Mulholland Drive: Un regalo para los sentidos
Película: Mulholland Drive
Año: 2001
Director: David Lynch
Elenco: Naomi Watts, Laura Harring, Ann Miller, Dan Hedaya, Justin Theroux, Brent Briscoe, Robert Forster, Katharine Towne, Lee Grant, Scott Coffey, Billy Ray Cyrus, Chad Everett, Rita Taggart, James Karen, Lori Heuring.
Calificación: 1000
¿Se le puede llamar simplemente “película” a una obra visual y auditiva que penetra en la mente, sacude todo lo que hay dentro, activa funciones cerebrales desconocidas (olvidadas o dormidas) y clava sus hermosas garras afiladas en el más hondo subconsciente del espectador (si es que se le puede llamar simplemente “espectador”), quedándose ahí, incluso mucho tiempos después de que la “película” haya terminado? La respuesta es no; y es no, lisa y llanamente porque nada que detone el cerebro puede ser “sólo” una película. Hay que ver Mulholland Drive, hay que andar y desandar sus caminos.
La mente se ocupa en atar y desatar cabos, en andar y desandar caminos, con paso inseguro, con una tensión permanente y finamente irresoluta en el ambiente. Pero, como al despertar de un sueño o una pesadilla, todo lo que parecía tan real se esfuma en un breve instante y nos vemos (casi) obligados a reconstruirlo todo en un tiempo igualmente breve. Hay que ver Mulholland Drive, hay que andar y desandar sus caminos.
Metafórica, poética, surrealista, onírica, mágica, bella, fascinante, hipnótica. Todas esa palabras podrían describir a Mulholland Drive y a la vez ninguna de ellas alcanza (todas juntas tampoco alcanzan). La vida, nuestra vida, no se dirige en línea recta al porvenir, son siempre múltiples los caminos que se cruzan, se juntan o se separan. Mulholland Drive también es así: múltiples caminos conduciendo hacia el porvenir, hacia ese inmenso interrogante llamado futuro. Todo parece ocurrir por casualidad, pero a la vez la sensación de que no es el azar el que define el curso de los acontecimientos es tan abrumadora que todo parece decidido desde siempre. Hay que ver Mulholland Drive, hay que andar y desandar sus caminos.
La historia encaja. La historia desencaja. El juego es sutil y uno (el llamado espectador) juega casi sin saberlo, como queriendo escapar de un laberinto, como queriendo completar un rompecabezas al que por momentos parecen faltarle piezas, pero al que en otro instante parecen sobrarle. Como decía, la historia es hipnótica de principio a fin, hay algo que late en el ambiente, algo que no puedo explicar y cuya imposibilidad de ser explicado es lo único que me lleva a intentar hacerlo. Como en toda hipnosis, hay que dejarse llevar. He ahí el comienzo de la complicidad, he ahí una pequeña cuota de por qué uno no es un espectador pasivo al ver Mulholland Drive. La sensación es bastante turbadora, incluso luego de que la “película” (de qué otro modo podría llamarla) haya terminado. Hay que ver Mulholland Drive, hay que andar y desandar sus caminos.
Película: Mulholland Drive
Año: 2001
Director: David Lynch
Elenco: Naomi Watts, Laura Harring, Ann Miller, Dan Hedaya, Justin Theroux, Brent Briscoe, Robert Forster, Katharine Towne, Lee Grant, Scott Coffey, Billy Ray Cyrus, Chad Everett, Rita Taggart, James Karen, Lori Heuring.
Calificación: 1000
¿Se le puede llamar simplemente “película” a una obra visual y auditiva que penetra en la mente, sacude todo lo que hay dentro, activa funciones cerebrales desconocidas (olvidadas o dormidas) y clava sus hermosas garras afiladas en el más hondo subconsciente del espectador (si es que se le puede llamar simplemente “espectador”), quedándose ahí, incluso mucho tiempos después de que la “película” haya terminado? La respuesta es no; y es no, lisa y llanamente porque nada que detone el cerebro puede ser “sólo” una película. Hay que ver Mulholland Drive, hay que andar y desandar sus caminos.
La mente se ocupa en atar y desatar cabos, en andar y desandar caminos, con paso inseguro, con una tensión permanente y finamente irresoluta en el ambiente. Pero, como al despertar de un sueño o una pesadilla, todo lo que parecía tan real se esfuma en un breve instante y nos vemos (casi) obligados a reconstruirlo todo en un tiempo igualmente breve. Hay que ver Mulholland Drive, hay que andar y desandar sus caminos.
Metafórica, poética, surrealista, onírica, mágica, bella, fascinante, hipnótica. Todas esa palabras podrían describir a Mulholland Drive y a la vez ninguna de ellas alcanza (todas juntas tampoco alcanzan). La vida, nuestra vida, no se dirige en línea recta al porvenir, son siempre múltiples los caminos que se cruzan, se juntan o se separan. Mulholland Drive también es así: múltiples caminos conduciendo hacia el porvenir, hacia ese inmenso interrogante llamado futuro. Todo parece ocurrir por casualidad, pero a la vez la sensación de que no es el azar el que define el curso de los acontecimientos es tan abrumadora que todo parece decidido desde siempre. Hay que ver Mulholland Drive, hay que andar y desandar sus caminos.
La historia encaja. La historia desencaja. El juego es sutil y uno (el llamado espectador) juega casi sin saberlo, como queriendo escapar de un laberinto, como queriendo completar un rompecabezas al que por momentos parecen faltarle piezas, pero al que en otro instante parecen sobrarle. Como decía, la historia es hipnótica de principio a fin, hay algo que late en el ambiente, algo que no puedo explicar y cuya imposibilidad de ser explicado es lo único que me lleva a intentar hacerlo. Como en toda hipnosis, hay que dejarse llevar. He ahí el comienzo de la complicidad, he ahí una pequeña cuota de por qué uno no es un espectador pasivo al ver Mulholland Drive. La sensación es bastante turbadora, incluso luego de que la “película” (de qué otro modo podría llamarla) haya terminado. Hay que ver Mulholland Drive, hay que andar y desandar sus caminos.