Los alimentos son la principal manera de , pero con objeto de absorber totalmente esta energía la comida debe ser apreciada, saboreada. El sabor es la puerta de entrada. Hacer del comer una experiencia sagrada es prepararse para aceptar que lo que uno come pueda incorporarse íntegramente al cuerpo, como una absorción superior de los alimentos.
Pero comer es solamente el primer paso. Después de que de esta manera haya aumentado la energía personal, uno se vuelve más sensitivo a la energía de todas las cosas, y entonces se aprende a recibir energía sin comer. A través de la respiración puede obtenerse una gran cantidad de esta energía, con respiraciones profundas, retenidas y pausadas. Concentrándose en el proceso de entrada y salida de aire tanto como con el sabor en las comidas. En la inspiración recibimos y en la espiración cedemos, en igual proporción desde una fuente inagotable.
Todo lo que nos rodea tiene energía, pero cada cosa la tiene de un género especial. Por ello ciertos lugares aumentan nuestra energía más que otros. Depende de cómo se adapta nuestra forma a la energía que hay allí. Hay que estar abierto, hay que conectar, usando el sentido de la apreciación. Uno da este paso más allá para sentir que se ha llenado completamente.
Para tener una experiencia mística son varios pasos los que han de seguirse. Al contemplar, por ejemplo, un árbol silvestre bien desarrollado, podemos ver que es hermoso, debemos sentirlo, conectar con esa belleza, contemplarla como un todo y parte de nuestro ser, hay que sentir amor por él. No es forzar el amor, es permitir que éste entre en su ser. Cuando aceptamos este sentimiento recibimos energía, y automáticamente la damos en igual proporción, de manera que nos conectamos a un fluir que nos vigoriza, nos exalta, nos hace sentir plenamente vivos.
Una experiencia mística podría describirse como lo siguiente: Usted se sienta próximo a la cumbre de una ladera montañosa. Observa con plenitud toda la cordillera que se expande a su alrededor, lo ve, lo contempla, todo le parece próximo, el escarpado peñasco donde usted se sienta, los grandes árboles de la loma más abajo, y las otras montañas del horizonte. Y mientras contempla el balanceo de las ramas de los árboles con la brisa experimenta no sólo la simple concepción visual de este hecho, sino sobre todo una sensación física, como si las ramas que el viento mueve fueran pelos de su cuerpo.
Lo percibe todo como si de alguna manera fuese parte suya. Sentado en la cumbre y extendiendo su mirada al paisaje que se despliega en pendiente desde su observatorio, en todas direcciones, siente exactamente como lo que siempre había conocido como su cuerpo físico fuera tan sólo la cabeza de otro cuerpo mucho más grande consistente en todo lo demás que usted alcanza a ver. Experimenta que el universo entero se mira a sí mismo a través de su mirada.
Esta percepción provoca un destello de recuerdo en sus ojos. Su memoria retrocede en el tiempo, más allá de su infancia y nacimiento. Se da cuenta de que su vida no había comenzado con su concepción y nacimiento en este planeta: comenzó mucho, mucho antes, con la formación del resto de su ser, de su cuerpo físico, el universo mismo.
>>Presencia como la primera materia estalla en el universo y se percata de que, como la Tercera Revelación describe, no hay nada en ella auténticamente sólido. La materia es sólo energía que vibra a cierto nivel, y en sus inicios existe únicamente en su forma más simple: el elemento que llamamos hidrógeno. Esto es cuanto había en el universo: hidrógeno, nada más.
Observa que los átomos comienzan a gravitar juntos, como si el principio imperante, el impulso de aquella energía, radicase en iniciar un movimiento hacia un estado más complejo. Y cuando unas porciones de hidrógenos alcanzan densidad suficiente, comienzan a calentarse, a arder, a convertirse en lo que llamamos estrellas, y en esta combustión el hidrógeno se autofusiona y salta a la vibración inmediatamente superior, el elemento que conocemos como helio.
Mientras continúa observando, aquellas primeras estrellas envejecen y finalmente revientan vomitando el hidrógeno y el helio recientemente creado en el universo. Y todo el proceso vuelve a empezar. El hidrógeno y el helio gravitan juntos hasta que el calor aumentó lo suficiente para que se formasen nuevas estrellas, y esto a su vez fusionó el helio y creó el litio, que vibra al nivel inmediatamente superior.
Y prosigue el ciclo… con cada nueva generación de estrellas creando materia que antes no había existido, hasta que el amplio espectro de esta materia, los elementos químicos básicos, se forman y esparcen por doquier.
Cuando se forma nuestro Sol, partes de materia caen en órbita a su alrededor, y una de ellas, la Tierra, contiene todos los elementos de nueva creación, hasta el carbono. Al enfriarse la Tierra, los gases que la masa fundida había atrapado en su seno emigran hacia la superficie y se mezclan para generar vapor de agua, y vienen las grandes lluvias que formarán los océanos en la corteza entonces yerma. Luego, cuando el agua cubre gran parte de la superficie de la Tierra, los cielos se aclaran y el Sol, ardiendo con brillantez, baña el nuevo mundo con luz, calor y radiación.
Y en los someros charcos, marismas y lagunas, en medio de grandiosas tormentas eléctricas que periódicamente barren el planeta, la materia salta más allá del nivel vibratorio del carbono hacia un estado más complejo aún: la vibración representada por los aminoácidos. Pero por primera vez este nuevo nivel de vibración no es estable en sí ni por sí mismo. La materia tiene que absorber otra materia para sostener su vibración. Tiene que alimentarse. La vida, el nuevo impulso de la evolución, surge.
Todavía confinada a existir únicamente en el agua, ves esta vida dividirse de dos formas distintas: una forma, la que llamamos vegetal, se sustenta de materia inorgánica y convierte los elementos de esta en nutrientes utilizando el dióxido de carbono de la atmósfera primigenia. Como subproducto, las plantas sueltan al mundo por primera vez oxígeno libre. La vida vegetal se extiende rápidamente por los océanos y finalmente también sobre la tierra.
La otra forma, la que llamamos animal, absorbe exclusivamente vida orgánica para sostener su vibración .
Mientras observas, los animales llenan los océanos en la gran era de los peces y, cuando las plantas han soltado suficiente oxígeno a la atmósfera, inician asimismo su migración a tierra firme.
Ves que los anfibios, medio peces, medio algo nuevo, abandonan el agua por primera vez y usan pulmones para respirar aquel inédito aire. Su materia vuelve a dar un salto adelante para generar los reptiles y cubrir con ellos la Tierra en el periodo de los dinosaurios.
A continuación vienen los mamíferos de sangre caliente y asimismo poblaron la Tierra, y te das cuenta de que cada especie que aparecía significaba que la vida, la materia, ha avanzado un grado en su vibración. Finalmente la progresión termina. Allí, en el pináculo, está la especie humana.
La aparición de la humanidad no termina el proceso de evolución, la nueva evolución sería espiritual, dentro de la propia especie de los hombres, alcanzando nuevos grados o niveles de la mente, del espíritu, hasta agregarse al todo. Hablamos pues de la evolución del pensamiento, como describe .
, pero no nos es posible conectar con esa fuente si antes no combatimos el particular método que, como individuos, utilizamos en nuestros controles y cesamos de aplicarlo; porque tan pronto como recaemos en el hábito quedamos desconectados de la otra fuente.
Desprendernos de ese hábito no es fácil, pues recurrimos a él de forma inconsciente. La clave para eliminarlo es traerlo de pleno a nuestra conciencia, cosa que se consigue viendo que nuestro estilo particular de control sobre los demás es un truco que aprendimos en la infancia para atraer la atención, para lograr que la energía viniese hacia nosotros, y que en ello nos hemos plantado. Este estilo es algo que repetimos una vez y otra, permanentemente.
Pero comer es solamente el primer paso. Después de que de esta manera haya aumentado la energía personal, uno se vuelve más sensitivo a la energía de todas las cosas, y entonces se aprende a recibir energía sin comer. A través de la respiración puede obtenerse una gran cantidad de esta energía, con respiraciones profundas, retenidas y pausadas. Concentrándose en el proceso de entrada y salida de aire tanto como con el sabor en las comidas. En la inspiración recibimos y en la espiración cedemos, en igual proporción desde una fuente inagotable.
Todo lo que nos rodea tiene energía, pero cada cosa la tiene de un género especial. Por ello ciertos lugares aumentan nuestra energía más que otros. Depende de cómo se adapta nuestra forma a la energía que hay allí. Hay que estar abierto, hay que conectar, usando el sentido de la apreciación. Uno da este paso más allá para sentir que se ha llenado completamente.
Para tener una experiencia mística son varios pasos los que han de seguirse. Al contemplar, por ejemplo, un árbol silvestre bien desarrollado, podemos ver que es hermoso, debemos sentirlo, conectar con esa belleza, contemplarla como un todo y parte de nuestro ser, hay que sentir amor por él. No es forzar el amor, es permitir que éste entre en su ser. Cuando aceptamos este sentimiento recibimos energía, y automáticamente la damos en igual proporción, de manera que nos conectamos a un fluir que nos vigoriza, nos exalta, nos hace sentir plenamente vivos.
Una experiencia mística podría describirse como lo siguiente: Usted se sienta próximo a la cumbre de una ladera montañosa. Observa con plenitud toda la cordillera que se expande a su alrededor, lo ve, lo contempla, todo le parece próximo, el escarpado peñasco donde usted se sienta, los grandes árboles de la loma más abajo, y las otras montañas del horizonte. Y mientras contempla el balanceo de las ramas de los árboles con la brisa experimenta no sólo la simple concepción visual de este hecho, sino sobre todo una sensación física, como si las ramas que el viento mueve fueran pelos de su cuerpo.
Lo percibe todo como si de alguna manera fuese parte suya. Sentado en la cumbre y extendiendo su mirada al paisaje que se despliega en pendiente desde su observatorio, en todas direcciones, siente exactamente como lo que siempre había conocido como su cuerpo físico fuera tan sólo la cabeza de otro cuerpo mucho más grande consistente en todo lo demás que usted alcanza a ver. Experimenta que el universo entero se mira a sí mismo a través de su mirada.
Esta percepción provoca un destello de recuerdo en sus ojos. Su memoria retrocede en el tiempo, más allá de su infancia y nacimiento. Se da cuenta de que su vida no había comenzado con su concepción y nacimiento en este planeta: comenzó mucho, mucho antes, con la formación del resto de su ser, de su cuerpo físico, el universo mismo.
>>Presencia como la primera materia estalla en el universo y se percata de que, como la Tercera Revelación describe, no hay nada en ella auténticamente sólido. La materia es sólo energía que vibra a cierto nivel, y en sus inicios existe únicamente en su forma más simple: el elemento que llamamos hidrógeno. Esto es cuanto había en el universo: hidrógeno, nada más.
Observa que los átomos comienzan a gravitar juntos, como si el principio imperante, el impulso de aquella energía, radicase en iniciar un movimiento hacia un estado más complejo. Y cuando unas porciones de hidrógenos alcanzan densidad suficiente, comienzan a calentarse, a arder, a convertirse en lo que llamamos estrellas, y en esta combustión el hidrógeno se autofusiona y salta a la vibración inmediatamente superior, el elemento que conocemos como helio.
Mientras continúa observando, aquellas primeras estrellas envejecen y finalmente revientan vomitando el hidrógeno y el helio recientemente creado en el universo. Y todo el proceso vuelve a empezar. El hidrógeno y el helio gravitan juntos hasta que el calor aumentó lo suficiente para que se formasen nuevas estrellas, y esto a su vez fusionó el helio y creó el litio, que vibra al nivel inmediatamente superior.
Y prosigue el ciclo… con cada nueva generación de estrellas creando materia que antes no había existido, hasta que el amplio espectro de esta materia, los elementos químicos básicos, se forman y esparcen por doquier.
Cuando se forma nuestro Sol, partes de materia caen en órbita a su alrededor, y una de ellas, la Tierra, contiene todos los elementos de nueva creación, hasta el carbono. Al enfriarse la Tierra, los gases que la masa fundida había atrapado en su seno emigran hacia la superficie y se mezclan para generar vapor de agua, y vienen las grandes lluvias que formarán los océanos en la corteza entonces yerma. Luego, cuando el agua cubre gran parte de la superficie de la Tierra, los cielos se aclaran y el Sol, ardiendo con brillantez, baña el nuevo mundo con luz, calor y radiación.
Y en los someros charcos, marismas y lagunas, en medio de grandiosas tormentas eléctricas que periódicamente barren el planeta, la materia salta más allá del nivel vibratorio del carbono hacia un estado más complejo aún: la vibración representada por los aminoácidos. Pero por primera vez este nuevo nivel de vibración no es estable en sí ni por sí mismo. La materia tiene que absorber otra materia para sostener su vibración. Tiene que alimentarse. La vida, el nuevo impulso de la evolución, surge.
Todavía confinada a existir únicamente en el agua, ves esta vida dividirse de dos formas distintas: una forma, la que llamamos vegetal, se sustenta de materia inorgánica y convierte los elementos de esta en nutrientes utilizando el dióxido de carbono de la atmósfera primigenia. Como subproducto, las plantas sueltan al mundo por primera vez oxígeno libre. La vida vegetal se extiende rápidamente por los océanos y finalmente también sobre la tierra.
La otra forma, la que llamamos animal, absorbe exclusivamente vida orgánica para sostener su vibración .
Mientras observas, los animales llenan los océanos en la gran era de los peces y, cuando las plantas han soltado suficiente oxígeno a la atmósfera, inician asimismo su migración a tierra firme.
Ves que los anfibios, medio peces, medio algo nuevo, abandonan el agua por primera vez y usan pulmones para respirar aquel inédito aire. Su materia vuelve a dar un salto adelante para generar los reptiles y cubrir con ellos la Tierra en el periodo de los dinosaurios.
A continuación vienen los mamíferos de sangre caliente y asimismo poblaron la Tierra, y te das cuenta de que cada especie que aparecía significaba que la vida, la materia, ha avanzado un grado en su vibración. Finalmente la progresión termina. Allí, en el pináculo, está la especie humana.
La aparición de la humanidad no termina el proceso de evolución, la nueva evolución sería espiritual, dentro de la propia especie de los hombres, alcanzando nuevos grados o niveles de la mente, del espíritu, hasta agregarse al todo. Hablamos pues de la evolución del pensamiento, como describe .
, pero no nos es posible conectar con esa fuente si antes no combatimos el particular método que, como individuos, utilizamos en nuestros controles y cesamos de aplicarlo; porque tan pronto como recaemos en el hábito quedamos desconectados de la otra fuente.
Desprendernos de ese hábito no es fácil, pues recurrimos a él de forma inconsciente. La clave para eliminarlo es traerlo de pleno a nuestra conciencia, cosa que se consigue viendo que nuestro estilo particular de control sobre los demás es un truco que aprendimos en la infancia para atraer la atención, para lograr que la energía viniese hacia nosotros, y que en ello nos hemos plantado. Este estilo es algo que repetimos una vez y otra, permanentemente.