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Capítulo 3: Con o sin consentimiento.
Faltaban pocas horas para la salida del sol y la ciudad continuaba en calma. En unas horas todos los elfos, sin excepción, saldrían de sus cubículos de hielo para zarpar en busca de pesca y aventura o para despedir a sus padres esposos e hijos. Pero la situación era muy diferente en las montañas. En la cumbre, un grupo de más de cuatrocientos guerreros permanecía acampado en el más absoluto de los silencios. Pertenecían a la tribu Cumak que antaño fue humana y que provenía de las gélidas llanuras que se extendían al Norte de las Gelom. Con el paso de los siglos los Cumak habían mezclado su sangre con la de los ogros de la tundra para ganar fuerza y corpulencia. Aunque esta práctica ya no era común en la tribu desde hacía mucho, su aspecto era totalmente humano, a excepción de sus colosales medidas y sus rojizos ojos.
Urk Krogur, el líder del grupo, se alzaba imponente a lomos de su montura mientras se aproximaba al borde del pico para dar una ojeada. Medía más de dos metros diez de estatura, lo que le hacía imponente a simple vista, y lucía una armadura fabricada con huesos y pieles de animales. La piel cubría las partes no vitales mientras que el resto estaba protegido por formidables escamas de hueso duras como el acero. Para contribuir aun más a su fiero aspecto, lucía el cráneo de un oso perfectamente pulido a modo de yelmo, entre cuyas fauces se dejaba ver su rostro de piel morena. El cuero de su montura crujió cuando tiró de las riendas para que su enorme caballo de guerra se detuviera. Bajó al suelo, despidiendo a la montura de un fuerte golpe en sus cuartos traseros. A los pocos minutos otro guerrero, de unos dos metros, sin yelmo y con armadura totalmente de cuero, se detuvo a su lado. Ambos pasaron varios minutos escrutando la ciudad.
-Parece que están en calma Urk –dijo Krog. Urk giró la cabeza y cruzó su mirada con la del otro semiogro, ya que no permitía a nadie llamarle solo por su nombre de pila. El líder mantuvo sus dos rojos ojos clavados en los de su soldado hasta que este, presa del pánico y temblando visiblemente tras comprender su osadía, agachó la cabeza en señal de sumisión y añadió-. Discúlpeme señor yo no quería …
-Están en calma Krog – lo interrumpió de pronto Urk volviendo a mirar la ciudad con semblante serio-, pero Los Blancos son formidables guerreros, no debemos confiarnos o quizá caigamos en nuestra propia trampa.
-¿Cree que sospechan algo Señor? –dijo con un extraño acento -.
-No he observado nada que pudiera darme esa impresión, aunque no debemos descartar nada –exclamó con una voz potente y grave-. Pronto tendremos nuestra dosis de batalla –anunció mirando de reojo a su compañero que parecía impaciente por entrar en acción-. Pero ni antes ni después que cuando yo lo ordene – dijo en tono amenazante-. ¿Entendido?
-Cómo ordenéis Gran Urk – musitó el guerrero con una leve inclinación de cabeza-. Los guerreros están preparados, deseosos de honrar a Kornem con sangre élfica y de daros la gloria que merecéis.
Urk dio un respingo como si de pronto algo importante acudiera a su mente y dijo:
-¿Qué ha dicho Mors? ¿Hay algún presagio? ¿Kornem esta contento con nuestra decisión de venir aquí a luchar? – preguntó el líder semiorgro alzando su poblada ceja izquierda-.
-Mors continúa durmiendo en su tienda. Señor – exclamó Krog-.
-¡Maldito brujo! ¡Ve ahora mismo a su tienda y despiértalo de un puntapié en su arrugado culo!
Krog salió corriendo hacia la tienda de Mors, el chamán de la tribu. Medía un metro noventa de estatura y era bastante gordo. Vestía un traje de piel brillante sujeto por una cuerda y un sombrero de plumas en la cabeza que indicaba su función como guía espiritual y curandero de la tribu. Además llevaba un colgante con la imagen de un carnero que le llegaba a la altura de su prominente barriga. El carnero, era el animal que representaba al dios de los Cumak, Kornem. Según Mors, Kornem, señor de la guerra, no deseaba ningún ataque hasta que por mediación del propio Mors diera su consentimiento. Este mensaje divino no agradó demasiado a Urk Krogur, que llevaba planeando la incursión a Ilvicen varios años. El chamán odiaba los enfrentamientos. Disfrutaba en su tienda desvirgando vírgenes y torturando rehenes, sacándoles el corazón para después predecir la palabra de su divinidad. Además tenía ciertos asuntos ocultos para los cuales necesitaba de intimidad absoluta. Desde que él era el nuevo chamán, la tribu Cumak no había podido ir a la guerra ya que el dios Kornem, al contrarío de cómo solía ser habitual, siempre parecía desaprobar la incursión.
Cuando Krog estuvo en la tienda del chamán, tuvo que taparse la nariz debido al pestilente olor. Pronto se dio cuenta que provenía de el cadáver empalado de una humana, de no más de dieciséis años, a la que habían previamente sacado los ojos y el corazón. La humana vivía en una pequeña granja que los Cumak se habían topado por el camino. Saquearon todo lo que les fue útil y mataron a todos los que allí vivían exceptuándola a ella, ya que el curandero, al saber que era virgen, la había reclamado para sí.
-El jefe quiere verte chamán - exclamó Krog con cierto tono arrogante-.
-¿Eh? ¿Quién? ¿Urk? ¿Por qué? –añadió desorientado el chaman desde su catre-.
-¡No hagas preguntas! –dijo el soldado con un grito que resonó por todo el campamento-. ¡Nuestro líder te reclama! ¡Llevamos años esperando a que Kornem nos hable y tu estas aquí holgazaneando! ¡Vístete!
Krog tenía el rostro morado de furia y jadeaba visiblemente. Mors era el principal culpable de que llevara más de 5 años sin luchar, y el semiogro adoraba el combate. El sacerdote se rascó los ojos, rojos como los del resto de hombres de la tribu, para despejarse. Tras quedarse pensativo un rato dijo:
-Si vuelves a hablarme así, soldado, ten muy presente que será lo último que hagas. Sabes que conozco conjuros capaces de proporcionarte una muerte muy lenta y dolorosa - dijo con calma desde el catre mirando fijamente al que había interrumpido su sueño-. Y la desgracia no solo caerá sobre ti sino sobre toda tu familia.
Krog apretó los dientes arrepentido de su ataque de ira. Las frías palabras del chamán grabaron el miedo en el corazón del semiogro que salió de la tienda a esperar a que estuviera presentable. El curandero se vistió con rapidez y salió de la tienda a toda prisa visiblemente enfadado. Caminó junto al guerrero hasta llegar al precipicio donde esperaba Urk, portando a la espalda su colosal mandoble. Sujeta a la espalda del jefe semiogro la hoja casi tocaba el suelo y media de ancho al menos como los dos brazos del chamán juntos. La imagen de verse ensartado por tan magnífica arma hizo que el sacerdote tragara saliva.
-Déjanos solos –exclamó el jefe en un tono tan seco que hizo un escalofrío recorriera todo el cuerpo del chamán-.
-Como usted ordene Señor –tras lo que, con una reverencia, Krog volvió de vuelta con el resto de soldados, no sin antes mirar al chamán con una provocadora risita en los labios-.
-¿Qué sucede mi Señor?-dijo Mors con cautela en cuanto estuvieron solos-.
-¿Kornem ha dicho algo ya? ¿Le complace nuestro ataque? – El jefe semiogro sabía perfectamente que sus hombres eran muy religiosos y que si atacaba sin el consentimiento de su dios se exponía a fuertes críticas e incluso a sublevaciones, cosa que para nada le convenía-. Porque debe saber que esta noche será el momento idóneo. La mayoría de elfos varones estarán fuera de la ciudad y el resto dormirán. Es nuestra oportunidad de hacernos con un buen número de esclavos y riquezas.
-¡Nuestro Dios lo sabe todo! –dijo en tono amenazante el curandero, dejando claro que tuviera cuidado con sus palabras, pues no iba a tolerar la menor blasfemia-.No he recibido mensaje alguno Gran Urk. Ya os dije que quizá el viaje sería inútil y que nuestro Gran Kornem podía no dar su consentimiento aunque estuviéramos tan cerca de la batalla –añadió con seguridad creyendo que tenía la situación bien amarrada a su favor-. Pero os empeñasteis en venir.
De pronto Urk agarró al chamán por el cuello de sus ropajes de piel y lo suspendió en el aire justo encima del precipicio.
-¡Escúchame sabandija cobarde! –dijo el gran semiogro mientras que Mors trataba de respirar y agarrarse, pataleando presa del pánico, al fuerte brazo de Urk con todas sus fuerzas-. Llevo más de media década preparando este gran día de gloria así que no pienses ni por un momento que te vas a librar de la batalla de esta noche.
-Pero, Kornem…-intentó hablar el chamán sin demasiado resultado-.
-¡La batalla será esta noche, con o sin tu dios y con o sin ti! ¿Entiendes lo que te digo? –dijo Urk mirando al curandero fijamente con los ojos inyectados en sangre -. Si tu dios no envía su mensaje antes de esta noche dando su beneplácito, en vez de sangre élfica lo que correrá sobre el hielo será tu propia sangre. Así que más vale que ese mensaje llegue ¿No crees?
-Sssii, Señor- musitó el chamán en voz baja y con el rostro enrojecido debido a la falta de aire. Se sentía débil bajo la colosal fuerza bruta de aquel semiogro, una sensación que jamás había sentido y que no le gustaba en absoluto-.
-No te he oído bien, sería una lástima que para oírte mejor tuviera que soltar tu garganta y cayeras al vacío. ¡Rata cobarde! -dijo el jefe con una sonrisa en sus crueles labios que afloró ante la idea de dejarlo caer ahora mismo precipicio abajo-.
-¡Ssssssiiiiii, Seeeeñññorrrrrr! –gritó Mors con todo el aire que fue capaz de reunir-.
-Así me gusta. – añadió Urk, tras lo cual dejó al exhausto curandero de nuevo en tierra-.Cuando recuperes el aliento no quites el ojo a la ciudad y avísame en cuanto los barcos hayan zarpado. Si parten esta misma mañana, atacaremos al anochecer. ¡Con o sin tu consentimiento!
Urk dio media vuelta y se marcho en dirección a su tienda dejando al chamán en plena agonía, luchando por llenar sus pulmones de aire. Mors se incorporó pasados unos minutos y se acercó de mala gana al precipicio para cumplir con el cometido que su líder le había asignado.
-Debo terminar mi conjuro y debo hacerlo ¡Ya! –murmuró el chaman mientras con la mano se cubría los ojos para ver mejor-.
Mors no deseaba ser chamán siempre, sus ambiciones llegaban mucho más lejos. Mientras Urk había planeado el asalto a Ilvicen, el sacerdote había investigado en las viejas posesiones del antiguo poseedor de su cargo, al que él mismo había asesinado, y logró encontrar un viejo manuscrito. Al parecer el manuscrito contenía los ingredientes de un conjuro para lograr la vida eterna y algunos poderes sobrenaturales. Había estado los últimos años reuniendo todos los ingredientes, utilizando para ello a sus fieles, que se encargaban de proporcionárselos, siempre en secreto para que el Gran Urk no hiciera preguntas no deseadas. Por ello y por su temor al combate, había amañado los mensajes de su dios para poder dedicarse de pleno en su búsqueda de poder. Con los ojos y el corazón de la joven humana cuyo cadáver se descomponía ahora en su habitación, había logrado todos los ingredientes. La extracción de los órganos de la virgen debía llevarse minuciosamente a cabo tal y como el manuscrito decía. El rito fue tan elaborado que cuando Mors terminó, cayó exhausto en su catre y no despertó hasta el momento en que Krog entró en su tienda. Ahora se maldecía a si mismo por no haber terminado esa misma noche el conjuro, ya que ahora debía de esperar hasta que esos estúpidos elfos se marcharán para poder continuar.
Pocas horas después de la salida del sol, Los Blancos comenzaron a salir de sus casas y a agolparse en torno a la plaza de la ciudad. Selim, Celendir y Shana fueron de los primeros dirigirse al lugar. El capitán llevaba a su querido hijo en brazos, lo que resultaba algo cómico, puesto que Celendir ya era mayor como para ir en brazos de su padre, y Shana caminaba junto a ellos.
-Papá ¿Es verdad que me llevarás contigo? Mama dijo anoche que si me iba a la cama pronto, hoy me llevarías contigo –dijo Celendir inocentemente tras lo que Shana dirigió una mirada cómplice a su marido y sonrió dulcemente-.
-Claro que te llevaré, pero cuando seas mayor. Aun eres demasiado pequeño para estar tantos días sin ir a la escuela –dijo el capitán a su hijo mientras sonreía -.Aunque estoy seguro de que para ti eso no es un problema ¿Verdad jovencito?
-Don Yosh me tiene manía. Siempre me pregunta a mí, no me deja ni un momento de respiro –dijo el joven elfo enfurruñado-.
-Ja, ja – rió Selim al ver la cara del pequeño-, ¿Has probado a aprenderte la lección para variar? Quizá si fueras con la lección aprendida y los deberes bien hechos te dejarían de preguntar ¿No crees?
La conversación se alargó hasta que llegaron al tercer navío del puerto comenzando por la izquierda. Cuando la gente que allí se agolpaba vio al famoso capitán Ed’Tasiam, se aparto y rompió en aplausos. Selim bajó de sus brazos al pequeño y besó a su mujer en los labios. Los tres se fundieron en un largo abrazo y las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de Shana. Selim beso cada una de las lágrimas de su mujer mientras le decía que no llorará más o no podría irse nunca. Cuando por fin Shana logró contener las lágrimas el capitán se encaminó hacia el barco que aun estaba vacío.
-Ten mucho cuidado querido- dijo Shana a su marido-.
-Siempre igual, mujer – exclamó Selim sonriente ante el hecho de que su mujer se preocupara por él-. Sabes que lo tendré. Cuídate tú y sobretodo cuida de mi grumete favorito- añadió mientras guiñaba un ojo a su hijo-.
-¡Adiós papi! ¡ Pesca mucho y gana el concurso de pescadores otra vez! – gritó el pequeño, orgulloso de su padre, cosa que arrancó de nuevo otra sonrisa al capitán-.
Tras esto, el corro de gente se cerró de nuevo y tanto Shana como Celendir le perdieron de vista. Selim fue llamando uno a uno a los marineros a su cargo y estos fueron subiendo al barco. Unas horas antes del mediodía, toda la tripulación estaba ya en el navío, el elfo subió y ordenó a su contramaestre, Stein, que recogiera la rampa de acceso. Stein era un elfo bajito y ligeramente regordete que contaba cincuenta años más que él. Había sido su ojo derecho desde su primera incursión en aguas del Gelom y a ambos les unía una profunda amistad. Selim esperó a que Stein terminara de recoger la rampa y se pusiera a su lado para comenzar a hablar.
-¡Bueno, bueno señoritas! –dijo el capitán dando una calada a su pipa y expulsando el humo-. Por si hay algún despistado soy el Capitán Ed’Tasiam y este de mi derecha el Contramaestre Stein. Cualquier cosa que os ordenemos tanto mi contramaestre como yo deberá ser cumplida a la mayor brevedad posible o nuestra carga podría verse comprometida ¿Entendido señoritas? – dijo en voz alta -.
-¡Si mi capitán! –Gritaron al unísono toda la tripulación-.
-Muchos de los novatos pensaréis que vuestros padres os han enseñado todo lo que hay que saber sobre la navegación, pero ni siquiera yo, a mi edad, ni mi viejo y gordo contramaestre –bromeo lanzando una divertida mirada a Stein, hecho que arranco algunas risitas entre las filas de marineros-, sabemos todo lo que hay que saber. Para cumplir con vuestro deber solo debéis cumplir una norma. ¡No toméis decisiones! Mi responsabilidad es traeros a todos de vuelta a casa para que hagáis el amor con vuestras mujeres. ¡Así que nada de tonterías! ¿Me habéis escuchado bien? – exclamó mientras paseaba de un lado a otro haciendo círculos en el aire con la pipa en la mano-.
-¡Si mi capitán! –Vitorearon con más entusiasmo ante la pícara mención de sexo con sus propias mujeres-.
-Pero no os creáis que por eso voy a renunciar al trofeo que durante tantos años he tenido el honor de levantar, el último día del Elvolath. Los que ya han viajado conmigo saben que exijo mucho y que puedo ser muy duro. Juro a Elmun que haré de todos vosotros unos auténticos marinos. Juntos navegaremos hacia la gloria y seremos recordados como lo que seréis muy pronto. ¡Los mejores marineros que la ciudad de Ilvicen haya tenido jamás! –dijo dando emoción a sus palabras para motivar a la tripulación-.
-¡Si mi capitán! –Gritaron una vez más, todavía más fuerte que la vez anterior, totalmente emocionados ante las bien escogidas palabras de su capitán-.
Tras este último discurso se giró hacia su contramaestre con una sonrisa pícara en los labios y dijo en voz baja:
-¿Qué te ha parecido? – murmuró a punto de estallar en carcajadas-.
-Se me han saltado las lágrimas, mi capitán –dijo en tono de mofa Stein, sufriendo por aguantar la risa-.
-Extiende la mayor y salgamos de aquí cuanto antes. Si llegamos los primeros nos quedaremos los mejores bancos.-murmuró mientras chupaba de su pipa-.
Desde el acantilado Mors vio cómo los barcos extendían sus velas y se dirigían lago adentro. Dio gracias a Kornem de que por fin ocurriera y marchó a comunicárselo a Urk a toda prisa. Cuando se hallaba cerca de la tienda del líder de la tribu dos guardias de más de metro noventa de estatura le cerraron el paso.
-El Gran Urk me ordenó que le avisará en cuanto los barcos elfos zarparan – dijo malhumorado el curandero, pues no había tenido un buen día-.
-Lo sentimos, el líder ha ordenado que no se le moleste, vuelve más tarde chamán –añadió uno de los guardias con tono serio y cara inexpresiva-.
-Pero…-comenzó a protestar el sacerdote claramente contrariado cuando la voz de Urk lo interrumpió-.
-¡Dejarlo pasar!
Los guardias se apartaron de la entrada y el chamán se adentró en la tienda del líder. La tienda era mucho más grande y acogedora que la suya. Estaba decorada con pieles de gran calidad y en lugar de un catre tenía una enorme alfombra repleta de cojines de piel. Dos hermosas mujeres masajeaban los enormes pectorales de Urk, ahora al descubierto, con aceites aromáticos. Mors comenzaba a imaginarse a él mismo en esa tienda cuando la fuerte voz de Urk le habló de nuevo:
-Espero que hayas abandonado tu puesto para decirme lo que quiero oír -dijo el semiogro mientras bebía de una copa de vino-.
-Los elfos ya han zarpado rumbo al centro del lago –exclamó sumiso Mors-.
-Bien ahora solo queda un cabo por atar y espero por tu bien que lo ates de forma creíble –dijo en tono amenazante el colosal líder de la tribu-.
-Podéis quedaros tranquilo mi señor, lo tengo todo pensado. Ahora os agradecería que me dejarais volver a mi tienda a comenzar los preparativos –anunció astutamente el sacerdote-.
-Adelante, cumple tu parte que yo cumpliré con la mía. Si esta noche tengo mi esperada batalla serás recompensado por tu buen hacer, chamán. Puedes irte –dijo haciendo un gesto con la mano para instarlo a que se fuera-.
Con una reverencia Mors volvió hacia su tienda dispuesto a trabajar en su ansiado proyecto durante todo el tiempo que le fuera posible.
Licencia Creative Commons
La última Blanca por José Eloy de Matías Alcántara se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
Basada en una obra en www.taringa.net.
Capítulo 3: Con o sin consentimiento.
Faltaban pocas horas para la salida del sol y la ciudad continuaba en calma. En unas horas todos los elfos, sin excepción, saldrían de sus cubículos de hielo para zarpar en busca de pesca y aventura o para despedir a sus padres esposos e hijos. Pero la situación era muy diferente en las montañas. En la cumbre, un grupo de más de cuatrocientos guerreros permanecía acampado en el más absoluto de los silencios. Pertenecían a la tribu Cumak que antaño fue humana y que provenía de las gélidas llanuras que se extendían al Norte de las Gelom. Con el paso de los siglos los Cumak habían mezclado su sangre con la de los ogros de la tundra para ganar fuerza y corpulencia. Aunque esta práctica ya no era común en la tribu desde hacía mucho, su aspecto era totalmente humano, a excepción de sus colosales medidas y sus rojizos ojos.
Urk Krogur, el líder del grupo, se alzaba imponente a lomos de su montura mientras se aproximaba al borde del pico para dar una ojeada. Medía más de dos metros diez de estatura, lo que le hacía imponente a simple vista, y lucía una armadura fabricada con huesos y pieles de animales. La piel cubría las partes no vitales mientras que el resto estaba protegido por formidables escamas de hueso duras como el acero. Para contribuir aun más a su fiero aspecto, lucía el cráneo de un oso perfectamente pulido a modo de yelmo, entre cuyas fauces se dejaba ver su rostro de piel morena. El cuero de su montura crujió cuando tiró de las riendas para que su enorme caballo de guerra se detuviera. Bajó al suelo, despidiendo a la montura de un fuerte golpe en sus cuartos traseros. A los pocos minutos otro guerrero, de unos dos metros, sin yelmo y con armadura totalmente de cuero, se detuvo a su lado. Ambos pasaron varios minutos escrutando la ciudad.
-Parece que están en calma Urk –dijo Krog. Urk giró la cabeza y cruzó su mirada con la del otro semiogro, ya que no permitía a nadie llamarle solo por su nombre de pila. El líder mantuvo sus dos rojos ojos clavados en los de su soldado hasta que este, presa del pánico y temblando visiblemente tras comprender su osadía, agachó la cabeza en señal de sumisión y añadió-. Discúlpeme señor yo no quería …
-Están en calma Krog – lo interrumpió de pronto Urk volviendo a mirar la ciudad con semblante serio-, pero Los Blancos son formidables guerreros, no debemos confiarnos o quizá caigamos en nuestra propia trampa.
-¿Cree que sospechan algo Señor? –dijo con un extraño acento -.
-No he observado nada que pudiera darme esa impresión, aunque no debemos descartar nada –exclamó con una voz potente y grave-. Pronto tendremos nuestra dosis de batalla –anunció mirando de reojo a su compañero que parecía impaciente por entrar en acción-. Pero ni antes ni después que cuando yo lo ordene – dijo en tono amenazante-. ¿Entendido?
-Cómo ordenéis Gran Urk – musitó el guerrero con una leve inclinación de cabeza-. Los guerreros están preparados, deseosos de honrar a Kornem con sangre élfica y de daros la gloria que merecéis.
Urk dio un respingo como si de pronto algo importante acudiera a su mente y dijo:
-¿Qué ha dicho Mors? ¿Hay algún presagio? ¿Kornem esta contento con nuestra decisión de venir aquí a luchar? – preguntó el líder semiorgro alzando su poblada ceja izquierda-.
-Mors continúa durmiendo en su tienda. Señor – exclamó Krog-.
-¡Maldito brujo! ¡Ve ahora mismo a su tienda y despiértalo de un puntapié en su arrugado culo!
Krog salió corriendo hacia la tienda de Mors, el chamán de la tribu. Medía un metro noventa de estatura y era bastante gordo. Vestía un traje de piel brillante sujeto por una cuerda y un sombrero de plumas en la cabeza que indicaba su función como guía espiritual y curandero de la tribu. Además llevaba un colgante con la imagen de un carnero que le llegaba a la altura de su prominente barriga. El carnero, era el animal que representaba al dios de los Cumak, Kornem. Según Mors, Kornem, señor de la guerra, no deseaba ningún ataque hasta que por mediación del propio Mors diera su consentimiento. Este mensaje divino no agradó demasiado a Urk Krogur, que llevaba planeando la incursión a Ilvicen varios años. El chamán odiaba los enfrentamientos. Disfrutaba en su tienda desvirgando vírgenes y torturando rehenes, sacándoles el corazón para después predecir la palabra de su divinidad. Además tenía ciertos asuntos ocultos para los cuales necesitaba de intimidad absoluta. Desde que él era el nuevo chamán, la tribu Cumak no había podido ir a la guerra ya que el dios Kornem, al contrarío de cómo solía ser habitual, siempre parecía desaprobar la incursión.
Cuando Krog estuvo en la tienda del chamán, tuvo que taparse la nariz debido al pestilente olor. Pronto se dio cuenta que provenía de el cadáver empalado de una humana, de no más de dieciséis años, a la que habían previamente sacado los ojos y el corazón. La humana vivía en una pequeña granja que los Cumak se habían topado por el camino. Saquearon todo lo que les fue útil y mataron a todos los que allí vivían exceptuándola a ella, ya que el curandero, al saber que era virgen, la había reclamado para sí.
-El jefe quiere verte chamán - exclamó Krog con cierto tono arrogante-.
-¿Eh? ¿Quién? ¿Urk? ¿Por qué? –añadió desorientado el chaman desde su catre-.
-¡No hagas preguntas! –dijo el soldado con un grito que resonó por todo el campamento-. ¡Nuestro líder te reclama! ¡Llevamos años esperando a que Kornem nos hable y tu estas aquí holgazaneando! ¡Vístete!
Krog tenía el rostro morado de furia y jadeaba visiblemente. Mors era el principal culpable de que llevara más de 5 años sin luchar, y el semiogro adoraba el combate. El sacerdote se rascó los ojos, rojos como los del resto de hombres de la tribu, para despejarse. Tras quedarse pensativo un rato dijo:
-Si vuelves a hablarme así, soldado, ten muy presente que será lo último que hagas. Sabes que conozco conjuros capaces de proporcionarte una muerte muy lenta y dolorosa - dijo con calma desde el catre mirando fijamente al que había interrumpido su sueño-. Y la desgracia no solo caerá sobre ti sino sobre toda tu familia.
Krog apretó los dientes arrepentido de su ataque de ira. Las frías palabras del chamán grabaron el miedo en el corazón del semiogro que salió de la tienda a esperar a que estuviera presentable. El curandero se vistió con rapidez y salió de la tienda a toda prisa visiblemente enfadado. Caminó junto al guerrero hasta llegar al precipicio donde esperaba Urk, portando a la espalda su colosal mandoble. Sujeta a la espalda del jefe semiogro la hoja casi tocaba el suelo y media de ancho al menos como los dos brazos del chamán juntos. La imagen de verse ensartado por tan magnífica arma hizo que el sacerdote tragara saliva.
-Déjanos solos –exclamó el jefe en un tono tan seco que hizo un escalofrío recorriera todo el cuerpo del chamán-.
-Como usted ordene Señor –tras lo que, con una reverencia, Krog volvió de vuelta con el resto de soldados, no sin antes mirar al chamán con una provocadora risita en los labios-.
-¿Qué sucede mi Señor?-dijo Mors con cautela en cuanto estuvieron solos-.
-¿Kornem ha dicho algo ya? ¿Le complace nuestro ataque? – El jefe semiogro sabía perfectamente que sus hombres eran muy religiosos y que si atacaba sin el consentimiento de su dios se exponía a fuertes críticas e incluso a sublevaciones, cosa que para nada le convenía-. Porque debe saber que esta noche será el momento idóneo. La mayoría de elfos varones estarán fuera de la ciudad y el resto dormirán. Es nuestra oportunidad de hacernos con un buen número de esclavos y riquezas.
-¡Nuestro Dios lo sabe todo! –dijo en tono amenazante el curandero, dejando claro que tuviera cuidado con sus palabras, pues no iba a tolerar la menor blasfemia-.No he recibido mensaje alguno Gran Urk. Ya os dije que quizá el viaje sería inútil y que nuestro Gran Kornem podía no dar su consentimiento aunque estuviéramos tan cerca de la batalla –añadió con seguridad creyendo que tenía la situación bien amarrada a su favor-. Pero os empeñasteis en venir.
De pronto Urk agarró al chamán por el cuello de sus ropajes de piel y lo suspendió en el aire justo encima del precipicio.
-¡Escúchame sabandija cobarde! –dijo el gran semiogro mientras que Mors trataba de respirar y agarrarse, pataleando presa del pánico, al fuerte brazo de Urk con todas sus fuerzas-. Llevo más de media década preparando este gran día de gloria así que no pienses ni por un momento que te vas a librar de la batalla de esta noche.
-Pero, Kornem…-intentó hablar el chamán sin demasiado resultado-.
-¡La batalla será esta noche, con o sin tu dios y con o sin ti! ¿Entiendes lo que te digo? –dijo Urk mirando al curandero fijamente con los ojos inyectados en sangre -. Si tu dios no envía su mensaje antes de esta noche dando su beneplácito, en vez de sangre élfica lo que correrá sobre el hielo será tu propia sangre. Así que más vale que ese mensaje llegue ¿No crees?
-Sssii, Señor- musitó el chamán en voz baja y con el rostro enrojecido debido a la falta de aire. Se sentía débil bajo la colosal fuerza bruta de aquel semiogro, una sensación que jamás había sentido y que no le gustaba en absoluto-.
-No te he oído bien, sería una lástima que para oírte mejor tuviera que soltar tu garganta y cayeras al vacío. ¡Rata cobarde! -dijo el jefe con una sonrisa en sus crueles labios que afloró ante la idea de dejarlo caer ahora mismo precipicio abajo-.
-¡Ssssssiiiiii, Seeeeñññorrrrrr! –gritó Mors con todo el aire que fue capaz de reunir-.
-Así me gusta. – añadió Urk, tras lo cual dejó al exhausto curandero de nuevo en tierra-.Cuando recuperes el aliento no quites el ojo a la ciudad y avísame en cuanto los barcos hayan zarpado. Si parten esta misma mañana, atacaremos al anochecer. ¡Con o sin tu consentimiento!
Urk dio media vuelta y se marcho en dirección a su tienda dejando al chamán en plena agonía, luchando por llenar sus pulmones de aire. Mors se incorporó pasados unos minutos y se acercó de mala gana al precipicio para cumplir con el cometido que su líder le había asignado.
-Debo terminar mi conjuro y debo hacerlo ¡Ya! –murmuró el chaman mientras con la mano se cubría los ojos para ver mejor-.
Mors no deseaba ser chamán siempre, sus ambiciones llegaban mucho más lejos. Mientras Urk había planeado el asalto a Ilvicen, el sacerdote había investigado en las viejas posesiones del antiguo poseedor de su cargo, al que él mismo había asesinado, y logró encontrar un viejo manuscrito. Al parecer el manuscrito contenía los ingredientes de un conjuro para lograr la vida eterna y algunos poderes sobrenaturales. Había estado los últimos años reuniendo todos los ingredientes, utilizando para ello a sus fieles, que se encargaban de proporcionárselos, siempre en secreto para que el Gran Urk no hiciera preguntas no deseadas. Por ello y por su temor al combate, había amañado los mensajes de su dios para poder dedicarse de pleno en su búsqueda de poder. Con los ojos y el corazón de la joven humana cuyo cadáver se descomponía ahora en su habitación, había logrado todos los ingredientes. La extracción de los órganos de la virgen debía llevarse minuciosamente a cabo tal y como el manuscrito decía. El rito fue tan elaborado que cuando Mors terminó, cayó exhausto en su catre y no despertó hasta el momento en que Krog entró en su tienda. Ahora se maldecía a si mismo por no haber terminado esa misma noche el conjuro, ya que ahora debía de esperar hasta que esos estúpidos elfos se marcharán para poder continuar.
Pocas horas después de la salida del sol, Los Blancos comenzaron a salir de sus casas y a agolparse en torno a la plaza de la ciudad. Selim, Celendir y Shana fueron de los primeros dirigirse al lugar. El capitán llevaba a su querido hijo en brazos, lo que resultaba algo cómico, puesto que Celendir ya era mayor como para ir en brazos de su padre, y Shana caminaba junto a ellos.
-Papá ¿Es verdad que me llevarás contigo? Mama dijo anoche que si me iba a la cama pronto, hoy me llevarías contigo –dijo Celendir inocentemente tras lo que Shana dirigió una mirada cómplice a su marido y sonrió dulcemente-.
-Claro que te llevaré, pero cuando seas mayor. Aun eres demasiado pequeño para estar tantos días sin ir a la escuela –dijo el capitán a su hijo mientras sonreía -.Aunque estoy seguro de que para ti eso no es un problema ¿Verdad jovencito?
-Don Yosh me tiene manía. Siempre me pregunta a mí, no me deja ni un momento de respiro –dijo el joven elfo enfurruñado-.
-Ja, ja – rió Selim al ver la cara del pequeño-, ¿Has probado a aprenderte la lección para variar? Quizá si fueras con la lección aprendida y los deberes bien hechos te dejarían de preguntar ¿No crees?
La conversación se alargó hasta que llegaron al tercer navío del puerto comenzando por la izquierda. Cuando la gente que allí se agolpaba vio al famoso capitán Ed’Tasiam, se aparto y rompió en aplausos. Selim bajó de sus brazos al pequeño y besó a su mujer en los labios. Los tres se fundieron en un largo abrazo y las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de Shana. Selim beso cada una de las lágrimas de su mujer mientras le decía que no llorará más o no podría irse nunca. Cuando por fin Shana logró contener las lágrimas el capitán se encaminó hacia el barco que aun estaba vacío.
-Ten mucho cuidado querido- dijo Shana a su marido-.
-Siempre igual, mujer – exclamó Selim sonriente ante el hecho de que su mujer se preocupara por él-. Sabes que lo tendré. Cuídate tú y sobretodo cuida de mi grumete favorito- añadió mientras guiñaba un ojo a su hijo-.
-¡Adiós papi! ¡ Pesca mucho y gana el concurso de pescadores otra vez! – gritó el pequeño, orgulloso de su padre, cosa que arrancó de nuevo otra sonrisa al capitán-.
Tras esto, el corro de gente se cerró de nuevo y tanto Shana como Celendir le perdieron de vista. Selim fue llamando uno a uno a los marineros a su cargo y estos fueron subiendo al barco. Unas horas antes del mediodía, toda la tripulación estaba ya en el navío, el elfo subió y ordenó a su contramaestre, Stein, que recogiera la rampa de acceso. Stein era un elfo bajito y ligeramente regordete que contaba cincuenta años más que él. Había sido su ojo derecho desde su primera incursión en aguas del Gelom y a ambos les unía una profunda amistad. Selim esperó a que Stein terminara de recoger la rampa y se pusiera a su lado para comenzar a hablar.
-¡Bueno, bueno señoritas! –dijo el capitán dando una calada a su pipa y expulsando el humo-. Por si hay algún despistado soy el Capitán Ed’Tasiam y este de mi derecha el Contramaestre Stein. Cualquier cosa que os ordenemos tanto mi contramaestre como yo deberá ser cumplida a la mayor brevedad posible o nuestra carga podría verse comprometida ¿Entendido señoritas? – dijo en voz alta -.
-¡Si mi capitán! –Gritaron al unísono toda la tripulación-.
-Muchos de los novatos pensaréis que vuestros padres os han enseñado todo lo que hay que saber sobre la navegación, pero ni siquiera yo, a mi edad, ni mi viejo y gordo contramaestre –bromeo lanzando una divertida mirada a Stein, hecho que arranco algunas risitas entre las filas de marineros-, sabemos todo lo que hay que saber. Para cumplir con vuestro deber solo debéis cumplir una norma. ¡No toméis decisiones! Mi responsabilidad es traeros a todos de vuelta a casa para que hagáis el amor con vuestras mujeres. ¡Así que nada de tonterías! ¿Me habéis escuchado bien? – exclamó mientras paseaba de un lado a otro haciendo círculos en el aire con la pipa en la mano-.
-¡Si mi capitán! –Vitorearon con más entusiasmo ante la pícara mención de sexo con sus propias mujeres-.
-Pero no os creáis que por eso voy a renunciar al trofeo que durante tantos años he tenido el honor de levantar, el último día del Elvolath. Los que ya han viajado conmigo saben que exijo mucho y que puedo ser muy duro. Juro a Elmun que haré de todos vosotros unos auténticos marinos. Juntos navegaremos hacia la gloria y seremos recordados como lo que seréis muy pronto. ¡Los mejores marineros que la ciudad de Ilvicen haya tenido jamás! –dijo dando emoción a sus palabras para motivar a la tripulación-.
-¡Si mi capitán! –Gritaron una vez más, todavía más fuerte que la vez anterior, totalmente emocionados ante las bien escogidas palabras de su capitán-.
Tras este último discurso se giró hacia su contramaestre con una sonrisa pícara en los labios y dijo en voz baja:
-¿Qué te ha parecido? – murmuró a punto de estallar en carcajadas-.
-Se me han saltado las lágrimas, mi capitán –dijo en tono de mofa Stein, sufriendo por aguantar la risa-.
-Extiende la mayor y salgamos de aquí cuanto antes. Si llegamos los primeros nos quedaremos los mejores bancos.-murmuró mientras chupaba de su pipa-.
Desde el acantilado Mors vio cómo los barcos extendían sus velas y se dirigían lago adentro. Dio gracias a Kornem de que por fin ocurriera y marchó a comunicárselo a Urk a toda prisa. Cuando se hallaba cerca de la tienda del líder de la tribu dos guardias de más de metro noventa de estatura le cerraron el paso.
-El Gran Urk me ordenó que le avisará en cuanto los barcos elfos zarparan – dijo malhumorado el curandero, pues no había tenido un buen día-.
-Lo sentimos, el líder ha ordenado que no se le moleste, vuelve más tarde chamán –añadió uno de los guardias con tono serio y cara inexpresiva-.
-Pero…-comenzó a protestar el sacerdote claramente contrariado cuando la voz de Urk lo interrumpió-.
-¡Dejarlo pasar!
Los guardias se apartaron de la entrada y el chamán se adentró en la tienda del líder. La tienda era mucho más grande y acogedora que la suya. Estaba decorada con pieles de gran calidad y en lugar de un catre tenía una enorme alfombra repleta de cojines de piel. Dos hermosas mujeres masajeaban los enormes pectorales de Urk, ahora al descubierto, con aceites aromáticos. Mors comenzaba a imaginarse a él mismo en esa tienda cuando la fuerte voz de Urk le habló de nuevo:
-Espero que hayas abandonado tu puesto para decirme lo que quiero oír -dijo el semiogro mientras bebía de una copa de vino-.
-Los elfos ya han zarpado rumbo al centro del lago –exclamó sumiso Mors-.
-Bien ahora solo queda un cabo por atar y espero por tu bien que lo ates de forma creíble –dijo en tono amenazante el colosal líder de la tribu-.
-Podéis quedaros tranquilo mi señor, lo tengo todo pensado. Ahora os agradecería que me dejarais volver a mi tienda a comenzar los preparativos –anunció astutamente el sacerdote-.
-Adelante, cumple tu parte que yo cumpliré con la mía. Si esta noche tengo mi esperada batalla serás recompensado por tu buen hacer, chamán. Puedes irte –dijo haciendo un gesto con la mano para instarlo a que se fuera-.
Con una reverencia Mors volvió hacia su tienda dispuesto a trabajar en su ansiado proyecto durante todo el tiempo que le fuera posible.
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La última Blanca por José Eloy de Matías Alcántara se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
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