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Las momias de san bernardo (colombia)

Paranormal9/12/2015
Mientras miles de personas mueren combatiendo en el desierto, aquí, en la sorprendente Colombia, algunos muertos no se desintegran ni después de muertos. En la población de San Bernardo, Cundinamarca, a 87 kilómetros de Bogotá, se presentan singulares casos de momificación natural. Las momias atraen cada vez más turistas curiosos, aunque el fenómeno no ha logrado llamar la atención del Instituto Colombiano de Antropología





Tradicionalmente, el Ican (Instituto Colombiano de Antropología) se ha interesado por las momias que datan del Siglo XVIII, encontradas en el altiplano cundiboyacense y en las vertientes de la Cordillera Oriental, producto de quehaceres netamente artificiales.

Pero en el caso de San Bernardo, cuando el fenómeno es totalmente natural, el ente que deriva de Colcultura, dice no tener la capacidad ni administrativa ni financiera para estudiarlas. Sucede, según las directivas, que, para este caso, la prueba del carbono 14 no sirve, pues los cadáveres momificados son de fecha reciente.

Para Camilo Villa, director del Ican, el caso se tornaría más interesante si fueran momias provocadas, pues el hecho serviría para estudiar las diferentes técnicas utilizadas, hoy olvidadas en el mundo entero . Sorpresas de San Bernardo Las tierras de San Bernardo son una despensa: infatigables, producen desde habichuelas hasta azucenas; sus curubas se consideran las mejores del país.

El área municipal es de 212 kilómetros cuadrados, repartidos en los pisos térmicos medio, frío y páramo. No hay, pues, producto que allí no se dé, ni campesino que ubicado en cualquiera de las 27 veredas del lugar, no se dedique a la agricultura.



Pero hay dos alimentos autóctonos de la zona, considerados causa del fenómeno inexplicable de la momificación. Son la huatila o papa de pobre, y el chachafruto o balui; ambos ingredientes de sopas, cocidos, arepas y tortas. La huatila es de contextura blanda y lechosa. En su interior lleva una pepa que se semeja, en miniatura, a la del aguacate. De color verde oscuro y claro, su cáscara lleva espinas. El balui es compacto y morado, de la familia del fríjol y parecido al guamo en apariencia.

Los habitantes del lugar, aproximadamente doce mil, creen que el hecho de que existan momias obedece o al consumo cotidiano de estos frutos, o a las condiciones de humedad del terreno donde está ubicado el cementerio.

Pero las dos hipótesis dejan dudas. Aunque es verdad que el balui y la huatila son oriundos de la región, no deja de ser cierto que se dan también en cualquier zona de clima cafetero. De otro lado, se han dado casos de gente que habiendo vivido siempre en San Bernardo, se han enterrado en Fusagasugá y tampoco se han descompuesto.

Tal parece que el hecho va a continuar presentándose sin llamar la atención de la ciencia. Pasa el tiempo y aumentan las especulaciones al respecto.

Con 90 años, el habitante de más edad en el pueblo afirma que se momifica la gente que en vida fue perversa. Así se lo enseñaron sus padres y abuelos. Para él todo ha pasado, pasa y pasará, por castigo divino.



El caso es que, en la actualidad, 30 momias permanecen en una bóveda subterránea del cementerio, uno de los más organizados de la región de Sumapaz. Son éstas de personas nunca reclamadas, mendigos y gente pobre del lugar. Hay de mujeres, hombres y niños. Lo más impresionante y patético es que aún dejan ver su piel intacta pegada al hueso. Los gusanos no consumieron por completo el cadáver y se distinguen a la perfección las facciones del cuerpo en vida.

Desmejoradas por la humedad y el contacto con el aire, convencen a cualquiera de que merecen estar en otro sitio.

Pero, al parecer, se acerca un futuro prometedor. El joven alcalde de San Bernardo tiene proyectado mejorar las condiciones de la bóveda e, incluso, colocar cada uno de los cuerpos en urnas independientes. El cura párroco de la región está de acuerdo, pues considera el hecho curioso, pero no de orden espiritual.



Aunque pasa mucho tiempo sin que el sepulturero del lugar encuentre cadáveres momificados (se descompone el 80% de los enterrados), es él quien más acostumbrado está al fenómeno. Le impresionará siempre, en todo caso, partir y despedazar la momia en presencia de allegados y familiares, ansiosos de colocar los restos en osarios.

El tiempo ha pasado y ha cambiado la manera de mirar las momias. Antes eran sinónimo de encarnación y divinidad. Ahora, más de 20 siglos después, son atractivo y lucro para un pequeño pueblo perdido en el mapa, que sonríe desprevenido ante el interesante hecho. Hoy por hoy no existen los faraones, pero sí abundan los comerciantes... El relato de una época La antigua civilización egipcia desarrolló la creencia de que la preservación del cuerpo era esencial para la existencia del hombre después de la muerte. Durante la casi totalidad del Período Predinástico, los cuerpos se conservaban por medios enteramente naturales. Los cadáveres eran colocados en tumbas someras, excavadas al borde del desierto, cubriéndolos con arena.



En esa atmósfera seca, el contacto con la arena caliente producía una deshidratación (o desecación) muy rápida, a menudo, antes que los tejidos se descompusieran. Las momias regias ayudaban a establecer la edad de un faraón en el momento de su muerte; y su exámen minucioso, a descubrir lazos familiares.

Cuando al final del período, algunas de las sepulturas se convirtieron en tumbas más amplias y se introdujeron los ataúdes, cambiaron las condiciones naturales y, sobre todo, el contacto con la arena. Se buscaron métodos para llevar a cabo lo que antes la naturaleza realizaba por sí sola y sin la ayuda de nadie. Así se inició la momificación como costumbre funeraria. El cénit del arte de momificar se alcanzó a fines del Imperio Nuevo y en la época que vino después.

La ventaja incomparable de enfrentarse cara a cara con los protagonistas de su historia, la poseen los egiptólogos. Cuerpos como los de Sthi I y Ramsés II, importantes faraones del Nuevo Imperio, fueron encontrados en el Escondrijo de las Momias Regias, situado en Deir el-Bahri en 1881.



En su viaje de la vida presente a la futura, los egipcios se aprovisionaban de muchos bienes, para alivio de sus cuerpos momificados en el más allá. Cargaban rollos de plegarias para que los auxiliasen, una vez tuviera lugar el juicio de Osiris diosa de la Vida, que juzgaba en el mundo venidero las almas de los difuntos.




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