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Creepypastas Cortos Y Buenos Parte 2

Paranormal8/29/2015
Hola,Les Traigo La Segunda Parte De "Creepypastas Cortos Y Buenos" Espero Que Les Guste


Sola Hasta Tarde

Odiaba ser la última en irse a dormir. Nunca supe por qué, pero ver mi casa en silencio, con los corredores callados y la tenue luz de luna que se filtraba por las persianas me era una experiencia desagradable.
El asunto era todo un tema en mi casa: cada vez que de pequeña me desvelaba, mi padre tenía que quedarse conmigo hasta que me durmiese. Ya más crecida, comprendí que no debía ser tan egoísta e instalé un viejo televisor en mi habitación para aliviar la desesperación que sentía en esas noches en vela. Sin embargo, cada vez que los sonidos de la casa se iban apagando, me apresuraba a dejar lo que fuese que estuviera haciendo y me acostaba a dormir.
Las carreras por no ser la última despierta se prolongaron hasta una noche de marzo. Ya había cumplido mis 17 años y había ingresado a la universidad hacía poco. En ese momento decidí que debía crecer. Aprovechando la proximidad de un examen parcial, decidí enfrentar mis miedos pasando la noche despierta y sola, pero estudiando. Preparé café, compré algo para comer, desplegué mis libros sobre la mesa de la cocina y comencé. Afortunadamente para mis nervios, esa noche todos habían decidido trasnochar: las luces de los pasillos se prendían y apagaban, mis hermanos caminaban por las habitaciones, los televisores estaban encendidos. Todo este movimiento calmó mis ansias y, agradeciendo la familia comprensiva que tenía, pude concentrarme plenamente.
Alrededor de las 3 a.m., el movimiento cesó un poco. Lo supuse normal, porque mis hermanos tenían escuela al día siguiente y papá trabajaba. Mamá seguía despierta, porque de la habitación contigua se escuchaban murmullos (a ella le encanta leer en voz alta, pero esa noche seguramente mantenía la voz baja porque no quería distraerme).
A las cinco, decidí terminar e irme a dormir. Pude oír que mamá seguía leyendo en el cuarto contiguo. Sin abrir la puerta, le dije, «Hasta mañana, disfruta la lectura».
Caminé por el pasillo, la luz se apagó tras de mí. «¡Mamá siempre se anticipa a mis movimientos!», pensé.
Cuando llegué al cuarto de mis padres, para mi sorpresa, me encontré en la puerta con mi madre, quien con cara de dormida se frotaba los ojos. Entre bostezos, me dijo:
—¡Qué bueno que hayas perdido tu miedo a quedarte sola! Nos fuimos a dormir temprano ayer, a eso de las once, para no molestarte. Estabas tan concentrada que ni nos animamos a decirte buenas noches.





Mera Sugestión


Mis amigos dicen que soy muy sugestionable; creo que tienen razón. Como argumento, aducen un pequeño episodio que me ocurrió el jueves pasado.
Esa mañana yo estaba leyendo un libro de terror, y, aunque era pleno día, me sugestioné. La sugestión me infundió la idea de que en la cocina había un feroz asesino; y este feroz asesino, esgrimiendo un enorme puñal, aguardaba que yo entrase en la cocina para abalanzarse sobre mí y clavarme el cuchillo en la espalda. De modo que, pese a que estaba sentado frente a la puerta de la cocina y a que nadie podría haber entrado en ella sin que lo hubiera visto, y a que, aparte de aquella puerta, la cocina carecía de otro acceso, estaba enteramente convencido de que el asesino acechaba tras la puerta cerrada. Esto me preocupaba, pues se acercaba la hora del almuerzo y sería imprescindible que yo entrase en la cocina. Entonces sonó el timbre.
—¡Entre! —grité sin levantarme—. Está sin llave.
Entró al edificio, con dos o tres cartas.
—Se me durmió la pierna —dije—, ¿no podría ir a la cocina y traerme un vaso de agua?
El portero dijo, «Cómo no», y abrió la puerta de la cocina y entró. Oí un grito de dolor y el ruido de un cuerpo caer que, al caer, arrastraba tras de sí platos y botellas. Entonces salté de mi silla, me armé de valor y corrí a la cocina. El portero, con medio cuerpo sobre la mesa y un enorme puñal clavado en su espalda, yacía muerto.
Ahora, ya tranquilizado, pude comprobar que, desde luego, en la cocina no había ningún asesino. Se trataba, como era lógico, de un caso de mera sugestión…





Ruidos

Te despierta un ruido ahogado a la mitad de la noche.
Sientes que algo extraño sucede.
Sales sigilosamente de tu cuarto, asomándote al pasillo oscuro.
Caminas de puntas y lentamente, pegado a la pared.
Llegas a la puerta. Te asomas.
La cama de tus padres está vacía.
La maldita paranoia, causada por leer creepypastas y ver películas de terror, te obliga a cerciorarte de que no haya sangre que indique que algo les sucedió.
La cama está tendida, y limpia.
Encuentras una nota de tu madre en la cómoda.
En la nota te explican que los invitaron a una cena de último momento y llegarán tarde.
Te relajas, sonriendo por tu imaginación.
Decides acostarte en su cama y esperarlos ahí.
Te avientas al colchón.
Acomodas las almohadas de plumas exóticas que tus papás no te compran a ti.
Sientes las colchas frescas y te envuelves entre ellas mientras te acomodas boca arriba.
Miras al techo.
Los cuerpos de tus padres están brutalmente clavados a la trabe.
Gritas, pero tu grito es callado con una almohada…





La Inexpresiva

En junio de 1972, una mujer apareció en el hospital Cedar Senai vestida solamente con una bata blanca cubierta de sangre. Esto por sí solo no era nada extraño, pues la gente solía tener accidentes cerca y venía al hospital más cercano para recibir asistencia médica. Pero había una cosa que hacía que las personas que veían a esta mujer huyeran aterrorizadas: ella no era precisamente humana. Se parecía a algo así como un maniquí, pero tenía la destreza y la fluidez de un ser humano normal. Su rostro era tan impecable como el de un maniquí, desprovisto de cejas y lleno de maquillaje.
Desde el momento en que entró al hospital hasta que fue llevada a un cuarto para proceder con la sedación, permaneció completamente tranquila, inexpresiva e inmóvil. Los doctores habían decidido sujetarla hasta que las autoridades llegaran y ella no protestó. No pudieron sacarle ningún tipo de respuesta, y la mayor parte de los empleados se sentían bastante incómodos al mirarla por más de unos segundos.
Pero al momento en que el personal trató de sedarla, opuso resistencia con una fuerza extrema. Dos empleados la sujetaban mientras se levantaba de la cama inexpresiva. Luego giró sus ojos impasibles hacia el doctor e hizo algo inusual. Sonrió. En cuanto lo hizo, la enfermera gritó y la soltó por la impresión; ya que en la boca de la mujer no habían dientes humanos, sino unos más largos y afilados. Muy largos como para que su boca no se pudiera cerrar sin causarle alguna herida…
El doctor la miró fijamente por un momento, antes de preguntarle, «¿Qué mierda es usted?».
Ella recostó su cabeza sobre su hombre para observarlo, aún sonriendo. Hubo un largo silencio, el personal de seguridad ya había sido alertado y se le podía escuchar corriendo por el pasillo.
En tanto él se volvió hacia el sonido de las pisadas, ella se le abalanzó, hundiendo sus dientes en la parte anterior del cuello del doctor, arrancando su yugular y dejándolo caer al piso. Luego se inclinó hacia él, mientras jadeaba y se ahogaba en su propia sangre, y le susurró al oído:
—Yo… soy… Dios.
Los ojos del doctor se llenaron de terror mientras la miraba voltearse tranquilamente y caminar hacia los guardias. Lo último que vio fue cómo se daba un festín con ellos, uno por uno.
El doctor que sobrevivió al incidente la nombró «La Inexpresiva».
Nadie nunca la volvió a ver.





Dile A Mis Padres...

Después de haber reñido con sus padres por una fiesta a la que no la dejaban ir, una joven chica decide ir a pesar de todo. Para ello se escapa de su casa, saliendo por la ventana de su habitación. Una vez en la fiesta, conoce a un chico bastante mayor que ella. Hablan, ríen… hasta que él le propone ir a otra fiesta, mucho más animada que la que están. Ella acepta (el chico le gusta mucho) y van en el coche de él. Cuando han llegado a la fiesta nueva, el chico bebe más de la cuenta haciendo sentir incómoda a la joven, y ésta le pide que la lleve de regreso a la otra fiesta, en donde están sus amigos. Él accede, pero en el trayecto por la carretera sufren un brutal y terrible accidente.
Al despertar, la muchacha está en la cama de un hospital. Una enfermera le cuenta que su amigo que conducía había fallecido, y que también habían muerto los pasajeros del otro coche. El dolor de su alma era muy fuerte, pero el de su cuerpo aún más. Sintiendo que su muerte estaba próxima, la muchacha pidió a la enfermera que la disculpara con sus padres, diciéndole que estaba muy dolida por haberlos desobedecido y que no se reprocharan nada, que todo esto había sido sólo culpa suya.
Poco tiempo después la muchacha murió. Llegaron los amigos de la chica, que fueron al hospital para enterarse del trágico accidente. Uno de ellos le preguntó a la enfermera si la chica había dejado un mensaje; pero la enfermera contestó que no, que no había dicho nada. Otra enfermera escuchaba la conversación y se intrigó mucho, porque ella sabía que la chica sí había dejado dicho algo para sus padres. Al preguntarle a su colega por qué había mentido, ésta contestó que no sabía qué decirles: las dos personas que habían muerto en el otro coche… ¡eran los padres de la chica!





Esto A Sido Todo Espero Que Les Halla Gustado Hasta La Proxima



Dulces Sueños...
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