuenta. Mientras ellas arman un plan para controlar el mundo, nosotros, los hombres, miramos las estrellas como unos webones. Cuando ellas estén listas saltan y nos encierran a todos los tipos en una cárcel enorme y esconden la llave. —¿Y los hijos? ¿Cómo van a hacer para tener hijos? ¿Por inseminación artificial? —No. Van a tener hijos entre ellas. Lo tienen muy bien pensado. Como lo de la oveja. —¿Cómo lo de la oveja y el granjero? —preguntó Ramiro con una sonrisa. —No tonto, como la oveja ésa que tuvo una hija que era igual a ella. Le sacaron un poco de carne, se lo pusieron en la panza y después le nació una ovejita, una copia igualita a la madre. —Clones, estás hablando de clones. —Sí, eso mismo, un clon es. Como una hermana melliza. —No me convence —dijo Felipe—. Es demasiado loco lo que dices. Yo creo que directamente no son mujeres. —¿Cómo? —pregunto Ramiro. —Sí, ya no hay mujeres en este planeta. —A ver, ¿cómo es eso? —dijo Ramiro, metiéndose una porción de tacu tacu a la boca. —Está claro. Hace cientos de años una raza alienígena mucho más avanzada que nosotros las raptó y las tiene encerradas en un gigantesco cuarto en Sirio u otra estrella a años luz de acá. —¿Las raptaron a todas? —preguntó Juanjo. —Sí, a todas. Y mientras los extraterrestres se divierten con ellas en una gran orgía, nosotros nos contentamos, desde hace siglos, con sus espías disfrazados. Ellos planean, cuando se reúnen en secreto como ahora. —¡Pero un harén! Se supone que a los marcianos les gustan las marcianas, no las mujeres. ¿Acaso a ti te gustaría encamarte con una marciana? —dijo Juanjo. —No, a mí no me gustaría, pero a ellos sí con una mujer, como el granjero de la oveja. Los marcianos seguramente son todos unos degenerados, con esas caras de marcianos que tienen. —Creo que ustedes dos —dijo Ramiro— necesitan ver a un psiquiatra urgente, o mejor a dos o tres cada uno. —¿Entonces cómo explicas que necesiten ir todas juntas? —preguntó Felipe. —Es mucho más simple de lo que se imaginan. Las mujeres nunca existieron. —¿Qué? —preguntaron sus dos amigos. —Lo que oyen, las mujeres nunca existieron. Son producto de nuestro ego machista. —Creo que necesitas explicar mejor eso. ¿Cómo es que tenemos hijos entonces? —Exacto, ahí está el problema. Nosotros somos los que quedamos embarazados, pero nuestra conciencia no quiere enterarse porque eso es cosa de mujeres. Es demasiado para nuestras mentes y creamos un ente, la mujer, que se encarga de esa complicada tarea de mujeres. —¿Pero cómo puede ser "cosa de mujeres" quedar embarazado, si las mujeres no existen realmente? —La mente humana, querido Felipe, es la cosa más extraña y rebuscada que existe. Ellas no son reales y no nos damos cuenta porque nosotros seríamos las mujeres y, como somos hombres, ni queremos enterarnos. —Eso sí que no lo entendí —dijo Juanjo. —No es complicado, no existen y listo. Todo lo que nosotros pensamos de ellas lo hacemos para engañarnos y para no darnos cuenta de que nosotros somos quienes parimos. —Aguanta Ramiro, ¿y también nos depilamos?— preguntó Juanjo. —¡Noooo! —respondió Ramiro horrorizado—, bueno, espero que no, eso sí que sería un desastre, una cosa son dos o tres partos y otra muy diferente es tener que depilarse miles de veces en la vida. —Estas loco, Ramiro —insistió intrigado Juanjo—. ¿Entonces también nos.. esteee... nos menstruamos? —No, eso definitivamente no —respondió Ramiro, con cara de haber masticado un aji— muy definitivamente no. —Todo muy lindo —dijo Felipe—, pero tu idea no explica por qué se reúnen ellas, ehh... quiero decir, por qué nos imaginamos que ellas se reunen. —Nos imaginamos eso porque lo que hacen en esas reuniones, donde nosotros nos quedamos afuera, es desconocido y misterioso. De esa forma ponemos en evidencia, por supuesto que de forma inconsciente, que hay algo raro con las mujeres. Es una forma de rebelarnos ante nuestro propio engaño. —¿Y eso raro es que realmente no existen? —Preguntó Felipe. —Exactamente. —Shhh, chicos, ahí vienen —dijo Juanjo. (Tres jovenes mujeres se acercaron a la mesa y se sentaron) —¿Saben qué chicas? —dijo una de ellas sonriendo con picardía, a la vez que miraba de reojo a los tres amigos—. Lo que me gustaría saber es de qué hablan los hombres entre ellos cuando las mujeres nos vamos juntas al baño. —¡De fútbol! ¡De fútbol! ¡Hablamos de fútbol! —respondieron ellos.